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Laminados para bien dormir: KKPNN, capítulo III

III


Marsella, 1883

El doctor Gepp no se sentía bien. Tres años alejado de las comodidades de la patria realizando un duro trabajo de campo en las excavaciones, un viaje largo y penoso en caravana atravesando las tórridas regiones de Oriente Medio y los dos extraños accidentes sufridos en las últimas semanas habían hecho mella en su salud. Además, las ideas que bullían en su cabeza sobre el posible origen sobrenatural de la avalancha en el desierto y la tormenta frente al puerto de Marsella no habían contribuido demasiado a su bienestar. Hijo del racionalismo y la ciencia, el espíritu del doctor Gepp se desmoronaba ante estas manifestaciones de poderes que estaban más allá de la razón.

Así, pasó varias semanas reposando en la localidad costera gala, recuperando el cuerpo y la mente del grave quebranto sufrido. Su rehabilitación, empero, no fue completa y desde su accidentada llegada a Francia se veía obligado a utilizar por prescripción facultativa un bastón para ayudarse al caminar. El señorito M. Oz le regaló uno de rústica apariencia, largo como una vara y con aspecto poco trabajado, comprado a algún artesano de la ciudad, y que le valía provisionalmente hasta que ya en Londres pudiera adquirir uno a su gusto. Imitando a los ancianos del lugar, se sentaba en los bancos del boulevard de la playa, junto al Vieux Port, bastón al ristre, disfrutando de los beneficios del sol vespertino mientras contemplaba el otrora traicionero mar desde distancia segura. De ese modo sanaba cuerpo y alma, maravillado por la luz de la Costa Azul que desde hacía unas décadas fascinaba a tantos viajeros nórdicos acomodados. A veces contaba con la compañía de Julian M. Oz aunque la mayoría de las tardes las pasaba solo, ya que el joven señorito consideraba una pérdida de tiempo el pasar las tardes abandonado a la molicie frente al arrullo de las olas, y además, el señor Schneider y Ofur permanecían en el lujoso hotel en el que se alojaban custodiando la estatuilla dorada. Este tiempo perdido no fue sin embargo en vano, a pesar de no recuperar su quebradiza salud. El paso de los días hizo crecer en él la duda, el escepticismo sobre unos hechos que debían tener algún tipo de explicación empírica, y por tanto, vuelta su confianza en la ciencia, el doctor Gepp se aprestó para la que esperaba fuera la última etapa del largo viaje emprendido años atrás, la culminación gloriosa de toda una vida de arduo trabajo.

Antes de reanudar el viaje el señorito M. Oz les dejó, pues una vez resueltos los quebraderos de cabeza que el hundimiento del Garban había ocasionado a M. Oz & Son los intereses de la compañía le reclamaban en Italia. Tras consultarlo con Londres, decidieron que lo mejor para el doctor Gepp era utilizar la línea de ferrocarril Marsella-Lyon-París, que les parecía el modo más seguro, rápido y fiable de acercarse a su destino. Una vez en la Ciudad de la Luz pensaban acercarse a los puertos del Canal, cruzándolo usando algún barco de la compañía y alcanzar, al fin, la meta de su ya largo periplo. Con la mente en tales derroteros se encontraba el doctor Gepp cuando el carruaje que transportaba a la pequeña comitiva llegó a la estación de ferrocarril. Compró los billetes a París, en primera clase para el señor Schneider y para él y en tercera para Ofur y se acercó al abarrotado andén donde el tren que había de llevarlos esperaba. La locomotora, toda pintada de negro, una máquina de hierro de varias toneladas, impresionaba por las llamaradas que emitía la recientemente encendida caldera. Nubes de vapor salían de su chimenea mientras los operarios que la manejaban alimentaban constantemente el infernal fuego con más y más carbón, preparándose para la próxima partida. Tras unos minutos de espera el jefe de estación llamó a los pasajeros al tren y el doctor Gepp y el señor Schneider se acercaron a su vagón, acompañados de un mozo de cuerda que transportaba los equipajes y el baúl que contenía la alada estatua. Ofur, detrás, los seguía.




