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Laminados para bien dormir: KKPNN, capítulo VIII

VIII

Londres, 1883

Era ya la última hora de la tarde y las sombras se alargaban en el jardín trasero de la mansión de los M. Oz. Presa de un creciente nerviosismo, lacerado y repleto de rasguños por su accidentada escalada arbórea y su más que rápida bajada, Gomes da Melo escudriñaba la fachada en busca de algún resquicio por el que entrar en la casa, repasando mentalmente una y otra vez las distintas opciones que ante él se abrían. Tras haber sido sorprendidos y temerosos de ser descubiertos, consideraron poco seguros los arbustos en los que se cobijaban y se habían alejado a un pequeño laberinto de intrincado diseño geométrico formado por espesos setos y que se encontraba justo debajo de una amplia balconada que sobresalía del cuerpo de la mansión. Gomes da Melo se encontraba parcialmente oculto, observando con ojos inquisitivos el lugar mientras el monje Julián descansaba ausente mirando al vacío. De pronto, un ruido que les llegaba de arriba, desde la balconada, interrumpió sus cavilaciones. Escucharon una puerta abrirse y un ruido de pasos que se acercaba, unas voces tronaban.

Ferdinand Schneider se aburría mortalmente en la habitación en la que custodiaban a la estatuilla dorada. Allí no pasaba nunca nada. Al aceptar aquel trabajo se había imaginado en medio de grandes aventuras pero aunque en un principio no se había sentido defraudado en absoluto la verdad era que desde que llegaron a Londres y a la mansión de los M. Oz no había ocurrido nada digno de la más mínima reseña. En toda la casa se vivía un ajetreo febril dada la cercanía del grandioso día de presentación de la valiosa antigüedad en sociedad, pero el señor M. Oz había decidido al poco de su llegada, llevar la estatuilla a una habitación que en lo posible estuviera aislada del bullicio de los preparativos de la fiesta. Pero claro, así, aunque fuera mucho más segura, en aquella habitación nunca ocurría nada divertido salvo cuando Ferdinand coincidía con el señor Ham, con quien había hecho buenas migas. Y es que los dos custodios se habían dividido la jornada en varios turnos de modo que a ciertas horas protegían juntos la estatuilla pero, en cambio, a otras horas estaban solos en su quehacer. Y era precisamente en aquellos momentos de soledad cuando al señor Schneider más le consumía el tedio. Suspiraba y añoraba a su querida mar. ¡Ay, la mar! En aquellos momentos lo poco que rompía la rutina eran las visitas, pues el señor de la casa o el doctor Gepp se acercaban a veces a comprobar que todo estuviera bien o a contemplar la estatua, y en esos momentos al menos podía charlar con ellos. Y otras veces el que entraba era el tal Ofur pero con éste la situación era bien distinta, ya que Ferdinand había creído atisbar en el sirviente del doctor gran ansiedad cada vez que se encontraba en aquella habitación y por tanto sospechaba de él. El persa entraba allí como por casualidad y mantenía con el guardián de turno pesadas conversaciones o discusiones en las que nunca daba su brazo a torcer, independientemente de lo absurdo de sus proposiciones. Se mostraba anhelante, como si disimulase un deseo oculto, pero lo que más ponía en guardia a Ferdinand era que a veces creía ver que el sirviente observaba de reojo el baúl candado que escondía la valiosa estatuilla, aunque también podría ser que se equivocase y se confundiese con los frecuentes tics del sujeto. Sin embargo, desde que el tal Ofur había sido agredido y se encontraba encamado ni siquiera esa visita se daba ya. Y el señor Schneider se aburría cada vez más. Tan harto estaba de la situación que aunque parezca mentira había decidido incluso llegar a abrir un libro y hasta leerlo. Descartada la biblioteca del señor M. Oz por inexistente, Ferdinand había acudido fuera de su jornada de trabajo a una biblioteca pública, y allí le había llamado la atención un pequeño y polvoriento libro, descoloridas ya sus tapas por el paso del tiempo y en cuya portada apenas si se podía reconocer su título o autor. A duras penas pudo leer varias letras mayúsculas carcomidas y un nombre bajo ellas medio ilegible que recordaba a un mito griego. Una vez en el trabajo y cuando se encontraba aburridísimo, abrió el libro y comenzó a leerlo. Al de poco lo dejó incapaz de proseguir. Hablaba de una persecución en el desierto o de algo así, pero el estilo era pesado, demasiado presuntuoso, con multitud de palabras enrevesadas o complicadas que dejaban entrever un autor fatuo y pedante. El tedio del señor Schneider se había multiplicado y estuvo a punto de dormirse, golpeándose en varias partes del cuerpo para no caer rendido allí mismo. Por suerte al de poco apareció el doctor Gepp.

