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El final de Liga no estuvo a la altura

Último y significactivo, el epílogo a la temporada dejó un sabor de boca amargo, sintetizaba en noventa minutos lo peor de este Atletic, ese que ha generado más dudas que certezas, un equipo bipolar, de dos caras, capaz de plantar cara a los más fuertes de la tabla, pero que ha fracasado con los débiles, con aquellos que han protagonizado una liga lamentable, esos que han mantenido la categoría por la globalización de la miseria.

Y es que los guarismos de los rojiblancos han sido buenos, no se puede negar, y no lo han sido brillantes porque tan solo ha arrancado un punto de nueve posibles a la hora de la verdad. No hubo machada en el Calderón –si es que se puede denominar así a arrancar algo positivo a un rival que se limitaba a hacer un homenaje a la aluminosis- y el Athletic se debe conformar con la séptima plaza, que algunos la dan como sinónimo de plaza europea, pero habrá que ver qué sucede el próximo sábado entre un Alavés muy serio y un Barcelona en descomposición que ayer, jugándose la Liga, derrotó al Eibar de aquella manera.

Así pues, a la espera de si el ciclo Valverde se cierra con boleto para la Intertoto o no, lo cierto es que el balance de los rojiblancos es amargo. Por lo que podía haber sido y no fue, y por lo que queda aún por dilucidad, es decir, si Txingurri cierra su segunda etapa en el Athetic con pleno europeo. Son muchos los que hablan de fin de ciclo, y no solo porque el Club esté obligado al relevo en el banquillo del primer equipo.

La era Valverde toca a su fin cuando empieza el declinar de la de Aduriz. Y, seguramente, esa sea la mayor dificultad a la que, salvo sorpresa improbable, se enfrente José Ángel Ziganda. Se ciernen dudas sobre el equipo, más allá de algunas buenas noticias como las de Yeray o Arrizabalaga, el balance ofensivo del equipo no ha sido nada positivo. El partido del Calderón volvió a evidenciar la previsibilidad del juego, la falta de paciencia e ideas para abrir la lata, la incapacidad para remontar marcadores los días en que se debe vencer como sea.

No tuvo disculpa en el Manzanares, menos aún con una defensa de circunstancias, pero fue un pecado frente a Alavés o Leganés, partidos en el que se fueron por el sumidero las opciones de la clasificación europea sin turné veraniega. El equipo, que puede resultar fiable en términos generales a lo largo de la competición regular, ha fallado sobremanera en las ocasiones clave, naufragando notablemente a domicilio.

Qué hubiera sido de este equipo a nada que hubiera aprovechado los partidos lejos de San Mamés es una pregunta tan recurrente como quizás absurda. Fútbol ficción. El partido de ayer resumió lo que ha sido el año: un equipo incapaz de vencer a domicilio en cuanto las cosas se ponían feas, sin capacidad de reacción, de voltear marcadores adversos, ni tan siquiera de inquietar, muy distinto del arrollador conjunto local que se mostraba invencible en casa.

Sorprendió Valverde ayer por sus decisiones, no por reservar a Williams, que posiblemente no estuviera para aguantar los noventa minutos, sino por la disposición de los que eligió, por la presencia de Iturraspe junto a Beñat o San José, por el protagonismo dado a dos laterales, de Marcos o Balenziaga, que resultaron dos escopetas de feria. EL invento del cambio de sistema el último día sorprendió y no resultó. Para cuando llegó la enmienda, la enmienda de Ernesto a sí mismo, el Athletic naufragaba tras tres minutos infames en defensa y la inacción por bandera.

El Atlético, hechos los deberes en un abrir y cerrar de ojos, regaló a los vizcainos el balón para que se cocieran en su propia salsa. Las llegadas a área rival se sucedieron, aunque el ejercicio fue más frustrante que el de lo llegar, porque ver constantemente balones colgados al área a las manos del portero, balones que se perdían por línea de fondo o, peor aún, por línea lateral, daban ganar de comer fósforos, pero de caja en caja. Los astros quisieron situar al Athletic en el mismo bando que a Susana Díaz, así pues, para que el final de tarde fuese más amargo, el Celta de Berizzo, ese entrenador que no ha conseguido más que un puñado de partidos con buen juego y al que algunos anhelan ver en San Mamés, daba esperanzas en la misma medida que definitivamente las quitaba.

