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Buscar soluciones, no llorar

Estamos inmersos en una grave crisis de profundidad y duración indeterminadas. Aunque algunas voces la venían advirtiendo, a muchos nos ha sorprendido la velocidad e intensidad con la que se están deteriorando los parámetros básicos de nuestra economía. No tenemos tan sólo una dificultad inmobiliaria, tenemos un gravísimo problema de modelo económico. El ministro Solbes afirmó en una entrevista que la crisis del 93 fue mucho peor que ésta. No lo tenemos tan claro. Algunas otras voces autorizadas comparan la situación actual con los dos grandes terremotos económicos de los últimos sesenta años. El que se produjo a finales de los cincuenta cuando el modelo autárquico se vino abajo con estrépito y hubo que arbitrar los exitosos planes de estabilización, y el posterior a la crisis del petróleo del 73, que coincidió con el regreso de la democracia a España, y en el que las fuerzas políticas y sociales reaccionaron con los conocidos pactos de la Moncloa.
En estas dos situaciones se produjo un profundo cambio de los cimientos sobre los que se basaba la economía española. Desde entonces, hemos experimentado los ciclos habituales del sector inmobiliario y financiero que no modificaron nuestros motores inmobiliarios y de consumo, alimentados por los fondos europeos primero, y la financiación exterior y el aumento de la población después. Pero la actual crisis parece que va más allá. Probablemente estemos ante las puertas de un profundo cambio que exigirá grandes dosis de esfuerzo e imaginación.
Ya sabemos que el sector inmobiliario tardará en recuperar su velocidad normal y que, probablemente, no volveremos a conocer al menos en un lustro la velocidad de más de 600.000 viviendas al año con la que nos sorprendía. ¿Qué sector vendrá a sustituirlo? La teoría nos dice que, en estas situaciones, nada podemos esperar del consumo, que se irá deteriorando de forma pareja al empleo y que deberíamos confiar en el sector exterior. Ojalá. Pero a corto plazo ese relevo será difícil, dada nuestra baja competitividad y productividad y nuestra imposibilidad de devaluar la moneda. No tenemos pues herramientas fáciles ni conocidas para intentar superar esta crisis, que nos afectará más intensamente de los que habíamos previsto. Volveremos a conocer tasas de desempleo por encima del 14% y, desgraciadamente, a encabezar las listas europeas del paro.
Esta es la dura realidad a la que debemos enfrentarnos. La cuestión no es tanto adivinar cuántos trimestres tendremos crecimiento negativo o en regodearnos en nuestro dolor, sino en comenzar a pensar soluciones. Si no hacemos nada, nos queda mucho tiempo de un crecimiento pobre, como ya ocurriera con Portugal e Italia. Debemos dar la talla como país y ponernos a trabajar en soluciones que vayan más allá de medidas coyunturales. Es posible que sean preciso acuerdos de entidad similar a los ya reseñados. No se trata de arreglar éste o aquel parámetro, es preciso ampliar nuestra base productiva. Y eso, ni es fácil ni se improvisa.
Hemos tenido a un gobierno ausente de los problemas reales de España, negando incluso una crisis que nos consumía, que deberá liderar un conjunto de medidas a corto plazo para atemperar los efectos de la crisis -el mantener los gastos sociales es necesario, pero no suficiente- y poner las bases para el gran acuerdo que precisaremos.
Aunque España seguirá siendo una gran potencia en servicios turísticos -no podemos olvidarlo-, será necesario desarrollar con más intensidad otros sectores que nos permitan exportar. Dado que tendremos que sufrir la contracción crediticia internacional, precisamos el aporte exterior para equilibrar nuestras cuentas y para que el ahorro pueda volver a circular con normalidad.
No podemos caer en el catastrofismo. España ha superado otras grandes crisis, y, también superará la actual. Nuestras empresas, nuestros trabajadores y nuestra sociedad están mucho mejor preparados que en el pasado, aunque tendremos que volver a sudar la camiseta.
Todos nos habíamos acomodado a los tiempos fáciles, y eso, como las golondrinas de Bécquer, se fueron para no volver. A grandes males, grandes remedios, que dice el refrán. Las crisis son el momento adecuado para realizar los cambios estructurales que precisamos. No podemos caer en la tentación de creernos que el tiempo lo arregla todo. Llega el tiempo de la reflexión, el debate, el diálogo y, sobre todo, de la acción inteligente y decidida. Busquemos soluciones y no lloremos por lo que pudo haber sido y no fue.


MANUEL PIMENTEL en Cinco Días

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