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El fútbol loco que sigue haciendo soñar

Probablemente no fuese un buen partido de fútbol desde el punto de vista del rigor táctico, pero sí desde el de cualquier aficionado al que el espectáculo, como bien rezaba una pancarta, le sale más caro que una canita al aire. En Geisen no hubo huelga, la plantilla no abandonó sus puestos para poblar las playas y los servicios mínimos decretados por Bielsa resultaron abusivos, del ciento por ciento. El Athletic resolvió la eliminatoria en un partido cuyo final fue apoteósico, eléctrico, otra muestra clara del especial giro que este plantel ha sufrido bajo la batuta de un técnico al que muchos despreciaron en Bizkaia y al que se rifa ahora media Europa.

No es el día para ponerse tiquismiquis, puntilloso, y dedicarse a analizar el juego del Athletic de forma severa. Fue un encuentro extraño en cualquier caso, al menos por parte rojiblanca, en el que los noventa minutos fueron un compendio de las virtudes y defectos de un grupo que, para bien o para mal, aplica una receta futbolística distinta, propia, que tiene fascinada a gran parte de su afición, aunque existan detractores Guadiana que por no dar su brazo a torcer no estén disfrutando de una temporada que tardará años en repetirse.

Los de Bielsa comenzaron el partido fieles a su estilo, tardaron unos minutos en entrar en juego, pero se manejaron cómodos durante el primer cuarto de hora. Lanzados por un Susaeta que los últimos partidos ha dado el paso adelante que se le exigía, pusieron en evidencia la endeble defensa del equipo alemán, si bien, como casi siempre, sus llegadas al área rival quedaron en nada merced a la ya clásica falta de definición. No manejaba, con todo, con comodidad el encuentro en el centro del campo, algo que este Athletic necesita, por la bajada de rendimiento de un Herrera que necesita operarse de inmediato, por el estado de un terreno de juego que no facilitaba la circulación de balón o por un Iturraspe muy encimado que, además, actuaba con tiento por la injusta tarjeta amarilla que recibió en la primera falta del partido. Todo ello daba pie a un partido abierto, algo trabado, donde brillaban por su ausencia las combinaciones en la medular, con pérdidas de balón en distribuciones teóricamente sencillas. En una de las entradas por banda derecha llegó el gol de Llorente, el cero a uno, que parecía que podía romper el partido en favor de los intereses visitantes. Flojearon zaga y portero locales y no perdonó desde el suelo Llorente, que demostró estar en mejor forma , agresividad y un apetito voraz.

La de cal llegó un minuto después. Si los pocos que siguen la liga germana en general, y al Schalke en particular, porque es un tostón, no nos engañemos, ya habían advertido que los de Gelsenkirchen gozan de una pegada espectacular y una defensa sin garantías. Calcaron el diagnóstico.  Raúl igualaba el encuentro sin dejar prácticamente tiempo a la afición rojiblanca para celebrar la ventaja en el marcador. Desde ese gol hasta el pitido final de la primera mitad el encuentro fue ya un monólogo local, una apisonadora que encerró al Athletic en su campo, obligándole a defender dentro de su área y con serios problemas para salir no ya  a contragolpear, sino a desahogar la retaguardia. Llegar con empate al descanso fue un logro y un respiro.
Bielsa actuó. Retiró a Herrera, un cambio evidente, dio entrada a Ibai y centró a Muniain. Su equipo lo agradeció y comenzó la segunda parte mandando, cómodo, y generando unas llegadas que no supo, como casi siempre, aprovechar. No estaban mal los rojiblancos cuando en un ataque de los alemanes, que lo hacían como los bárbaros, con todos al asalto, pusieron coto a la portería de Iraizoz, desconcertante, hasta que Raúl, otra vez él, aprovechó un despeje flojo y al centro del área de Amorebieta. Ahí llegaron los problemas del Athletic, que durante trece minutos estuvo a merced del contrario, peligrando el marcador y temiéndose encajar el tercero. Pudo hacerlo el grupo de Huub Stevens, pero no supo o no pudo y dejar vivo a los chicos de Bielsa tiene ciertos riesgos. Si sus carencias estaban quedando de manifiesto, una defensa poco expeditiva y un centro del campo superado, pronto consiguieron abrir el frasco de las esencias.

