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Laminados para bien dormir, capítulo II

II

Desierto de Mesopotamia, cerca de la ruinas de Harrán, 1883
Todo acabó en unos pocos minutos. Al ruido ensordecedor siguió un aplastante silencio, como si unos instantes antes no se hubiese desatado la más impresionante de las tempestades, destructora de toda vida. Pero a Ofur no le había pasado nada. Él ya lo sabía de antemano, contaba con la protección del Djinn y envuelto en su capa dejó pasar la ira devastadora del mar de arena. Al hacerse el silencio, suspiró, cerró los ojos unos segundos y empujó la capa hacia arriba, desembarazándose del fino sudario de arena que la envolvía. Contempló el cielo rojo del atardecer sobre él y sonrió. El Djinn había sido misericordioso.

Se levantó y contemplando el renovado paisaje, utilizó la posición del declinante sol para avanzar hacia el último lugar donde recordaba haber visto a la caravana. Sus pasos, vivos desde el primero de todos fueron adquiriendo si cabe una mayor viveza, dada la emoción que le embargaba. Recuperaría el legado de su familia. Recuperaría al Djinn. Casi lloraba de emoción, reía alborozado. Absorto como estaba en su propia felicidad, tardó en darse cuenta de que algo extraño alteraba la quietud del paisaje. Unos movimientos que en el desierto recién devastado no tenían sentido. Unos estertores agónicos de quien no se da por vencido, de quien ante la cercanía de la muerte se aferra con instintiva desesperación al escaso hilo que separa la vida del oscuro olvido. Ofur finalmente reparó en los movimientos. Eran los de un caballo que agitaba sus ancas con insistencia, coceando, y que había creado a fuerza de moverse un pequeño hoyo en la arena. Aunque la avalancha del Djinn había golpeado con más fuerza en aquella zona Ofur se sorprendió al ver que el caballo había quedado bastante cerca de la superficie. El Djinn no perdonaba. Cuando el Djinn fijaba el destino de los mortales no había escapatoria posible. Por ello no comprendía que ese caballo hubiese sobrevivido. Mientras sopesaba el significado de ese hecho, vio algo que le sorprendió aún más. Donde debía ir el estribo, había un pie humano. Un pie que también se movía. Un pie calzado y vestido a la manera occidental, europea. Pronto el caballo y su jinete estarían al aire libre respirando y agradeciendo la nueva oportunidad que les concedía la Parca. Ofur tenía que pensar qué hacer y rápido. El Djinn no fallaba. No podía ser que hubiesen sobrevivido por azar. El Djinn debía tener un plan, debía querer ser llevado a esa lejana Europa. Sólo podía ser eso, sólo eso justificaba lo ocurrido, quería que ese europeo viviese. Debía colaborar con ese hombre, ayudarle a salir de la arena y pegarse a él, no dejarle ni a sol ni a sombra hasta que el Djinn decidiese dejar de utilizarlo.