Sabor amargo, pues, con buqué a despedida y retrogusto a nuevos tiempos. Habrá que esperar unos días para el balance definitivo. Es cierto que la temporada no ha discurrido por donde se quería, aunque ha sido buena, pero no muy buena. Por cómo se ha comportado el equipo en Europa y por el parón de las últimas tres jornadas.

Con todo, esta era Valverde la recordaremos y mucho dentro de un tiempo. Porque se ha hecho norma de algo que en treinta años había sido excepción. Pero nos acostumbramos rápido a los logros, se olvidan con facilidad los malos momentos y cuesta valorar los méritos de un equipo que, sin florituras, es cierto, ha competido como no estábamos acostumbrados.

Ha cambiado mucho, demasiado, el entorno rojiblanco. Veremos si, además de no saber despedir al que se va como merece, sabe dar tiempo al que llega. No lo tendrá fácil quien se siente en el banquillo local. Por el relevo generacional, por lo competida que se ha vuelto la parte alta de la tabla liguera y porque los refuerzos para este club son cada vez más escasos.

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Llegó la victoria uno de los días que más gusta

Cuando menos se esperaba, demostrando que esto del fútbol carece de lógica, después de seis meses no solo de sequía, sino de ausencia absoluta de fútbol a domicilio, el Athletic consiguió una victoria balsámica en Anoeta que le permitirá vivir el final de temporada alejada de los malos augurios que llevaban instalados por Bizkaia por encima de lo razonable.

Con una victoria contundente y concluyente, la lucha por Europa se estrecha por una parte y se aleja por otra, abriendo la posibilidad a optar a algo más que la séptima plaza siempre que el próximo sábado se consiga puntuar frente a un Real Madrid que no convence pero siempre vence.

Salió el Athletic al césped en Donosti sabedor de lo que debía hacer, con la lección aprendida, entregado, concentrado y decidido. Sorprendió a los locales, quizás hasta confiados en exceso por un triunfo que por la trayectoria de ambos equipos se daba por hecha en Gipuzkoa. El caso es que salvo los instantes iniciales y el arreón final antes del descanso, la Real no fue la Real, al menos la que se conoce los últimos meses, y el Athletic no se pareció en nada al equipo que suele ser alejado de su casa, dando una imagen parecida a la del Nou Camp o Pizjuán, pero con pegada. He ahí la clave.

Pudo adelantarse pronto, clamorosa la tuvo Raúl García, que perdonó donde no suele, y tuvo que llegar el gol de penalti, bien buscado por Yeray ante una entrada absurda e innecesaria de Xabi Prieto que se hubiese entendido mejor intercambiando los papeles, si el debutante Yeray hubiera sido el causante de la falta y Prieto el veterano que aprovecha el exceso. Esta vez la balanza se decantó en favor del Athletic, como en Sevilla se le volvía en contra con Etxeita de pardillo. Marcó Raúl, con emoción, tras pegar el balón en Rulli, pero raro era que perdonase el navarro por dos veces.

Ahí mejoró algo la Real, que lo intentó, aunque la única clara que tuvo la desbarató Kepa, que volvía, en una clara declaración de Valverde de lo que quiere bajo palos: alguien que aporte, que detenga algo más que las parables.

Se llegó al descanso y para la reanudación eran varias las tareas pendientes: evitar que la Real saliese en tromba y marcase pronto. Se evitó, porque el juego de los donostiarras fue más barullo que otra cosa, y los rojiblancos estuvieron firmes y listos para salir a la contra. En un fallo clamoroso de Odriozola y en una indecisión de Martínez se sustanció el gol de la tranquilidad, un mazazo para los locales, inventado por Williams, que lo había intentado y había fallado como casi siempre. Le sentó bien el gol, y esperemos que le sirva para serenarse a la hora del remate en adelante.

A partir de ahí el guion siguió por donde la lógica indicaba: con la Real intentando acortar distancias, aunque con más corazón que cabeza o fútbol, y con el Athletic con el cuchillo entre los dientes para lograr el tercero. Valverde sacó a Aduriz y quitó a un Munian que llevaba minutos desentonando: ni era su día ni el terreno de juego estaba para alguien con tan poca potencia.