Lo hizo Llorente, como los cracks, cuando más falta hacía y en la primera oportunidad que tuvo, de córner bien lanzado por un Ibai que va ganándose la confianza del técnico, saltando entre varios centrales y enviando un testarazo al butrino. Silenció al bullicioso estadio y golpeó en el estómago de la moral alemana. 

Ahí estuvo el punto de inflexión del partido, la jugada clave. Un Athletic enrabietado surgió de ahí, lanzado, sobre todo por un buen Markel –no confundir con Merkel- y su mejor amigo, de Marcos, que acompañando a Muniain se convirtieron en sendos puñales que acribillaron en velocidad al Schalke, que se preguntaría en qué se basaban esos insensatos que hablaban por Bilbao de equipo reventado en lo físico.

El intercambio de golpes decretado por el entrenador local lo pagó caro el Schalke. De los cambios ofensivos salió beneficiado el Athletic, que dispuso de más ocasiones que su rival y supo aprovecharlas. Cierto que Huntelaar envió al palo cuando de Marcos ya había hecho el dos a tres, pero al margen del jugadón que ya en el descuento transformó Munain en cuarto gol, el Athletic pudo haber transformado alguna llegada más.

Fue una locura, una gozada, una película de intriga con el mejor final, un premio para quienes no pudiendo ir de vacaciones gozarán de una fiesta el próximo jueves en Bilbao, en una Catedral que deberá reventar para premiar el esfuerzo y el juego de su equipo.

En anécdota queda la lamentable transmisión de Telecinco, su parcialidad manifiesta, sus comentarios incluso despectivos hacia el Athletic, la alegría por los goles de Raúl, la preocupación por si el madrileño está o no para jugar con la selección del marqués, el esfuerzo intelectual que se debe realizar para entender a Kiko o Morientes…

Qué orgullo de militar en esta locura. De poder ir a Madrid, de soñar por conocer Bucarest, aunque ello requiera la más difíciles de las negociaciones, la de casa. Nos va a arruinar Don Marcelo.

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Con Llorente, tampoco

Pues no parece que al Athletic le vayan los cambios de hora. Ni en el partido de la primera vuelta, también contra el Sporting, ni en el de ayer pareció que los rojiblancos se acordasen de ajustar el reloj. De la primera mitad le sobraron al Athletic los treinta primeros minutos, en los que no estuvo en el campo. La empanada, que algunos siempre achacan al viento Sur aunque sople de cualquier otro punto cardinal, fue mayúscula, al punto de ver un equipo que asemejaba pases con pérdidas de balón. Los encargados de darle algo de rumbo al cuero, Herrera e Iturraspe, fallaban constantemente. Iraola, cuya presencia tanto se añoró a la ribera del Manzanares, tampoco contribuía a dar la tranquilidad necesaria y Amorebieta, ante la responsabilidad de distribuir el juego, optaba por el reparto de gorrazos.

Enfrente, un Sporting al que falta calidad en la misma medida que le sobra honradez, se vaciaba para no dejar huecos por los que circulase el balón, olvidándose que en el deporte en el que militan de vez en cuando se debe mirar a la portería rival. No más de dos o tres veces lo hicieron, una de falta que se envenenó tras tocar en la barrera, en la primera parte, y que sacó Iraizoz con apuros, y la que dio origen al gol de empate. No mucho más. Tampoco lo necesitó. El Athletic de Bielsa, ya se sabe, es una máquina de fallar ocasiones cantadas. Es una constante desde septiembre y un preocupante denominador común de los cuatro últimos partidos ligueros, esos en que se ha quedado enfangado en la mediocridad absoluta y que le han hecho pasar de soñar con aspiraciones máximas en Liga a optar por la equidistancia entre descenso y posiciones europeas.

Es cierto que no es lo mismo el equipo con Llorente que sin él, pero la presencia del de Rincón de Soto, cosido a faltas ayer, tampoco garantiza el gol. Para rizar el rizo, el nueve se cobró un penalti, una rara avis en este equipo, que se decidió a lanzar Muniain mientras sus compañeros disimulaban como lo hacía Mortadelo en los tebeos de Ibáñez, silbando y mirando para la grada. Iker, al que le sobra cresta en la misma medida que le falta golpeo, lanzó el penalti completando un decálogo de cómo no debe hacerse: centrado, bajo, suave, evidenciando la trayectoria, tardando en lanzarlo… una bicoca para Juan Pablo. 

