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Crónica del día siguiente

El partido que jugó ayer el Athletic fue un viaje al pasado. No en vano el Valencia es el equipo que en mi ideario personal figura como el tercero en discordia, tras el Madrid y el Barcelona. El banco de pruebas ideal para saber lo que podemos esperar de un equipo que crece cada día y al que aún no le acompañan los resultados. Los recuerdos de los enfrentamientos entre el Athletic y el Valencia son memorables porque, lo mismo que ayer, se disputaban al límite, con la brutalidad justa para que el fútbol ofrezca belleza y emoción si los jugadores van al balón sin malas intenciones. Cierto que ayer se lamentaron bajas muy sensibles pero no hubo reproches verbales. La diferencia entre el hoy y el ayer estriba en que, en los viejos tiempos, el fútbol se jugaba al ritmo de una carreta de bueyes y hoy a la velocidad de los Fórmula 1.

De largo mereció ganar el Athletic, si el auxiliar no invalida el gol de Susaeta en el minuto 14 o el balón no toma un giro caprichoso en el que pudo ser gol de Llorente a los 35 minutos. Un cero a dos al descanso hubiera quedado mejor que bien. Pero no sucedió.

Los imponderables obligaron a sustituciones por ambas partes. El Athletic perdió a Llorente, hombre de gran presencia física, luego a Gurpegui, baja trascendente por la gravedad de su lesión, aunque ganó con la entrada de Herrera. A pesar de todo, el equipo se impuso al Valencia con un arrojo admirable y en un minuto que me pareció ideal para sentenciar, marcó Muniain uno de esos goles que está relacionado con lo que antes he escrito, la velocidad mental que hoy se precisa para marcar un gol. A punto estuvo de repetir la hazaña en el último suspiro del partido pero en ese momento eligió otra opción.

El fútbol es un juego colectivo y por eso admiro a los jugadores que desde niños aprenden a no estrangular al portero cuando tira por tierra lo que tanto esfuerzo ha costado conseguir. Esta temporada llevo cerradas varias crónicas diciendo que con un cambio de porteros el resultado hubiera sido otro. Y no digamos la clasificación. A estas alturas, el año pasado teníamos nueve puntos. Hoy son ocho.

Los partidos del último fin de semana nos han puesto delante de los ojos la importancia de tener bien guardada la portería. El Real Madrid pasó sobre el Málaga como una apisonadora. Sin embargo, el hombre del encuentro acabó siendo Casillas. Los intratables delanteros del Barcelona se estrellaron una y otra vez contra el portero del Sevilla. En Manchester se estarán acordando del viejo Van der Sar. Y yo de Iríbar.
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