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Las otras cuentas

Fué un partido raro, en un ambiente extraño. Las dudas se me disiparon cuando nada más sentarme en mi localidad vi el aspecto que presentaba San Mamés: frio, desconsolador, sensación de abandono... Pensé que seguro que no ganábamos, porque eso hay veces que en la Catedral se huele. Presenciar como el speaker berreaba el himno del Athletic, forzando momentos de silencio con objeto de que el poco público que estaba en La Catedral entonase el himno era kafkiano. Dado que no se oía al público cantar, se ponía entonces el volumen del karaoke al máximo de decibelios, se volvía a quitar y otra vez silencio... era un claro presagio de lo que iba a suceder. Ayer se necesitaba un San Mamés lleno, abarrotado, el de las buenas ocasiones, el que hace que el Athletic gane partidos, el que posibilita que se pueda remontar un partido contra el Real Madrid...

Lo acontecido, motivado también en una decisión injustificable de lo que queda de la peor directiva de la historia del Athletic, fué un paseo militar para un Madrid experto en este tipo de partidos. No nos engañemos. Están acostumbrados a jugar contra equipos al 120% todas las jornadas. San Mamés y el Athletic se les atragantan, cierto, pero cuando San Mamés es San Mamés y no un sucedáneo y cuando el Athletic era (y nótese que hablo en pasado) el Athletic.

El equipo se vació, trabajó, luchó, no bajó los brazos hasta el final, mereció mejor fortuna o, al menos, un marcador menos avultado, pero el fútbol no es justo, la justicia en este deporte nunca ha existido y los errores se pagan a un precio muy alto. Dejar rematar a Sergio Ramos solo en el segundo palo, dejar marchar a Cicinho como lo hizo Javi González (¡qué pinta este sujeto en el Athletic y menos de titular!) y tener a Van Nistelrooy libre de marcaje es un suicidio. Un suicidio colectivo. Dice la prensa que el Athletic no jugó mal, que tuvo ocasiones, que faltó capacidad de remate... Pienso que jugamos mal a fútbol por una sencilla razón: porque ante un equipo con poco juego y argumentos sucumbimos a las primeras de cambio, porque no saber defender es jugar mal a fútbol, porque no saber rematar es jugar mal a fútbol y porque el entrenador, también, se estña equivocando.

No se puede alinerar al señor que jugó ayer de lateral izquierdo después del partido que hizo en Santander, los cambios se deben hacer en el descanso -para cuando Mané los hizo la diferencia de goles era ya de tres- no se puede marear a dos jugadores como Javi Martinez e Iraola, a los que no deja asentarse en ningún puesto.

La única nota positiva, una jornada más, la ponen nuestros rivales que por su incapacidad nos están poniendo la salvación en bandeja. Otra cosa es que sepamos aprovecharlo. Quiero ser optimista, aunque cada vez lo veo más complicado puesto que estamos hablando de ganar tres partidos de seis, pero todo hace prever que debamos ganar los de casa y no lo veo nada claro.

Quedan seis jornadas, seis semanas de sufrimiento, de transistor, de mirar la clasificación, los partidos de nuestros rivales...

Lo que sí se seguro es que la directiva no hará autocrítica por haber convertido ayer San Mamés en un Montjuic cualquiera. Los ingresos del día del club, a buen seguro, paliarán el déficit cuando presenten las cuentas en septiembre, pero no tengo muy claro si dentro de seis semanas las otras cuentas, las de la salvación, darán el superavit de puntos necesario para conseguir que este equipo siga en primera.

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Con los ánimos bajos

Esto de pelear por la permanencia hace que estés en un constante cambio de estado de ánimo. Si tras el partido del Espanyol veíamos la cosa mucho más fácil e incluso los más optimistas (que algunas veces parece que existen) hablaban de dar la sorpresa en Sevilla, esta semana estamos otra vez mirando el calendario de los rivales, rezando para ganar el domingo al Madrid (esta semana dedicaré un post para hablar del asunto del precio de las entradas) en un San Mamés que no va a tener, me temo, el efecto presión de otras ocasiones.

Era lógico y previsible perder en Sevilla. Sin embargo noto, otra vez, que vuelven al ambiente el derrotismo, el miedo y las angustias. La forma de perder hace estragos. La imagen dada en el partido fué bochornosa. Es fácil criticar ahora a Mané, a toro pasado, pero a mi no me gustó nada en absoluto el planteamiento y mucho menos los cambios. Aún así, no merece la pena analizar mucho más ese partido. Quedan siete y hay que ganar tres de ellos. El margen de error se ha estrechado hasta tal punto que ya la tarea es más propia de francotiradores que de futbolistas. No se puede fallar ante Mallorca, Depor y Levante.

Ante el Madrid, no nos engañemos, lo vamos a tener muy complicado. San Mamés no sé si responderá como en otras ocasiones, el arbitro de turno (uno de los malos) creo que no va a poder con la sucia campaña que se ha iniciado desde la capital madrileña para este partido y, no le quitemos méritos, el Madrid es un equipo muy bueno fuera de casa. Un empate, a priori, sería un resultado positivo, aunque lo sabremos bien antes de empezar el partido. Creo que la alineación de Mané y su planteamiento variarán en función de lo que los resultados de la jornada deparen.

Por último, os animaría a los que sois socios a que acudáis al partido. Al margen de lo que nos parezca la decisión de la impresentable directiva, el equipo necesita un campo lleno. Es hora de hacer un esfuerzo más. Si se diese la casualidad de ganar ese partido estaríamos muchísimo más cerca de la salvación. Después podremos criticar a la señora del bolso con más legitimación. Más todavía, si cabe...

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Ojo a los radares

Os dejo un par de fotos de uno de los radares que la Ertzaintza pone en las vías laterales de La Avanzada.
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Laminados para bien dormir: KKPNN, capítulo III

III


Marsella, 1883

El doctor Gepp no se sentía bien. Tres años alejado de las comodidades de la patria realizando un duro trabajo de campo en las excavaciones, un viaje largo y penoso en caravana atravesando las tórridas regiones de Oriente Medio y los dos extraños accidentes sufridos en las últimas semanas habían hecho mella en su salud. Además, las ideas que bullían en su cabeza sobre el posible origen sobrenatural de la avalancha en el desierto y la tormenta frente al puerto de Marsella no habían contribuido demasiado a su bienestar. Hijo del racionalismo y la ciencia, el espíritu del doctor Gepp se desmoronaba ante estas manifestaciones de poderes que estaban más allá de la razón.