Pero no fue el penalti la única ocasión meridiana marrada por los rojiblancos. Llorente no aprovechó la mejor ocasión de la primera parte tras una brillantísima arrancada de un Susaeta que fue de lo más acertado en la tarde de ayer, y asociado con Muniain decidieron también perdonar al Sporting por partida doble.
Lo de los chicos de Bielsa es como una extraña mezcla, un cruce entre boina verde y monja Carmelita, les falla el instinto matador en el último momento, se apiadan de sus presas cuando las tienen ya rodeadas y rendidas. La reanudación fue otro ejemplo de ello. Sin grandes alardes, con la sustitución de un Herrera al que la pubalgia tiene condenado –qué será de este chico la próxima temporada si no se opera en verano- por Ibai Gómez, orientado a banda izquierda para dejar la mediapunta a Muniain, el Athletic se vio más suelto, practicando un juego algo más fluido, llegando a área rival con mayor frecuencia. Así llegaron algunas ocasiones que seguían empeñados en no transformar, hasta que de Marcos, bastante ausente, apareció para convertir en gol una buena jugada de Muniain.

El alivio llegaba a la grada, donde se daban por seguros los tres puntos. Por el minuto que era, faltaban poco más de diez minutos, y por el inane juego rival. Pero si algo ha demostrado este equipo, y no digamos las últimas jornadas, es que es especialista en conceder ventajas a sus rivales. Lo hicieron en El Sadar, con un gol en propia puerta; también contra el Valencia, asistiendo a Soldado mejor que sus propios compañeros; dieron alas al Atlético con sendos errores defensivos; al Sporting le agasajaron con una absurda pérdida de balón en medio campo, mal Susaeta, defendida con la fiereza marca de la casa y encajando un gol tras golpear en un defensor, creo que Iturraspe.

Recordó demasiado a lo sucedido contra el Racing, otro desguace futbolístico que sacó petróleo de La Catedral, aunque valdría también el partido del Espanyol como ejemplo de lo que es salir con cara de tonto de San Mamés. No tiene fortuna el Athletic, es cierto, lejos queda ya el cuatrienio de la flor en el trasero, pero urge que este grupo se conciencie para defender con algo más de carácter un marcador favorable. No es que haya que dedicarse a repartir estopa, basta con no regalar balones absurdos y defender con algo más de tensión y despejar con algo de músculo.

A estas alturas queda ya demasiado lejano hablar de Liga de Campeones, pero no debiera despistarse el equipo con la quinta o sexta plaza, aunque se hayan puesto carísimas. La participación europea es cierto que está ya asegurada, pero de perder la final copera –algo que no sucederá- jugar dos previas en agosto puede ser una locura con el número de internacionalidades que se atisba que puede tener la plantilla.

Ahora toca esperar un buen partido en Alemania, que pasa por mejorar una defensa en horas bajas, ante un Schalke que si por algo se caracteriza es por su potencial ofensivo. Porque lo del sábado en el Camp Nou no deja de ser un partido de trámite, un enfrentamiento que la Liga ha convertido en una broma de muy mal gusto.

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Media hora de hundimiento que costó tres puntos

Sin duda fueron los peores treinta minutos de la temporada los que hundieron ayer al Athletic en el Calderón, contribuyendo a encadenar tres derrotas ligueras consecutivas, la peor marca desde que Bielsa ocupa el banquillo rojiblanco. La derrota, justa, fue, nuevamente, más demérito visitante que atribuible a los méritos colchoneros, algo que ha sido una constante en el trío de reveses acumulados contra rivales que luchan por posicionarse a las puertas de Europa.

La primera parte discurrió con más pena que gloria, con un Atlético que salió muy agresivo y vertical hasta que el Athletic se asentó en el centro del campo y pasó a hacer el juego de control con el que se siente cómodo. Fueron cuarenta y cinco minutos de cerocerismo intrascendente, de juego de presión por la medular y ausencia absoluta no ya ocasiones sino de aproximaciones a las áreas.