Pudo sentenciar el Athletic por dos veces y acortó la Real, aunque lo invalidó el árbitro, algo en lo que desde Gipuzkoa se basan los más recalcitrantes hoy para justificar la derrota. Debió subir el gol al marcador, por la misma regla que el árbitro debió señala un penalti a Raúl García en área txuriurdin, pero Sánchez Martínez, que es más malo que chulo, y chulo es un rato, hizo gala de un arbitraje de esos que te hacen entender por qué razones es internacional: previsible en las áreas, tarjetero, cobarde a la hora de elegir el color de las cartulinas (lo agradecieron Yuri e Illarramendi) y malo aplicando la ley de la ventaja.

Afortunadamente, hay gente que aún sabe aparcar la pasión y reconoce que el Athletic ganó porque fue sencillamente mejor, porque consiguió llevar el partido a su terreno, porque hizo que la Real ni estuviese cómoda ni consiguiera hacer su fútbol. Raúl le ganó la partida a Illarra, Beñat y San José –gran noticia su mejor juego de las últimas tres semanas- rompieron la línea de creación de un pedazo jugador como Zurutuza y el juego por bandas, ese que ha llevado a poner en el escaparate a Berchiche y Odriozola, no fueron las que vienen siendo. A ello se debe sumar el gran trabajo de Laporte y, sobre todo, un Yeray que está dando un nivel impropio de un debutante.

Se cumplió, por tanto, la tradición, esa que suele demostrar que los derbis suelen venir mejor al equipo que no está tan bien en la clasificación, el que llega con más dudas. Ahora los rojiblancos deberán dar el do de pecho contra el Madrid de Zidane, que sin juego sigue encaramado al liderato. Si era necesario un empujón definitivo para la venta de entradas, esa  cuyo plazo para los socios vence hoy, lo dio el equipo con su victoria a domicilio.

Es inevitable seguir pensando qué hubiera sido este año de este equipo si lejos de San Mamés hubiera hecho mínimamente los deberes.

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Naufragio y posible fin de ciclo

Es mejor no pensar qué darían de sí estas líneas de haberlas escrito a eso de las 21 horas de ayer. Es lo bueno de limitarse a dejar la base preparada y rematar al día siguiente, ya con la cabeza algo más fría.

A los niños se les suele ilustrar con cuentos, una forma de aprender sencilla, comprensible para ellos, pero que suelen tener una carga de verdad a transmitir mediante símiles. Uno de ellos es del famoso pastor al que se le avisa de que viene el lobo. A los componentes de la plantilla del Athletic, salvo honrosas excepciones, les ha venido sucediendo algo similar. El lobo futbolístico les ha estado a punto de aparecer en innumerables choques en San Mamés y en todos los que han disputado esta temporada alejados de La Catedral.

Mientras los resultados se iban dando, la plantilla se levantaba la camiseta y mostraba una frase tatuada –no eres futbolista hoy por hoy si no tienes una marca de tinta bajo tu piel- a fuego: clasificación, amigo. Sí, pero, decíamos algunos. Casi todos. Los que poblamos las redes sociales, opinión mayoritariamente prescindible, y la opinión publicada en prensa, radio y televisión, generalmente más susceptible de ser atendida por los profesionales del fútbol.

Daba igual. Nadie parecía querer escuchar y los rojiblancos seguían en su huida hacia adelante, confiando en sus partidos en casa para acopiar puntos, mientras los bochornos fuera de casa se sucedían. Para los encuentros disputados en el hogar, y tras practicar habitualmente lo que se conoce como un Froilán, o sea, pegarse un tiro en el pie, los zurigorri lo fiaban todo a la conjunción astral que se ha venido dando y que ha hecho que el equipo sacase adelante encuentros haciendo pocos -o incluso ningún- mérito.

Llegó la hora de la verdad en la Europa League y el Athletic ha seguido por la misma senda. Solo ha variado un pequeño gran detalle. Esta vez no había, como en la fase grupos, red. Esta vez los detalles importaban. Esta vez no valía con ganar y sumar tres puntos, en perder y esperar a que otros lo hicieran por más goles, o que tan solo empataran con otro rival. Esta vez la diferencia de goles podía ser letal. Por eso la semana pasada, el mismo viernes, la sensación en Bizkaia era amarga, como de eliminación anunciada.

Estábamos en lo cierto. Porque este equipo, a diferencia de hace un año, naufraga a domicilio, contra cualquier rival y en cualquier situación: da lo mismo que sean Barcelona o Madrid, que un Valencia desguazado, el Leganés o el Sporting, o alguien de menor entidad que estos dos, el Apoel de Nicosia.