Así, pasó varias semanas reposando en la localidad costera gala, recuperando el cuerpo y la mente del grave quebranto sufrido. Su rehabilitación, empero, no fue completa y desde su accidentada llegada a Francia se veía obligado a utilizar por prescripción facultativa un bastón para ayudarse al caminar. El señorito M. Oz le regaló uno de rústica apariencia, largo como una vara y con aspecto poco trabajado, comprado a algún artesano de la ciudad, y que le valía provisionalmente hasta que ya en Londres pudiera adquirir uno a su gusto. Imitando a los ancianos del lugar, se sentaba en los bancos del boulevard de la playa, junto al Vieux Port, bastón al ristre, disfrutando de los beneficios del sol vespertino mientras contemplaba el otrora traicionero mar desde distancia segura. De ese modo sanaba cuerpo y alma, maravillado por la luz de la Costa Azul que desde hacía unas décadas fascinaba a tantos viajeros nórdicos acomodados. A veces contaba con la compañía de Julian M. Oz aunque la mayoría de las tardes las pasaba solo, ya que el joven señorito consideraba una pérdida de tiempo el pasar las tardes abandonado a la molicie frente al arrullo de las olas, y además, el señor Schneider y Ofur permanecían en el lujoso hotel en el que se alojaban custodiando la estatuilla dorada. Este tiempo perdido no fue sin embargo en vano, a pesar de no recuperar su quebradiza salud. El paso de los días hizo crecer en él la duda, el escepticismo sobre unos hechos que debían tener algún tipo de explicación empírica, y por tanto, vuelta su confianza en la ciencia, el doctor Gepp se aprestó para la que esperaba fuera la última etapa del largo viaje emprendido años atrás, la culminación gloriosa de toda una vida de arduo trabajo.

Antes de reanudar el viaje el señorito M. Oz les dejó, pues una vez resueltos los quebraderos de cabeza que el hundimiento del Garban había ocasionado a M. Oz & Son los intereses de la compañía le reclamaban en Italia. Tras consultarlo con Londres, decidieron que lo mejor para el doctor Gepp era utilizar la línea de ferrocarril Marsella-Lyon-París, que les parecía el modo más seguro, rápido y fiable de acercarse a su destino. Una vez en la Ciudad de la Luz pensaban acercarse a los puertos del Canal, cruzándolo usando algún barco de la compañía y alcanzar, al fin, la meta de su ya largo periplo. Con la mente en tales derroteros se encontraba el doctor Gepp cuando el carruaje que transportaba a la pequeña comitiva llegó a la estación de ferrocarril. Compró los billetes a París, en primera clase para el señor Schneider y para él y en tercera para Ofur y se acercó al abarrotado andén donde el tren que había de llevarlos esperaba. La locomotora, toda pintada de negro, una máquina de hierro de varias toneladas, impresionaba por las llamaradas que emitía la recientemente encendida caldera. Nubes de vapor salían de su chimenea mientras los operarios que la manejaban alimentaban constantemente el infernal fuego con más y más carbón, preparándose para la próxima partida. Tras unos minutos de espera el jefe de estación llamó a los pasajeros al tren y el doctor Gepp y el señor Schneider se acercaron a su vagón, acompañados de un mozo de cuerda que transportaba los equipajes y el baúl que contenía la alada estatua. Ofur, detrás, los seguía.




Contemplaba la escena con estupor y miedo. Ofur se encontraba en tierra extraña y lo que veía lo atemorizaba y asombraba a la vez. Él, que había vivido toda su vida en un miserable valle escondido en la meseta persa, totalmente alejado de cualquier noticia de la pujante modernidad de la civilización occidental, no podía sino asustarse ante esa mole negra, metálica, que respiraba fuego y bufaba expulsando humo. Le tranquilizaba el hecho de que sus acompañantes, los europeos, no parecían mostrar ningún temor. Su amo el doctor le había contado que ese monstruo de hierro les llevaría en su travesía, que tiraría del mismo modo que los caballos tiraban de los carros. En su viaje había visto carros tirados por caballos, pero esa máquina, en vez de tener un carro detrás tenía varios y le habían dado instrucciones de dirigirse a uno de ellos, diferente al del doctor y al del grueso rubio entrecano que le acompañaba y sobre todo diferente al del Djinn. Sin embargo no estaba dispuesto a dejarles, a perderles. Desde que rescató al doctor de la arena del desierto se las había arreglado para no permanecer demasiado alejado del Djinn, incluso cuando viajó en aquel extraño barco sin velas. Él no entendía de clases. No sabía qué era eso de viajar en primera. En realidad no conocía nada de los lujos de la vida. Dormía en cualquier rincón, comía cualquier cosa, la calidad no era algo que le importase demasiado. Se contentaba con poco, aceptaba con gusto cualquier cosa que otros más refinados hubieran rechazado sin más miramientos. Y allí estaba ahora, siguiendo al resto, pretendiendo entrar en el vagón de primera clase.

En ese momento el doctor Gepp se percató de que Ofur los seguía. Habló con el señor Schneider y le conminó a entrar en el vagón y a que no perdiese de vista al mozo que llevaba los equipajes. Dándose la vuelta miró a Ofur y le ordenó que volviese al lugar que le correspondía, pero éste, con expresión tozuda, se acercó aún más, con determinación. El fuego de la caldera se reflejaba en sus ojos, provocando un extraño efecto de mirada ígnea. El vapor se arrastraba entre los vagones y subía por el andén. Ofur abrió la boca para decir algo pero el doctor Gepp no pudo escucharlo pues con voz profunda y entrecortada gritó...

- ¡No... puedes... pasaaar!

Para dar énfasis a tales palabras tomó el bastón que lo sostenía y dio un recio golpe al suelo, tan fuertemente que llegó a romper con tal gesto una baldosa del andén, hecho que casi provoca un traspiés al doctor Gepp.