El doctor mantuvo una intranscendente conversación con el custodio y tras pedirle que abriese el baúl, dedicó un rato largo al estudio de la estatuilla dorada, mientras garrapateaba anotaciones en un cuadernillo. Al acabar se fijó en el ajado libro que el señor Schneider había llevado allí y tras sentarse cómodamente se dispuso a ojearlo un poco. Al de poco rato dormía plácidamente en medio de sonoros ronquidos. Ferdinand no se lo podía creer. Aburrido como estaba y luchando por no dormirse, llega el doctor Gepp y se planta delante de sus propias narices para dormir y roncar como un bendito. Tenía que hacer algo. Se levantó y se acercó al anciano, observando a su próxima víctima con una sonrisa maliciosa que nada bueno podía augurar.

Comenzó por soplar levemente sobre la boca abierta del durmiente, provocando así una alteración en su acompasada respiración y no contento con ello acompañó tal hazaña con un suave pellizco en una de las mejillas de su víctima. El doctor dejó de respirar un instante y tosió con fuerza medio dormido, rezongando después algo entre dientes que Ferdinand no pudo entender. Temeroso de despertar al abuelo, el guardián retrocedió unos pocos pasos pero, tras sosegarse su víctima y volver a sus ronquidos con pertinaz insistencia, pronto volvió a la carga. Observó la boca del anciano, cómo se abría y cerraba desmesuradamente y ante un ronquido más sonoro que cualquier otro, acercándose, cogió un sucio trapo que allí había y lo colocó tapando la entrada del aire, en la misma boca. El doctor Gepp trató de aspirar aire, y falto de él, aspiró con más fuerza obturando más y más la abertura y tragándose casi el tejido manchado que taponaba su aliento vital. Al fin, despertó entre grandes toses, llevándose la mano a la boca y sacando el trapo maldito. Respiró con fuerza y observando incrédulo a su alrededor vio al señor Schneider riendo a carcajadas. Las brumas de su mente se disiparon con rapidez y con grandes gritos se abalanzó sobre el orondo y rubio teutón, furioso como un enjambre, blandiendo amenazadoramente su bastón.

– ¡Que te mato!– gritaba.– ¡Que te pego, leche!

Ferdinand, sorprendido por la movilidad del septuagenario y asustado por su furia no pudo hacer otra cosa que retroceder y correr cuan rápido le llevaban sus piernas, saliendo primero de la habitación y adentrándose después en los pasillos de la mansión. Tras un buen rato de carrera continua el señor Schneider se sorprendía de que el abuelo siguiera tras él. Corría por un ancho pasillo que desembocaba perpendicularmente en otro y al llegar al fondo dobló a la izquierda, apresurando el ritmo para tratar de dejar atrás a su insistente perseguidor. Siguió corriendo y tras mirar hacia atrás distinguió al doctor llegar a la bifurcación que él acababa de tomar, pero de pronto, incomprensiblemente el abuelo dobló ¡a la derecha!. ¡Se había equivocado de parte a parte y había tomado sin saberlo el camino contrario al suyo! Además, y pese a no ver ni a escuchar a nadie frente a sí el viejo seguía imperturbable por el pasillo contrario, corriendo como unos instantes antes en los que tenía enfrente a su presa. Ferdinand aflojó el paso y rió mientras recuperaba el aliento.