Existe ahora tentación de juzgar méritos en lugar de marcador, algo que siempre emplean como recurso quienes pierden, es al fútbol lo que el pataleo a la vida. Pero si el Athletic ha caído contra el Apoel, ha sido por su manifiesta incapacidad de traducir superioridad en goles, por la incapacidad de parar la sangría de goles encajados, por no saber aprovechar el balón parado, por carecer de criterio a la hora de crear, de gestionar el balón. No bastan las estadísticas. No es que no basten, es que tan solo valen para el marcador, lo demás es para rellenar espacio en los periódicos. Ornamento, entretenimiento.

El fútbol del Athletic tiene un problema pavoroso. El que representan Williams o Muniain en vanguardia, y el que ponen de manifiesto, hoy por hoy, Etxeita, de Marcos o Bóveda en retaguardia. No fue casual que ayer, de nuevo, naufragase el equipo cuando solo pasaban veinte segundos de la reanudación, en una incursión de los locales por territorio de Marcos, con centro desde la banda y con, en este caso, Etxeita marcando a su par detrás. Se viene repitiendo en los últimos cuatro partidos, por lo menos. Un desastre.

Huele a cambio de ciclo. Un ciclo que algunos no quisiéramos que acabase. Lo dijo Txingurri en rueda de prensa, no es el momento, pero esta eliminatoria simboliza como nada lo que hoy por hoy es su Athletic. Y aunque en fútbol es habitual situar a los entrenadores en el centro de la diana, los responsables de todo esto vuelven a ser los que saltan al césped. Porque no hay entrenador que pueda enderezar ciertas cosas sin voluntad de sus futbolistas, venga de Viandar de la Vera o haya nacido en Rosario.

Hoy quienes han tenido la osadía de escribir que el mal juego del Athletic se debía, entre otros factores, a la falta de oportunidades que el terco entrenador se empeñaba en no dar a Iturraspe, obvian el papelón del de Abadiño, como ya lo hicieran el lunes tras el ridículo de Mestalla.

Ese es y no otro el problema clave de este equipo. Que ninguno de los jugadores está al nivel que se les supone. Cuando se han ido acumulando puntos, pasando eliminatorias, con Aduriz luciendo una pegada por encima de lo razonable, los resultados ocultaban la realidad, o permitían pensar que poco a poco, a medida que llegaban los resultados, mejoraría el juego.

Pero no. Nada ha mejorado y la suerte, esa que en momentos ha aparecido, le ha dado la vuelta al equipo en el momento clave, para poner con toda crudeza de manifiesto lo que venía sucediendo. Y así, un rival con escaso potencial, ha demostrado mayor solvencia defensiva y una pegada más propia de un equipo como el Athletic, que había alcanzado un más que respetable nivel en el escalafón UEFA.

Quizás sea esa otra de las claves, el acomodamiento, tanto de afición como, sobre todo, de jugadores. Acostumbrados ya a las participaciones europeas en un club que antes las vivía esporádicamente, puede que haga que no se disputen ni se vivan como una oportunidad que no se puede dejar escapar. Pero comparar el rendimiento de este equipo en Nicosia y el de hace un año en Sevilla provoca todo un ataque de nostalgia.

Tiene pinta de que cambia un ciclo. Un ciclo que en un tiempo valoraremos en su justa medida. Un ciclo de records en plena era moderna. Porque con este entrenador el equipo ha alcanzado al pasaporte para Europa en cuatro de cinco ocasiones. Y aunque ahora las cosas no inviten al optimismo, podría darse que lo haga en cinco de seis temporadas.

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Victoria, pero suspenso

Sinceramente, fue lamentable. Cierto que nada se puede objetar a la voluntad del equipo, a su capacidad de respuesta, a la ambición, a las ganas de enmendar situaciones adversas, pero los fallos constantes en defensa, en situaciones evitables, la falta de contundencia, la incapacidad de saber administrar la ventaja, que no es incompatible con querer ampliar la ventaja.

Porque el segundo gol del Apoel, que cayó como un jarro de agua fría, que sentó como una patada en la entrepierna, fue demérito absoluto de un Athletic que por buscar un cuarto gol convirtió el partido en un correcalles. Un error grave, una falta absoluta de saber leer el partido, de tener la cabeza fría.
De precipitación. De saber competir, en definitiva.

