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Laminados para bien dormir: KKPNN, capítulo VII

VII


Londres, 1883

Federico R. Snow era jefe de la policía metropolitana de Londres y se encontraba en su despacho leyendo malhumorado un expediente que le acababan de traer. Se trataba de una amplia habitación en la que destacaba una ancha mesa-escritorio con su correspondiente sillón, tras los que aparecía un retrato de la emperatriz Victoria, acompañada a su diestra de una gran Union Jack. Gruesos volúmenes, montones de pliegos de casos atrasados, expedientes por resolver, se repartían aquí y allá, unos sobre otros en un desordenado caos de abarrotadas estanterías. En una esquina, sobre una balda claveteada, había un detalle exótico, una especie de faja-taparrabos de seda oscura, grande, apta para abarcar las más amplias posaderas, un regalo traído del extremo oriente por un comerciante que operaba por aquellas distantes tierras. “Waca”, un gato persa que era la mascota de la comisaría, dormitaba tranquilo envolviéndose entre las valiosas telas.

– ...apología del delito, evasión de impuestos, falsificación de documentos, contrabando, tráfico de esclavos, hurto, robo, extorsión, estafa, daños,...– el capitán leía la ficha policial de un peligroso criminal.– ...violación, sodomía, estupro, abusos sexuales, contagio venéreo,...– a medida que examinaba aquella hoja F.R. Snow se enfurecía más y más.– ...injurias, calumnias, amenazas, intimidación pública,...– la lista delictiva de aquel delincuente parecía no tener fin.

El capitán F.R. Snow escuchó unos pasos que sonaban lejanos pero apresurados, alguno de sus subordinados se acercaba a paso vivo. Algún problema habría, no había duda de ello, pero aún así no se inmutó, aquello era lo habitual en el día a día de un jefe de policía en una ciudad como Londres. Prosiguió ojeando la ficha.

– ...lesiones, tenencia ilícita de armas, instigación a cometer delitos, falso testimonio, obstrucción a la justicia, evasión,... ¡buf!, sólo le falta cometer asesinatos.– pensó.– Y eso si no lo ha hecho ya.

El rumor de los pasos se acercó más y más y justo delante de su despacho se pararon en seco. El capitán sonrió. No toleraba que ante él se perdiese el decoro. Escuchó unos golpes en la puerta e ignorándolos fijó la vista en la hoja que mantenía entre sus manos.

– ... sus alias son múltiples. Se trata de un maestro del disfraz que se oculta bajo diferentes personalidades que le permiten evadirse de la vigilancia policial. No se descarta que se esconda entre las altas capas de la sociedad. Sujeto muy peligroso. Su captura es primordial para el departamento de policía de Su Majestad.– terminó de leer e introdujo la ficha en su debido expediente, una gruesa carpeta en cuyo lomo se podían leer las palabras El Gordo en letras doradas.– ¡Adelante!– dijo en voz alta.

La puerta se abrió e irrumpió en el despacho un agente. Desaliñado, pelo corto y moreno, con barba de varias semanas del mismo color, ojos somnolientos enmarcados en unas ojeras permanentes. Su rostro era de un color enfermizo, de un blanco como la leche que podría inducir a cualquier observador imparcial a pensar que traía malas noticias o que acababa de recibir un gran susto. Pues no. Era así. El sol no conocía esa faz. Un día no muy lejano, un escritor llamado Bram Stoker escribiría su más famosa novela inspirándose en ese semblante. Despistado eterno, aparentaba ser una persona ajena al devenir del mundo, siempre con la mente inmersa en lejanas esferas. Era también introvertido, tímido en el primer trato, y si bien con el tiempo se soltaba poco a poco, parecía guardar siempre cierta cautela a la hora de expresar sus opiniones, como si sus pasiones más profundas o sus ideas más descabelladas no fuesen aptas para salir a la luz. Generalmente solía llegar tarde al trabajo, con una apariencia de haber pasado la noche entera en vela. Se llamaba Albert Kohl Dow, aunque por alguna extraña razón casi todos ignoraban o desechaban su nombre y se referían a él como Kohl Dow, agente Al Kohl Dow.

