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Partido aceptable en un momento complicado

Hay que ser sinceros. Después del desgaste para frenar en inferioridad numérica la locomotora moscovita, quien más o quien menos daba el partido contra el Villarreal a beneficio de inventario. Se consideraba que era un momento de la temporada en que tras los esfuerzos realizados un pequeño tropezón podía ser comprensible e, incluso, aceptable.

Pero no fue así. A las bajas obligadas de Marcos y Muniain por tarjetas y de Amorebieta por lesión se unió de inicio la de Llorente por dosificación de minutos decretada por Bielsa. El Athletic se presentaba en El Madrigal con un once inédito en lo que va de temporada que permitía calibrar hasta qué punto afectaba el desgaste físico y cuánto de competitiva es la plantilla cuando los menos habituales han de dar el do de pecho.

Hubo de todo, como en botica. David López, por ejemplo, evidenció el porqué de su ausencia en el once, con un juego indolente, pasivo y que sólo hace daño en algunas (y sólo algunas) jugadas a balón parado, insuficiente razón para justificar una titularidad. Toquero, por ejemplo, volvió a evidenciar que ni es un nueve ni lo pretende, por lo que volvió a agradecer, al igual que sucedió hace una semana frente al Málaga, la salida de Llorente en la reanudación. Notas más positivas merecen un San José que, poco a poco, va gozando de minutos y se asiente como el tercer central de la plantilla, con una solvencia que no desentona con respecto a los titulares, o Iñigo Pérez, que a pesar de su bisoñez es un jugador que aporta aspectos novedosos, prometedores, a pesar de ciertas lagunas en el juego.

Con todo ello, en la primera parte no se vio al mejor de los Athletics de esta temporada, principalmente en ataque, donde las conexiones entre el centro del campo y la delantera brillaron por su ausencia. Ni Toquero es referente, ni sabe hacer los movimientos que en esa posición se requieren, ni los rivales le respetan. A ello cabe unir el desacierto de Susaeta, por la izquierda, la ausencia de David López, y la incapacidad, y no es nuevo, de Herrera, Pérez e Iturraspe para hilar pases en corto sin precipitación.

El Villarreal, que es un equipo con más potencial del que la posición en la Liga parece indicar, estuvo más cómodo sobre el terreno, y más mandón, aunque su verdadero peligro llegó a balón parado por la solvencia de un Athletic que tuvo en su defensa el sostén necesario a su flojo partido en ataque y a la dificultad de su centro del campo para sostener y elaborar. Pudo verse a Herrera, por ejemplo, sobre excitado, superado, desacertado.

Bielsa, que no suele dudar en aplicar remedio cuando no ve carburar al equipo, estuvo acertadísimo en los cambios. La entrada de Llorente por David López dio al equipo el revulsivo necesario. Con la entrada del delantero de referencia, Toquero se liberó, se acopló con gusto a la banda y la conexión funcionó. El equipo pareció otro, solvente en defensa, combinativo en el centro y con mordiente en el ataque. En pocos minutos, el Villarreal estuvo a merced de los rojiblancos y vio como en veinte minutos se  les complicaba la contienda. Llorente tras recibir un gran centro de Toquero, y Susaeta en un tirito afortunado en el que Diego López tuvo una blandura de manos más disculpable que la posterior de Iraizoz que dio origen al empate a dos, adelantaban al Athletic.

Ni el empate ni la teórica carga de partidos privaron a los pupilos de Bielsa de hacerse acreedores a la victoria, pero no hubo fortuna, o faltó acierto. Fue significativo que cuando el partido estaba ya finalizando tanto Llorente como Ibai pudieron ser más precisos y hacer que los tres puntos viajaran a Bizkaia. Si bien el empate no se puede considerar un mal resultado, tampoco hubiese sido injusto un dos en la quiniela.

Iglesias Villanueva, por cierto, el encargado de repartir justicia, siguió con la tónica de los arbitrajes que los zurigorris vienen padeciendo a lo largo de la temporada. Casero a más no poder, dejó sin señalar un claro penalti sobre Llorente y evidenció un desquiciante criterio (o ausencia del mismo) a la hora de señalar faltas y mostrar cartulinas. Parece una batalla perdida, pero es sumamente injusto ver cómo el equipo recibe los golpes y las amonestaciones, mientras los rivales quedan impunes en su afán por no dejar elaborar el juego.