En la reanudación, sin embargo, todo varió. Marcelo Bielsa echó de menos a de Marcos en el centro del campo, por lo que decidió mover sus peones y demostró que tampoco él es ajeno a los ataques de entrenador. Prescindió de Herrera, quién sabe si también por aquello de cuidar su pubis, posicionó a de Marcos en la medular con idea de dar la necesaria profundidad al equipo y, cosas veredes, escoró a Javi Martínez a estribor, como lateral, para dejar en la zaga hueco para Mikel San José. El de Atarrabia no está, ni mucho menos, en un estado de forma que justifique su titularidad y aun concediéndole el salvoconducto de entrar en frío, su actuación fue clave en el primer gol de los de la antigua sucursal capitalina del Athletic Club. Una falta de coordinación evitó que interceptase un pase a priori sencillo de Arda y en el posterior remate a otro más de esos balones sueltos que suele dejar Iraizoz tras el tiro de Adrián no supo anticiparse a Falcao, que remachó a placer.

Encajó el gol el equipo zurigorri de mala manera, acusándolo moralmente y dando alas a un Atlético que olió la sangre. Con imprecisiones constantes, blandos en las disputas y desorientados en las coberturas, los leones sufrieron con los retoques decretados por el entrenador, principalmente por los nervios de un San José cuya actuación resultó un despropósito que contagió a todo el equipo. Una entrada de Falcao sobre Iturraspe, no vista por el colegiado, obligaba a un nuevo cambio y el técnico rosarino decidía dar entrada a David López. Mientras los vizcainos se recolocaban, llegó el segundo, tras una corona de fallos, que empezaban en Aurtenetxe –partido lamentable el suyo- y finalizaban en el eje de la zaga, redondeando la actuación de San José.

El dos a cero, un mazazo, obligaba a no conceder más goles, algo que parecía podía llegar en cualquier momento, para no perder, al menos, el goal-average, un premio que no suele ser ninguna tontería los finales de temporada. Diez minutos después, el Athletic, a la desesperada, sacó algo de orgullo y optó por intentar maquillar el marcador, pero lo cierto es que su capacidad de desborde y de llegada al área era la más limitada de la temporada.

A Toquero el traje de nueve le sienta mal, fatal, incluso ridículo. Desconoce los movimientos, qué hacer, cómo actuar, y le hace parecer indigno de jugar en la categoría, algo que cambia radicalmente cuando puede caer a bandas. En el Manzanares volvió a evidenciarse. Susaeta tampoco sale bien en la foto cuando le obligan a centrarse y Muniain, voluntarioso ayer, volvió a pecar de exceso de conducción. El peaje pagado fue carísimo: no disfrutar de tiros a puerta hasta eso del minuto ochenta.
Para los que se abonan a la errónea teoría del desgaste físico, el Athletic volvió a darles argumentos en sentido contrario y como contra Osasuna finalizó el encuentro encerrando a los locales en su área, pidiendo la hora y perdiendo tiempo, recurriendo también ellos al lanzamiento de balones adicionales al terreno de juego o a las siestas del portero.

Javi Martínez puso el de la honra en el descuento, pero era tarde. Hubiese valido oro, seguramente, si antes Susaeta no hubiese hecho el canelo, papel que borda, siendo incapaz de empujar el balón diez centímetros, los que hubiesen bastado para transicionar la línea de gol.
En definitiva, un nuevo partido, el tercero y esperemos que último de la saga, en que los zurigorris deciden poner todo tipo de facilidades a rivales directos para que les ganen los puntos en juego. Sucedió en Iruñea, donde autogoles y fallos defensivos resultaron letales, pasó en San Mamés contra el Valencia con la famosa cesión de San José. El caso es que a tres rivales que no estaban haciendo partidos brillantes, que parecían abocados al empate, les buscó salida el Athletic con eso de los tiros en los pies.

Algo más se pudo sacar en claro, además, de la visita al Calderón. La primera, que todos aquellos que aún dudan de que se deba renovar a Llorente tuvieron la evidencia palmaria de que este equipo sin él es una mediocridad absoluta. La segunda, que a pesar de renovar a su delantero centro internacional, es necesario como el comer un nueve alternativo. Tercera, que el problema de hundimiento es más psicológico que físico, algo que no sé hasta qué punto es más o menos consuelo. Y cuarto, que Bielsa es humano, que falla, como todo entrenador, y que en sus decisiones, tanto  en el despliegue inicial como en los remiendos, se equivocó. Al menos lo reconoció, cosa que le honra, puesto que la soberbia suele ser una constante en las ruedas de prensa de los técnicos.