– ¡Ah, agente Kohl Dow, es usted!– dijo el capitán F.R. Snow– Pase, pase.

– Buenos días, señor– respondió el aludido en voz baja, tal y como solía. Viendo que su jefe torcía el gesto decidió elevar la voz.– Capitán, uno de nuestros carros ha sufrido un accidente.– expectante a la reacción de su interlocutor calló y no dijo más.

– ¿Cómo? ¿A qué se refiere?– repuso exasperado F.R. Snow.– ¡Explíquese!

– Sí, señor, el carro que transportaba unos detenidos desde el Oval de Kennington ha sufrido un accidente.– expuso Kohl Dow.– Por alguna razón ha caído al río. Me parece que sólo se han salvado los conductores.

El jefe de la policía metropolitana de Londres se levantó de un salto de su sillón y casi desapareció bajo la mesa.

– ¡Alerte a sus compañeros, agente! Vamos para allá– dijo.




Pocos días eran los que restaban para la fiesta de presentación de la estatuilla dorada y los trabajos para poner todo a punto para tan magno acontecimiento se desarrollaban en una caótica vorágine que convertía la mansión de los M. Oz en la antesala de un frenopático. Las idas y venidas de los sirvientes, inmersos en incontables quehaceres, se sumaban a las cada vez más frecuentes payasadas de los aburridos encargados de la custodia de la estatua, los señores Ham y Schneider. Y por si esto fuera ya poco el anuncio en prensa de la presencia de tan valiosa reliquia había congregado a las puertas de la casa a una muchedumbre de curiosos que se divertía observando el constante flujo de enviados que entraban y salían de allí con todo tipo de misivas, en las que discretamente en unas y abiertamente en otras, se interesaban por la posibilidad de que sus remitentes acudiesen al evento.

Ofur guardaba reposo tras el incidente con unos matones y el doctor Gepp parecía haberse sosegado, y tal y como corresponde a un septuagenario, se dedicaba a dar largos paseos, a observar el desarrollo de las distintas obras públicas de la zona y a tomar el sol sentado en el parque mientras alimentaba a palomas y gorriones. Esto no traía ningún consuelo a Michael M. Oz, que entregado a una febril actividad se encontraba a un pequeño paso de la locura. Finalmente, harto de lo que se vivía en su mansión, se refugió en el estudio para escribir invitaciones. Era una habitación sencilla que en aquella casa apenas si se utilizaba alguna vez, la habían amueblado con un escritorio de madera noble y unas estanterías en las que se amontonaban los libros con los que había realizado sus estudios el señorito M. Oz.

– ¡Libros!– murmuró desdeñoso el señor M. Oz echando un rápido vistazo al cuarto en semipenumbra. Al menos había útiles para escribir, sobres, hojas en blanco, un tintero, una pluma,... lo que necesitaba en aquel momento.

Nuevos ricos hechos a sí mismos como eran, a los M. Oz les faltaba franquear las rígidas barreras de clase que dividían la sociedad londinense de la época, y tras años de desvelos e intentonas, veían en aquella fiesta la oportunidad que estaban esperando para lograr su objetivo. Sus inversiones en arqueología estaban dando al fin resultados apetecidos e iban a aprovechar la expectación suscitada para lograr atraer a sus salones a las más selectas damas, a los más cotizados caballeros. Que esas personas acudiesen a la cena que con tanto ahínco estaban preparando era la clave del ascenso social que los M. Oz anhelaban, por lo que Michael se iba a encargar de que recibiesen la pertinente invitación. Utilizando un gancho abrió las contraventanas y dejó que la luz colmase la pequeña habitación. Se oía el rumor del gentío que esperaba en la calle y se puso de puntillas para tratar de mirar por la ventana. Y es que el señor M. Oz era muy pequeño, casi como un niño en estatura, algo muy extraño de tenerse en cuenta los hábitos culinarios del sujeto. Estómago sin fondo, comilón compulsivo, de algún modo su cuerpecillo enjuto no retenía los nutrientes que la ingesta descomunal de alimentos potencialmente debería proporcionarle. Sin embargo, el proceso digestivo, ineficaz o no, seguía su natural curso y el señor M. Oz visitaba frecuentemente el baño, para disgusto de anfitriones o huéspedes. Aparte de ello, siempre que podía, cuando no estaba comiendo o visitando el excusado, se entretenía dándose un chapuzón en cualquier extensión de agua que tuviese cerca, como si en vez de nacer humano hubiera preferido nacer criatura marina.