Llega el derby, ese que tendrá a los vecinos levantándose en armas, intentando conjurarse para una victoria que les justifique la temporada. Resulta agotador soportarles, así que habrá que privarse de leer y escuchar casi todo lo que proviene de Gipuzkoa y que tan buen reflejo suele tener en la televisión pública vasca, esa que se paga más en Bizkaia para tener que sufrir el injusto trato a los equipos vizcainos de fútbol o basket.

Pero quedémonos mientras con lo bueno. Con un equipo que lleva camino de hacer una temporada para el recuerdo, para disfrutar, y que ni tan siquiera se descentra o deja de competir cuando hasta el entorno está desconectado pensando en finales o en la conquista de Manchester. Que existan lagunas, márgenes de mejora es, en si mismo, una gran noticia de la que, desgraciadamente, el Marqués del Bosque también ha tomado nota. Maldita la hora, ahora que existía una semana para oxigenar futbolistas.

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Haciendo realidad el sueño de jugar en el teatro


Después de perder algún año de vida en treinta minutos de sufrimiento es complicado hablar de fútbol sin mezclarlo con sentimientos. En el partido más físico, trabado y feo de esta temporada el Athletic fue capaz de sacar adelante una eliminatoria que dará un premio a toda la familia rojiblanca, volver a vivir un enfrentamiento contra el Manchester que, aunque sea esta vez sin nieve, permitirá a varias generaciones ver a su equipo codearse con un referente del fútbol mundial. Las finales de Copa y los enfrentamientos europeos contra rivales de postín ya no son leyendas, son también una realidad que permiten reverdecer el orgullo de pertenencia.

Los eup que ayer levantaron la txapela a la finalización del partido, cuando todo San Mamés entonaba el himno, no fueron sino una forma de aliviar la tensión acumulada. Había que sacar el partido adelante como fuese, contra viento y marea, aportando cada uno lo que le tocaba, hasta la última gota de sudor los del césped y todo el aliento posible los de la grada. Así fue y en estos casos rara vez falla San Mamés. El Lokomotiv lo intentó, pero no inquietó en demasía.

El final feliz, con todo, no hace olvidar una mala primera parte, donde los rusos, a diferencia de lo que dijo su entrenador, sólo buscaron el gol durante los primeros cinco minutos para pasar después a defender, apilar jugadores en el centro del campo y trabar el encuentro todo lo que pudieron. El Athletic lo intentaba pero no podía. Una vez más era incapaz de trenzar el juego, de que Iturraspe y Herrera conectasen, de que las bandas aliviasen proporcionando salida al exceso de población que existía en el centro del campo, con un Susaeta inédito y desacertado. Bielsa intentó sobre la pizarra que Toquero hiciese de de Marcos, lateral izquierdo de inicio, pero el de Biasteri tiene una especialización extraña en su currículo, trazador de desmarques, difícilmente imitable.

Así pues se llegó al descanso con un empate a nada, con pocas ocasiones en una y otra portería, equilibrados los méritos de unos y otros merced al empeño de no dejar jugar de los ferroviarios moskovitas, a los que el árbitro, Gil de apellido, el primo polaco de Mateu Lahoz, consintió absolutamente todo, hasta la pérdida deliberada de tiempo más evidente.

Al Loco no le había salido bien su apuesta y como es más cuerdo y humilde de lo que algún presentador de teletienda se empeña en suponerle, decidió buscar soluciones con dos cambios que derivaron en una pequeña revolución. Iñigo Pérez y San José entraban en detrimento de Susaeta e Iturraspe, amonestado y superado, lo que permitía alinear a Toquero en banda derecha, a Iñigo de lateral zurdo, devolver a de Marcos a su posición habitual, ver a Javi Martínez en el eje del centro del campo para contraponer músculo al mecano del este y dar la oportunidad a San José de escoltar a Amorebieta.

Aparentemente todo funcionó, el Athletic se estiró algo y el balón circuló con mayor fluidez, aunque sin generarse excesivo peligro. Como tocaba sufrir, Amorebieta protagonizó un cruce de cables que recuerdan actuaciones que se creían ya del pasado y vio dos amarillas en un breve lapso de tiempo. La primera por entrar en las provocaciones de un tontaina como Caicedo y la segunda por una sucesión de errores imperdonable. El castigo lo rumiará más que nadie, puesto que deberá seguir conociendo Old Trafford a través de la televisión.

