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Laminados para bien dormir: KKPNN, capítulo V

V

Ciudad del Vaticano, Roma, 1883

El gran maestre de la orden militar de los Caballeros Hospitalarios observaba el sol al hundirse en la línea de un horizonte cuajado de diminutas casitas. Antes de que el astro rey se ocultara definitivamente echó una rápida mirada a la ciudad eterna aprovechándose de las privilegiadas vistas que le proporcionaban los apartamentos vaticanos. Sonrió, pues frente a él se encontraba un símbolo pagano, un obelisco del dios Ra traído de Egipto por el emperador Calígula, justo en medio del ombligo del catolicismo. Junto a él, a su siniestra, resplandeciendo con un color dorado por el sol vespertino, la inmensa mole de mármol de la basílica de San Pedro ocupaba parte de su campo visual con su gran cúpula, la más alta de toda la cristiandad. Más allá, a lo lejos, en frente, sobresaliendo sobre el techo de los edificios cercanos, veía el Castel de Sant’ Angelo coronado por un ángel de bronce, guardando uno de los puentes del Tíber. Y a la otra orilla la vieja Roma imperial, la ciudad que gobernó el mundo conocido.

Creada en época de las cruzadas, rival de los Templarios, expulsada de Palestina, Chipre, Rodas y Malta, afincada desde 1798 en Roma, la orden de los Hospitalarios o de San Juan de Malta era uno de los pocos brazos armados que le restaban al Papa. Tras desaparecer el sol en el mar Tirreno, el gran maestre, sucesor de una gloriosa extirpe de monjes-guerreros volvió la mirada a la amplia y lujosa sala donde se encontraba. Una larga mesa de madera noble, esmeradamente trabajada y circundada por sillas tapizadas de terciopelo rojo rematado por filigranas hechas de pan de oro, llenaba la estancia. Ocupando las sillas en silencio, con signos evidentes de preocupación y nerviosismo, los distintos dignatarios eclesiales esperaban la llegada de los rezagados al importante cónclave que se iba a celebrar allí. Se hacía tarde. El gran maestre abandonó los ventanales y con tranquilidad tomó asiento en el lugar a él asignado, junto a la cabecera de la mesa, a la diestra del gran sitial que ocuparía el Papa. Frescos renacentistas de incalculable valor, estucos dorados, tapices, porcelanas, grandes arañas de cristal de Murano, el lujo y el refinamiento los envolvía. Disimuladamente contempló a los presentes. Eran las cabezas de la cristiandad, los máximos dirigentes de la curia romana y de las órdenes religiosas. Salvo ocasionales murmullos y cuchicheos, nada se oía en la estancia, la gravedad del momento impelía a callar y a esperar. Casi podía cortarse el ambiente. En ese momento, rodeado de su séquito, hizo su entrada en la sala el Papa León XIII, provocando un generalizado sentimiento de alivio y de asombro. Junto al Santo Padre llegaba un extraño de piel morena, completamente vestido de blanco, muy sencillo, con una especie de gran bata y pantalones sin ningún adorno, tocado con un ridículo y corto sombrerito de forma cilíndrica. Un análisis del rostro y del color de su piel llevaban a la conclusión de que parecía tener un origen indio. El gran maestre sabía quién era, sabía por qué estaba allí. Por vez primera en mucho tiempo un clérigo de otra religión, pues eso era ese extraño, se encontraba en aquel lugar, algo insólito. El gran maestre ordenó sus pensamientos. Le iba a tocar comunicar la peor de las noticias. El Santo Padre tomó asiento, se despidieron los subalternos, los guardias suizos cerraron las puertas, todos callaban expectantes. La reunión iba a comenzar.

- Hermanos, nos hallamos aquí reunidos por un asunto de una gravedad extraordinaria.- comenzó a decir el Papa- Se os ha convocado con premura y muchos aquí estáis. Otros han enviado a quien les represente. También hay quien no ha podido llegar pero no podemos esperar. El tiempo apremia. A llegado el momento de dar una terrible noticia. El gran maestre de la orden de los Caballeros de San Juan de Malta os la anunciará. Escuchad con atención, por favor.