Puerto de Laodicea, dos semanas más tarde

El doctor Gepp observaba desde la habitación que ocupaba en el consulado británico el nacimiento de un nuevo día. La ciudad de Laodicea, puerto del mediterráneo y punto final de las rutas caravaneras que partían del curso medio del Eufrates, se desperezaba lentamente tras los primeros instantes del amanecer. El doctor había tenido mucha suerte. Tras ser engullido por la tormenta de arena, luchó desesperadamente por su vida hasta que una mano amiga le terminó de sacar de nuevo a la luz del día . Esa mano pertenecía a un lugareño de la zona en la que habían estado excavando en los últimos tres años y que desde que se dirigían a Europa les había seguido en la distancia. Más de una vez el doctor Gepp le había preguntado al guía de la caravana por qué aquel muchacho les seguía a varias millas, por qué no marchaba con ellos si cada noche alcanzaba la caravana y cada mañana podía seguirles. La respuesta del viejo beduino le sorprendió, no marchaba con ellos simplemente porque cada mañana el muchacho llegaba tarde a la salida de la caravana, ¡era impuntual a más no poder! En fin, poco importaba eso ya, Ofur, así se llamaba el muchacho, le había salvado y llevado al oeste hasta Alepo. Durante ese viaje el muchacho se le había ofrecido como sirviente y en agradecimiento por haberle salvado su vida el doctor Gepp había aceptado. Ahora estaba en el puerto de Laodicea, reposando y descansando de las penalidades pasadas, alojado en el propio consulado británico. El cónsul había sido muy amable con él y le había prestado una pequeña habitación que se utilizaba cuando el trabajo en el consulado se alargaba hasta altas horas de la madrugada. Desgraciadamente la habitación estaba junto a las oficinas y los ruidos que inevitablemente los trabajadores producían no le dejaban dormir tanto como quisiera. Más de una vez se había levantado vociferando y despotricando contra el oficinista que manejaba el telégrafo o contra el que tecleaba en la máquina de escribir. Se ganó una fama de gruñón de un modo fulgurante, de modo que los niños del pueblo se acercaban a su ventana para ver al viejo cascarrabias. Él los ahuyentaba con un profundo grito, malhumorado. Aparte de esas pequeñas minucias el doctor Gepp poco podía hacer sino esperar. Y era eso lo que lo mantenía en constante mal humor.
Las excavaciones en países lejanos no se financiaban solas. Como en los tiempos de Francis Drake la Corona no solía implicarse demasiado financieramente aunque dejaba hacer al estímulo privado. De ese modo eran los mecenas privados, los nobles, industriales o comerciantes ansiosos de unir su nombre a las glorias del pasado, los que financiaban la mayoría de las expediciones arqueológicas. En el caso de la del doctor Gepp el mecenas era una compañía de transporte, M. Oz & Son, que había financiado las excavaciones y ponía todo su apoyo logístico al servicio de la expedición. Michael M. Oz era el presidente de la empresa, un hombre hecho a sí mismo que había comenzado vendiendo de casa en casa productos y que finalmente había creado un imperio en el mundo del transporte. Al llegar a Alepo el doctor Gepp había telegrafiado a Londres al señor M. Oz contando lo ocurrido y solicitando ayuda. Aunque la pequeña estatua áurea, el descubrimiento más valioso, permanecía en sus manos el doctor Gepp no quería dar por perdido el resto del material encontrado en las excavaciones. Seguía en el desierto, bajo la arena que se tragó la caravana, a una jornada al este de Alepo. Solicitó ayuda a la empresa y se la concedieron. Un enviado llegaría a aquella parte del mundo con ella. Hasta entonces el doctor Gepp debía esperar y eso lo sulfuraba. Cada día telegrafiaba desde el consulado para conocer si había novedades al respecto y tanto insistía con las consultas que al final en el telégrafo le conocían como “el consultor”. Finalmente, un día, la ayuda llegó.
El doctor Gepp dormitaba en su habitación del consulado cuando una voz le despertó.
- ¡Buenos días, doctor Gepp!- escuchó.
Levantó la cabeza de la cama pero no veía a nadie. Durante unos instantes pensó que había estado soñando aunque más tarde sospecho de los críos del pueblo, los que se acercaban a molestarle cada día. Volvió a aposentar la cabeza en la almohada y cerró los ojos.
- ¡Doctor Gepp, aquí!
Esta vez se levantó de la cama completamente, de cuerpo entero, y al fin vio al que le había despertado. Era un muchacho bajito, que apenas si sobresalía de la cama. Era por ello que no le había visto la primera vez.
- Saludos doctor Gepp, soy Julian M. Oz y traigo la ayuda que tan insistentemente ha requerido a mi padre- dijo el recién llegado.
- ¡Loado sea el señor Oz! ¡Al fin!- replicó el doctor Gepp- Por favor, llámeme Martin. He estado esperando la llegada del enviado de su padre desde hace varias semanas, pero me sorprende que sea usted, su propio hijo.
- Insistí en ello y no tuvieron más remedio que dejarme partir.- dijo Julian M. Oz-. A decir verdad estaba deseando salir por unas semanas del ambiente opresivo de Londres. Mi casa parece una cárcel y mi madre una funcionaria prisiones.
El doctor Gepp no pudo responder nada a eso. Un nuevo personaje entró en la habitación. De ojos azules, con una ensortijada cabellera rubia en la que aparecían las primeras canas, el típico teutón orondo pero fuerte, se acercó al heredero del emporio M. Oz con decisión.
