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Laminados para bien dormir: KKPNN, capítulo IV

IV

Londres, 1883

- ¡Extra, extra! ¡Presentación en Londres de una esfinge de oro traída desde oriente! ¡Extra!

Un mocoso de no más de diez años vociferaba a pleno pulmón en una atestada calle del centro de Londres, tratando de vender la segunda edición del Globe con el gancho de un reciente descubrimiento arqueológico que se iba a presentar a la sociedad londinense en los siguientes días. Pasaban varios minutos del mediodía y la ciudad bullía enfrascada en una febril actividad. Carros repletos de mercancías iban de un lado para otro atendiendo a sus rutas de reparto, mezclándose con los lujosos carruajes de aristócratas adinerados que paseaban sin nada más que hacer que observar el continuo trasiego y dejarse ver, en un juego de competencia y prestigio. Los mozos salían con presteza de los almacenes, descargando los carros y llevando las mercaderías a su destino. Sirvientes de lujosas mansiones se apresuraban a realizar compras para la hora del té o la cena. Artesanos de distintos oficios trabajaban en plena calle, martilleando, cortando, limpiando, clamando a los cuatro vientos las bondades de los productos que fabricaban.

Ante la continua avenida de transeúntes el niño volvió a gritar su cantinela, esforzándose por ser escuchado por encima del alboroto de una ciudad en pleno trajín. Al fin, vio que un sujeto se le acercaba levantando la mano para llamar su atención, mientras que en la otra relucían los pocos peniques que costaba un ejemplar de su diario. Era un extranjero, de ello no cabía la menor duda, pero al niño no le sorprendió en absoluto, veía muchos a diario. El Londres de la emperatriz y reina Victoria era la capital del mundo entero por su pujanza económica, política y militar y por esa misma razón ejercía de enorme crisol e imán que provocaba la afluencia de extraños de lejanas tierras atraídos por la gloria universal de Albión. Un año antes, en 1882, las tropas británicas habían impuesto un protectorado sobre Egipto que no era sino un signo de la alocada carrera que se avecinaba entre las potencias europeas por el dominio imperialista de África. Más allá de estas disquisiciones el joven vendedor de periódicos ofreció un ejemplar al comprador extranjero, le saludó cuando éste le pagó y siguió con su ruidosa labor mientras echaba una última mirada al último comprador. El fuerte acento de las palabras que le había dirigido lo identificaban como ruso, con unos ojos claros que al ser ligeramente rasgados denotaban una lejana estirpe tártara. De mediana edad, los signos de una prematura vejez se cernían sobre un rostro que perdía lozanía por momentos. Patas de gallo y arrugas se unían a una acusada caída de cabello que dejaba entrever una coronilla cada vez más despejada. El crío había oído hablar de él y del noble al que servía, sobre el cual incluso el Globe escribía de cuando en cuando. El sirviente se llamaba Boris o algo así y formaba parte del servicio de un príncipe ruso que en aquellos momentos era muy popular entre las más altas y selectas capas de la sociedad. El tal Boris se acercó a un cercano almacén y compró unas pocas libras de mortadela para ir masticando algo mientras caminaba. Unos instantes después desaparecía de la vista del vociferante niño.




En la mansión de los M. Oz, sita en la avenida St. Bartholomew del lujoso barrio de Mayfair, reinaba un caos absoluto. Sirvientas, mozos de cuerda, camareras, cocineras, jardineros y trabajadores de los más variopintos oficios se afanaban en todo tipo de tareas de cara a la presentación de la estatua de oro del señor de la casa. Y es que esa misma mañana se había anunciado a la prensa que la presentación se celebraría en los próximos días. La fiesta iba a ser sonada. A fin de obtener de inmediato el reconocimiento que ansiaban en la sociedad londinense los M. Oz se dedicaron a enviar invitaciones a aquellos poderosos aristócratas y a los ricos industriales y comerciantes que ansiaban acudiesen a la presentación. Además de ello y como si de una estampida de ganado se tratase llegaron a la mansión multitud de mensajeros solicitando invitaciones para la fiesta, por lo que los señores de la casa andaban muy atareados. En esas andaba el señor M. Oz, cuando en un momento dado, sobresaltado por el creciente bullicio, los gritos airados y las lamentaciones que se escuchaban entre el servicio, salió del estudio a poner orden. Pronto quedó abrumado. Aquello era el caos. Todo parecía ir de mal en peor.