No se había quitado el nudo de la garganta cuando, de alguna forma, se hizo justicia. En una contra Herrera tuvo la oportunidad de adelantar al equipo, pero en el córner a que dio origen el rechace del portero llegó la venganza zurigorri. Peinó, como no, Llorente y Muniain, que es muy listo cuando intenta no pasarse, remachó en el segundo palo. Delirio en La Catedral.

El problema era que quedaba media hora. Media hora en inferioridad para luchar contra un equipo físicamente muy fuerte. Ekiza entró por Herrera para reforzar y dar descanso al pubis de Ander, mientras Bielsa devolvía a de Marcos al lateral zurdo para que Iñigo contribuyese a sujetar el balón en la medular.

Hubo que sufrir, soportar el lento paso de los minutos y padecer un arbitraje desigual, desproporcionado y carente de equidad. El polaco, quién sabe, quizás se tratase de un reminiscente de los tiempos del Telón de Acero, ayudó con sus decisiones a los exsoviéticos. Con un criterio de quita y pon, injusto, desconcertante, perdonó en su desvergüenza un codazo y una amonestación por mano a Tarasov, que ya tenía en su haber una tarjeta amarilla. Resulta frustrante que en una competición de cierto prestigio ese grupúsculo de vividores y especuladores que dirigen la UEFA permitan a mequetrefes como el de ayer reventar eliminatorias.

Por fortuna llegó el final, sin apuros, pero con los miedos a alguna jugada aislada. El Athletic lo dio todo y San Mamés también. El premio es gordo y debiera servir para que, definitivamente, toda la afición reconociese los méritos de este equipo. Pero los recalcitrantes prefieren no aplicar antiséptico en sus heridas.

Fue un delirio ver a San Mamés desaforado, el de los viejos y buenos tiempos, el que vibró como hacía tiempo, demostrando a Caicedo, ese rebotado del fútbol, que es un campo distinto. Ahora toca ser condescendiente con el equipo, al que no cabe exigir en exceso para el partido liguero en Villarreal, al que llegarán con escaso margen de descanso merced a los impresentables horarios que marcan los pupilos de un Roures al que, afortunadamente, se le desmoronan los negocios. El que se acuesta lechón, amanece cerdo.

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Esta vez la parte buena fue la segunda

En fútbol, y eso lo sabe hasta todo un ingeniero como Pellegrini, la justicia la dan los goles, la capacidad de llevar al marcador la superioridad en el campo. Bien lo sabe el Athletic de Bielsa, que a lo largo de esta temporada se ha encontrado con alabanzas a su juego que no se han visto correspondidas en el luminoso ni, obviamente, en la clasificación. Porque, sin ir más lejos, de poco consuelo le sirvió al equipo bilbaíno que en Moscú le diese un meneo considerable al Lokomotiv durante la primera parte, haciendo méritos suficientes como para haber transformado más de un gol, cuando desapareció en la segunda y se hizo acreedor a una derrota.

Fue lo que le sucedió ayer, exactamente, al Málaga. Amagó, pero no dio. Sea por el acierto de un Iraizoz desconcertante, capaz de lo mejor y lo peor según qué partido, sea por la falta de puntería de los delanteros y medios más ofensivos del once malacitano, el caso es que poco rendimiento sacaron los visitantes de su aplastante dominio de su primera mitad y de los primeros veinte minutos en particular.

Porque hacía muchos partidos que no se veía al Athletic sufrir de semejante manera. Evidenciando el bajón que provocaron las ansiadas rotaciones, el equipo no se reconoció a si mismo hasta que los Fernandos volvieron a la alineación. Hasta entonces, Ekiza sufrió más de lo previsto para sujetar a un Rondón que se marcó cuarenta y cinco minutos soberbios, en una zaga que tuvo que ser asistida sobremanera por Iraola y Aurtenetxe o ver cómo Iturraspe se incrustaba prácticamente como tercer central con objeto de achicar las vías de agua e intentar iniciar el juego ante la constatación de la falta de capacidad técnica para ello de Borja.

Las líneas de presión del equipo del ingeniero funcionaron y bien. La primera de ellas, destinada a evitar la salida del balón desde la línea defensiva del Athletic, dificultaba la labor de Iturraspe y la segunda línea de presión evitaba que existiese conexión con de Marcos, Herrera Susaeta y Munian, por lo que Toquero, única referencia en ataque, estuvo excesivamente aislado. Tan evidente resultó la superioridad andaluza que Bielsa no dudó en utilizar a los futbolistas de los que había prescindido con objeto de mantenerlos frescos para el próximo jueves. Y la sola entrada de Llorente y Amorebieta dio un cambio radical a los rojiblancos. Rondón pasó de ser una pesadilla a convertirse en una anécdota, la defensa se asentó y se consiguió anular la presión malagueña al punto de que el balón comenzó a circular con la velocidad y criterio de las mejores tardes.