El gran maestre se levantó para que su voz llegara a todos. Fugazmente, dirigió sus ojos a un cuadro de Caravaggio que embellecía la pared frente a él y que representaba la crucifixión de San Pedro. Tomó fuerzas y suspiró.

- Gracias, Su Santidad- agradeció. Miró a los presentes y comenzó a hablar de nuevo- Hermanos, tengo una mala noticia, no fue de casualidad, esta puede ser el peor de los momentos de nuestro tiempo. El Diablo nos amenaza con la destrucción.

Un respingo sacudió a los congregados. Murmullos incontrolables se elevaron hasta que el Papa levantó la mano solicitando silencio. Todos callaron.

- Hace miles de años, antes del advenimiento de nuestro señor Jesucristo, un profeta llamado Zoroastro predicó en Persia sus enseñanzas y fundó una nueva religión dedicada a un único dios, Ahura Mazda. Esa religión se denomina zoroastrismo. Siglos después otro profeta llamado Maniqueo postuló una variación de esa religión que se llamó maniqueísmo. Predicó que Ahura Mazda era el dios de la luz, el bien absoluto y que frente a él en constante lucha se encontraba Ahrimán, que representa la oscuridad, el mal absoluto. Otro nombre con el que los persas conocen a éste último es...

- Gran maestre- el prefecto del Santo Oficio, la siniestra Inquisición, le interrumpió dirigiéndole una mirada cargada de malignidad- Todos los presentes conocemos perfectamente la historia de la teología. Todo lo que nos cuenta lo hemos estudiado para obtener los hábitos. Aquí no hay necios ignorantes. No veo la razón por la que nos ilustra sobre el particular. ¿Por qué no pasa a relatarnos lo que realmente nos ha traído aquí?

No cabía duda que el máximo dignatario de la Inquisición se encontraba irritado. El propio hecho de no conocer la noticia que allí se iba a revelar y que el gran maestre fuera el ponente debía escocerle mucho. Iba a contestarle cuando el Papa zanjó la cuestión:

- Continúe- dijo escuetamente al gran maestre mientras dirigía una mirada desaprobadora al prefecto del Santo Oficio.

- Gracias, Su Santidad.- respondió el gran maestre- Como decía, otro nombre con el que los persas denominan al mal más absoluto es Djinn, el Demonio- tosió y tras respirar hondo prosiguió.- En el siglo IV de nuestra era las tropas del emperador romano Juliano el apóstata invadieron el imperio persa entrando profundamente en Mesopotamia. La Historia nos dice que grandes calamidades se abatieron sobre aquel emperador y su ejército. Nosotros sabemos lo que pasó en realidad. A la altura de la capital persa se encontraba un templo que las tropas romanas saquearon e incendiaron. Ese templo estaba dedicado al Djinn. Tras el saqueo se sucedieron todo tipo de desastres, a cual más devastador. Las tropas se inquietaron y obligaron al emperador a abandonar el sitio de la ciudad y a volver a Roma. Pero hubo algo más. Una pequeña estatua de oro, una esfinge con alas y cara barbada, obtenida del saqueo del templo. No lo sabemos con seguridad pero esa estatua era algo muy maligno, la causa de los desastres. No era una representación del Demonio, no. Al parecer...- dudó el gran maestre de lo que iba a decir a continuación- Parece ser que la estatua era el Demonio mismo.

La sala estalló en grandes voces, exclamaciones de sorpresa, incredulidad o miedo. El Papa tuvo que hacer grandes esfuerzos para que volviera el orden al cónclave. El gran maestre se dispuso a proseguir. El máximo dirigente de la Inquisición le miraba con desdén.

- Y, ¿qué ocurrió con la estatua?- preguntó el general de la orden de los jesuitas, el papa negro, con evidente nerviosismo en el tono de voz.

- Tras levantar el asedio, una pequeña patrulla de soldados romanos se internó con ella más allá de Mesopotamia, en pleno corazón de Persia, tratando de alejar su maléfico influjo los más posible y no hemos vuelto a saber nada hasta ahora- respondió el gran maestre.

- ¿Ha vuelto a aparecer la estatua?¿Qué ha ocurrido?- el que ahora hablaba era el máximo dignatario de la orden del Carmelo, la orden mixta de los carmelitas.