- Gandolfo!, Gandolfo!- se escuchó gritar a alguien desde el tren.

No sin lucha Ofur volvió sobre sus pasos y se dirigió a donde le correspondía, a los atestados vagones de tercera clase.




El tren atravesaba las suaves colinas de Borgoña al mediodía de su segunda jornada de viaje. Atrás habían quedado el valle del Ródano y el importante nudo de Lyon y ahora acababa de entrar en los valles atlánticos franceses. Esa misma noche alcanzaría su destino, París. La monotonía de los campos labrados había dado paso a un estrecho valle cuajado de bosquecillos y monte bajo, que pronto se convirtieron en extensos prados. El ferrocarril subió oblicuamente una ladera empinada, lenta y dificultosamente, alejándose del riachuelo que serpenteaba al fondo del valle. En un estrecho paso entre dos rocosas colinas pareció haber llegado al fin de la cuesta y tras un corto tramo llano el tren comenzó a bajar, tomando de manera escalonada más y más velocidad. El doctor Gepp dormitaba emitiendo suaves ronquidos mientras el señor Schneider observaba el paisaje con aire aburrido. Miraba sin demasiado interés el umbrío bosque que en esos momentos atravesaban, ensimismado en sus propios pensamientos. Los objetos pasaban ante sus ojos con rapidez, acompasados por el suave traqueteo del vagón. Aprovechando la cuesta abajo, como deseando redimirse por anteriores momentos de penosa lentitud el tren avanzaba veloz. El sonido inconfundible que producía al avanzar, junto con el del vapor que escapaba por la chimenea de la cercana locomotora, se acrecentaba por momentos. Ferdinand Schneider cerró los ojos, tratando de aislarse de lo que le rodeaba, tratando de imitar al doctor Gepp en su placentero quehacer. No pudo conseguirlo. Súbitamente, un chirrido extenuante se alzó por encima de todo, sobresaltándolo. Al mismo tiempo el tren frenaba con violencia, provocando una enorme sacudida en los vagones como si una enorme mano de algún cruel gigante los hubiera zarandeado inmisericorde. Despedidos de sus asientos, cayendo y golpeándose unos con otros, objetos y pasajeros saltaron hacia delante en una batahola incontenible de gritos y ruido de golpes. El tren se detuvo con un ensordecedor estruendo. Presa del terror provocado por el violento despertar, el doctor Gepp corrió gritando despavorido, olvidando achaques y magulladuras, saliendo primero del compartimento y saltando después vigorosamente fuera del vagón, buscando la seguridad del suelo firme. Ferdinand, atónito ante la reacción del anciano doctor se apresuró en seguirle. Con motivo del frenazo del tren se había golpeado con fuerza en la cabeza y notaba cómo un cálido líquido le resbalaba entre los cabellos. Llevándose la mano a la dolorida testa, la retiró con manchas de sangre, aunque al palpar la zona concluyó que no era grave. Saltó fuera del tren y observó la escena. Un enorme tronco caído en las vías parecía obstruir el paso frente a la locomotora. Mirando a la parte trasera del convoy varios vagones parecían haber descarrilado y se amontonaban en un amasijo de hierros y madera. Por doquier se oían penosos lamentos de dolor mezclados con gritos de histeria incontenida. Delante de él estaba el doctor Gepp, a escasos pasos, con la mirada perdida. Se volvió y reparó en él. Comenzó a moverse, acercándose a grandes pasos, con ojos asustados, con los blancos cabellos sobre la frente.

-¿Está seguro? ¿Está a buen recaudo?– le espetó con fuerte tono de voz. El doctor se refería sin duda al baúl que contenía la valiosa estatuilla.

- Está donde lo dejó usted, doctor- y volviendo sobre sus pasos Ferdinand Schneider entró en el vagón con parsimonia y lentitud exasperante.




El accidente de ferrocarril de Borgoña causó una profunda impresión en París, dada la amplitud del desastre. Casi un centenar de pasajeros resultaron muertos y pocos se libraron sin sufrir heridas de diversa consideración. Durante unas semanas los diarios abrieron con extensos reportajes sobre el hecho y sus trágicas consecuencias, tal era la demanda de unos lectores ávidos de información. Ante este suceso las autoridades iniciaron con presteza una investigación sobre el terreno para hallar las responsabilidades oportunas pero la realidad de los hechos demostró que se había tratado de un funesto accidente. Al parecer, minutos antes del mismo un tren había recorrido las mismas vías en dirección contraria y no se había encontrado con el grueso tronco que las bloqueó posteriormente, por lo que se concluyó que había caído allí pocos instantes antes del paso del tren siniestrado. Por encontrarse la madera medio socarrada se dedujo que se había tratado de un rayo, aunque extrañamente los lugareños aseguraron que no había habido ninguna tormenta. Además, y pese a lo ocurrido, se podía agradecer a la diosa Fortuna su intervención. Y es que la pericia del conductor del convoy evitó males mayores al conseguir detener el tren e impedir así un impacto directo contra el tronco que hubiese resultado más fatal aún. Al frenar, los primeros vagones quedaron más o menos intactos y así sus pasajeros resultaron relativamente indemnes aunque con numerosos golpes y magulladuras. Peor fueron las cosas en los vagones traseros. Diversos factores habían provocado que allí el accidente fuera trágico y dantesco, al descarrilar muchos de ellos y empujarse y amontonarse unos con otros convertidos en trampas mortales, triturando metal, madera y carne de un modo brutal. En los vagones donde viajaban los más humildes la tragedia había resultado total y los cuerpos se rescataban irreconocibles, como atravesados por mil lanzas. Pero en todo ese desastre un hecho de esperanza conmocionó a la sociedad parisina. De un modo milagroso entre los pasajeros de los cinco últimos vagones se encontró un superviviente, el único. Aprisionado entre cadáveres había salido diabólicamente ileso, con extraños tics en el rostro y gesto de angustias, quejándose por todo. Se trataba de un extranjero, de origen persa, sirviente de un caballero de inglés. Este milagro dio mucho que hablar en las tertulias de los cafés parisinos durante largo tiempo.