Quien más agradeció los retoques fue Toquero, que liberado de ser referencia se apropió de la banda derecha y participó en los tres goles locales. Con Susaeta en la ducha, se requería de un lanzador de corners, por lo que tras probar Herrera infructuosamente lo intentó el calvo de Ariznabarra. No es que lo hiciera excesivamente bien, puesto que alguno de ellos llegó, incluso, a bajar con nieve, pero San José estaba en vena y procuró hacerlos buenos. El primero de ellos rebotó en la defensa tras intentar rematar el atarrabiarra y lo aprovechó con la zurda Amorebieta. El segundo, el peor sacado, lo remachó Mikel de cabeza.

Por si fuera poco el delirio, un minuto después llegó el que sí resultó reconfortante, por aquello de que reflejaba el juego que propugna este entrenador y que sus pupilos han decidido comprar. Buena jugada de Muniain asistiendo a Herrera, genial maniobra de Ander en el área para centrar al segundo palo y remate de crack para Toquero. Era un gol de pañuelos, pero parece que esa es ya una costumbre extinguida de la Catedral.

Así, en cuatro minutos, el Athletic se despachó al Málaga, dedicándose la media hora restante gestionar la ventaja sin sobresaltos ni desgastes excesivos, para verse afianzado, de nuevo, en un número de puntos que le vuelven a dar opciones a casi todo. La Liga de Campeones llegará para aquel equipo que consiga una regularidad difícil de alcanzar en un campeonato con una clasificación más estrecha que nunca. Las incógnitas, con todo, siguen existiendo. Pasan, básicamente, por conocer qué durará la frescura en un equipo que necesita en exceso de más de media docena de futbolistas insustituibles. Porque para quienes aún dudaban, parece claro que la presencia de Amorebieta y Javi Martínez en la zaga es una red de seguridad básica para trapecistas como Herrera, Muniain o Iturraspe; que Llorente genera peligro por su sola presencia o que Muniain resulta clave cuando, como ayer, decide hacer el fútbol más fácil de lo que últimamente acostumbra.

Para no perder las costumbres habrá que acordarse de Clos Gómez, un colegiado al que poco parece simpatizar el Athletic y que volvió a demostrar tener el gatillo fácil con las tarjetas para los locales. Es una constante lo de esta temporada. Los zurigorris reciben las faltas y las amonestaciones. Pero no pasa nada. Urizar Azpitarte seguirá desde Deia contándonos eso que, supuestamente, repiten los colegiados en la intimidad. Que es una gozada arbitrarle al Athletic.

La noria del fútbol no para de girar. El jueves deberá darse cuenta del Lokomotiv, en un partido complicado en el que se calibrará el estado físico del equipo y su madurez futbolística. Y el domingo, a la hora de las rabas, el vermut y el verdejo, se deberá dar cuenta de un Villarreal en horas bajas con la ausencia de Muniain y de Marcos. No estaría mal contribuir a que el submarino amarillo no emerja del fondo de la clasificación.

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Una segunda parte infame que complica el futuro europeo

El Athletic, cada uno tendrá su explicación al respecto, decidió complicarse las cosas sobremanera en la Europa League tras concentrar en un partido, en su segunda parte más concretamente, ejemplos de todos y cada uno de sus defectos. Lo de los rojiblancos comienza a desesperar, capaces de lo mejor y de desperdiciar en escasos minutos todo lo logrado.

Y es que los leones fueron capaces de bordarlo en la primera parte y de tirarlo todo por la borda en la segunda, todo ello por méritos y deméritos propios. Si en la primera pudieron ir a refugiarse del frío al vestuario con una ventaja mayor en el marcador, no lograda por marrar, una vez más, goles cantados, en la reanudación, cuando todo parecía más fácil, con un terreno de juego incluso despejado de nieve, optaron por dar la de arena.

Iturraspe, desbordado e incapaz de detener la locomotora moscovita en que se convirtió el rival, encarnó como nadie las diferencias entre primera y segunda parte. Desaparecido el centro del campo también por los errores en los pases de Herrera y Muniain, aunque lo de este sea ya un asunto recurrente, al Lokomotiv le bastó con meter un ritmo mayor al partido, presionar la salida del balón, achicar espacios cerca de la línea de tres cuartos. Ahí naufragó el Athletic, incapaz de adueñarse del cuero, de gestionarlo con la solvencia que el entrenador quiere, esa que sí se vio en la primera parte.