- La estatua está en Inglaterra- dijo León XIII y ante el terror que vio reflejado en las expresiones de la mayoría de los presentes, continuó tratando de tranquilizarles- Y tenemos allí a nuestros agentes prestos a interceptarla- tras una breve pausa, prosiguió- Aquí hay una persona que nos hablará de lo ocurrido con la estatua. Es quien me acompaña y cuya presencia tanto os ha sorprendido. Se trata de un sacerdote parsi, un seguidor del zoroastrismo, que nos ha avisado de los últimos movimientos de los poseedores de la estatua.

La reunión se prolongó durante varias horas y en ella se contó lo que se conocía del final de la infortunada patrulla romana y la creación de un nuevo templo por los parsis oscuros, los seguidores del Djinn. También se habló de la aparición de la expedición del doctor Gepp y del viaje a occidente que había realizado la estatua. Se relató dónde se encontraba en esos momentos y de lo que pretendía hacerse con ella. Finalmente se tomaron decisiones, se enviaría lo más rápidamente posible a cuantos agentes se pudieran a tratar de recuperar el perverso objeto y en ello se contaría con la ayuda de los parsis. Mientras tanto, se contentarían con los dos espías que el Vaticano tenía en Londres. Al finalizar el cónclave, el Papa realizó un aparte con el gran maestre de los Caballeros Hospitalarios para hablar de esos agentes. No confiaba en ellos, el hecho de que Inglaterra no fuera católica y que en el pasado hubiera asesinado a varios enviados del Vaticano provocaba que los espías no fueran los más aptos. Eran más bien lo contrario, dos monjes, uno carmelita y el otro cartujo, torpes y desmañados.

- ¿Qué podemos esperar de nuestros espías en Londres?- preguntó León XIII sin más ambages al gran maestre.

- No demasiado- dijo éste- Nuestro agente principal es un antiguo monje carmelita portugués llamado Gomes da Melo, un depravado mujeriego que tras las múltiples transgresiones de la regla monacal fue expulsado de la orden y desterrado a este destino en Londres. Es muy extraño, ora es alguien serio ora se convierte en la más chabacana de las personas, como si sufriese de algún tipo de desorden de personalidad. El otro es el padre Julián, monje cartujo español, y que como tal, y salvo escasas excepciones mantiene el voto de silencio propio de su orden monacal. Si el portugués es raro este se lleva la palma. Permanece desaparecido grandes periodos y no ve la luz del día. Además, nuestros informes dicen que se ha convertido en un gran bebedor debido a las malas influencias de Gomes da Melo. La cosa no pinta demasiado bien.

- ¡Dios mío! dos pecadores y uno de ellos mudo. Ayúdanos Señor en esta hora de desgracia- imploró el Papa mirando al cielo- ¡Ayúdanos!

El gran maestre, apesadumbrado ante la reacción del Santo Padre, se dirigió a las dependencias del telégrafo vaticano con intención de impartir las órdenes precisas a Londres, cavilando sobre el fin del mundo predicho en el Apocalipsis de San Juan.



Londres, 1883

Los Carrefour eran una familia francesa que había emigrado a Inglaterra huyendo de las agitaciones revolucionarias que desangraban la vida parisina de mediados de siglo. Establecidos en las cercanías de Londres se asentaron y medraron, dando a sus vástagos una vida desahogada. Jean era el último de varios hijos del matrimonio Carrefour y era un gran amigo de los M. Oz. Emprendedor y con ambiciones, Jean había creado un negocio relacionado con la industria láctea mediante el reparto de botellas de leche a domicilio. Aunque su idea original era distribuir la leche a primera hora de la mañana, su natural indolente y su gran cachaza hacía que tanto él como sus productos llegasen impuntuales a todos sus puntos de reparto. Sorprendentemente en eso radicó el éxito de su negocio, pues servía su leche tarde para los desayunos de la mañana pero pronto para la hora del té, por lo que encontró un nicho de mercado virgen en aquellos compradores que deseaban leche fresca para la tarde. Jean recibía entre quienes le conocían el sobrenombre de “Cow” debido al negocio que regentaba, aunque había quien maliciosamente afirmaba que se trataba un apodo muy descriptivo dada la talla de cintura del destinatario del mismo. Efectivamente Jean “Cow” era orondo, rebosante de carnes, con una cabeza digna de un gigante y poblada de un lacio cabello castaño con tonos rubios. Sin embargo su cuerpo, salvo a lo ancho, no estaba en consonancia con semejante testa, pues su altura era diminuta, propia de un gnomo de cuentos infantiles más que de un hombre. Voraz de apetito, afable en el trato, era un personaje risueño de agradable conversación y risa fácil que le valía para que quienes le conocían le perdonasen su impuntualidad constante y su aparente falta de interés por los demás.