Por último, el asunto arbitral. Seguramente no sea procedente hablar del trencilla tras el partido protagonizado por los rojiblancos, pero después de muchos años viendo fútbol mi desconcierto es mayúsculo. Llega un punto en que desconozco qué faltas son merecedoras de tarjeta, qué manos se señalan como falta y cuáles no, qué entradas por detrás deben derivar en una amonestación o qué debe suceder para que te señalen un penalti a favor. Probablemente una falta evidente dentro del área acompañada de una conjunción astral, la cosa es que cuando el Athletic lo hace mal, como estas tres últimas jornadas, los colegiados lo hacen peor.

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Aterrizaje forzoso

Pues sí, eso. Que hay días en que todo se tuerce, en los que los elementos se conjuran para amargar un partido. Cierto es que el enfrentamiento contra el Valencia llegaba en un momento dulce para el Athletic, tras llamar la atención de toda la Europa futbolística, pero muy complicada por las bajas de Llorente y Toquero. Bielsa, que no es amigo de ponerse vendas antes de tener heridas, afirmó que contaba con opciones para suplir las bajas de sus delanteros, y de las dos que la prensa decía que manejaba, el rosarino optó por la que situaba a Iñigo Pérez en banda izquierda, a Muniain en la derecha y a Susaeta como referencia en punta. Simplemente no funcionó.

Los rojiblancos saltaron al césped y pronto se encontraron con un rival bien plantado y mal encarado, dispuesto a no dejar ni un solo balón sin disputa, ni un resquicio en el centro del campo. No era un encuentro para bromas, no era un partido amable, no cabía esperar el espectáculo deportivo que Athletic y Manchester ofrecieron en el campo y que contagió a las gradas en una noche mágica como la del pasado jueves, de esas que engrandecen el futbol como espectáculo y que pasan a la historia como una tesis doctoral de deportividad, fuera y dentro del terreno de juego.

Lo del Valencia fue otra cosa, un lodazal, el otro fútbol, la ausencia de espectáculo, la especulación pura y dura, un episodio más del clasificación amigo. Y ahí se movió cómodo el equipo che, privando al Athletic y a sus centrocampistas de balón, de huecos, de aire. La primera mitad, tediosa a más no poder, se hacía eterna, sin ocasiones, sin emoción, sin nada que llevarse a la boca por parte de una grada repleta. En esas situaciones lo mejor suele ser irse al descanso con un empate a cero, el menor de los males, para que el entrenador pueda realizar los cambios oportunos, que ayer pasaban por intentar poner en práctica la otra alternativa barajada, la de Ibai Gómez, ante la constatación de que Iñigo Pérez ni estaba ni se le esperaba. En ello se afanaba el Athletic cuando al atarrabitarra Mikel se le ocurrió empezar a celebrar San José con unas horas de antelación. Una mala cesión, corta, cortísima, a Iraizoz resultaba un regalo, un balón de oro, para Soldado, que no suele perdonar y menos ávido de goles como andaba antes de llegar a San Mamés.

El jarro de agua fría antes del descanso hizo que Bielsa rectificara su apuesta y en los primeros diez minutos de la reanudación el Athletic rondó la portería valencianista con opciones de empatar. La cosa sonaba mejor, pero Soldado cazó un segundo gol tras una contra bien llevada por los visitantes y fatalmente defendida, blando a más no poder, por parte rojiblanca. El partido quedaba roto, con una diferencia excesiva para lo visto en el campo.

