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Varapalo a la miseria futbolística

Tenía que pasar. Y sucedió el día que más duele, el que más reflejo tiene en la tabla. Quizá sea lo más justo, para poner a los resultadistas frente a la verdadera obra de Joaquín Jesús y de las consecuencias de dar por bueno todo aquello que suponga atesorar puntos, eso que en el universo futbolístico ya se resume con la frase la clasificación, amigo.

Doce minutos le duró la tranquilidad al Athletic. Fueron los que tardó el Espanyol en desperezarse y llegar al área visitante para poner a prueba a su antiguo portero, que lo bordó, salvo en un inconcebible penalti cometido al borde del descanso, afortunadamente no señalado por un colegiado que demostró un nivel paupérrimo para la primera división, que es mucho decir viendo cómo está el arbitraje, y cuya presencia en Primera sólo se entiende por compartir procedencia con el presidente de los trencillas.

El Athletic perdió, con justicia, para con el Espanyol y el fútbol. De no mediar Iraizoz y un gran Ekiza, de nuevo enorme, la victoria periquita hubiese sido, además, más contundente, algo preocupante, porque los de Cornellá, con un equipo desguazado por traspasos y lesiones, que físicamente da señales de agotamiento, puso en evidencia a los de San Mamés.

Ante las molestias de Llorente, Caparrós apostó de inicio porque Toquero hiciese de referencia en punta, algo para lo que no está capacitado, y dio entrada en la media punta a Iturraspe, que busca casa para vivir en Barcelona, pues es en la única plaza en la que suele gozar de minutos.
En esa primera parte, el Athletic sólo fue capaz de tener una ocasión, de lanzamiento de falta tras desmayo de Susaeta, que ocupaba la banda derecha, y que transformó brillantemente el propio jugador eibartarra tras un mensaje al oído de Ekiza. Rentabilidad máxima, de nuevo, y empate al descanso.

Hasta el propio entrenador de Utrera vio que su planteamiento flojeaba y decidió actuar. Pero los cambios no son lo suyo. Sacrificó a Iturraspe, el único que se empeñaba en tratar al balón para aquello que fue concebido, para hacerlo rodar por el césped, y dio entrada a un Llorente capitidisminuido. Con dos puntas el Athletic funcionó aún peor, con el centro del campo absolutamente superado e incapaz de hacerse con el balón, lo que produjo demasiados problemas en una zaga donde el flanco izquierdo rozó el ridículo. Amorebieta y Castillo protagonizaron una actuación indigna, con movimientos desastrosos que rompían constantemente el fuera de juego, con fallos constantes en el despeje. El de Cantaura ha pasado de ser una promesa a convertirse en una preocupación. Y resulta intolerable su querencia a quedarse parado levantando la mano, como cuando se pide un taxi, en cada ocasión en la que reclama fuera de juego.

Tan evidente era el naufragio que Caparrós tuvo que volver al esquema inicial, dando entrada a Orbaiz por Toquero, pero era demasiado tarde. Al Athletic no le funcionaba el centro del campo, incapaz de retener mínimamente el balón, de darle sentido al juego, de buscar a su referencia en punta, brillantemente defendido por Teixeira Vitienes, que señalaba falta en cada disputa del de Rincón de Soto.

La derrota era cuestión de tiempo y las flores, tarde o temprano, marchitan. También la de Joaquín Jesús. La suerte le fue esquiva y, además, en el momento más cruel, cuando sobre el escenario se acababa de reflejar el planteamiento más cobarde, el del cálculo sobre cualquier otra consideración. Fútbol con pañal. Muniain que, al igual que Susaeta, no estaba para nada, enfiló vestuario y dejó plaza a Ustaritz que pintaba por orden del maestro de Utrera un boceto desolador: tres centrales, tres centrocampistas de corte defensivo, acompañados por dos laterales, un punta en horas bajas y el juego estrambótico de Susaeta. Inicialmente era para llorar. Intentar durante media hora sustentar un punto. Y acabó siendo para enfadarse. Y mucho.
Los argumentos que habían valido para justificar lo de Iruña, lo del partido contra la Real, quedaron en evidencia. Contra un rival al que se coloca, de nuevo, en la lucha europea. El día en que se arranca la jornada en la séptima plaza, puesto de consolación, conociendo la necesidad de ganar. Después de que la plantilla hablase de final. Y las finales, querido Joaquín Jesús, se juegan a ganar.

Debiera valer el ejercicio de ayer para que muchos se den cuenta de lo dañina que es la receta, de que este equipo da para otra forma de lograr lo mismo. Resulta descorazonador ver el talento de Llorente, Muniain, Iraola o Javi Martínez condenado a practicar este mal llamado juego. No puede tener continuidad ni una temporada más.
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3 comentarios

  1. Contundente Gontzal. Hemos visto el mismo partido e idénticos errores, que no son nuevos. El entrenador ya había gastado su crédito hace bastante -esto va de mio- y el cierre de tu nota lo dice todo: una plantilla que cuenta con Llorente, Muniain y Javi Martinez, tiene la obligación ética y estética de jugar a otra cosa. Un amigo -casi un hermano del Espanyol- me decía luego del partido, que estaba muy contento por haberle ganado a un equipo que es a las claras superior. Hubiese sido bueno que Caparrós tomara nota de esto.
    Un abrazo!

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  2. Contundente pero cierto, Hector. Todos y todas quienes me rodeaban se hacían cruces con los cambios de JJ.

    Insisto en la idea de que a Joaquín Jesús se le ha pasado el arroz rojiblanco. Hace falta cambiar. A este paso ni va a valer la clasificación como consuelo del pobre juego.

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  3. Es que el problema de Caparrós, Héctor, es ese, que tiene una idea de fútbol que no va a cambiar -está en su derecho, es su modelo- que está haciendo creer a cierta gente que se practica porque el equipo no da para más, pero es al revés. Se practica este fútbol porque es el que se propone y el que se entrena.

    Cuando los resultados -en muchos casos gracias a la fortuna- te avalan, las críticas se diluyen. Pero cuando la propuesta es tan pobre, el juego casi miserable, falla la suerte y no se consiguen resultados, todo resulta demasiado insostenible.

    Iñaki lo dice bien, se le ha pasado el arroz, aunque no estoy seguro de que no vaya a continuar. Eso sí, le noto que la sangre rojiblanca ya lo le hierbe tanto. Es lo que tiene la palabrería.

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