Michael M. Oz no estaba dispuesto a admitir más retrasos. Esperaba la llegada de la áurea estatuilla con ansiedad. Era su oportunidad de entrar en la selecta sociedad victoriana. Con esa adquisición obtendría prestigio y sus salones serían cada vez más codiciados en la noche londinense. El dinero que poseía servía para dar buenas y concurridas fiestas pero obtener un preciado objeto de la antigüedad era el camino que debía utilizar un nuevo rico como él para ser aceptado entre la crème de la crème de la sociedad, esto es, entre los aristócratas de vetustos linajes y los más ricos, poderosos e influyentes hombres de negocios de la City, el centro financiero del imperio británico y del mundo. Bien publicitada esa obra de arte podía ser la llave de su éxito futuro. Por ello había invertido tanto dinero desde hacia casi un lustro en financiar una expedición a Oriente. Y en esos momentos, con el fruto de sus desvelos casi en las manos desesperaba por la tardanza. Harto ya de los retrasos e inconvenientes que el viaje del doctor Gepp le estaba ocasionando decidió enviar a otra persona con el fin de acelerar la llegada de la estatua a su poder. Un hombre de su entera confianza, el señor Ham.




Ferdinand Schneider acogió al recién llegado con desconfianza. Consideraba su presencia como una intromisión en su trabajo, como una niñera innecesaria que se inmiscuía en el viaje de modo acusador, reprochando su incapacidad para progresar. Se trataba de un tosco irlandés, grande y pelirrojo, entrado en carnes, con unos anteojos que reposaban en su nariz y que no hacían sino resaltar una cara llena de feas pecas. Su piel era sonrosada, de un color pálido que a Ferdinand le recordaba a carne cocida de origen porcino. Al llegar al hotel parisino donde se alojaban se presentó como el señor Ham, tal y como habían sido avisados desde Londres. Su nombre no lo dijo pero comentó que sus conocidos le llamaban “Redhead” Ham. No le cayó bien desde el principio. Llegó lanzando reproches a voz en grito, revolviéndolo todo, inquiriendo sobre los planes trazados. Tras los recientes sucesos no les apetecía demasiado realizar un nuevo viaje en ferrocarril y pensaban utilizar el servicio de diligencias para acercarse a Calais. Resultaba más lento pero se sentían más seguros. El señor Ham se negó en redondo y tras recordar al doctor las instrucciones de Londres, que no pedían sino celeridad, había impuesto un viaje en tren entre París y Calais. En ese momento se encontraban realizando ese trayecto y Ferdinand observaba al irlandés con desconfianza. Ambos viajaban en un compartimento cerrado con el doctor Gepp y la estatuilla. Ofur, pese a sus protestas, iba de nuevo en los vagones de tercera. El tiempo pasaba largo y aburrido. Ferdinand se levantó y se acercó a la ventanilla para atisbar el paisaje. Pocos instantes después, el señor Ham se inclinó en su asiento, agachándose. Debajo de donde se sentaba se encontraba una pequeña maleta de viaje y al parecer buscaba algo en ella. Ferdinand observó el cuello agachado del señor Ham, largo, sonrosadito. Un impulso imparable, desconocido, le movió a mover la mano, a levantarla. No podía aguantar, sus ojos no dejaban de mirar el cuello. Salvo sus dedos índice y corazón el resto se cerraron lentamente. Incapaz de resistir más, por fin, con fuerza salvaje, su mano se descargó y con los dos dedos extendidos propinó un fuerte cachete en el cuello del señor Ham.

El doctor Gepp, no podía creerlo. Los señores Schneider y Ham eran como niños. El viaje hasta Calais fue una sucesión de cachetes, pellizcos y pequeños tirones de pelo. Y parecían disfrutar de ello. Este viaje cada vez se le hacía más largo. No podía más.

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A seguir trabajando para que las cuentas salgan

No seré yo quien se suba al carro de los optimistas ahora que el Athletic suma, por fin, tres puntos tras un partido trabajado, pero con buena dosis de suerte a favor y un arbitraje en condiciones (porque no nos engañemos, si Mejuto no gustó en Valencia y recibió pitos en san Mamés es que estuvo correcto).
De no haberse ganado el partido, estaríamos con la moral por los suelos, puesto que la imagen dada no fué como para prometérselas felices. El Athletic, al igual que en otros partidos, trabajó a destajo (sí, como en otros partidos José Luis Bilbao) pero sin fútbol, sin brillo... Ahora sólo queda esperar al Espanyol y, por que no, intentar conseguir la victoria, pero sin volverse locos. No debemos caer en ese estado de ansiedad que nos ha hecho no sacar ni un punto contra Osasuna, Betis o Nástic. Cuatro de seis puntos los hubiésemos firmado la pasada semana. Vamos a garantizar los cuatro y después busquemos con calma los seis.

La jornada fué propicia, muy propicia. El Athletic está vivo porque en esta liga nadie parece querer tranquilidad y eso es lo único que nos está ayudando. Tras la racha negativa que hemos pasado, con 5 de 9 partidos en San Mamés, estar fuera del descenso es para estar mínimamente esperanzados. No ya por el fútbol que este equipo puede dar, que es inexistente, ni por las ayudas arbitrales; (qué caradura eres Sánchez, qué forma más descarada de intentar maquillar la prepotencia que te llevó a alinear un equipo de partido veraniego contra un Athletic al que creías haberle ganado los puntos antes de venir a San Mamés) si el Athletic se salva es por su entorno, por esa afición que el sábado dió una leccíon de lo que es animar y llenar un campo en plenas vacaciones para hacer conseguir los tres puntos que permiten soñar con seguir en primera.

Que no nos pueda el optimismo. El reto es complicado, pero es posible. Todo pasa por una mezcla de casta, suerte, ánimos del público y, lo más importante, por evitar que ahora nada desestabilice al club.

Sigo viéndolo dificil, pero tras los nervios que me produjo el partido (verlo en la Sexta, con el bufón Montes es auténticamente infernal) las cuentas pueden salir. Además, tal y como va la clasificación, con 40 puntos o hasta con 38-39 puede haber salvación matemática este año.

