+ 2

Laminados para bien dormir


Aquí estoy de nuevo. Esta es mi primera aportación a este nuevo medio. Notaréis que al contrario que en anteriores ocasiones en vez de política o divulgación histórica esta vez me decanto por la ficción, por la prosa más concretamente. Que Rufo se encargue de la poesía, que se le da muy bien. Espero que os guste la historia (sin H mayúscula) que os cuento. Atentos que contiene humor, intriga, suspense y sangre, mucha sangre. Os prometo sorpresas y guiños muy interesantes. Bueno, dejo las flores para los ramos. Que la musa me asista.

KKPNN I


Desierto de Mesopotamia, cerca de la ruinas de Harrán, 1883

Musitaba una monótona letanía mientras avanzaba pesadamente por las amplias llanuras del desierto mesopotámico. El sonido de las viejas palabras, los versos con los que desde tiempos sin memoria los miembros de su clan habían solicitado al Djinn que terminase con sus enemigos, se mezclaba con el rumor de sus cansinos pasos. A lo lejos, casi en la línea del horizonte, observaba un escaso jirón nube, que sus ojos expertos identificaban con la polvareda que una gran caravana producía en el tórrido suelo. Eran los malditos infieles, los demonios extranjeros de pálida piel que se habían instalado en su valle hacía tres años y que habían excavado en la colina que su familia veneraba y protegía. Llegaron un día, con sus rubicundos rostros y ese extraño idioma que tanto se parecía a los ladridos de los perros. Venían de la lejana Europa, o al menos eso era lo que decía el viejo capataz de la excavación. Ofur no sabía donde estaba eso, bruto y simple, ignorante de las cosas mundanas, hasta ese momento sólo se había preocupado de adecentar el Tell, la colina en la que habitaba el Djinn, y en participar en los ritos que su tío llevaba a cabo, en traer mal de ojo al mundo. Ofur iba a sustituir a su tío como clérigo, como sacerdote del Djinn, puesto al que desde que nació estaba predestinado, desde el momento en el que las comadronas comprobaron las deformidades que marcaban su contrahecho cuerpo neonato y los tics incontrolables que atacaban su rostro. Como adoradores del Djinn, habían sido apartados y perseguidos desde los tiempos de Mani y su clan había sobrevivido a duras penas. Sus deformidades eran el resultado de siglos de aislamiento y endogamia y desde que su patria fue tomada por las tropas de la media luna los parsis oscuros, los que dieron la espalda a Ahura Mazda, eran los perseguidos entre los perseguidos.

Los extranjeros eran pocos, pero les protegían una decena de soldados del Sha y además habían contratado muchos trabajadores en la región de Fars y en Bandar Abbas, que los acompañaban. Ofur, recordaba bien el día que habían llegado al valle de los malditos. Los recibieron con curiosidad pero al caer en la cuenta de que pretendían excavar en el Tell la curiosidad trocó en abierta hostilidad. Sin embargo no podían hacer mucho salvo imprecarles entre dientes, pues contando con él y su tío en el valle sólo vivían doce personas y el total de la excavación superaba las tres centenas. Su tío se encerró en su miserable casucha de adobe y desde allí no paró un solo día de rezar, de realizar oscuros ritos que despertaran al Djinn. Sin embargo, nada ocurrió. La excavación siguió sin contratiempos y durante tres años nada perturbó los trabajos. Nada. En el valle de los malditos no se había visto tal calma. Y además como si se volcara en alimentar a los recién llegados floreció con desconocida feracidad, como en los escritos bíblicos corrían los ríos de leche y miel. Por tanto nada, o más bien lo contrario. En vez de males, bondades, milagros. El tío se encerró paulatinamente en sí mismo y un día dejó de hablar, se le apagó la luz de los ojos. Perdió la fe. Fue el día en el que los europeos desenterraron al Djinn.

- Malditos, recordaba Ofur, malditos sean!