Contemplaba la escena con estupor y miedo. Ofur se encontraba en tierra extraña y lo que veía lo atemorizaba y asombraba a la vez. Él, que había vivido toda su vida en un miserable valle escondido en la meseta persa, totalmente alejado de cualquier noticia de la pujante modernidad de la civilización occidental, no podía sino asustarse ante esa mole negra, metálica, que respiraba fuego y bufaba expulsando humo. Le tranquilizaba el hecho de que sus acompañantes, los europeos, no parecían mostrar ningún temor. Su amo el doctor le había contado que ese monstruo de hierro les llevaría en su travesía, que tiraría del mismo modo que los caballos tiraban de los carros. En su viaje había visto carros tirados por caballos, pero esa máquina, en vez de tener un carro detrás tenía varios y le habían dado instrucciones de dirigirse a uno de ellos, diferente al del doctor y al del grueso rubio entrecano que le acompañaba y sobre todo diferente al del Djinn. Sin embargo no estaba dispuesto a dejarles, a perderles. Desde que rescató al doctor de la arena del desierto se las había arreglado para no permanecer demasiado alejado del Djinn, incluso cuando viajó en aquel extraño barco sin velas. Él no entendía de clases. No sabía qué era eso de viajar en primera. En realidad no conocía nada de los lujos de la vida. Dormía en cualquier rincón, comía cualquier cosa, la calidad no era algo que le importase demasiado. Se contentaba con poco, aceptaba con gusto cualquier cosa que otros más refinados hubieran rechazado sin más miramientos. Y allí estaba ahora, siguiendo al resto, pretendiendo entrar en el vagón de primera clase.

En ese momento el doctor Gepp se percató de que Ofur los seguía. Habló con el señor Schneider y le conminó a entrar en el vagón y a que no perdiese de vista al mozo que llevaba los equipajes. Dándose la vuelta miró a Ofur y le ordenó que volviese al lugar que le correspondía, pero éste, con expresión tozuda, se acercó aún más, con determinación. El fuego de la caldera se reflejaba en sus ojos, provocando un extraño efecto de mirada ígnea. El vapor se arrastraba entre los vagones y subía por el andén. Ofur abrió la boca para decir algo pero el doctor Gepp no pudo escucharlo pues con voz profunda y entrecortada gritó...

- ¡No... puedes... pasaaar!

Para dar énfasis a tales palabras tomó el bastón que lo sostenía y dio un recio golpe al suelo, tan fuertemente que llegó a romper con tal gesto una baldosa del andén, hecho que casi provoca un traspiés al doctor Gepp.

- Gandolfo!, Gandolfo!- se escuchó gritar a alguien desde el tren.

No sin lucha Ofur volvió sobre sus pasos y se dirigió a donde le correspondía, a los atestados vagones de tercera clase.