– ¡Ese Gepp, ja, ja!– murmuró– De arqueología sabrá mucho pero lo de ser perseguidor en una carrera no lo tiene tan claro, ja, ja.

El señor Schneider se relajó y se dispuso a volver a la habitación que debía vigilar, pero cuidando de no volver sus pasos para evitar encuentros inoportunos. Subió unas escaleras, abrió una puerta y cruzó una habitación, entrando a un amplio salón con un diáfano ventanal. En el medio de éste último se abría una puerta acristalada que daba paso a una gran balconada que se extendía en la parte trasera de la casa. Prosiguió andando hasta que llegó frente a la puerta donde paró un instante a comprobar el atardecer en el exterior. Pronto acabaría su turno y podría zampar lo que quisiera en la cocina. Suspiró. Súbitamente, un ruido a su espalda le sobresaltó. ¡Era el doctor Gepp y lo tenía casi encima! Abrió como pudo la puerta del ventanal y entró en la balconada, comprobando con horror que no había escapatoria, era un espacio semicircular de varios metros de ancho, embellecido por un níveo pretil marmóreo. Se apresuró al borde vallado para ver si la altura no era muy alta y si podía saltar. De un rápido vistazo descartó la idea, se volvió y trató de razonar con su perseguidor.

El doctor Gepp tenía a su presa donde quería. Persiguiéndole se había perdido y había cogido un camino incorrecto por lo que tras llegar al salón adyacente se había sentado en una silla que se encontraba junto a una de las puertas. Descansaba un rato y mira por dónde que aparece el señor Schneider junto a él y que ni siquiera se da cuenta de su presencia. Ahora lo tenía frente a frente y no podía escapar. Le gritó para acobardarlo. Saboreando el momento adoptó una postura de ataque, alzando el brazo a media altura y cerrando el puño frente a él. Se acercó poco a poco y de pronto algo llamó su atención. A una decena de metros, debajo del rubio guardián, se extendían los jardines que circundaban la casa, justo bajo la balconada. Y allí enfrente, en un laberinto de setos cuyos recovecos desde su altura se divisaban perfectamente, se ocultaban dos sujetos sospechosos. Un pequeño y narigudo personaje coronado con un ridículo y trasnochado peinado de monje, vigilaba sospechosamente la casa, junto a un tipo que permanecía inmóvil como una piedra. Alertado por el ruido que el doctor y el señor Schneider producían, el más bajo de los dos miró hacia arriba.

– ¡¿Tú qué miras?!– gritó el doctor con voz cavernosa. Los dos sospechosos, asustados, comenzaron a correr.– ¡¡Eeehhh!!– volvió a gritar alzando los brazos.– ¡¡¡Eeeeehhhhh!!!– prosiguió hasta que desaparecieron de su vista.




Gomes da Melo y el monje Julián pararon al fin a media milla de la mansión, extenuados por la carrera, asustados aún por la aparición de aquel terrible anciano. En ese momento se encontraban en una ancha avenida arbolada en la que cada cierta distancia habían puesto bancos de piedra, por lo que eligiendo uno de ellos se aprestaron a descansar. El luso recobró el resuello y percibió las sombras cada vez más alargadas del atardecer. Pronto sería de noche.

– Se hace de noche– expuso en voz alta.– Y es peligroso que intentemos entrar hoy en la casa, nos han descubierto varias veces.– dijo.

El monje Julián le miró silencioso.

– Estamos levantando demasiadas sospechas– prosiguió el portugués más para sí que para su callado interlocutor.– ¡Hay que cambiar de estrategia!– remachó.

