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Laminados para bien dormir: KKPNN, capítulo VI

VI

Londres, 1883

Boris, el sirviente ruso, caminaba distraído por Piccadilly Circus mientras masticaba un pedazo de mortadela. El periódico que minutos antes había comprado para su amo colgaba con indolencia de su brazo. Su andar era cansino, como si se tratara de un simple mortal afrontando los mismísimos doce trabajos de Hércules, como una persona agobiada por inalcanzables tareas, como si le aquejase algún tipo de desazón insufrible. O eso, o es que era simplemente un grandísimo vago. Su paciente señor, el famoso príncipe, le había enviado a comprar el diario a media mañana y pasado el mediodía Boris todavía estaba en camino sin cumplir lo mandado.

La tarde anterior había acudido a una fiesta y ahora le dolía todo el cuerpo. Resoplaba acosado por la resaca, blasfemando en ruso de cuando en cuando, mascullando entre dientes todo tipo de imprecaciones contra todo, contra todos y contra el resto de la parentela. Y el caso era que tampoco había bebido mucho. Al menos eso creía él porque no recordaba demasiado de lo ocurrido. Acompañó al príncipe al cumpleaños de una dama de la alta sociedad y al poco de llegar un mayordomo había pasado junto a él transportando sobre la palma abierta una bandeja circular con cuatro copas de champagne. Los efluvios alcohólicos del preciado espumoso le envolvieron durante un momento y se acabó. Borracho perdido. No necesitaba una gota más, el olor le bastaba. La verdad es que era un caso digno de profundo estudio, el primer y único ruso incapaz de aguantar el alcohol. Pequeñas cantidades le servían para el desmadre más irracional. Y ahora lo pagaba, claro. La cabeza le pesaba, el sonido más delicado le sonaba estridente a sus oídos, las nauseas le amenazaban constantemente. Le parecía que le envolvía un malestar sin fin por lo que se paró, una vez más, olvidadizo de sus quehaceres. Se agachó un momento, con el revuelto estómago a punto de salirle por la boca, la coronilla brillante por el sol. Respiró hondo y tragó varias veces tratando de evitar que la mortadela recién ingerida volviese a la luz. Se recuperó poco a poco. Parecía que todo pasaba. Mientras recobraba la compostura levantó la cabeza, mirando alrededor avergonzado. Dos hombres salían entre risas de la entrada de un local de apuestas que tenía a su lado.

- ¡Sabía que Shadowfax no nos podía fallar!- dijo el primero de ellos.

- Sí, nos ha hecho ganar unas cuantas libras- apostilló el segundo.- ¡Vayamos a celebrarlo!

Boris abrió los ojos desorbitadamente, las brumas etílicas se disiparon como por ensalmo, el estómago no le dolía, la mente bullía de ideas y pensamientos desbocados que pugnaban por salir atropelladamente.

- ¿Qué ha ocurrido en la carrera? ¿Qué ha hecho Shadowfax?- espetó Boris a los desconocidos. Sin esperar a la respuesta prosiguió en tono tajante.- ¡Bah! ¿Qué más da? Shadowfax es el peor caballo que he visto en mi vida. Es un inútil. Mucha presencia, mucho corcel de cuento de hadas y de magos, mucho pedigrí y al final no vale para nada. ¡Fuera! ¡Jamelgo! ¡Fuera!

Los dos parroquianos de la casa de apuestas se miraron sorprendidos ante la irrupción de este personaje. Boris tomó aire un instante y prosiguió.

- ¡Bucéfalo! ¡Ese sí que es un auténtico campeón, no como el Shadowfax ese! Rápido como el viento, indomable, poderoso, un ganador nato, un caballo de conquistadores, no teme a nada sino a su propia sombra. Bucéfalo, sí, un caballo de prestigio. Ese sí que...

- Pues Shadowfax...- uno de sus interlocutores, desconcertado aún, trató de interrumpir el monólogo de Boris.

- ¡Bah, Shadowfax! ¡No se puede ni comparar a Bucéfalo!- Boris retomó la iniciativa con celeridad, el tono de voz cada vez más alto.- Mirad, si Bucéfalo no gana es que estamos en el mundo al revés. Shadowfax sólo sirve para llevar viejos barbudos. ¡Fuera!

Boris movía las manos entre grandes ademanes, con una vehemencia en la expresión que le resaltaba las patas de gallo que partían de sus ojos almendrados. Zarandeaba el periódico que llevaba y lo estrujaba sin caer en la cuenta de lo que estaba haciendo. Tras varios minutos así, sus forzados oyentes lo identificaron con un inofensivo energúmeno y esperaron a que pasase su acaloramiento para poder hablar.