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Laminados para bien dormir, capítulo II

II

Desierto de Mesopotamia, cerca de la ruinas de Harrán, 1883
Todo acabó en unos pocos minutos. Al ruido ensordecedor siguió un aplastante silencio, como si unos instantes antes no se hubiese desatado la más impresionante de las tempestades, destructora de toda vida. Pero a Ofur no le había pasado nada. Él ya lo sabía de antemano, contaba con la protección del Djinn y envuelto en su capa dejó pasar la ira devastadora del mar de arena. Al hacerse el silencio, suspiró, cerró los ojos unos segundos y empujó la capa hacia arriba, desembarazándose del fino sudario de arena que la envolvía. Contempló el cielo rojo del atardecer sobre él y sonrió. El Djinn había sido misericordioso.

Se levantó y contemplando el renovado paisaje, utilizó la posición del declinante sol para avanzar hacia el último lugar donde recordaba haber visto a la caravana. Sus pasos, vivos desde el primero de todos fueron adquiriendo si cabe una mayor viveza, dada la emoción que le embargaba. Recuperaría el legado de su familia. Recuperaría al Djinn. Casi lloraba de emoción, reía alborozado. Absorto como estaba en su propia felicidad, tardó en darse cuenta de que algo extraño alteraba la quietud del paisaje. Unos movimientos que en el desierto recién devastado no tenían sentido. Unos estertores agónicos de quien no se da por vencido, de quien ante la cercanía de la muerte se aferra con instintiva desesperación al escaso hilo que separa la vida del oscuro olvido. Ofur finalmente reparó en los movimientos. Eran los de un caballo que agitaba sus ancas con insistencia, coceando, y que había creado a fuerza de moverse un pequeño hoyo en la arena. Aunque la avalancha del Djinn había golpeado con más fuerza en aquella zona Ofur se sorprendió al ver que el caballo había quedado bastante cerca de la superficie. El Djinn no perdonaba. Cuando el Djinn fijaba el destino de los mortales no había escapatoria posible. Por ello no comprendía que ese caballo hubiese sobrevivido. Mientras sopesaba el significado de ese hecho, vio algo que le sorprendió aún más. Donde debía ir el estribo, había un pie humano. Un pie que también se movía. Un pie calzado y vestido a la manera occidental, europea. Pronto el caballo y su jinete estarían al aire libre respirando y agradeciendo la nueva oportunidad que les concedía la Parca. Ofur tenía que pensar qué hacer y rápido. El Djinn no fallaba. No podía ser que hubiesen sobrevivido por azar. El Djinn debía tener un plan, debía querer ser llevado a esa lejana Europa. Sólo podía ser eso, sólo eso justificaba lo ocurrido, quería que ese europeo viviese. Debía colaborar con ese hombre, ayudarle a salir de la arena y pegarse a él, no dejarle ni a sol ni a sombra hasta que el Djinn decidiese dejar de utilizarlo.