Les seguía desde hacía muchas semanas, desde que abandonaron el valle y se llevaron al Djinn. Caminaba durante el día y parte de la noche pero no podía hacer otra cosa. Casi les perdió en las montañas que separan Fars de la antigua Elam pero siguió hasta la tierra de los dos ríos y les encontró en Basora. Remontaron el gran río occidental y se internaron en el desierto, hacia Siria. Ofur estaba al borde de sus fuerzas. En cuanto alcanzaba el campamento, en mitad de la noche, se mezclaba entre los camellos y los asnos. Allí dormía. Allí se alimentaba. Ya no podía más.

- Malditos!, murmuró.

Se detuvo, y mirando por última vez al horizonte, una vez más comenzó con las antiguas palabras. Los versos en persa antiguo que pedían la maldición del Djinn, la letanía que su tío había repetido durante tres años y que ahora repetía él, sin rendirse, sin dar su brazo a torcer, erre que erre. De pronto, despertó de su abatimiento. Algo había cambiado en el desierto. Un soplo de aire, casi imperceptible, del sur. Ofur, sonrió. Alzó los brazos y dio las gracias al Djinn. Cogió la pesada capa que arrastraba y tumbándose se cubrió con ella.

El doctor Martín G. Gepp, cabalgaba casi en cabeza de la caravana. Miró hacia atrás, hacia la larga fila de hombres y bestias que llevaban el fruto de tres años de excavaciones. Habían sido muy provechosas. Ufano, se imaginaba recibiendo los honores de la emperatriz Victoria. Las pirámides y los tesoros de Egipto, el Partenón de Atenas, el altar de Pérgamo, la ruinas de Troya, la puerta de los leones de Micenas, la tumba de Agamenón,... En el último siglo los arqueólogos ingleses, franceses y alemanes estaban a la cabeza de la arqueología en todo el mundo, reviviendo, sacando a la luz la antigüedad clásica. Ahora le tocaba el turno a Asiria, a la vieja Mesopotamia, a Persia. Ahora le tocaba a él, a sus 70 años, al fin. Un bulto de cuero, que aferraba entre sus brazos denotaba su posesión más preciada. La llave que le iba abrir las puertas de la gloria, las puertas de Buckingham Palace, el título de Sir. A veces, al atardecer, cuando la canícula remitía, abría el envoltorio y observaba la estatuilla. Un toro alado y androcéfalo como los hallados en Nínive, pero al contrario que éstos de delicadas proporciones, de poco más de palmo y medio de altura, todo de oro puro. Debía tener varios miles de años y el orfebre que lo había creado debía tener una destreza casi divina, sin parangón hasta el renacimiento italiano. No había visto tal grado de perfección, cuanto más lo miraba más creía que incluso superaba a los maestros transalpinos. Parecía casi real, como si fuera a cobrar vida y a remontar vuelo con sus áureas alitas. Los ojos eran negros, de una negrura impenetrable, fría, sobrecogedora, que contrastaba con el dorado del resto de la estatuilla. Podrían tratarse de incrustaciones de obsidiana pero no se veía separación entre el dorado y el negro, no había bordes. Pasaba de uno a otro material sin solución de continuidad, como si formase parte de un solo cuerpo. La miró de nuevo, había más. Desde que fue desenterrada algo lo intrigaba, una peculiaridad extraña. Bajo la base una tosca inscripción con un objeto punzante muy posterior a la creación de la obra, en caracteres latinos, KKPNN. No podía explicárselo. ¿Qué podía significar? No lo sabía.

Algo le sobresaltó. Un grito. El doctor Gepp levantó la vista malhumorado, gruñón. Era el guía de la caravana. Un grito, otro y luego cada vez más, el guía y luego el resto de beduinos. Todos gritaban y miraban al sur. Las cabalgaduras se agitaban inquietas. El doctor Gepp observó, estrujándose las gafas a la nariz. Al sur se veía una nube de polvo. Por lo que a él concernía no era distinta que la nube de polvo que su propia caravana formaba. Pero algo debía haber distinto, la tensión de los beduinos le trastornaba, algo ocurría. Notó un soplo de aire, del sur, una escasa brisa que sin embargo era tan cálida que le secó el sudor de la frente. Se quedó medio ahogado.