- Mirad! ¡Es que vamos! Si Shadowfax ganase, vamos, es que me tiro al Thamesis de cabeza. ¡Os lo digo aquí y ahora! ¡Al río de cabeza!- remachó el sirviente ruso mientras tiraba el diario al suelo.

Al fin Boris pareció callar tras la última de sus sentencias. Los apostantes se miraron y sonrieron. Su asombro había pasado ya y uno de ellos se decidió a hablar.

- Pues lo siento, señor. Le informo que Shadowfax ha ganado la carrera con cinco cuerpos de ventaja- dijo.

- ¿C... cómo?- consiguió articular Boris asombrado.- ¿Y Bucéfalo?

- Señor, retiraron a Bucéfalo hace más de cuatro meses, ja, ja.- respondió entre carcajadas el otro apostante.- Si lo desea puede venir con nosotros a brindar por su palmarés, ja, ja.

- Eso, señor, venga con nosotros- dijo el primero de los desconocidos.- Shadowfax nos ha hecho ganar un buen puñado de libras. ¡Vamos a un pub, señor, y tómese algo a nuestra salud!

- Muchas gracias- agradeció Boris. Su semblante se tranquilizó y adoptó un gesto quejoso-. Aunque no voy a poder aceptar. Estoy muy cansado. Ayer salí, saben. No voy a poder. Además dentro de una semana me espera mucho trabajo y me gustaría descansar- decía, mientras poco a poco acompañaba sus palabras con nuevos movimientos de manos, con cada vez más aspavientos-. Sí, estoy molido. Me encantaría pero lo siento.

Desconcertados de nuevo, los dos desconocidos le saludaron y se marcharon, riendo mientras comentaban lo que acababa de acontecer. Boris, se quedó solo y prosiguió su camino.

- ¡Shadowfax! ¡Ese sí que es un auténtico ganador!- se decía a sí mismo mientras avanzaba-. Ya lo decía yo, sí señor, ¡qué caballo! El mejor del mundo, sí.

Dio unos pasos más y de repente se paró, como si hubiese recordado algo o una idea hubiera acudido a su mente.

-¡Bah, Bucéfalo, fuera!- dijo antes de reanudar la marcha.




Un mozo caminaba por el Soho con aire nervioso, mirando insistentemente y sin razón aparente un punto tras otro, sin posar la mirada en lugar concreto alguno. Llevaba una mano apretada al bolsillo, como si guardara algo valioso. De cuando en cuando se volvía y se paraba un minuto para comprobar si alguien lo estaba siguiendo, observando las peculiaridades y adornos de la arquitectura de los edificios colindantes para disimular. En cuanto creía que nada había que temer volvía a andar, de nuevo expectante a lo que podía sucederle. Tras cierto tiempo de esa guisa llegó a un destartalado edificio, en cuyo oscuro portal entró con premura. Subió unas vetustas escaleras con escalones de apolillada madera que crujía quejumbrosa y llegó al último piso, al ático, parándose con satisfacción en la única puerta que allí había. Sin recuperar siquiera el resuello cogió con la mano libre la aldaba de la puerta y golpeó con fuerza tres veces. Un instante después volvió a repetir la operación. De la puerta surgió una voz.

- ¿Qué desea?- escuchó.

- In hoc signo vinces - respondió en voz baja el mozo recién llegado.

Sin más palabras percibió el descorrer de pestillos y cerrojos, tras lo cual la puerta se abrió sin que el muchacho pudiera vislumbrar quién la empujaba. Entró en la estancia y echó un rápido vistazo a lo que allí había. Se trataba de una pobre y pequeña habitación, iluminada tenuemente por un candil de aceite. Las paredes estaban indecentes, con varios desconchones, llenas de humedad y de una especie de sustancia verdusca que parecía moho. Una sucia mesa, repleta de botellas vacías se encontraba en mitad del lugar rodeada de unos pocos taburetes, en uno de los cuales descansaba un hombre que lo miraba con indisimulado desprecio. Era un ser pequeño contra el que la naturaleza parecía haberse ensañado, cabecita pequeña que llenaba una desproporcionada y protuberante nariz, como el pico de un buitre, grande e irregular. Tenía el cabello a medio rapar con una tonsura, el peinado de los monjes de antaño que dejaba la coronilla despejada y una escasa franja de pelo rodeándola. El cuerpo era enjuto, delgado y raquítico. Pero más allá de todo esto lo que más llamaba la atención del muchacho era lo que las manos del hombre hacían, pues una de ellas sostenía una botella de licor a medio beber, y peor aún, el otro brazo se alargaba por su cuerpo y entraba dentro del pantalón dejando sin vergüenza alguna la mano a la altura de los genitales, en un grosero gesto más propio de esos primates que se exhiben en los parques zoológicos que de un humano.