Los fallos desesperan, por recurrentes, por habituales, por no verse una solución definitiva. ¿Qué más necesita un equipo que aspira a controlar el juego que adelantarse en el marcador, obligar al rival a abrir espacios y triangular tranquilamente? ¿Por qué las prisas, las complicaciones, trenzar pases complicados en retaguardia cuando no son necesarios?

Bielsa deberá corregir, si es que hay margen de mejora, lo que en las últimas tres semanas se ha convertido en un argumento constante. Porque si la segunda parte del Villamarín tuvo el salvoconducto de que el Athletic jugó con un jugador menos, la reanudación del Lokomotiv  se pareció en exceso a lo visto cinco días antes en Sevilla, un Athletic que cedió con facilidad ante un equipo que se limitó a acelerar la presión y el ritmo, suficiente para encerrar a un equipo, el rojiblanco, que resultó demasiado débil.

Los fallos individuales, además, condicionaron demasiado. Evidentes los defensivos, la inocencia de parvulario de Aurtenetxe dando argumentos al colegiado para señalar un penalti discutible que llegó más por ser la tercera caída dentro del área que una falta punible reglamento en la mano, hubiese quedado en anécdota de no mediar el juego de piernas de Amorebieta, más propio de un aurresku, que falló estrepitosamente un despeje sencillo que trajo el dos a uno al marcador. Pero no vale quedarse con lo evidente, con lo de siempre, con las críticas a una zaga poco contundente y a un portero que antes acertará el euromillones que parará un penalti. Si este equipo apuesta por defender atacando, por buscar la diferencia en el marcador a base de aumentar la distancia y no por conservar efímeras ventajas, es necesario aumentar la tasa de acierto ante la meta rival. Si no, no se va a ningún lado.

Puede que sea disculpable el frío, la hierba artificial, lo que se quiera. Pero Llorente, por ejemplo, perdonó en exceso en el que dice que fue el partido más complicado de su carrera. Uno, por su limitada estatura,  no ha tenido la fortuna de conocer cómo se las gasta el clima ruso a dos metros de altura sobre el nivel del mar, pero no parece que sea excusa para marrar goles cantados. Porque de esos polvos, estos lodos.

Los mentideros se llenan ahora, de nuevo, de dudas acerca de si al equipo no le estarán fallando las fuerzas en los finales del partido, aunque desde el banquillo lo niegan y lo evidencian con la ausencia de rotaciones y cambios en el trascurso de los encuentros, y las sensaciones tampoco parecer ir por ahí. Las claves siguen estando en la resucitada endeblez defensiva, en la escasez de pegada para la ingente producción ofensiva y en la ausencia de claridad de ideas a la hora de distribuir el balón de forma sencilla y razonable.

Menos de una semana queda para resolver las dudas, para ver qué da de sí un equipo al que se le presenta el examen definitivo y más exigente del curso, sin descuidar que antes deberá dar cuenta de un complicadísimo Málaga, con poco tiempo para recuperaciones por culpa de un calendario impresentable y con poco margen en Liga tras el fiasco del Betis y el imperdonable tropezón contra Espanyol.

La vendetta llegará el jueves, un 23-F, fecha idónea para invitar a alguien de relevancia a realizar el saque de honor. En un enfrentamiento entre vascos yexsoviéticos, en esa efeméride, no se me antoja mejor candidato que el Teniente Coronel Tejero. A ver si con esas nos ponemos las pilas.

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Se impuso la lógica y estaremos en... ¿Madrid?

A pesar de los vídeos del jabalí que asustaba al león, de las bravatas de Pouso tras creerse el personaje que creó tras tanta entrevista y una desmedida presencia mediática, lo cierto es que el Athletic no concedió opciones al Mirandés, de forma que para el minuto veinte de partido ya había machacado al equipo burgalés.

San Mamés, a pesar de la frialdad con que se había hablado sobre la semifinal previamente, acabó viviendo una de las tradicionales noches coperas con un ambiente por todo lo alto, algo a lo que siempre contribuye que el partido se celebre tan tarde. Desconozco por qué, pero tengo la sospecha de que existe una relación entre el horario en que la gente accede al campo, el tiempo que permanece en los bares y los decibelios que la afición emite posteriormente en La Catedral, aunque no seré yo quien elabore un teorema sobre algo que no fue capaz ni el propio Licenciado Poza.