Puerto de Laodicea, dos semanas más tarde

El doctor Gepp observaba desde la habitación que ocupaba en el consulado británico el nacimiento de un nuevo día. La ciudad de Laodicea, puerto del mediterráneo y punto final de las rutas caravaneras que partían del curso medio del Eufrates, se desperezaba lentamente tras los primeros instantes del amanecer. El doctor había tenido mucha suerte. Tras ser engullido por la tormenta de arena, luchó desesperadamente por su vida hasta que una mano amiga le terminó de sacar de nuevo a la luz del día . Esa mano pertenecía a un lugareño de la zona en la que habían estado excavando en los últimos tres años y que desde que se dirigían a Europa les había seguido en la distancia. Más de una vez el doctor Gepp le había preguntado al guía de la caravana por qué aquel muchacho les seguía a varias millas, por qué no marchaba con ellos si cada noche alcanzaba la caravana y cada mañana podía seguirles. La respuesta del viejo beduino le sorprendió, no marchaba con ellos simplemente porque cada mañana el muchacho llegaba tarde a la salida de la caravana, ¡era impuntual a más no poder! En fin, poco importaba eso ya, Ofur, así se llamaba el muchacho, le había salvado y llevado al oeste hasta Alepo. Durante ese viaje el muchacho se le había ofrecido como sirviente y en agradecimiento por haberle salvado su vida el doctor Gepp había aceptado. Ahora estaba en el puerto de Laodicea, reposando y descansando de las penalidades pasadas, alojado en el propio consulado británico. El cónsul había sido muy amable con él y le había prestado una pequeña habitación que se utilizaba cuando el trabajo en el consulado se alargaba hasta altas horas de la madrugada. Desgraciadamente la habitación estaba junto a las oficinas y los ruidos que inevitablemente los trabajadores producían no le dejaban dormir tanto como quisiera. Más de una vez se había levantado vociferando y despotricando contra el oficinista que manejaba el telégrafo o contra el que tecleaba en la máquina de escribir. Se ganó una fama de gruñón de un modo fulgurante, de modo que los niños del pueblo se acercaban a su ventana para ver al viejo cascarrabias. Él los ahuyentaba con un profundo grito, malhumorado. Aparte de esas pequeñas minucias el doctor Gepp poco podía hacer sino esperar. Y era eso lo que lo mantenía en constante mal humor.
Las excavaciones en países lejanos no se financiaban solas. Como en los tiempos de Francis Drake la Corona no solía implicarse demasiado financieramente aunque dejaba hacer al estímulo privado. De ese modo eran los mecenas privados, los nobles, industriales o comerciantes ansiosos de unir su nombre a las glorias del pasado, los que financiaban la mayoría de las expediciones arqueológicas. En el caso de la del doctor Gepp el mecenas era una compañía de transporte, M. Oz & Son, que había financiado las excavaciones y ponía todo su apoyo logístico al servicio de la expedición. Michael M. Oz era el presidente de la empresa, un hombre hecho a sí mismo que había comenzado vendiendo de casa en casa productos y que finalmente había creado un imperio en el mundo del transporte. Al llegar a Alepo el doctor Gepp había telegrafiado a Londres al señor M. Oz contando lo ocurrido y solicitando ayuda. Aunque la pequeña estatua áurea, el descubrimiento más valioso, permanecía en sus manos el doctor Gepp no quería dar por perdido el resto del material encontrado en las excavaciones. Seguía en el desierto, bajo la arena que se tragó la caravana, a una jornada al este de Alepo. Solicitó ayuda a la empresa y se la concedieron. Un enviado llegaría a aquella parte del mundo con ella. Hasta entonces el doctor Gepp debía esperar y eso lo sulfuraba. Cada día telegrafiaba desde el consulado para conocer si había novedades al respecto y tanto insistía con las consultas que al final en el telégrafo le conocían como “el consultor”. Finalmente, un día, la ayuda llegó.
El doctor Gepp dormitaba en su habitación del consulado cuando una voz le despertó.
- ¡Buenos días, doctor Gepp!- escuchó.
Levantó la cabeza de la cama pero no veía a nadie. Durante unos instantes pensó que había estado soñando aunque más tarde sospecho de los críos del pueblo, los que se acercaban a molestarle cada día. Volvió a aposentar la cabeza en la almohada y cerró los ojos.
- ¡Doctor Gepp, aquí!
Esta vez se levantó de la cama completamente, de cuerpo entero, y al fin vio al que le había despertado. Era un muchacho bajito, que apenas si sobresalía de la cama. Era por ello que no le había visto la primera vez.
- Saludos doctor Gepp, soy Julian M. Oz y traigo la ayuda que tan insistentemente ha requerido a mi padre- dijo el recién llegado.
- ¡Loado sea el señor Oz! ¡Al fin!- replicó el doctor Gepp- Por favor, llámeme Martin. He estado esperando la llegada del enviado de su padre desde hace varias semanas, pero me sorprende que sea usted, su propio hijo.
- Insistí en ello y no tuvieron más remedio que dejarme partir.- dijo Julian M. Oz-. A decir verdad estaba deseando salir por unas semanas del ambiente opresivo de Londres. Mi casa parece una cárcel y mi madre una funcionaria prisiones.
El doctor Gepp no pudo responder nada a eso. Un nuevo personaje entró en la habitación. De ojos azules, con una ensortijada cabellera rubia en la que aparecían las primeras canas, el típico teutón orondo pero fuerte, se acercó al heredero del emporio M. Oz con decisión.
- Ah, Martin, le presento a Ferdinand Schneider- dijo Julian M. Oz- Está aquí para encargarse de la seguridad del traslado de los restos arqueológicos a Inglaterra. Mi padre no quiere que nada de valor se pierda por el camino.
El doctor Gepp asintió. El hecho de viajar con una estatua de oro puro le intranquilizaba y desde que en el desierto murieran sus compañeros se sentía aún más desvalido. Mantuvo en secreto la presencia de la estatuilla hasta en el propio consulado. No quería que las autoridades otomanas que dominaban esas tierras se enterasen de su valor y le fuese confiscada. Al fin se sintió más seguro. Se agachó debajo de la cama y arrastró un pesado fardo. Desenvolvió cuidadosamente el voluminoso bulto y el brillo del oro apareció en la habitación.
- Esta es mi posesión más preciada, una estatuilla que desenterré en las excavaciones- dijo el doctor Gepp- Es muy antigua y su valor es incalculable. Señor Schneider esto es lo que debe usted proteger.
-¡Qué chulito!- balbuceó Julian M. Oz mientras contemplaba extasiado el precioso objeto- Ferdinand, encárguese de esta auténtica preciosidad.
El doctor Gepp se dedicó en las siguientes semanas a excavar en el desierto en busca de los restos de la caravana accidentada. Gracias a la ayuda de Ofur y tras numerosos intentos encontraron el punto exacto del desastre, comenzando los trabajos que avanzaron con velocidad. Finalmente se recuperaron la mayoría de los objetos de la malograda expedición y se llevaron a Laodicea con premura. Un buen día, estando todo preparado al fin, cargaron un paquebote de la compañía M. Oz & Son, el Garban y partieron hacia Europa, aunque Ofur y el señor Schneider estuvieron a punto de perder el barco al llegar tarde al puerto. Sin más contratiempos el navío enfiló a Marsella, primera escala en el viaje a Londres.
El Garban luchaba contra las olas frente al puerto de Marsella. Veían la línea de la costa a menos de media milla del barco pero aún así no podían llegar. No podían entenderlo, el cielo refulgía límpido unos pocos centenares de yardas más allá pero sobre el barco se abatía una tormenta sobrenatural. Las turbonadas de agua caían del cielo y se mezclaban con las olas montañosas. Como si de Neptuno atacando el barco de Ulises se tratase parecía que los elementos atizaban con saña al Garban, impidiendo su entrada a la seguridad del puerto. El vaivén de las olas agitaban el barco como un juguete en las caprichosas manos de los dioses del mar. El monstruoso sonido de la tormenta, el fragor del viento y del agua, se mezcló con el quejido quejumbroso de la propia nave cuyas entrañas sufrían bajo el embate de las olas. El capitán del paquebote, asustado, trataba de maniobrar en un esfuerzo imposible el navío, que escorado se acercaba peligrosamente a una línea de rompientes cuya espuma llenaba el mar. Finalmente derrotado, y tras consultarlo con el señorito M. Oz decidió abandonar el barco. Cogiendo el baúl que contenía la estatuilla dorada aprestaron un bote salvavidas y lo lanzaron al mar.
Los supervivientes del naufragio del Garban boqueaban y tosían en la arena de una playa cercana, asustados pero agradecidos por salvar la vida. El doctor Gepp, Julian M. Oz, Ferdinand Schneider, Ofur, se arrastraban resoplando por el esfuerzo, sin respiración, escupiendo el agua que habían tragado. El cielo era nítidamente azul, la brisa suave, unas pequeñas olitas arrullaban la escena. No podían creer que unos minutos antes el infierno de Dante les hubiera acogido en el agua. Demasiado cansados para hablar fue finalmente el heredero de M. Oz & Son quien rompió el forzado silencio mientras observaba el baúl que aferraba el doctor Gepp, con una fuerza sorprendente para un abuelo de setenta años.
- Señor Gepp, hoy ha ocurrido algo demasiado extraño. Aquí han operado fuerzas que desconocemos, que escapan a nuestra percepción.
- Puede que tenga usted razón- dijo el doctor Gepp.
- ¡Esto ha sido obra del demonio!- intervino el señor Schneider, dando cuerpo a lo que el resto pensaba pero no quería decir en voz alta.
Ofur les escuchaba en silencio. No dijo nada pero pensó en ello. El lo sabía, el sabía la verdad. Había sido obra del Djinn.