Dicho eso calló y se acomodó en la silla, relajado. La verdad era que no tenía ni idea de qué hacer. Acercarse a la mansión era descartable, demasiado peligroso. Terminarían por alertar a los dueños de la estatua y Gomes no se las quería ver con la policía. Tal vez deberían dejar pasar unos días e intentar colarse en la fiesta que se avecinaba. Entonces tendrían posibilidades. En ese momento Gomes da Melo miró hacia la mansión, en línea recta siguiendo la avenida, a lo lejos. Había movimiento frente a la puerta, los mensajeros entraban y salían.

– ¡Los mensajeros!– dijo en voz alta. – ¡Pues claro!– emocionado se levantó.– Algunos de los mensajeros llevan invitaciones, ¡podemos hacernos con unas y entrar a la fiesta!

Sonrío y miró a la mansión con gozo. Lo mejor era acercarse allí disimuladamente, mezclarse con el gentío que curioseaba en la puerta y mirar quién salía con invitaciones. Le podían seguir y después se le podía asaltar. Sí, eso harían. Comenzó a caminar y comprobó que el monje Julián lo seguía con paso decidido. Un rato después estaban ya a un centenar de metros de la puerta de la casa, cuando vieron que un carruaje salía de allí. Alejado en un principio, poco a poco se les acercó y Gomes da Melo vio que lo conducía un caballero cabezudo, bajito y obeso. Parecía una vaca. El luso prosiguió andando sin darle más importancia pero pronto paró sobresaltado. Justo cuando la calesa pasaba junto a ellos, el monje Julián, ni corto ni perezoso, pegó un gran salto hacia adelante, tratando de subirse por la fuerza al vehículo. Se agarró como pudo a la portezuela y cogiendo impulso trató de afianzarse cuando el ocupante del vehículo, asustadizo, chasqueó el látigo y el pausado trote de los dos caballos tornó en un ritmo cada vez más acelerado. Julián, ante ese cambio resbaló y cayó para atrás con estrépito, llevándose un duro golpe en la espalda y la rabadilla, salvando la vida de milagro al evitar las potentes ruedas del carruaje. Alertada la gente que se amontonaba frente a la casa de los M. Oz de que algo raro ocurría, muchos de ellos, curiosos, comenzaron a acercarse. Ante el peligroso cariz que tomaba el asunto, Gomes huyó de allí como alma que lleva el Diablo, dejando atrás a su herido compañero, furioso porque saltara frente al primero que salía de la casa. Sin embargo, tuvo suerte el monje Julián aquella tarde y los que se le acercaron no quisieron sino ayudarle y nada sospecharon de él. Tras recuperarse, el español enfiló para el Soho, a su hogar. Allí se encontraría con su compañero, el portugués.




Lord Kevin Man O’Leth, duque de Man, disponía de una de las más grandes mansiones de todo Londres y en aquel momento, a última hora de la tarde, aprovechaba para pasear por su extenso jardín. Los escasos instantes en los que se alargaban las sombras y el sol caía a pique en el Mar de Irlanda, eran los únicos del día en los que se aventuraba a la luz del astro rey, que por lo demás, nuestro personaje odiaba vivamente. Pelo oscuro y abundante, cabeza ancha en la que se achaparraba una bulbosa nariz, delgado aunque de forma romboidal, se trataba de un sujeto retraído y manifiestamente tímido que rehuía las muchedumbres y el contacto con gente extraña, un pesimista convencido, eternamente doliente y lastrado por complejos que le impedían darse cuenta de lo que podía llegar a ser y a disfrutar de una vida que sin embargo afrontaba presto siempre a la lamentación frente a los hados. Era un ser muy sensible, eterna víctima con gran facilidad para sentirse herida y con una especial habilidad para recopilar datos e información de los demás para utilizarlos en el futuro con quién sabe qué oscuro propósito. De voz baja y metálica, cuando murmuraba al oído ajeno se convertía en alguien temible, viperino incluso, pero más allá de estas consideraciones, sin embargo, era muy educado y amable, caballeroso, tremendamente cercano y caro a sus amigos. Se encontraba pues Lord Kevin paseando tranquilamente por las veredas de gravilla que se dibujaban en su jardín cuando de un lado del camino, junto a una bella rosaleda, salió un pato aleteando débilmente. Un halcón peregrino le había caído desde las alturas y lo había herido con sus garras, por lo que apenas si podía mover las alas y además le faltaba una pata. El depredador se encontraba todavía en el cielo, pero aunque anhelante de cobrar su presa, al percatarse de la presencia del humano no pudo sino alejarse de allí. Lord Kevin se acercó al herido animalillo y acuclillándose lo observó con detenimiento. Era un bello ejemplar de ánade real, con su cabeza de pluma verde con irisaciones metálicas, un estrecho collar blanco en el cuello, pecho y espalda castaños y alas y abdomen grises, enrojecidas por un leve reguero de sangre que le manaba de sus recientes heridas. Ante la cercanía del humano, graznó desesperado y moviendo sus alas frágilmente trató de moverse, huir. Inútilmente. No podía hacerlo. Era la viva imagen de la desesperanza.