Si la diferencia de dos goles parecía difícilmente salvable, la posterior expulsión de Iraola acabó por terminar de dinamitar el encuentro. Dolió ver a Andoni abandonar el campo por roja, la primera de su carrera, de forma absolutamente injusta y desproporcionada, pero no fue sino el reflejo de la situación en que se encuentra el fútbol y que el Athletic lleva padeciendo toda la temporada. No es amigo Urrutia de declaraciones altisonantes ni puñetazos sobre la mesa, pero algo deberá hacer en lo referente a los arbitrajes. Las dos últimas jornadas han evidenciado la paradoja que se da en el fútbol, en la que los que debieran repartir justicia, los que tienen que procurar velar por cuidar a quienes respetan el reglamento, amonestan igual a infractores recalcitrantes que a futbolistas de trayectoria ejemplar. Da igual que te apellides Iraola, que seas capitán del Athletic como podías haber sido misionero jesuita, o sea, que tengas un expediente inmaculado, que que te apellides Parejo, repartas estopa a placer y tengas aspecto de vender papelinas en un córner.

El del arbitraje es un problema endémico que el Atheltic sufre sobremanera esta temporada. Teixeira, un sujeto que de no ser cántabro no podría arbitrar ni el torneo de la galleta de Aguilar de Campoó, es el protegido, otro más, del presidente del Comité Técnico de Árbitros, Victoriano Sánchez Arminio, un personaje de cada vez mejor vivir, según denota su figura, que lleva camino de aspirar a rodar las escenas de riesgo como doble de Shrek. Así, el trencilla, en una tarde aciaga para el Athletic contribuyó con sus decisiones a que el Valencia certificase una goleada en un encuentro que no fue para tanto.

A los de Bielsa les pesaron demasiadas cosas, desde las piernas hasta la victoria moral sobre el United. San José tuvo una de sus peores tardes, desafortunadísimo, Javi Martínez estuvo muy alejado del nivel habitual y los centrocampistas no buscaron las salidas con la brillantez de otras tardes. A eso hay que unir la baja de Llorente, importante por si misma, y trágica en una plantilla como esta, confeccionada sin delanteros, algo difícilmente solucionable además. A estas alturas de campaña cobra más relevancia que nunca la profundidad del plantel, el tan extendido concepto de fondo de armario. El Valencia, que también llegaba a San Mamés de jugar partido europeo, tuvo mimbres suficientes para refrescar su equipo, pudo gozar de un Soldado descansado y tenía para éste un sustituto, Aduriz, cuya presencia en el Athletic hubiese solucionado gran parte de los problemas ofensivos del equipo zurigorri.

Es hora de tocar tierra, después de haber estado levitando, a pesar de la dureza de un aterrizaje forzoso en la cruda realidad. Queda por delante un calendario complicado, muy exigente, y optar a esa plaza de Champions, barata a más no poder, puede que no sea compatible con darlo todo en la lucha por llegar a una final de Competición Europea. En esa dicotomía, con la participación continental garantizada, llegar a la final de Bucarest serviría para revalorizar un Club necesitado de gestas, pero participar en la Liga de Campeones supondría una inyección de liquidez fantástica. ¿Qué hacer? Habrá quien todavía apueste por ambos objetivos, pero ver ayer a Soldado llevarse bajo un brazo el balón, en el otro la convocatoria para el Mundial y al Valencia bajo los suyos los tres puntos y el tercer puesto asegurado, debe hacernos ver lo evidente: que el último tercio ligero resultará complicado y habrá que optar por algo concreto, Europa League hasta el final o lucha por intentar alcanzar el cuarto puesto.

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Los errores lastraron al Athletic

No era un encuentro fácil el de Iruña, nunca lo suele ser y menos esta temporada, en la que Osasuna no acostumbra a ceder partidos y menos puntos en su propio estadio, y, sin embargo, a punto estuvo el Athletic de sumar en medio de una batalla a cara de perro, en la que se pudo observar un juego trabado e hiperactivo, alejadísimo de lo que el Athletic acostumbra esta temporada, y más cercano a lo que hacía en torno a doce meses atrás.

No rehuyó el equipo de Bielsa el intercambio de mandobles, aunque el colegiado, el nefasto Álvarez Izquierdo, casero a más no poder, arbitrando con Dodotis, castigara a los rojiblancos con excesivas tarjetas y dejara a Osasuna repartir estopa a placer. Ciego en las áreas, donde no quiso ver ni posibles penaltis -uno sobre Muniain en la primera parte y una posible mano de Raúl García en la segunda- e invidente también en lo que se refiere a las agresiones, aspecto en el que dejó sin sanción una coz sobre Llorente, favoreció no solo el juego brusco de los locales, sus continuas provocaciones o el impresentable espectáculo de ver el juego interrumpido constantemente en el final del partido con presencia de balones arrojados desde la grada.