Hablar de lo deportivo, tras un partido contra un equipo de la categoría de Bronce, seguramente, sea excesivo pero lo cierto es que el Athletic no falló, lo bordó por momentos, se limitó a gestionar la ventaja con relajo otra media hora y acabó rematando con goleada para favorecer un final de partido de esos que ponen los pelos de punta. La señal más clara es que pese a ser las doce de la noche ni el apuntador se movió de la localidad para agradecer al equipo la seriedad con que se ha tomado la competición que ha dado como fruto el premio que la afición más agradece.

El ambiente del final seguro que sorprendió a Bielsa, a pesar de que la expresividad en comparecencias públicas no sea su fuerte, y encandiló a unos jugadores muy jóvenes que lo celebraron tranquilamente en el campo, sin aficionados que se lo evitase como en otras ocasiones. Significativo fue cómo la plantilla buscó a Llorente y pretendió mantearlo tras un doblete que dispara su cotización. El gesto fue bonito y, esperemos, trascendente.

Para la anécdota quedó la actuación de Undiano Mallenco al que no se dio opción de hacer de las suyas y se maquilla algo la estadística con el trencilla navarro. Ya son seis las victorias de veintiocho encuentros, una estadística aterradora.

Del partido se pueden destacar muchas cosas, la constatación de la mejoría de Susaeta, el partido aseado de Iturraspe, el ver a Javi Martínez disputar unos minutos en el centro del campo… lo que se quiera, pero no es importante.

El Mirandés cayó con honor, luchando hasta el final, goleado pero digno. También en eso colaboró el Athletic, demostrando el respeto debido y jugando con los titulares, que al fin y al cabo siempre es un salvoconducto caer contra un primera que alinea a todos sus figuras. Los aplausos de San Mamés seguro que también los agradecerán durante mucho tiempo.

Ahora toca centrarse en Liga y en Europa toda vez que uno de los grandes objetivos está alcanzado de facto, disputar la final, y la entrada en competición continental prácticamente asegurada. Conociendo al entrenador, seguro que la voluntad de continuar estará muy ligada al empeño que el plantel ponga por seguir compitiendo y creciendo.

Todo con un estilo que engrandece al fútbol, en general, y al Athletic en particular puesto que la filosofía del rosarino entronca a la perfección con un Club que vive este deporte desde un romanticismo que lo hace bien distinto. El éxodo vizcaino que se prepara para Madrid lo demostrará, una vez más, bien a las claras.

Y dado que en lo deportivo se están haciendo las cosas de forma bien distinta, ejemplar, dignas de admiración, llega la prueba de fuego para una directiva a la que solo cabe pedirle que esté a la altura de la transparencia y el buen estilo que se le supone. Es evidente que la demanda de entradas es muy superior a la oferta. Pero tratar de engañar, montar sorteos sin términos y condiciones previamente explicadas, tómbolas propias del Telecupón, directivos que derramen lágrimas porque sus amigos no puedan acudir a la final etcétera deberán quedar en el olvido. Seguro que así será.

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La Champions debe esperar

Pues frío, lo que se dice frío, por muy siberiano que dijeran que era, no sentí hasta el minuto noventa y dos de partido, cuando el Athletic encajó el gol de Albín que hacía el tres a tres en el marcador. La cara con que la afición abandonábamos San Mamés por los vomitorios era demostrativa de la ilusión de ver al equipo en posiciones Champions perdida de forma repentina.

Este equipo, que a pesar del disgusto de ayer sigue estando en posiciones extraordinarias en todas las competiciones, sigue teniendo muchos aspectos en los que mejorar, lo que en sí es una buena noticia, aunque a estas alturas de temporada se espere que cerrar partidos en los que te juegas algo tan importante como alcanzar la cuarta plaza sea algo primordial.

Seguramente el empate no fuese demasiado justo, al fin y al cabo fueron los leones los que desde el principio salieron a por el partido, de cara, al punto que para el minuto cinco pudo haberse adelantado si Llorente hubiera atinado y si el negado y nefasto Borbalán hubiera señalado el penalti que le hicieron. Aún así, lo siguió intentando hasta que llegó el gol de de Marcos, al que el estado del terreno de juego ayudó, haciendo que el tiro se le colara a Kiko Castilla debajo del cuerpo. 