El duque de Man cerró los ojos y durante un instante permaneció ensimismado. De pronto, como si se hubiese despertado un demonio, un grito cruel salió de su garganta y abrió unos ojos sedientos de sangre, adelantando sus manos con ferocidad y golpeando varias veces con la palma abierta la cabeza del pobre pato, que graznaba afligido. El hombre pasó entonces a arrancarle con una mano trozos de plumón, mientras que la otra mano, cerrada en un poderoso puño, golpeaba con saña el cuerpecillo maltrecho de su víctima. No sabía cuánto tiempo había pasado así cuando sin parar de gritar, aullando salvajemente, agarró con brutalidad la pata sana del ave y tras tirar con fuerza la arrancó de cuajo, utilizándola posteriormente de mazo para golpear con ella al desgraciado animal. Cansado ya, se levantó y propinó unas fuertes patadas al engendro sanguinolento en que se había convertido el otrora orgulloso ánsar, siguiendo al infortunado balón con fiereza y golpeándolo de nuevo en cuanto tenía ocasión. Finalmente, alzó su pierna y pisoteó con brutalidad un reventado remedo de plumas, sangre y carne viva, jadeando y gritando en son de triunfo.

– Si no te conociera juraría que deberías visitar a un médico– escuchó a su espalda.

Volviéndose reconoció a su amigo Jean Carrefour. Se tranquilizó y se dio cuenta de que estaba embadurnado en sangre, con la ropa, manos y zapatos manchados de rojo carmesí. En su cara notaba también el cálido líquido vital. Sabía que no era suyo.

– ¿Qué te ha pasado?– prosiguió el recién aparecido.– ¿Por qué le has hecho eso al pobre pato? Podrías haberlo llevado a la cocina en vez de ensañarte con él.

– No ha sido ensañamiento– repuso Lord Kevin, y tras una breve pausa prosiguió.– No es violencia, es un acto de nobleza, de..., de... arte, eso es, de arte,...de fiesta.– calló, sin demasiada esperanza de que lo que decía convenciese a su amigo.

– ¡Arte!– concedió Jean curioso, lo cual sorprendió al duque de Man gratamente.

– Sí, es algo que aprendí en España. Por cierto, ¿a qué se debe tu agradable visita?– inquirió.

– Me han pedido que te traiga una invitación personalmente­– dijo el aludido con una sonrisa de oreja a oreja.– Es para la fiesta de los M. Oz que tanto se comenta en toda la ciudad.

– ¡Vaya, qué interesante! Parece que va a ser sonada,¿no?– dijo Lord Kevin.

– Sí, la gente está loca por esta fiesta. ¡Hasta me han intentado abordar en el camino!– dijo Jean, pasando a relatar el ataque a su calesa.

Pasaron a la mansión y tras una opípara cena en la que Jean “Cow” hizo honor a su nombre y demostró tener un voraz apetito capaz de acabar con la más surtida de las despensas, la conversación prosiguió largo rato hasta bien entrada la noche.
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