Tras de él escuchó un portazo y dando un respingo el mozo se volvió sobresaltado. Junto a la puerta había una persona que parecía una estatua de piedra, en un primer estudio no se podía asegurar más. Inmóvil, impertérrito ante la presencia ajena, se encontraba un sujeto alto y delgado con expresión hosca, seria, ojos entreabiertos y somnolientos, gesto torcido en una continua mueca de desdén y aburrimiento, pelo corto con raya a un lado, botella medio llena en la mano. El muchacho lo miró cuan largo era y lo saludó, todavía perturbado.

- Hola- dijo con voz entrecortada por el nerviosismo.- Vengo de parte del embajador. Ten...

El mozo calló en medio de la frase al comprobar que el sujeto alto al que se dirigía apartaba la mirada de él. No le contestó, nada dijo, ningún sonido profirió. Como un maniquí.

- Este debe ser el cartujo, el monje Julián, que ha hecho voto de silencio- pensó para sí mismo el recién llegado.

- ¿Qué es lo que quieres, chaval?- dijo con evidente asco el hombre que sentado a su espalda seguía manipulando sus partes.

- Y este debe de ser el portugués, Gomes da Melo - pensó el mozo, que dándose la vuelta prosiguió en voz alta.- Saludos, vengo de parte del embajador. Tengo un mensaje secreto para vosotros.- calló un instante tras el cual susurró- Es de importancia máxima. Viene de Roma.

- ¿Así que al fin se han acordado de nosotros esos putos curas?- preguntó retóricamente Gomes da Melo.- ¿Qué ocurre?¿Es el fin del mundo?- dijo mientras movía su mano oculta bajo el pantalón como si se estuviera rascando lo que cuelga.

Asustado por la blasfemia que acababa de oír, estupefacto ante lo que veía, el muchacho se santiguó varias veces. Católico ferviente, monaguillo en la Iglesia de St. John, mensajero del embajador de la Santa Sede, no estaba acostumbrado a escuchar ese lenguaje soez en contra de los sacerdotes y menos aún esperaba de un agente del propio Vaticano esas palabras y esa actitud obscena e indecorosa. Nervioso por la urgencia de su misión y sin el más mínimo deseo de permanecer un solo minuto más en presencia de aquellos degenerados, saludó a los presentes, sacó el mensaje cifrado que portaba en el bolsillo, se volvió a la puerta y tras dejarlo caer frente al arbóreo y callado monje, marchó de allí más rápido aún de lo que se tarda en leerlo.




Principales vencedores de las guerras napoleónicas, los rusos no estaban preparados para el revés sufrido frente a ingleses y franceses en la Guerra de Crimea de mediados de siglo. Su régimen, anclado en el tiempo, con millones de campesinos reducidos a la más baja servidumbre bajo las botas de unos pocos aristócratas, no estaba en condiciones de hacer frente a los adelantos de todo tipo y condición que proporcionaba la Revolución Industrial a Occidente. Así lo entendió el Zar Alejandro II de Rusia, que introdujo reformas en su país liberando a los siervos e incentivando la producción industrial. Desgraciadamente, aquellos que deseaban unas reformas más radicales asesinaron al Zar en 1881 y muchos nobles y religiosos, los elementos inmovilistas y retrógrados de siempre, aprovecharon la situación para volver atrás, truncando la esperanza de Rusia.

El príncipe Brotia pertenecía a una familia de alto linaje que se remontaba al Principado de Novgorod, el más antiguo y prestigioso de Rusia. Dueño de inabarcables tierras, con miles de campesinos a su cargo, Brotia era un aristócrata convencidamente reformista que había liberado a sus siervos totalmente y que había apostado por la producción industrial desde el primer momento, pues partiendo de fraguas casi artesanales se había convertido en pocos años en el principal productor mundial de productos metalúrgicos como el acero laminado o el hierro colado en chapa. Sin embargo, el asesinato del Zar lo desilusionó profundamente por lo que partió del país de viaje, y retirado de la gestión de su inmenso patrimonio se consagró a cultivar con tenacidad el aristocrático arte de no hacer absolutamente nada. Había viajado y visitado diversos países europeos hasta que se asentó en Londres, donde ocupaba una planta entera del lujoso Hotel Excelsior.