Cuando lo más difícil estaba hecho pues lo que quedaba era administrar la ventaja, mantener el balón y esperar los huecos que el Espanyol fuese dejando, el Athletic se complicó. Los de Pochettino, un muy bien equipo, se estiraron e hicieron daño con poco trabajo y menos ocasiones. El empate llegó en un tirazo de Romaric desde la frontal, fruto de una jugada de ataque españolista que fue posible por una ridícula pérdida de balón de David López.

Tras el descanso se comprobó que a Bielsa no le había agradado el juego en el centro del campo y optó por reemplazar a Iñigo Pérez y David López, que no habían aprovechado su oportunidad, para dar entrada a Herrera y Susaeta. Apostaba por ir a por todas el rosarino cuando Iraizoz decidió contribuir a complicar las cosas, midiendo mal el salto en un balón que Weiss, incansable, un jugadorazo, tiró a puerta desde línea de tres cuartos, no muy fuerte y hacia la zona en que Gorka se encontraba. Imperdonable.

Ahí, cuando peor estaban las cosas surgió lo mejor del Athletic, que empezó a practicar su juego y a balón parado consiguió que sus mejores jugadores, Llorente y Javi Martínez, diesen la voltereta al marcador justo cuando el Racing empataba al Levante y ello significaba certificar posición Champions.

Desde ese momento y hasta el final, el partido se enloqueció, el Athletic buscaba con denuedo el cuarto y el Espanyol pretendía empatar. A punto estuvo el once perico, pero Susaeta lo sacó bajo el larguero y después el propio eibartarra envió a la cruceta el que hubiera sido el cuarto tanto local. La casi media hora que los rojiblancos tuvieron que gestionar la ventaja en el marcador dejaban bien a las claras el ideario de su entrenador y su apuesta clara por defender atacando. Ahora, visto el resultado final, habrá quien lo critique, pero es innegociable. Un todo. Se coge o se deja, y la opción parece clara.

No obstante sí hay aspectos en los que se debe incidir. Si bien es cierto que la suerte le fue esquiva al Athletic en la jugada del empate, por el resbalón de Javi Martínez, el enésimo de un jugador rojiblanco esta temporada que hace que haya que volver a considerar el asunto de las botas, lo cierto es que los once jugadores que acabaron el encuentro se equivocaron en la gestión de muchas jugadas. Se volvió a la falta de precisión en los pases, a la precipitación, a la elección de la peor opción, de la menos fácil.

El paradigma lo representa mejor que nadie Muniain, un jugador apagado, más intrascendente, y al que se aprecia una querencia por complicarse que no le va a llevar a ningún lado. Ralentiza el juego en exceso y pretende dar en todo momento un pase espectacular, algo siempre difícil y muchas veces innecesario. Surgía la duda, también, sobre si al gol de los periquitos no contribuyó la falta de frescura del equipo. Puede que sí, quién sabe, la lógica indica que la acumulación de minutos en un grupo reducido de jugadores debiera acusarse, aunque Bielsa y sus ayudantes, licenciados en preparación física buena parte de ellos, no lo consideren así.

Y en parte (el todo se verá a final de temporada) tienen razón. Porque el problema ayer nació de la incapacidad de convertir en gol las numerosas llegadas al área rival y las pérdidas de balones en entregas absurdas. Javi Martínez, el sostén de este equipo, un futbolista que parece va a acabar marcando época como central, no pudo acudir en auxilio del equipo en el último minuto por patinar antes de la disputa, no por falta de fuelle.

Pero esto no da ya para mucho más y de nada valdrá lamentarse. En dos días el endiablado calendario pondrá sobre el mismo escenario, San Mamés, toda una semifinal de Copa a la que el Athletic llega, seguramente, con una ventaja histórica: marcador favorable, contra un segunda B y en casa. Todo ello contribuye, también, a que el entorno se encuentre confiado y que no exista un caldo de cultivo idóneo, con la afición volcada con el equipo como merece. A este respecto no deja de sorprender el ambiente que hace tres años se vivió en Bizkaia contra el Sevilla en contraposición con el que en estos días rodea al equipo. Y es que hay veces en que como afición actuamos de forma auto-contemplativa. Por ejemplo Bielsa no ha vivido aún en sus seis meses un campo de futbol volcado con su equipo. Así que a demostrar que somos diferentes y que queremos estar en la final. Está fácil, cierto, pero está por hacer.