Ofur, daba vueltas aburrido por la casa de los M. Oz. Al principio se quedó en el estudio donde se encontraba el Djinn, junto con el doctor Gepp y los señores Ham y Schneider. Por lo que él sabía no pensaban trasladar al Djinn de esa mansión en muchos días por lo que podía serenarse. Algo que acrecentaba esa sensación de sosiego era que ni el doctor ni los otros dos se separaban de la estatuilla. Es más, pronto se hartó de las niñerías de éstos, que mientras custodiaban la preciada joya se dedicaban a hacer pequeñas bromas y trastadas a cualquiera que pasase o entre sí mismos. Como si se hubiese contagiado del mismo virus, el serio y anciano doctor Gepp se divertía jugando con un tubo de latón que recorría toda la casa y se utilizaba para llamar al servicio. De cuando en cuando, con una sonrisa maliciosa, retiraba la tapa que recubría el tubo y llamaba a la cocina, volviendo a cubrir la boca metálica cuando desde allí trataban de contestarle. Y al subir algún sirviente de la cocina a preguntar en persona qué es lo que deseaban, el doctor Gepp se reía indisimuladamente, de un modo muy peculiar, entrecerrando los ojos, víctima de algo parecido a espasmos, moviendo de arriba a abajo sus hombros de un modo muy cómico. Ofur se alejó de aquellos inmaduros y se adentró en el largo salón que acogería en los próximos días la esplendorosa fiesta. Se sorprendió del frenesí que reinaba entre los trabajadores de toda la mansión. Colocaban alfombras de Persia, una gran mesa de caoba y multitud de sillas de terciopelo español, acarreaban manteles bordados y cubertería de plata, rellenaban jarrones de porcelana china con flores frescas, limpiaban los lujosos tapices y las cortinas de encaje, los cristales de los amplios ventanales y las grandes lámparas doradas. Ofur recorría el salón cuando una escalerilla de mano se derrumbó y con ella una sirvienta que limpiaba un tapiz; pasaba por la cocina cuando la leche se cortó, la mantequilla no subía y el cocinero jefe se quemó las manos al agarrar despreocupadamente una cazuela que creía inocua; atravesaba el jardín cuando a uno de los jardineros se le fue la mano y cortó de cuajo las camelias que tanto adornaban el parterre de la entrada. Por doquier, allá donde Ofur pasase, no veía sino caos. Finalmente, aburrido como estaba sin que nadie le prestase atención ni discutiese con él, decidió salir de allí y marchar a la ciudad, que por desconocida y extraña tanto le atraía.

Ofur vagaba por las calles de la gran ciudad y en esos momentos se había perdido. Fracasaba en la elección de carreteras y en su intento de permanecer por las cercanías de la mansión donde estaba el Djinn lo que realmente estaba haciendo era alejarse de allí más y más. Abandonó el lujoso Mayfair y deambuló sin sentido largo rato, pasando por calles cada vez más humildes y empobrecidas. Una espesa niebla, el famoso smog londinense, lo envolvía todo con una luz mortecina y fantasmagórica. Entró en Whitechapel y se encontró rodeado de míseras casas de sucia y vieja madera, frente a transeúntes ociosos y malencarados, totalmente borrachos a media tarde. Fuera por la neblina o por que la tarde avanzaba la temperatura hasta entonces templada comenzó a cambiar. Aterido de frío, Ofur entró en un local con un sucio farol sobre la entrada en la que colgaba un cartel chirriante donde podía leerse Wales, con cristales tintados de un color que antaño habría sido rojo. Chorretones de polvo y hollín mezclados por el agua de lluvia caían formando regueros de suciedad en las ventanas. Sin embargo, al entrar en el tugurio a Ofur le pareció acogedor. Una pequeña estufa en la que introducían de cuando en cuando pedazos de carbonilla templaba el ambiente, aunque por la escasa lumbre que desprendía bien podía tener la calidez del local otra explicación. Unas tablas zafiamente unidas hacían las veces de barra, tras la cual se encontraba una enorme tabernera con un rostro salido del mismo infierno, vestida con un delantal raído y sembrado de manchas indefinibles. La clientela del local era variopinta. Un grupo de marineros extranjeros se acodaban en una mesa repleta de botellas, demasiado borrachos como para alzar la cabeza ante el recién llegado. Un tipo pequeño y escuchimizado, con la mirada huidiza del ratero que no tiene la conciencia tranquila, permanecía junto a la barra, en tensión, preparado para la huida rápida. Junto a la estufa, arremolinadas como tratando de librarse del frío del alma, un grupo de mujeres, torpemente maquilladas como para ocultar los estragos de la edad, dirigieron a Ofur una mirada lasciva que las identificaba como practicantes del oficio más antiguo del mundo. En una esquina, envuelto en sombras, un hombre obeso, con una barriga propia de una parturienta, observaba a las mujeres con avidez.

