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Los Orígenes fascistas del Atletico de Madrid

Interesante comentario publicado por el forero Aposdata en as.com:


Durante la Guerra Civil, la Aviación Nacional, la misma que bombardeaba incesantemente en Madrid republicano, en el que el Atlético y el Real jugaban amistosos a beneficios de los huerfános, juntó un equipo con la flor y nata de los futbolistas españoles, deseosos sin duda de salvarse del frente. El equipo tuvo base en Matacán (Salamanca), y al final de la guerra contaba con un plantel consolidado y excelente, a diferencia de lo que ocurría en los antiguos clubs de primera, económica y deportivamente destrozados por la contienda. En 1939, los vencedores franquistas se sentían orgullosos de tener el que sin duda era el mejor equipo de futbol de España dentro del propio seno de la "gloriosa" aviación Nacional. El problema era que no podían, o no debían, introducir alegremente el equipo de la Aviación en la primera división española, de modo que buscaron un extraño subterfugio para lograrlo, consistente en fusionar al formidable equipo militar con el Atlético de Madrid. El Atlético Madrid se encontraba a la sazón en la más absoluta de las ruinas. En los años finales de la República, había descendido a segunda, estaba en quiebra económica y carecía de un estadio propio medianamente decente. Las autoridades deportivas del Régimen se las apañaron para conseguir que el equipo retornase a la primera división, gracias a que el Oviedo, en una situación absolutamente catastrófica despues de la guerra, dejo su plaza en la máxima categoría. Se organizó un arbitrario partido de promoción entre el Atlético de Madrid (último descendido) y el Osasuna de Pamplona (que se quedó a las puertas de ascender, aunque seguramente pesó en el ánimo de los dirigentes premiar el patriótico esfuerzo del pueblo navarro, con sus requetés carlistas a la cabeza, por contribuir a la victoria del alzamiento). Cómo era de esperar, el partido fue un mero trámite, y mientras el Osasuna era despachado a segunda, y el Oviedo al limbo de la miseria, el nuevo y flamante Atlético de Aviación accedía a la élite del fútbol nacional. Se dotó al equipo de los mejores jugadores posibles, se sufragó su deuda, se le construyo un estadio, costeado en parte por el patronato de huérfanos del ejército; y como era de esperar, aquel equipo, que tres años atrás estaba al borde de la desaparición, ganó las dos primeras ligas del franquismo, que erán además las dos primeras ligas de su Historia. Nótese el contraste con aquel al que muchos denominan el "equipo del régimen", que logró sus dos primeros títulos coincidiendo con la llegada de la II República. Ironías tiene la vida. La cosa duró hasta que equipos clásicos como Barcelona y Bilbao reconstruyeron sus desvencijadas estructuras. Pero nada de triunfalismo nacionalista, por favor. Lo primero que hicieron los herederos del Barça en la post-guerra fue organizar un sonoro homenage de desagravio al franquismo, en el que poco más o menos pidieron disculpas por haber permanecido díscolamente en el lado equivocado de la contienda. Si se mira la nómina de directivos y presidentes del Barça durante la postguerra, se encontrarán númerosos militares y falangistas ilustres, que fueron quienes sentaron las bases para la reconstrucción del club. "¡Nos obligaron!, ¡Nos los impusieron!", dirán los más recalcitrantes. ¡Toma!, como a todos ¿Es que acaso estaban encantados con las nuevas autoridades los centenares de miles de Madrileños que al grito de "¡no pasarán!" soportaron durante tres años los bombardeos del atlético... perdón, de la aviación golpista? A lo mejor algunos piensan que los miles de personas que durante años fueron fusiladas por el régimen junto a las tapias de los cementerios madrileños iban cantando el cara al sol durante el paseillo. En fin, que impuestos o no, aquellos fascistas catalanes fueron los que rediseñaron el destino de aquel que luego, tras un necesario ejercicio de amnesia voluntaria, llegó a ser "algo más que un club". El renacimiento del Real Madrid fue algo más tardío, y se debió a un conspicuo cabo del ejército nacional de apellido catalán, llamado Santiago Bernabeu. Imagino que debió de ser toda una afrente para los coronelazos franquistas de Atlético y Barcelona, que un simple cabo realizase lo que ellos no habían podido ni soñar: ganar seis copas de Europa. cuando en Francisco Franco era considerado un criminal de guerra que no podía influir en el panorama futbolístico europeo como no fuese disfrazándose de linier. Aunque de haber sido Madridista, aquel hombre al que realmente no le gustaba el fútbol, habría obtenido el primer fracaso en el absoluto control que ejercía sobre todo lo que le daba la gana dentro de España, porque era el Fútbol Club Barcelona el que habitualmente solía llevarse "su" trofeo del "generalísimo"; y para más Inri, era el mismo el que se lo entregaba en el propio Estadio del Real Madrid. Pero volviendo al Atlético de Aviación. Decir que sencillamente le debe gran parte de lo que es al franquismo, por ello saludaban tan entusiasmadamente sus jugadores brazo en alto, con el rokiski en el pecho y mirando a la tribuna. Hasta que la "sociedad" se disolvió, la aviación volvió a sus cuarteles, y el atlético siguió adelante en solitario, aprovechando el inmenso impulso recibido por las autoridades militares españolas. ¡Ay señor! Qué cosas tiene la Historia, que si no se lee, uno acaba por creerse que "los suyos" han sido de "los suyos" toda la vida.