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Se pudo certificar el pase

Si algo cabe reprocharle al Athletic de ayer será ese último gol, que le forzará a plantear el partido de vuelta con el equipo de gala, de por sí ya sobrecargado. Sólo eso. El temible Mirandés, ese matagigantes de nuevo cuño, llegaba al partido henchido de orgullo y moral, sin nada que perder y dispuesto a dar la campanada con el aliento del imperio balompédico y la caverna mediática a favor. El ritmo endiablado que se esperaba que diesen al encuentro duró tres o cuatro minutos, los que tardó el Athletic en hacerse con el partido, con el juego, con el balón, y los primeros cuarenta y cinco minutos fueron un monologo que silenció Anduva.

Imperial Llorente, al que el linier hurtó su segundo triplete goleador en tres días, y genial una vez más de Marcos, un jugador con crecederas, que le puso en bandeja el primero al delantero tras carrera por banda, llegada al área y centro donde se debe tras levantar la cabeza. El segundo fue obra del propio Fernando, que se inventó un gol con el pie, como ya hiciera en Vallecas, de los que certifican su habilidad con el tren inferior, aunque se manifieste ésta más en el área.

Fue un monólogo rojiblanco, todo apuntaba a que la eliminatoria se certificaría en tierras burgalesas, pero Pouso rectificó en el descanso, apostó por algunos cambios y mandó a los suyos jugar con algo más de agresividad, a embotellar al Athletic. No es que los zurigorris sufrieran en exceso hasta el cuarto de hora final, hasta la entrada de un Lanbarri que revolucionó la contienda, momentos en los que el Mirandés mandó un balón al larguero y forzó una serie de córneres, y que obligó a Gorka a protagonizar una buena parada, la única intervención exigente que tuvo, para certificar la excepcionalidad de lo protagonizado el sábado en Madrid.

Sorprenden los análisis, hechos más desde el deseo de ver al Athletic eliminado y al Mirandés en la final, que desde la objetividad. Porque lo cierto es que de no mediar la lamentable actuación de los jueces de línea el partido del próximo martes no tendría la menor trascendencia. Incluso el gol de Lanbarri pareció fuera de juego, pero la televisión, volcada con el más débil, decidió, por si acaso, no repetir la jugada ralentizada.

El entorno del Athletic, con todo, no debiera dejar de ir reservando hoteles y planificar viajes. La ventaja debe ser suficiente si el partido de vuelta se toma con la seriedad que Bielsa exige siempre, y más con el premio que hay en juego: final y clasificación europea de facto. Queda feo hablar de arbitrajes frente a equipos inferiores, pero lo cierto es que en Anduva las decisiones del trencilla y sus mariachis condicionaron, al igual que sucedió contra el Mallorca. Y ya cansa.

San  Mamés deberá llenarse el martes para homenajear al equipo e ir preparando el ambiente para la final. No se debe dejar al equipo solo frente al mediático Mirandés y, principalmente, ante una hiena como Undiano Mallenco, que si puede hacer algo por dejar al Athletic en la cuneta, lo hará con una de sus sibilinas actuaciones. Las victorias se deciden y se escapan por detalles, por lo que en un partido que, además, será gratuito La Catedral deberá estar a rebosar.

En lo deportivo, se debe sumar a los elogios el juego de Javi Martínez, la personalidad de Herrera y el cuajo de Amorebieta. Preocupa, no obstante, el bache de Aurtenetxe, la falta de ambición de Iraola, que se conforma con hacer bien lo fácil, y el estado por el que desde hace dos meses pasa Iker Muniain, sumido en un juego que no le permite sacar el jugador que todos creemos que tiene que llegar a ser.

Sea por ansiedad o sea por el cansancio, el txantreano no acaba de encontrar la vía para convertirse en el protagonista, junto a Llorente, del juego ofensivo. El sábado contra el Espanyol veremos si Bielsa le da una nueva oportunidad o decide reservarle a él y también a otros de los habituales. En Anduva no consideró necesario refrescar a un equipo que acabó sufriendo algo, aunque más bien por perder el sitio y el balón que por falta de energía.

Los de Pochetino llegarán buscando adueñarse de la posición que ocupan y ganar el particular goal-average, por lo que una vez más nos encontramos frente a  la tesitura de tener un partido importante tres días antes de uno vital. Comprobaremos la capacidad de la plantilla para afrontar psicológica y físicamente dos competiciones. El momento, aunque las fuerzas puedan empezar a flaquear es más que propicio. Ya prácticamente nadie duda de este equipo. No hay razones para ello.