El tren atravesaba las suaves colinas de Borgoña al mediodía de su segunda jornada de viaje. Atrás habían quedado el valle del Ródano y el importante nudo de Lyon y ahora acababa de entrar en los valles atlánticos franceses. Esa misma noche alcanzaría su destino, París. La monotonía de los campos labrados había dado paso a un estrecho valle cuajado de bosquecillos y monte bajo, que pronto se convirtieron en extensos prados. El ferrocarril subió oblicuamente una ladera empinada, lenta y dificultosamente, alejándose del riachuelo que serpenteaba al fondo del valle. En un estrecho paso entre dos rocosas colinas pareció haber llegado al fin de la cuesta y tras un corto tramo llano el tren comenzó a bajar, tomando de manera escalonada más y más velocidad. El doctor Gepp dormitaba emitiendo suaves ronquidos mientras el señor Schneider observaba el paisaje con aire aburrido. Miraba sin demasiado interés el umbrío bosque que en esos momentos atravesaban, ensimismado en sus propios pensamientos. Los objetos pasaban ante sus ojos con rapidez, acompasados por el suave traqueteo del vagón. Aprovechando la cuesta abajo, como deseando redimirse por anteriores momentos de penosa lentitud el tren avanzaba veloz. El sonido inconfundible que producía al avanzar, junto con el del vapor que escapaba por la chimenea de la cercana locomotora, se acrecentaba por momentos. Ferdinand Schneider cerró los ojos, tratando de aislarse de lo que le rodeaba, tratando de imitar al doctor Gepp en su placentero quehacer. No pudo conseguirlo. Súbitamente, un chirrido extenuante se alzó por encima de todo, sobresaltándolo. Al mismo tiempo el tren frenaba con violencia, provocando una enorme sacudida en los vagones como si una enorme mano de algún cruel gigante los hubiera zarandeado inmisericorde. Despedidos de sus asientos, cayendo y golpeándose unos con otros, objetos y pasajeros saltaron hacia delante en una batahola incontenible de gritos y ruido de golpes. El tren se detuvo con un ensordecedor estruendo. Presa del terror provocado por el violento despertar, el doctor Gepp corrió gritando despavorido, olvidando achaques y magulladuras, saliendo primero del compartimento y saltando después vigorosamente fuera del vagón, buscando la seguridad del suelo firme. Ferdinand, atónito ante la reacción del anciano doctor se apresuró en seguirle. Con motivo del frenazo del tren se había golpeado con fuerza en la cabeza y notaba cómo un cálido líquido le resbalaba entre los cabellos. Llevándose la mano a la dolorida testa, la retiró con manchas de sangre, aunque al palpar la zona concluyó que no era grave. Saltó fuera del tren y observó la escena. Un enorme tronco caído en las vías parecía obstruir el paso frente a la locomotora. Mirando a la parte trasera del convoy varios vagones parecían haber descarrilado y se amontonaban en un amasijo de hierros y madera. Por doquier se oían penosos lamentos de dolor mezclados con gritos de histeria incontenida. Delante de él estaba el doctor Gepp, a escasos pasos, con la mirada perdida. Se volvió y reparó en él. Comenzó a moverse, acercándose a grandes pasos, con ojos asustados, con los blancos cabellos sobre la frente.

-¿Está seguro? ¿Está a buen recaudo?– le espetó con fuerte tono de voz. El doctor se refería sin duda al baúl que contenía la valiosa estatuilla.

- Está donde lo dejó usted, doctor- y volviendo sobre sus pasos Ferdinand Schneider entró en el vagón con parsimonia y lentitud exasperante.




El accidente de ferrocarril de Borgoña causó una profunda impresión en París, dada la amplitud del desastre. Casi un centenar de pasajeros resultaron muertos y pocos se libraron sin sufrir heridas de diversa consideración. Durante unas semanas los diarios abrieron con extensos reportajes sobre el hecho y sus trágicas consecuencias, tal era la demanda de unos lectores ávidos de información. Ante este suceso las autoridades iniciaron con presteza una investigación sobre el terreno para hallar las responsabilidades oportunas pero la realidad de los hechos demostró que se había tratado de un funesto accidente. Al parecer, minutos antes del mismo un tren había recorrido las mismas vías en dirección contraria y no se había encontrado con el grueso tronco que las bloqueó posteriormente, por lo que se concluyó que había caído allí pocos instantes antes del paso del tren siniestrado. Por encontrarse la madera medio socarrada se dedujo que se había tratado de un rayo, aunque extrañamente los lugareños aseguraron que no había habido ninguna tormenta. Además, y pese a lo ocurrido, se podía agradecer a la diosa Fortuna su intervención. Y es que la pericia del conductor del convoy evitó males mayores al conseguir detener el tren e impedir así un impacto directo contra el tronco que hubiese resultado más fatal aún. Al frenar, los primeros vagones quedaron más o menos intactos y así sus pasajeros resultaron relativamente indemnes aunque con numerosos golpes y magulladuras. Peor fueron las cosas en los vagones traseros. Diversos factores habían provocado que allí el accidente fuera trágico y dantesco, al descarrilar muchos de ellos y empujarse y amontonarse unos con otros convertidos en trampas mortales, triturando metal, madera y carne de un modo brutal. En los vagones donde viajaban los más humildes la tragedia había resultado total y los cuerpos se rescataban irreconocibles, como atravesados por mil lanzas. Pero en todo ese desastre un hecho de esperanza conmocionó a la sociedad parisina. De un modo milagroso entre los pasajeros de los cinco últimos vagones se encontró un superviviente, el único. Aprisionado entre cadáveres había salido diabólicamente ileso, con extraños tics en el rostro y gesto de angustias, quejándose por todo. Se trataba de un extranjero, de origen persa, sirviente de un caballero de inglés. Este milagro dio mucho que hablar en las tertulias de los cafés parisinos durante largo tiempo.