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Buscar soluciones, no llorar

Estamos inmersos en una grave crisis de profundidad y duración indeterminadas. Aunque algunas voces la venían advirtiendo, a muchos nos ha sorprendido la velocidad e intensidad con la que se están deteriorando los parámetros básicos de nuestra economía. No tenemos tan sólo una dificultad inmobiliaria, tenemos un gravísimo problema de modelo económico. El ministro Solbes afirmó en una entrevista que la crisis del 93 fue mucho peor que ésta. No lo tenemos tan claro. Algunas otras voces autorizadas comparan la situación actual con los dos grandes terremotos económicos de los últimos sesenta años. El que se produjo a finales de los cincuenta cuando el modelo autárquico se vino abajo con estrépito y hubo que arbitrar los exitosos planes de estabilización, y el posterior a la crisis del petróleo del 73, que coincidió con el regreso de la democracia a España, y en el que las fuerzas políticas y sociales reaccionaron con los conocidos pactos de la Moncloa.
En estas dos situaciones se produjo un profundo cambio de los cimientos sobre los que se basaba la economía española. Desde entonces, hemos experimentado los ciclos habituales del sector inmobiliario y financiero que no modificaron nuestros motores inmobiliarios y de consumo, alimentados por los fondos europeos primero, y la financiación exterior y el aumento de la población después. Pero la actual crisis parece que va más allá. Probablemente estemos ante las puertas de un profundo cambio que exigirá grandes dosis de esfuerzo e imaginación.
Ya sabemos que el sector inmobiliario tardará en recuperar su velocidad normal y que, probablemente, no volveremos a conocer al menos en un lustro la velocidad de más de 600.000 viviendas al año con la que nos sorprendía. ¿Qué sector vendrá a sustituirlo? La teoría nos dice que, en estas situaciones, nada podemos esperar del consumo, que se irá deteriorando de forma pareja al empleo y que deberíamos confiar en el sector exterior. Ojalá. Pero a corto plazo ese relevo será difícil, dada nuestra baja competitividad y productividad y nuestra imposibilidad de devaluar la moneda. No tenemos pues herramientas fáciles ni conocidas para intentar superar esta crisis, que nos afectará más intensamente de los que habíamos previsto. Volveremos a conocer tasas de desempleo por encima del 14% y, desgraciadamente, a encabezar las listas europeas del paro.
Esta es la dura realidad a la que debemos enfrentarnos. La cuestión no es tanto adivinar cuántos trimestres tendremos crecimiento negativo o en regodearnos en nuestro dolor, sino en comenzar a pensar soluciones. Si no hacemos nada, nos queda mucho tiempo de un crecimiento pobre, como ya ocurriera con Portugal e Italia. Debemos dar la talla como país y ponernos a trabajar en soluciones que vayan más allá de medidas coyunturales. Es posible que sean preciso acuerdos de entidad similar a los ya reseñados. No se trata de arreglar éste o aquel parámetro, es preciso ampliar nuestra base productiva. Y eso, ni es fácil ni se improvisa.
Hemos tenido a un gobierno ausente de los problemas reales de España, negando incluso una crisis que nos consumía, que deberá liderar un conjunto de medidas a corto plazo para atemperar los efectos de la crisis -el mantener los gastos sociales es necesario, pero no suficiente- y poner las bases para el gran acuerdo que precisaremos.
Aunque España seguirá siendo una gran potencia en servicios turísticos -no podemos olvidarlo-, será necesario desarrollar con más intensidad otros sectores que nos permitan exportar. Dado que tendremos que sufrir la contracción crediticia internacional, precisamos el aporte exterior para equilibrar nuestras cuentas y para que el ahorro pueda volver a circular con normalidad.
No podemos caer en el catastrofismo. España ha superado otras grandes crisis, y, también superará la actual. Nuestras empresas, nuestros trabajadores y nuestra sociedad están mucho mejor preparados que en el pasado, aunque tendremos que volver a sudar la camiseta.
Todos nos habíamos acomodado a los tiempos fáciles, y eso, como las golondrinas de Bécquer, se fueron para no volver. A grandes males, grandes remedios, que dice el refrán. Las crisis son el momento adecuado para realizar los cambios estructurales que precisamos. No podemos caer en la tentación de creernos que el tiempo lo arregla todo. Llega el tiempo de la reflexión, el debate, el diálogo y, sobre todo, de la acción inteligente y decidida. Busquemos soluciones y no lloremos por lo que pudo haber sido y no fue.


MANUEL PIMENTEL en Cinco Días