Desde que entró a su servicio, el doctor Gepp le prometió a Ofur una pequeña asignación para sus gastos. Hasta que llegó a Londres sin embargo, y dadas las asombrosas aventuras que les había tocado vivir el buen doctor no pudo disponer de sus propios fondos, utilizando para los gastos del viaje las remesas y créditos que M. Oz & Son le enviaba. Por ello, y una vez llegados a su destino, el doctor entregó a Ofur lo que le adeudaba, de modo que ahora éste se hallaba en un sucio garito con dinero en el bolsillo. Sin saber cómo, pronto se encontró bebiendo unas pintas de cerveza y tras varias de ellas, con la lengua suelta y el seso nublado, comenzó a hablar con el resto de clientes del local. Dada la pesadez de su conversación ninguno le hizo mucho caso excepto el gordo de la esquina, que se le acercó y pasó varias horas con él. Se hacía llamar Frank y su apellido era Shelley, Simpson o algo parecido, no lo recordaba bien Ofur. Era sucio y de modales escasos, un hedor insoportable le acompañaba por donde iba. Tenía un cabello sudoroso que se aposentaba en una gran testa y unas sienes abultadas que le alargaban la frente. De vez en cuando miraba apreciativamente y le pasaba la mano por el brazo, acariciando el kashmir, la lana de las montañas de su país con la que estaba tejida su ropa. Bebieron juntos y tras dar buena cuenta de muchas jarras de alcohol su obeso compañero le aconsejó cambiar la cerveza por un fuerte licor que llamó Mandrágora y que la fea camarera sacaba de un pequeño barrilete. Tras varias rondas en las que Ofur no recordaba haber visto a su acompañante pagar ninguna vez, completamente borracho ya, una laguna de olvido se instaló en su memoria. A la mañana siguiente se despertó tirado en mitad de una callejuela, desnudo y casi congelado, con medio cuerpo sobre un sucio charco de agua negra, con sabor a vómito en la comisura de los labios. La cabeza le pesaba y dolía como si un herrero la estuviese amartillando salvajemente. Pero lo peor de todo era un dolor penetrante que percibía allá donde la espalda pierde su casto nombre. Un pequeño reguero de sangre, reseco ya, le corría entre las piernas. Desgarro. Ya no era virgen. Le habían robado y violado.

Errabundo, sin rumbo fijo y sin tener claro a dónde iba, Ofur se arrastraba dificultosamente por calles desconocidas, dolorido y resacoso. En un pequeño patio había encontrado algo de ropa para cubrir sus vergüenzas pero por desdicha le sorprendió la dueña y azuzó a un perro contra él. A todo correr, huyendo alocadamente, sólo logró alcanzar del tendedero una camisa blanca de hombre y una pequeña falda de franela azul que por su pequeño tamaño únicamente podía pertenecer a una niña. Tenía una pinta ridícula y la gente se volvía y le miraba al pasar. Algunos le insultaban y le gritaban. Aturdido todavía por lo ocurrido Ofur no les podía entender.
Por la ropa que llevaba, pensó, tal vez por eso le molestaban. Como no tenía dinero no pudo coger ninguno de los omnibuses, los carros tirados por poderosos percherones o bueyes que servían para el transporte de personas en aquellos días y que pasaban junto a él traqueteando lentamente. Tras un largo rato caminando llegó al barrio de Kennington y observó asombrado una gran estructura ovalada, de la que salía un griterío impresionante, como si un gentío infinito estuviera celebrando algo con alegría y júbilo desmedidos.




Cientos de aficionados al rugby salían del Oval de Kennington borrachos y alegres. Era un estadio perteneciente al Duque de Cornualles y que generalmente albergaba partidos de cricket, aunque cuando se trataba de partidos importantes también se utilizaba para otros deportes. Tras el primer partido internacional entre Escocia e Inglaterra, jugado una docena de años atrás, ese año, 1883, se cumplía un hito importante para el rugby. Un torneo daba sus primeros pasos, el Home Nations, jugado entre las naciones de las islas británicas. Los aficionados que salían del campo no podían sino festejarlo, aquel día habían ganado in extremis a sus viejos rivales escoceses y el primer trofeo estaba al alcance de la mano. Un grupo de ellos, del West End, ahítos de cerveza y de alcohol barato, salió del Oval con ganas de bronca. Vocingleros, cantando a voz en grito, miraban despreciativamente a quien se cruzaba en su camino. Malhumorados, no vieron escoceses por los alrededores. Nada, descargarían su furia en otra parte, más tarde, en los tugurios de su barrio. De improviso, uno de ellos alzó la vista y vio a un extraño sujeto. Estaba sucio, con la cara y el pelo medio embadurnados de alguna sustancia oscura. Vestía una camisa blanca y una faldita de franela, una especie de kilt escocés. El inglés lo miró fijamente. No podía creerlo, un tipo había ido al partido vestido de highlander, a provocar.

- ¡Mirad!- gritó elevando la voz más allá del alboroto de sus compañeros – ¡Un maldito escocés!¡A por él!

Una decena de vándalos se abalanzaron sobre Ofur, vociferando amenazas e insultándole, agitando los puños aviesamente. Trató de correr pero el cuerpo magullado y las horas que llevaba deambulando habían acabado con su resistencia. Le alcanzaron. La paliza fue de escándalo.
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3 comentarios

  1. Estoy empezando a sentir pena por Ofur. El autor se está cebando con el pobre personaje. Tampoco consigo descubrir quien es Frank, no encuentro similitud entre él y nadie de KKPNN...

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  2. Jejeje, este ha sido el capítulo más gracioso, me he partido el culo. Patas de gallo y coronilla... quién sera! barriga de parturienta!!! juas juas juas!!!

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  3. Por una vez y sin q sirva de precedente, voy a coincidir con Kevin. Me he echado buenas risas! De hecho igual hasta me lo leo entero con detenimiento... Aunq hayan sido temas bastante manidos... La descripción me ha hecho imaginarme las situaciones claramente. ZORIONAK BILBO!

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Aldez aurretik, eskerrik asko. Gracias por anticipado.