Michael M. Oz no estaba dispuesto a admitir más retrasos. Esperaba la llegada de la áurea estatuilla con ansiedad. Era su oportunidad de entrar en la selecta sociedad victoriana. Con esa adquisición obtendría prestigio y sus salones serían cada vez más codiciados en la noche londinense. El dinero que poseía servía para dar buenas y concurridas fiestas pero obtener un preciado objeto de la antigüedad era el camino que debía utilizar un nuevo rico como él para ser aceptado entre la crème de la crème de la sociedad, esto es, entre los aristócratas de vetustos linajes y los más ricos, poderosos e influyentes hombres de negocios de la City, el centro financiero del imperio británico y del mundo. Bien publicitada esa obra de arte podía ser la llave de su éxito futuro. Por ello había invertido tanto dinero desde hacia casi un lustro en financiar una expedición a Oriente. Y en esos momentos, con el fruto de sus desvelos casi en las manos desesperaba por la tardanza. Harto ya de los retrasos e inconvenientes que el viaje del doctor Gepp le estaba ocasionando decidió enviar a otra persona con el fin de acelerar la llegada de la estatua a su poder. Un hombre de su entera confianza, el señor Ham.




Ferdinand Schneider acogió al recién llegado con desconfianza. Consideraba su presencia como una intromisión en su trabajo, como una niñera innecesaria que se inmiscuía en el viaje de modo acusador, reprochando su incapacidad para progresar. Se trataba de un tosco irlandés, grande y pelirrojo, entrado en carnes, con unos anteojos que reposaban en su nariz y que no hacían sino resaltar una cara llena de feas pecas. Su piel era sonrosada, de un color pálido que a Ferdinand le recordaba a carne cocida de origen porcino. Al llegar al hotel parisino donde se alojaban se presentó como el señor Ham, tal y como habían sido avisados desde Londres. Su nombre no lo dijo pero comentó que sus conocidos le llamaban “Redhead” Ham. No le cayó bien desde el principio. Llegó lanzando reproches a voz en grito, revolviéndolo todo, inquiriendo sobre los planes trazados. Tras los recientes sucesos no les apetecía demasiado realizar un nuevo viaje en ferrocarril y pensaban utilizar el servicio de diligencias para acercarse a Calais. Resultaba más lento pero se sentían más seguros. El señor Ham se negó en redondo y tras recordar al doctor las instrucciones de Londres, que no pedían sino celeridad, había impuesto un viaje en tren entre París y Calais. En ese momento se encontraban realizando ese trayecto y Ferdinand observaba al irlandés con desconfianza. Ambos viajaban en un compartimento cerrado con el doctor Gepp y la estatuilla. Ofur, pese a sus protestas, iba de nuevo en los vagones de tercera. El tiempo pasaba largo y aburrido. Ferdinand se levantó y se acercó a la ventanilla para atisbar el paisaje. Pocos instantes después, el señor Ham se inclinó en su asiento, agachándose. Debajo de donde se sentaba se encontraba una pequeña maleta de viaje y al parecer buscaba algo en ella. Ferdinand observó el cuello agachado del señor Ham, largo, sonrosadito. Un impulso imparable, desconocido, le movió a mover la mano, a levantarla. No podía aguantar, sus ojos no dejaban de mirar el cuello. Salvo sus dedos índice y corazón el resto se cerraron lentamente. Incapaz de resistir más, por fin, con fuerza salvaje, su mano se descargó y con los dos dedos extendidos propinó un fuerte cachete en el cuello del señor Ham.

El doctor Gepp, no podía creerlo. Los señores Schneider y Ham eran como niños. El viaje hasta Calais fue una sucesión de cachetes, pellizcos y pequeños tirones de pelo. Y parecían disfrutar de ello. Este viaje cada vez se le hacía más largo. No podía más.
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1 comentario

  1. Está bien este personaje también, jejeje. Ese señor Ham es un descojono, me gusta las trazas que coge la historia.

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