Desistiendo de su propósito se volvió y acercándose al escritorio subió, no sin dificultad, a la silla que ante éste se hallaba, acomodó unas cuartillas frente a sí, cogió la pluma y humedeciéndola ligeramente en el tintero se aprestó a escribir. No lo consiguió. Dada la tensión que sufría, en un principio se mostraba lento, atascado, sin saber cómo empezar. Presa de los nervios se llevó una mano a un enorme bulto sanguinolento que le sobresalía del lóbulo de una oreja, desagradable a la vista. Comenzó a manosearlo y lentamente se sosegó. Entonces, tomó impulso y dejó que la pluma se deslizara sobre el papel. El Príncipe de Gales, el primer ministro, los banqueros Rothschild, el príncipe Brotia, el escritor Oscar Wilde, el filósofo Nietzsche, su amigo Jean Carrefour, los nombres se sucedían uno tras otro. Pronto, llamó a los criados y tras la debida supervisión de la señora de la casa, las primeras invitaciones para la sonada fiesta empezaron a salir de la mansión de los M. Oz.




El doctor Gepp paseaba por la ancha avenida St. Bartholomew, cerca de la mansión de los M. Oz. Era una calle con amplias aceras en las que de trecho en trecho crecían unos enormes tilos muy frondosos que elevándose hacia el cielo lo ocultaban, permitiendo un paraje umbroso en el que al caminante lo invadía el sosiego y la serenidad. Encorvándose sobre su bastón, el doctor se encontraba cavilando sobre sus pensamientos cuando un leve sonido distrajo su atención. Provenía de un seto que bordeaba el paseo y durante unos instantes Martín G. Gepp atisbó entre ramas y hojas para tratar de descubrir algo extraño. No vio nada, aunque ya no tenía su vista como antaño.

– Será un gato– pensó.

Y volviendo su mente al discurso que preparaba para su gran noche, el doctor reanudó su andar renqueante, mientras el suave golpe de su bastón en el pavimento se alejaba poco a poco.

– El viejo ese casi nos descubre– susurró airado Gomes da Melo a su acompañante, que no era otro sino el monje Julián. Sacó la mano oculta en el pantalón y cerrándola amenazo al callado fraile con el puño.– Como vuelvas a hacer ruido te la cargas, ¡filho de puta espanhol!– dijo el portugués.

El monje Julián no dijo nada, no respondió. Pasaron unos instantes y Gomes da Melo se tranquilizó, bajando la mano y llevándola de nuevo a su asidero habitual. Tumbado en el suelo, junto al seto, siguió pensando en el siguiente movimiento a realizar.

Siguiendo las instrucciones vaticanas los dos espías se había acercado a Mayfair y llevaban un rato largo vigilando la mansión de los M. Oz. En un principio, se habían mezclado con un numeroso grupo de gente que aguardaba a la puerta, expectante por el revuelo causado por la presentación de la valiosa estatua que anunciaban los periódicos. Allí, trataron de colarse por la puerta haciéndose pasar por mensajeros que acudían, como muchos otros, a solicitar una invitación para la fiesta, pero su intento resultó infructuoso. Un celoso mayordomo recogía las solicitudes en el vestíbulo y no dejaba pasar a nadie al interior de la casa, por lo que al descubrir que no portaban misiva alguna los echó a la calle, tomándolos por periodistas o, quién sabe, por ladrones. En un primer momento permanecieron de nuevo entre el gentío de la puerta, pero finalmente, avergonzados, se deslizaron tras el seto donde en ese momento se encontraban, esperando una ocasión propicia para rodear la mansión, burlar a los jardineros que trabajaban en los parterres y entrar por su parte trasera.