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Bilbao: un voto menos


Siempre que oigo hablar a un político -hay veces en que, incluso les escucho- me pregunto qué interés habrá tras sus palabras. Con José Luis Bilbao, en cambio, no me pasa. Sé que lo que se esconde tras esa incontinencia verbal para todo lo que signifique Athletic es una mal disimulada voluntad de sacar tajada electoral. Ha sido vergonzoso cómo ha utilizado el asunto del campo en beneficio propio -si bien es cierto que sin su impulso hubiese sido imposible construirlo- y lo está siendo aún más con su ya famosa carta de diciembre y las declaraciones de ayer en Punto Radio.

¿Qué habla, como socio o como Diputado? Si lo hace como socio, que utilice las mismas tribunas de las que disponemos el resto, es decir, la asamblea, llamadas a los medios de comunicación o las barras de los bares, que visto el nivel de lo que suele afirmar, desde luego parece más propio de barra de Batzoki, con pintxo de tortilla en la diestra y vaso de txakoli (vizcaino, a ser posible del hermano de la vicelehendakari) en la siniestra. Un socio normal no se sienta en el palco cada domingo. Si ejerce de Diputado, tenga usted la mesura que el cargo merece.

Es la segunda vez que actua de la misma forma, y esto no obedece ya a una metedura de pata. No señor. Esto es algo premeditado y que busca rentabilidad electoral en las elecciones del próximo mes. Pues señor Diputado General, sepa que en mi caso ha conseguido lo contrario, tener un voto menos. Me importa lo suficiente el Athletic como para consentir que nadie lo utilice como arma electoral.

Criticaba usted a aquellos que querían hacerse de oro a cuenta del nuevo campo y usted pretende llenarse el zurrón de votos a cuenta de la situación del equipo.

Pega una largada contra los jugadores y no dice nada de esa señora que cada quince días se sienta a su izquierda en el palco. ¡Claro! ¡Pero si le ha cedido todo el protagonismo del asunto del nuevo campo! ¡Si le ha consentido hacer lo que ha querido!

No hay problemas en Bizkaia como para que este personaje -al que pocos, encima, se atreven a criticar- siga emponzoñando nuestro club. ¿Por qué no habla con igual soltura de la crisis del PNV?

¿Por qué cuando su amigo Lamikiz presidía el club no dijo absolutamente nada? ¿Tienen menos respeto por los colores los jugadores del Athletic este año que el pasado?

Váyase a hacer puñetas, demagogo.

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Refrescando la memoria II: Renovación de Tiko, hasta los 34 años!!!!!

OLE los cojones de Lamikiz!!! y los míos por haberle apoyado. Lo siento.

Fútbol.- Tiko, tras renovar hasta 2010: 'Cuando llegué al Athletic no me imaginaba que podía jugar aquí diez años'
BILBAO, 9 (EUROPA PRESS)
El centrocampista Roberto Martínez, 'Tiko', afirmó hoy que cuando llegó al Athletic Club en el verano de 1999 no se imaginaba que podía llegar a completar una década en sus filas, que es lo que alcanzará tras firmar hoy su renovación hasta junio de 2010 con el equipo bilbaino."No me imaginaba en absoluto que podía llegar a jugar diez años en el Athletic porque todos sabemos cómo llegué aquí y la situación que rodeó a mi fichaje", aseguró Tiko, recordando que su llegada a Bilbao fue fruto de un trueque entre el Athletic y su club de origen, Osasuna.

Tras un amistoso entre ambos clubes, se produjo un breve encuentro entre Miguel Angel Lotina, técnico rojillo, y Luis Fernández, entrenador rojiblanco, en el que el de Meñaka pidió la cesión de Pablo Orbaiz, recién fichado por el Athletic de Osasuna, y el tarifeño aceptó a condición de que le diera a Tiko. El acuerdo fue sellado por los presidentes de als dos entidadades ese mismo día en el vestuario.Tiko, que desde ese día, ha jugado 188 partidos como rojiblanco, prometió, "seguir trabajando a tope para defender el Athletic" y "agradecerle" que le haya dadado la "posibiliadad de vivir del fútbol".El centrocampista afirmó que en su decisión de renovar por cuatro años (finalizaba contrato en 2006) "no ha primado una sola razón, si no un cúmulo". "Las vivencias que he tenido estos seis años han sido para mí y para mi pareja muy buenas, y también ha sido fundamental la confianza que ha demostrado el club, primero en mi fichaje, y luego en cada renovación".Tiko aseguró que estaría "igual de contento" si en lugar de cuatro años, el Athletic le hubiera ofrecido "renovar dos o tres años". "Para mí lo importante era ver que se contaba conmigo. Si sólo hubiesen sido dos años, haría lo posible para firmar otros tantos y acabar mi carrera deportiva aquí", aseveró.El navarro no negó que le gustaría rubricar sus próximos cinco años en el Athletic con la consecución de un título, pero cree que lo más importante es que el equipo siga "manteniendo y alimentando la ilusión que se ha generado este año". "No hay que prometer títulos, pero sí que vamos a trabajar a tope para poder pelear por algo así y por volver a vivir partidos como el que vivimos en la semifinal de Copa ante el Betis, que se nos ha quedado muy grabado a todos", añadió.ATHLETIC, EL MAS ILUSIONANTE DEL FUTBOL VASCO.Por su parte, el presidente del Athletic Club, Fernando Lamikiz, que acompañó a Tiko en el acto de firma de su renovación, destacó que se trata de "una muy buena noticia para el club". "Es un jugador que forma parte del compromiso que queremos que tengan nuestros jugadores con nuestro proyecto. Este contrato le va a permitir pasar diez años en el Athletic y eso es bueno", agregó.Lamikiz afirmó que la negociación con el navarro, que "ha parado su vacaciones para resolver su renovación", ha sido "muy sencilla y muy rápida porque Tiko ha querido en todo momento seguir en el Athletic".El máximo mandatario rojiblanco destacó que el hecho de que el Athletic cuente en sus filas con jugadores como Tiko, que no se han criado futbolísticamente en Lezama (en su caso en Osasuna, o en los casos de Andoni Iraola y Joseba Etxeberria en el Antiguoko y en la Real Sociedad, respectivamente), "significa que el proyecto más ilusionante del fútbol vasco es el del Athletic porque es un proyecto diferente que cada vez cala más hondamente en todos los jugadores de Euskal Herria susceptibles de jugar aquí".En la rueda de prensa también estuvo presente el coordinador de Lezama, Txema Noriega, que destacó que la versatilidad de Tiko, jugando como media punta y en el doble pivote, ha sido un "factor importante" en su renovación, pero no el único. "También el asentamiento del jugador, que está en un momento dulce y con capacidad de mejora, y su capacidad de adaptación a las necesidades del equipo, dando además una respuesta importante. Es un jugador muy válido para el futuro del club", aseguró Noriega.