El camino era sencillo. Era intentar repetir el juego que dio origen al tercer gol, una jugada clara de combinación, de conducción, de cómo centrar (quizás deba Raúl García impartir clases particulares también de eso). Pero frente a eso, el equipo aceleró el juego como si necesitara sí o sí un gol más para pasar. Superado el susto inicial, un cero a uno transformado por el rival en la primera ocasión, enmendada la plana y con un contundente tres a uno, el equipo debió aplicar inteligencia, que es algo impagable en la vida, también en el fútbol.

Frente a ello, juego deslavazado, sin control, precipitado, sin precisión. Y sin contundencia en retaguardia, con Laporte más pendiente de demostrar lo bueno que cree ser y Lekue haciendo un estropicio como lateral izquierdo por no saber cuál es el abecé de un lateral, sea diestro o siniestro.

Se ha complicado la vida el Athletic, y deberá realizar un partido más que potable en pocos días para certificar el pase. Vistos los bodrios a que nos ha acostumbrado el equipo a domicilio en liga y los esperpentos protagonizados allende nuestra frontera en esto de la Europa League, la confianza se sitúa en límites realmente bajos.

Habrá que ver la encerrona en Chipre. No les arriendo la ganancia a quienes vaya a desplazarse, máxime después de lo sucedido en las calles de Bilbao. Nadie parece querer tomar cartas en un asunto que por reiterado no deja de ser gravísimo. No es lógica la falta de control que en cada eliminatoria se observa por las calles de Bilbao, con ganado neonazi campando a sus anchas por las calles, repitiendo consignas inaceptables y repartiendo estopa con impunidad propia del lejano oeste del siglo XIX. Se debe, además, empezar por lo fácil, por aplicar contundencia del tipo que sea con los que desde dentro de casa usan el fútbol como excusa, y en esto también el Athletic debiera ser implacable, pero también con los ilustres visitantes.

El comportamiento de un sector de la hinchada chipriota fue vergonzoso, pero la respuesta de la Ertzaintza no pudo ser más blanda. Y llueve sobre mojado, con una policía autónoma que falla reiteradamente en su respuesta a los provocadores importados. Que la solución a la presencia de salvajes en San Mamés tenga que ser que quienes se ubicaban debajo de ellos deban abandonar la localidad por la que pagan, debería provocar el bochorno de mandos policiales y responsables políticos. En una Comunidad con número de efectivos de fuerza de seguridad desproporcionado, con un parlamento que, ayer mismo, instaba a dar solución a la sobrepoblación policial en el plazo de un año, su cuerpo policial integral se mostró incapaz de frenar a una jauría de neonazis isleños.

La receta no parece difícil, es sobradamente conocida, pero parece que los excesos y la brutalidad policial tan solo se reserva por estos lares a quienes pagan la factura, mediante impuestos y a través de las entradas al fútbol, porque hoy más que nunca cabe recordar que la señora Beltrán de Heredia poco tardó en decidir pasar la factura de los operativos policiales a los organizadores de los eventos a custodiar.

Así que todo falló. Desde el juego del equipo hasta los cambios de un Valverde que no consiguió con la entrada de Lekue o San José mejorar las prestaciones de su grupo. Los números del encuentro son dantescos, y vienen a alimentar el debate que ya se había creado esta semana a cuenta de los números del equipo. Los rojiblancos, en un solo partido, resumieron su principal mal endémico: el de un equipo con una tasa de aprovechamiento de llegadas y ocasiones impropia del fútbol profesional.

Con estos registros, competir es complicado. Tiene un examen importante en breve el equipo. En realidad, todo lo que queda de temporada fuera de San Mamés será un examen constante, porque la nota hasta ahora no ha podido ser más pobre.

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Las remontadas que dificultan ver la realidad

Parecía que esta vez sí, que esta vez vendría el tropiezo que debería servir como toque de atención, y tampoco. Algunos lo llaman suerte, pero no parece tan fácil o tan simple de definir. Es algo más. Pegada, seguramente, o eso que definiera Valdano para el Bernabéu y que se puede trasladar a este San Mamés, aquello del pánico escénico.

Y es que, si no, es difícil de explicar por qué el Athletic, a pesar de empeñarse en complicarse la vida sobremanera, tiene esa capacidad de rehacerse y sacar los partidos adelante, obteniendo, además, una cantidad de puntos que le siguen manteniendo en la pole position para puestos europeos.