Sin ser un encuentro brillante ni acertado, el Athletic pudo haber evitado caer de posiciones europeas, pero los errores se pagaron a precio de oro. El partido comenzó controlado, sin luz ni acierto en las conexiones, Osasuna tampoco encontraba el hilo del partido, pero Iturraspe, desgraciadamente, fue el mejor aliado de los navarros. Una falta suya en línea de tres cuartos dio origen a un lanzamiento de falta desde Sangüesa que la melenita del propio futbolista de Abadiño envió a la red tras sorprender a Iraizoz.
El golpe no lo acusó en exceso el Athletic, que intentó seguir a lo suyo, a pesar de que el partido trabado que planteaba el equipo de Mendilibar le impedía practicar el juego que ya deslumbra y sorprende a medio continente. En una de esas jugadas que definen a los de Bielsa, de Marcos, imperial, a punto estuvo de lograr la igualada, pero la finalización se le fue al palo.

Complicada la triangulación, engorilada la grada, con centrocampismo malencarado, discurrían los minutos. Raúl García, protagonista de casi todo, volvía a dar una alegría a los rojillos haciendo el dos a cero, aprovechando nuevamente un lanzamiento a balón parado que el Athletic gestionó de manera nefasta. Primero por consentir que Osasuna le obligase a defender prácticamente en la frontal del área pequeña y, segundo, porque Amorebieta y San José, buenas torres, se dejaron robar la cartera por el tal García. Es curioso lo de este jugador, que tanto ha sonado en voz de algunos como posible refuerzo rojiblanco, y que encarnó como nadie el odio que de un tiempo a esta parte el navarrismo más rancio ha insuflado en el entorno osasunista hacia el Athletic. Provocador, fingiendo faltas y codazos inexistentes, la grada, esa que cuelga etiquetas de traidor a los jugadores en función de hacia dónde abandonen el Club de Tajonar, premió con los aplausos de la tarde al que consideran un hijo pródigo, olvidando que está en comisión de servicios y que abandonó Nafarroa para engrosar las filas colchoneras.

A remolque de un marcador excesivo para los méritos contraídos por el equipo local, el Athletic agradeció el descanso, al que llegó con alguna opción de maquillar el marcador, pero no estuvo fino, por ejemplo, Iñigo Pérez, al que se vio aún tierno, en el remate. Bielsa no dudó y dio entrada a dos protagonistas claves de su Athletic, Llorente y Herrera, sacrificando a un Aurtenetxe excesivamente gris y un Iturraspe sobrepasado y amonestado.

Poco tardó el delantero rojiblanco, el jugador franquicia que dice alguno, en evidenciar su presencia. Primero al sufrir un recado digno de expulsión y poco después por inventarse un gol tras una genial asistencia de Herrera. La cara de Andrés Fernández, intentando la reconstrucción de los hechos mientras se miraba las manos, lo decía todo, no entendía por dónde podía haber entrado el obús, pues creía haber tapado bien el ángulo.

De ahí hasta el final el Athletic lo intentaba y Osasuna presionaba de forma salvaje para evitar que los visitantes trenzasen alguna jugada de peligro. Pudo pasar de todo, desde que se certificase el uno en la quiniela con el tercero, a que los leones empatasen, algo de lo que se estuvo muy cerca, pero que la falta de frescura, más de ideas que física, evitó.

No pudo ser y el Athletic duerme a las puertas de Europa a una semana de recibir a un Valencia en horas bajas y en plena crisis, partido que bien podrá valer oro de cara a optar a la cuarta plaza. Antes, habrá que ver qué peaje se tiene que abonar para seguir adelante en el sueño europeo, puesto que la eliminatoria, cuesta abajo para los rojiblancos, no está sentenciada y el partido contra los de Ferguson obligará a dejar bastantes pelos en la gatera.

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Rosario siempre estuvo cerca.