El príncipe descansaba cómodamente en su suite mientras esperaba a que su criado Boris le trajera la segunda edición del Globe. Se sentaba en un vistoso sillón de terciopelo verde oscuro con revestimiento de madera negra y sus largas piernas yacían en un escabel del mismo material. Vestía un elegante batín de seda y unas suntuosas pantuflas de piel, un monóculo realzaba su porte. Reposadamente leía a Homero mientras con la otra mano sostenía una exquisita copa de cristal de Bohemia en la que esperaba el mejor ron antillano del mundo. A su lado, un suntuoso mueble de madera de satín, embellecido por un jarrón de porcelana Ming con tulipanes de colores junto al que se encontraba un delicado busto marmóreo del gran Pericles. Tras el sillón había una estilizada lámpara dorada que despedía infinitos reflejos irisados a la luz que entraba del amplio ventanal del fondo, retiradas las cortinas de blanco encaje a los lados. Una amplia biblioteca rebosaba una esquina de la estancia y junto a ella, como un eco de los días antiguos, se erguía una fiel reproducción de la Venus de Milo a escala natural, transmitiendo armonía y serenidad. Al otro lado aparecía una coqueta chimenea apagada, con un ordenado haz de leña de haya descansando a su vera. Adornaban la repisa de la chimenea unas valiosísimas figuritas de marfil que representaban a seres de la mitología persa, y sobre ellas, ocupando una posición central, realzaba el lugar un gran retrato de una preciosa bailarina rumana. Tal era la belleza que desprendía que cualquiera que entrase en la habitación no podía sino fijar su vista en el cuadro, como si una suerte de luminosa visión divina se hubiera apoderado de los sentidos, alimento del alma y del latir del corazón.

Absorto con la furia de Aquiles, el príncipe Brotia se sobresaltó con el sonido de la campanada del Big Ben. Molesto, consciente de la hora que era, se levantó y acudió a la ventana a contemplar el paisaje y observar si su criado Boris llegaba con el periódico. Era un hombre fuerte, alto como pocos, abundante pelo azabache como ala de cuervo que se retorcía sobre la ancha frente en una ola que no acababa de romper nunca. En vez de mantenerse erguida su espalda se curvaba ligeramente, tributo a pagar por elevarse por encima del común de los mortales. Culto y refinado, en aquellos momentos era un cotizado miembro de la sociedad londinense, en la que se pujaba por llevarlo a sus salones. No todo eran luces sin embargo, pues más allá del lujo y la exquisitez, lejos de aristócratas y sabios filósofos, entre los sirvientes y criados, entre el vulgar jardinero y el ignaro deshollinador, había la opinión de encontrarse ante un pedante sin remedio, pesado y cargante.

Uno de esos criados, alto, de apariencia moruna, entró en la suite sin que el príncipe se percatara de ello. Todavía seguía en la ventana, con evidente malhumor.

- ¡Maldito sea ese Boris!- dijo hablando solo Brotia, harto ya de esperar en vano la llegada del citado-. ¡Es un desastrado! ¡No se le puede mandar nada!

- ¿Decía algo mi príncipe?- dijo el sirviente.

- Ah, eres tú, Ígor.- respondió volviéndose el príncipe.- ¿Sabes algo de Boris? Hace tiempo que salió.

- No alteza, pero ya sabe que anoche no acabó demasiado bien y que en estos casos no se puede contar con él- dijo Ígor.- Sin embargo me he permitido comprarle la segunda edición del Globe, si es que era eso lo que estaba buscando.

- Eso es, muy bien Ígor, no como el charrán de Boris. Muchas gracias- repuso alegremente Brotia.
El príncipe cogió el diario que le tendió su sirviente y una noticia atrajo toda su atención, la presentación en una fiesta en Londres de una esfinge de oro traída de Persia. El Príncipe, entusiasmado, decidió que deseaba acudir a esa fiesta.
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3 comentarios

  1. Quiero denunciar el escándalo que me parece que el autor se autoretrate de esa manera tan poco modesta mientras tira por tierra a otros personajes. ¡Qué escándalo!

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  2. ¡No es cierto! Máximo productor de laminados y chapas, no hace nada de nada en plan funcionario, batín y pantuflas, ancha frente, chepa, pedante, pesado y cargante. Por amor de Dios, me he autoflagelado sin compasión alguna, si salta a la vista.

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  3. De chepa nada, "espalda ligeramente curvada", "fuerte", "alto como pocos"... Se cumple eso de que quien parte y reparte se lleva la mejor parte. ¿Voy a ser el único personaje sin texto?.

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Aldez aurretik, eskerrik asko. Gracias por anticipado.