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Refrescando la memoria I: Renovación ¡¡¡5 años!!! de Javi Casas

Os pego aquí el recordatorio de una de las aberraciones cometidas por Fernando Lamikiz, y del que soy corresponsable:

Fútbol.- Javi Casas: 'Renovar cinco años con el Athletic en mi primera temporada en el primer equipo es algo muy grande'
BILBAO, 16 (EUROPA PRESS)
El joven defensa del Athletic Club Javi Casas, que hoy firmó la ampliación de su contrato con el club rojiblanco hasta el 30 de junio de 2010, aseguró que es "algo muy grande" renovar por cinco años en su primera temporada como jugador de Primera División.Casas de 23 años, ha debutado esta temporada con el primer equipo rojiblanco de la mano de Ernesto Valverde (lo hizo en al derrota por 2-1 frente al Betis en el Ruiz de Lopera), jugando un total de 27 encuentros. "No me esperaba, ni jugar tantos partidos, ni mucho menos renovar por cinco años. Es algo muy grande y estoy encantado", afirmó el jugador en la rueda de prensa que ofreció este mediodía en Ibaigane, junto al presidente del club, Fernando Lamikiz, y el coordinador del fútbol base, Txema Noriega.

Precisamente por ello, el acuerdo para la firma de renovación fue "muy rápido y sencillo", como señalron tanto el jugador como el presidente rojiblanco, quien destacó que Casas, "canterano y vizcaíno" es, "más que una apuesta, una realidad porque es un jugador con un futuro extraordinario".Casas aseguró que la verdadera razón que le ha llevado a renovar no es el proyecto consolidado de equipo para la próxima temporada, que reconoció que "es bueno", después de que el club haya conseguido atar a la columna vertebral de la plantilla (Orbaiz, Iraola, Tiko y Urzaiz)."No pienso en el proyecto, sino en que el club de mi vida me ha ofrecido cinco años", aseveró el lateral, que declaró que sueña con formar parte de un Athletic campeón. "Este año hemos estado a un paso y en los años que voy a estar aquí no se me va a olvidar la semifinal de Copa que jugamos. Mi sueño sería sacar la gabarra", afirmó.El defensa de Sopelana aseveró que, pese a la amplitud temporal del contrato que acaba de firmar, "no cabe la posibilidad" de que se acomode, y aseguró que seguirá "trabajando y luchando como el primer año" con el objetivo de "ir progresando y mejorando para poder ser titular".

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¿A dónde vamos?

Sin fútbol, con sólo corazón, a la desesperada, sin cabeza, sin concentración... ¿a dónde vamos? Nos quedan diez jornadas, 30 puntos, sobre los que debemos sacar la mitad. Lo veo cada vez más dificil. Me atrevería a decir, a pesar de que mientras hay vida hay esperanza, que tenemos un pié en segunda. Nos falta de todo en materia futbolística. La defensa es una catástrofe, y aunque es injusto personalizar la derrota en alguien, lo de Javi González por banda derecha ha sido una calamidad. Balboa y Munitis han entrado por ahí cuando han querido. El de Zorroza ha sido una caricatura de jugador. El Penalty de Murillo con el 1-2 a un jugador que se había quedado sin ángulo y cuya única opción era hacer el pase de la muerte, es imperdonable. Son esos fallos que cuestan el partido y, por que no, a estas alturas puede que también el descenso.

No se qué puede pasar de aquí en adelante. Desconozco cuales son las decisiones que se pueden tomar, pues todas me parecen malas. Por primera vez en mucho tiempo veo al Athletic hundido, sin rumbo y sin salida. La crisis institucional no ayuda, la falta de valentía de los impresentables que cada semana se sientan en el palco nos puede costar muy cara. Los dos próximos partidos de liga no voy a asistir a San Mamés. Creo que será bueno para mi salud. Ahora mismo tengo unos nervios que no pueden ser saludables. He tenido que estar un buen rato sin ver el partido, haciendo zapping porque no podía más.

Muchos harán culpables a los jugadores. Sinceramente, creo que les puede la presión de los 109 años de historia. No están acostumbrados a sufrir, a pelear, a nada... pero de eso no son ellos los responsables. Es lo que hemos querido para este club y con ello nos vamos a ir a segunda. Me siento responsable por haber votado a esta directiva. Creía que podían hacer las cosas bien y han destrozado este club en lo deportivo y en lo social. Me da asco ver como revolotean ahora la poltrona de Ibaigane los García Macua y los González de turno, mientras la señora del bolso y el orondo Ercoreca aguardan la salvación del equipo para presentarse a la reelección.

Mientras la Real se aferra a la primera sacando fuerzas de flaqueza cuando peor tenía las cosas, el Athletic se hunde a marchas forzadas. ¿Alguien cree que, hoy por hoy, somos capaces de ganar al Valencia?

¿Merece la pena hablar de los planteamientos de Mané? Le veo enrocado en sus ideas. Porque el partido, no nos engañemos, lo ha merecido ganar el Racing, que ha sido quien ha ido a por él. Con corazón, con casta, sólo con eso, en fútbol no vale.

Sólo pido que pierda el Celta. Porque miestras el totum revolutum continúe, las opciones existen.

Aguardo con ganas vuestras opiniones. Si alguien me convence de que mi pesimismo es excesivo y me puede animar adelante. Marcar cuatro goles fuera de casa y que vuelvas sin puntos... en fin lo dejo, que puedo estar escribiendo toda la noche.