Jean “Cow” conducía una elegante calesa tirada por dos grandes caballos capaces de aguantar su peso por el barrio de Kennington cuando un tumulto llamó su atención. Varios policías, los afamados bobbys, custodiaban y hacían subir a un carro abierto a un grupo de muchachos, matones de barrio pobremente vestidos, malencarados y con evidentes signos de embriaguez. Parecía que acababa de haber una pelea, pues en el suelo se encontraba un guiñapo lleno de sangre y moratones, con la cara embadurnada de suciedad, vestido con camisa blanca manchada de sangre y falda escocesa. Paró y se apeó, curioso, acercándose a observar la escena y asombrándose al reconocer al herido como el persa que había visto en casa de los M. Oz en los pasados días. Extrañado pero resuelto, se acercó a los policías y les habló, identificándose y haciéndose cargo del traslado del herido junto al doctor Gepp. Ofur pasó el resto del día conmocionado, dolorido y medio sedado, pero al menos estaba en casa. Ya no estaba perdido.




Un mozo salía de un almacén con un gran cántaro de cristal sobre los hombros cuando tropezó y cayó al suelo con estrépito. El recipiente se le escurrió de las manos y se rompió en mil pedazos, saliendo despedidos peligrosamente. El carro conducía a los detenidos en Kennington a la comisaría central de Londres cuando súbitamente el destino fue a su encuentro. Desdichadamente, un trozo de cristal de grandes dimensiones, con un afilado borde puntiagudo fue a clavarse en el anca de unos de los percherones que tiraban del carro policial. El caballo se encabritó y comenzó a correr, en medio de salvajes relinchos, lo cual provocó que el resto de animales de tiro del carro le imitaran despavoridos. Medio paralizado por el pavor, el conductor, un viejo policía de cano bigote, trataba de refrenar a las bestias inútilmente mientras su ayudante gritaba a pleno pulmón a los viandantes y conductores que se apartaran de la alocada y peligrosa carrera. Esposados al carro para que no pudieran huir, los detenidos del West End, los matones que habían golpeado con saña a Ofur ya no eran tan valientes. Chillaban aterrados como cerdos al fin de sus días, sin otra cosa que hacer, conscientes de que atados como estaban sus vidas corrían serio peligro. El carro cruzaba el London Bridge cuando la carrera llegó a su fin. Un pesado ómnibus se interponía en medio del camino, incapaz de maniobrar para despejar la loca trayectoria del descontrolado vehículo. Instantes antes del choque, tratando de evitarlo, los percherones viraron hacia un lado, saltando el pretil y precipitándose con carro y todo a las oscuras y frías aguas del Támesis.
El conductor chapoteaba asustado hacia la orilla. Un poco más allá le seguía su ayudante. Se encontraban aliviados porque habían salvado la vida. Sin embargo la tristeza les atenazaba. Nada podían hacer por aquellos muchachos que instantes antes estaban a su lado. Atados, murieron ahogados aquel día, sin poder escapar a su fatal destino.
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3 comentarios

  1. Pobre Cow, que poco favorecido sale. Al principio pensaba que me habías caracterizado como emperador, pero de monje tampoco se está mal. Muy entretenido, sí señor.

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  2. Siempre cortas el capítulo cuando empieza lo interesante, pareces un programador de Telecinco.

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  3. Pues claro, tengo que mantener la emoción para que estéis deseando leer el siguiente. Tal vez así se anima más gente a leernos, y estoy pensando en ciertos borricos y casos perdidos.

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