Pasaban unas horas de la tarde para cuando los trabajadores cesaron en sus menesteres y desaparecieron de la vista. Ese era el momento que esperaba Gomes da Melo, por lo que haciendo una seña a su acompañante se levantó y agachado comenzó a avanzar hacia la parte trasera de la mansión. Uno y otro, dejaron parterres y macizos de arbustos a un lado, moviéndose a trompicones por un estrecho sendero de gravilla parda, buscando algo que les pudiera servir para llegar a su objetivo. En la fachada trasera de la mansión, se formaba un reborde con un ángulo recto de poco más de dos metros y allí había un pequeño bosquete de gran vegetación. Una gran planta trepadora, una exótica bouganvilla de fragantes flores rosas traída de Sudamérica, se aposentaba sobre las paredes de la casa, adosada al muro y creciendo muy alta hasta alcanzar y sobrepasar con creces la línea de ventanas del primer piso, a unos tres o cuatro metros del suelo. Precisamente, una de aquellas ventanas se encontraba abierta de par en par, y los ojos del monje Julián se fijaron en ella, en la planta trepadora tan útil para subir y en el bosquete idóneo para ocultarse de miradas indiscretas. Rezongó y un sonido gutural salió de su garganta, sin abrir la boca ni mover los labios, lo que su voto de silencio le permitía. Señaló lo que acababa de ver y Gomes da Melo siguió su dedo para vislumbrar en unos instantes lo que el silente monje estaba maquinando. Sonriendo, asintió con un gesto y se introdujo entre los arbustos hasta llegar al pie de la bouganvilla.

Siendo como era el más liviano de los dos, unos minutos más tarde Gomes da Melo trepaba por el leñoso tronco de la planta. La ascensión estaba resultando más trabajosa de lo que esperaba pues aunque el tronco era grueso, sinuoso y estaba lleno de nudos aptos para aposentar los pies y las manos, una maraña de ramitas dificultaban sus movimientos, y para más inri los tallos jóvenes eran espinosos. Lleno de arañazos, entre grandes sufrimientos, el portugués alcanzó al fin las cercanías de la ventana y saltando con ambos brazos extendidos, como un simio, consiguió agarrarse con grandes dificultades al alféizar. Estaba claro que desde abajo le había parecido todo más sencillo pero una vez allí tenía que aguantar fuese como fuese. Sacando fuerzas de la flaqueza, las manos doloridas, tomó impulso y se elevó poco a poco con la simple fuerza de sus manos hasta superar con su tronco la línea del alféizar, donde consiguió aposentar un muslo. Salvado ya lo peor descansó un instante, aprovechando para mirar en el interior de la casa.

Se trataba de una habitación sencilla, en la que había poco más que una cama con una mesilla a su lado, un taburete y un humilde armarito. Sin embargo el cuarto no estaba vacío, un personaje dormitaba en la cama. Era un herido, o eso parecía por los golpes y magulladuras que parecía tener en la cara. Una postilla le recorría una mejilla hasta alcanzar las cejas. Era Ofur. Al verle Gomes da Melo se sobresaltó y estuvo a punto de perder el equilibrio, por lo que manoteando intensamente en el aire se agarró a la ventana como pudo, provocando un sonoro golpe con sus manos. Ese sonido pareció despertar al convaleciente que se movió levemente, mientras entreabría los ojos. Unos instantes después se despertó totalmente y vio al espía vaticano aposentado en la ventana y mirándole con ojos ansiosos. Iba a abrir la boca para decir algo pero no tuvo tiempo, el recién llegado había desaparecido de su vista ventana abajo.

No sabía cómo, por azar o simple mala suerte, pero Gomes da Melo había resbalado momentos después que el herido de la cama se apercibiera de su presencia. Perdiendo sus asideros, cayó al vacío y aunque la bouganvilla amortiguó la caída, el golpe sobre el monje Julián que abajo esperaba fue morrocotudo. Los dos se quedaron tumbados entre la maleza, lastimados y gimientes, demasiado doloridos para pensar en intentar entrar por el momento en la casa.
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4 comentarios

  1. Vaya ayudante me has puesto, ¡qué escándalos!

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  2. Se hace lo que se puede, capitán. La verdad es que pocos te quedaban para elegir.

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  3. Ese Gomes es un impresentable de tres pares de narices. Muy gracioso este capítulo.

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  4. AUPA BILBO! muy bueno! si señor!

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