Volvió a hacer poco el equipo, casi nada, prácticamente lo mismo que su rival, por lo que en fútbol, donde no siempre impera la lógica, pero a la larga sí suele hacerlo, hubiera sido de justicia un reparto de puntos. A otra primera parte tediosa a más no poder, se le sucedió una segunda en la que el equipo tampoco dio sensación de querer enmendar aquello.

Tardó el equipo en reaccionar, tanto o más que el banquillo en decidir los cambios. Lo cierto es que extrañaron, personalmente no me gustaron, pero acertó Valverde, que es el que cobra por decidir, y volvió a saber sacar el máximo provecho al plantel.

Un plantel que tiene mucho que decir en esta especie de crisis de juego que atenaza al grupo desde agosto. Cierto es que al equipo le han sucedido toda clase de avatares. Lesiones, sanciones, el asunto de Yeray… y que han contribuido a que los jugadores clave no coincidan en su mejor momento de forma todos a la vez.

Puede que suceda, también, aquello sobre lo que Txingurri ya advirtiera en verano: que la cuarta temporada del mismo técnico en el banquillo haya sembrado una rutina, una falta de motivación en el grupo basada en el hábito al método propuesto.

Algo pasa. Algo que en casa funciona, a trancas y barrancas, y que hace que el registros de puntos sea casi inmejorable. Sin embargo, el traslado de esta forma de juego, como es lógico, fracasa lejos de San Mamés, donde el equipo deberá en segunda vuelta enfrentarse a rivales de talla y donde se antoja necesario recaudar si se quiere ascender en la tabla más allá de la séptima casilla.

Se mira al banquillo, donde Valverde firmará un nuevo récord en una semana, tanto por la incertidumbre de quién será el inquilino a partir de verano y por la incapacidad del técnico de sacar lo mejor de un equipo llamado a metas más importante, al menos en la forma, paupérrima a más no poder.

Pero no deberían irse los jugadores sin asumir su cuota de responsabilidad. Porque el rendimiento individual de muchos de ellos es preocupante, como lo es también que el entrenador, que cierto es que juega con el conocimiento adicional de aspectos de los que no se puede opinar con tan solo ver los encuentros, toma decisiones que da la sensación no sirve para elevar el listón competitivo.

Habla la crítica, la popular y la publicada, del gran partido de Muniain. Cierto, cierto es que el de Txantrea rompió el encuentro en los minutos finales, que marcó un gol y que dinamizó el juego. Como lo es que firmó una primera parte calamitosa, con decisiones incomprensibles. Lo mismo que podríamos aplicar a Williams, o a Muniain, o a San José.

Porque el equipo no tiene velocidad, ni con balón ni sin él, no progresa, se enfanga en un juego cadencioso plagado de errores en la entrega. Hasta que ve la contienda perdida y espabila. En esos casos, y con algunos detalles, es capaz de doblegar a los rivales.

Por eso Aduriz, para homenajearse a sí mismo el día en que acumulaba 36 inviernos, desequilibra en cuanto le sirven dos balones rematables y no la colección de sandías de la primera mitad.

Da la sensación de que hay mimbres para más, para bastante más, aunque pasan las jornadas y el juego no aparece. Cabe ser optimista, por aquello de que a pesar de no brillar, la clasificación aún permite aspirar al objetivo. Pero bien porque se pueda acabar la dosis de suerte necesaria, bien porque no todos los rivales se mostraran tan conformistas y confiados como el Deportivo de Garitano en la segunda mitad, lo cierto es que lo visto hasta ahora no hace presagiar un cambio inmediato.

La vía puede venir por dar protagonismo a jugadores como Iturraspe o Susaeta, que sufren el castigo del técnico con más severidad que otros que parecen dar tantos o más motivos. Incluso la variación del sempiterno 4-3-2-1. Porque visto está que Muniain y Williams empiezan a dar señales de que con Raúl García apropiado de la media punta y ellos condenados al trabajo de banda no rinden como se espera. Sobrar no sobra nadie, igual se trata de revisar vídeos y aflojar en un esquema que valió en otras temporadas pero que no parece ser el que mejor se adapta ahora a los jugadores que el entrenador dispone, sobre todo en los metros finales.

Puede que el resultadismo, algo a lo que siempre nos acabamos aferrando, impida una reflexión sincera de lo que se está viendo y sus porqués. Al final, los arboles de la remontada están impidiendo ver el bosque.