- Ah, Martin, le presento a Ferdinand Schneider- dijo Julian M. Oz- Está aquí para encargarse de la seguridad del traslado de los restos arqueológicos a Inglaterra. Mi padre no quiere que nada de valor se pierda por el camino.
El doctor Gepp asintió. El hecho de viajar con una estatua de oro puro le intranquilizaba y desde que en el desierto murieran sus compañeros se sentía aún más desvalido. Mantuvo en secreto la presencia de la estatuilla hasta en el propio consulado. No quería que las autoridades otomanas que dominaban esas tierras se enterasen de su valor y le fuese confiscada. Al fin se sintió más seguro. Se agachó debajo de la cama y arrastró un pesado fardo. Desenvolvió cuidadosamente el voluminoso bulto y el brillo del oro apareció en la habitación.
- Esta es mi posesión más preciada, una estatuilla que desenterré en las excavaciones- dijo el doctor Gepp- Es muy antigua y su valor es incalculable. Señor Schneider esto es lo que debe usted proteger.
-¡Qué chulito!- balbuceó Julian M. Oz mientras contemplaba extasiado el precioso objeto- Ferdinand, encárguese de esta auténtica preciosidad.
El doctor Gepp se dedicó en las siguientes semanas a excavar en el desierto en busca de los restos de la caravana accidentada. Gracias a la ayuda de Ofur y tras numerosos intentos encontraron el punto exacto del desastre, comenzando los trabajos que avanzaron con velocidad. Finalmente se recuperaron la mayoría de los objetos de la malograda expedición y se llevaron a Laodicea con premura. Un buen día, estando todo preparado al fin, cargaron un paquebote de la compañía M. Oz & Son, el Garban y partieron hacia Europa, aunque Ofur y el señor Schneider estuvieron a punto de perder el barco al llegar tarde al puerto. Sin más contratiempos el navío enfiló a Marsella, primera escala en el viaje a Londres.
El Garban luchaba contra las olas frente al puerto de Marsella. Veían la línea de la costa a menos de media milla del barco pero aún así no podían llegar. No podían entenderlo, el cielo refulgía límpido unos pocos centenares de yardas más allá pero sobre el barco se abatía una tormenta sobrenatural. Las turbonadas de agua caían del cielo y se mezclaban con las olas montañosas. Como si de Neptuno atacando el barco de Ulises se tratase parecía que los elementos atizaban con saña al Garban, impidiendo su entrada a la seguridad del puerto. El vaivén de las olas agitaban el barco como un juguete en las caprichosas manos de los dioses del mar. El monstruoso sonido de la tormenta, el fragor del viento y del agua, se mezcló con el quejido quejumbroso de la propia nave cuyas entrañas sufrían bajo el embate de las olas. El capitán del paquebote, asustado, trataba de maniobrar en un esfuerzo imposible el navío, que escorado se acercaba peligrosamente a una línea de rompientes cuya espuma llenaba el mar. Finalmente derrotado, y tras consultarlo con el señorito M. Oz decidió abandonar el barco. Cogiendo el baúl que contenía la estatuilla dorada aprestaron un bote salvavidas y lo lanzaron al mar.
Los supervivientes del naufragio del Garban boqueaban y tosían en la arena de una playa cercana, asustados pero agradecidos por salvar la vida. El doctor Gepp, Julian M. Oz, Ferdinand Schneider, Ofur, se arrastraban resoplando por el esfuerzo, sin respiración, escupiendo el agua que habían tragado. El cielo era nítidamente azul, la brisa suave, unas pequeñas olitas arrullaban la escena. No podían creer que unos minutos antes el infierno de Dante les hubiera acogido en el agua. Demasiado cansados para hablar fue finalmente el heredero de M. Oz & Son quien rompió el forzado silencio mientras observaba el baúl que aferraba el doctor Gepp, con una fuerza sorprendente para un abuelo de setenta años.
- Señor Gepp, hoy ha ocurrido algo demasiado extraño. Aquí han operado fuerzas que desconocemos, que escapan a nuestra percepción.
- Puede que tenga usted razón- dijo el doctor Gepp.
- ¡Esto ha sido obra del demonio!- intervino el señor Schneider, dando cuerpo a lo que el resto pensaba pero no quería decir en voz alta.
Ofur les escuchaba en silencio. No dijo nada pero pensó en ello. El lo sabía, el sabía la verdad. Había sido obra del Djinn.
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5 comentarios

  1. Eres un cachondo Bilbo, aparte de quitarme años me has quitado estatura también.

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  2. Te equivocas de parte a parte Julen, Julian M. Oz, qué chulito, no eres tú. En la cuadrilla hay una nueva adquisición que también se llama Julián. Ya te tocará a tí el turno, tranquilo, hay para todos.

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  3. Se está poniendo interesante esta historia, sí señor. Por cierto, me reservo la opción de pedir "royalties" por lo de Ferdinand Schneider, jejje. Es broma, zorionak.

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  4. Más que royalties deberías pedir una indemnización por lo que le he hecho al Garbanzo. Goian bego.

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  5. Es cierto, me hubiese gustado que viviese más tiempo... jeje.
    Me voy de vacatas, AGUR!!!!!!!!!!

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