- Effendi! Effendi! Huir, huir!, gritaba el guía mientras azuzaba su caballo.

Uno tras otro, golpeando salvajemente a sus monturas los beduinos desaparecieron de la vista del doctor Gepp. Miró a sus colegas de excavación, que entre airados y asustados observaban ora al sur hacia la supuesta amenaza ora al norte hacia donde empequeñecían las siluetas de aquellos que momentos antes compartían con ellos camino. Un rumor sordo se tragó los gritos y el estrépito de los que huían. Miró al sur con insistencia. El rumor comenzaba a crecer, un sonido de trueno lejano imposible en el desierto. La nube de polvo se movió, primero imperceptiblemente y luego más y más rápido, creció hasta tragarse el horizonte, hasta alcanzar proporciones monstruosas. Una gigantesca ola de arena de decenas de metros de altura avanzaba a gran velocidad, con lenguas de polvo alzándose y adelantándose como mil serpientes, como si la cabeza de la propia Medusa se acercase a devorarlos. El doctor Gepp azuzó su caballo, se aferró al bulto que portaba y partió en una carrera enloquecida a ninguna parte. Un fragor horrísono lo envolvió, lo que le dio un momento de lucidez, un instante consigo mismo. Refrenó su caballo tirando de las bridas, un caballero inglés como él no perdería la compostura ni ante la muerte, no sobrepasaría los límites de velocidad que para el cuidado de las nobles monturas marcaba el manual de la Duquesa Genevre Tanqueray, la DGT. Tranquilo, al trote, contempló el atardecer un postrer instante hasta que la avalancha llegó hasta él y lo envolvió.

El puerto de Bandar Abbas bullía de actividad a última hora de la tarde. Los pescadores volvían con sus capturas, los mercaderes arribaban con exóticos cargamentos de lejanas tierras. En pleno Golfo Pérsico era un importante vórtice de las rutas comerciales musulmanas del Índico, desde Zanzíbar a Malaca. Un veloz dow acababa de descargar pasajeros y mercancías y el capitán se dispuso a perderse en los sórdidos garitos de la ciudad. No pudo hacerlo, una pasajera seguía en cubierta mirando desesperada a los marineros y estibadores del puerto, a los restantes pasajeros que se encontraban con sus familias. Un soplo de brisa separó los cabellos de su rostro y dejó al capitán observar sus ojos. Un lágrima partía de uno de ellos.

- ¿Dónde está mi Ofur?, le escuchó decir a la mujer.

Ofur no estaba allí esperándola. Ni siquiera estaba en el valle maldito, en la poza y cascada natural que usaban para lavarse. Ofur había partido tras el Djinn.
Si te ha gustado o te ha parecido de interés esta entrada, cómpartela y ayuda a difundirla. Eskerrik asko.

2 comentarios

  1. Muy bueno Hypnos!! sin duda, la mejor pluma de kikopiñon!!! espero seguir viendo tus escritos por este rincón.

    Zorionak!

    ResponderEliminar
  2. Sin duda exagerado pero muchas gracias. Tu comentario y una llamada de Txitxi amenzándome con 3 ostias si la historia no continúa me alegran y animan mucho. Mi idea original era y es seguir con más capítulos e introducir más Kokopersonajes. Ya estoy pensando la segunda entrega de la serie.

    ResponderEliminar

Este blog lo hacemos entre todos, por lo que no sólo se agradece tu opinión, sino que es necesaria para enriquecerlo. Los comentarios, una vez enviados, se publican automáticamente, no están moderados y aunque en cinco años no ha sido necesario, nos reservamos el derecho de eliminar y/o modificar los comentarios que contengan lenguaje inapropiado, spam o resulten ofensivos.

Aldez aurretik, eskerrik asko. Gracias por anticipado.