“Ahora que vuelve, hecho casi una leyenda, se le desea lo mejor. No tanto por él, como por los que recuperan, no sin sufrimiento anticipado, el deseo de creer que así sea a través del fútbol, se puede aspirar a un universo más habitable. Lo espera un color rojo que condice con su pasión por el juego. Lo acompañan los vientos a veces hostiles de la extranjería. Atraviesa una montaña peligrosa hacia una región postergada sin victorias en el fútbol. En la maleta, sus certezas. En la mirada, una cierta nostalgia. En el alma, la locura y la lucidez de los hombres que son distintos por parecerse tanto a lo que sueñan.” Victor Hugo Morales.
Así, con estas palabras, definía el gran periodista y relator uruguayo, la llegada de Marcelo Bielsa a la conducción de la Selección de fútbol de Chile, y es así, sin modificar uno solo de los conceptos, que yo quiero comenzar esta entrada.
Porque más allá o más acá de las cuestiones domésticas, que si mi Boca Juniors –que ha estado un año sin conocer la derrota- juega bien o juega mal… que si San Lorenzo comienza a transitar idéntico camino que el que River Plate ha sufrido la temporada pasada… que si Independiente y Racing levantarán cabeza luego de un arranque liguero pobrísimo…o si River regresará “de una” a la primera división, en la Argentina se habla en estos días de dos temas: El inverosímil Lionel Messi y el no menos inverosímil Athletic Club de Marcelo Bielsa.
Ambos, orgullo genuino de Rosario, ciudad cuna de cracks, de artistas enormes, de cantantes y poetas notables. Ciudad mítica y mística, que ha parido –además de los dos protagonistas de la nota- al Negro Olmedo, al genial Roberto Fontanarrosa, a Fito Páez y al Che Guevara … para más datos.
Ciudad bruja, que hasta guarda el secreto de su edad y de la cual nadie sabe la fecha de su fundación.
De Lionel Messi se van agotando los calificativos y –como expresara hace un par de entradas en este blog- se me antoja un excelente metro patrón para medir el grado de idiotez futbolera que pueden llegar a ejercitar aquellos–cada vez menos- que aún lo discuten. Quien esto escribe no tiene la más mínima duda de que es el mejor de todos los tiempos CON O SIN MUNDIAL.
De Marcelo Bielsa y su sorprendente Athletic, se habla –y mucho-en las radios, en los diarios, en los cafés y en las oficinas. Si hay dos equipos que se encargan de poner el listón en su punto más alto cuando se habla de los más grandes en la actualidad, esos son el Barcelona y el Manchester United.
La afición de Argentina y de América toda, conoce de sobra la leyenda de Old Trafford y los viejos fantasmas de los “diablos rojos” que le confieren a ese feudo, un halo de imbatibilidad. Pues a ese reducto fueron el jueves pasado Bielsa y sus muchachos, a asombrar a propios y a extraños. A darle un repaso táctico a un gran equipo –que no deja de serlo, como que hoy alcanzó el liderazgo en la Premier League- que hizo que más de uno, que poco sabía de la historia de “los leones”, gritara el gol de Iker Muniain casi como uno propio.
Es que eso genera el fútbol, caramba! … ESO ES EL FUTBOL. El no sentirse menos que nadie. El permitirse creer que es posible. El sacarse los miedos y los temores y poner todo lo que los jugadores traen desde que patearon por primera vez un balón… claro! hace falta un entrenador que les convenza de que se puede.
Hace unos meses, en el mismísimo campo de Lezama, ese formidable centro de entrenamiento del Athletic, le decía a unos amigos –que me escuchaban incrédulos- que nadie podía saber cómo le iba a ir a Marcelo Bielsa –recién llegado-en su aventura “zurigorri” porque los entrenadores son hijos de los resultados, y a su vez, estos coquetean muchas veces -demasiadas- con la fortuna, pero que podían estar bien seguros de algo: Bielsa asegura honestidad, idoneidad como pocos, entrega absoluta en cuerpo y alma al equipo y la convicción de que sacaría lo mejor de cada jugador y atacaría en San Mames, en el Camp Nou o en el Giuseppe Meazza por igual. De tu a tu, sin sentirse inferior a nadie.Pude haber parecido un bocazas o un iluso, pero estaba seguro que sería así.
Old Trafford puede dar fe de ello.Además, al equipo da gusto verle jugar. Apoyados y sostenidos por una afición incomparable, ¿quien se anima a ponerle techo a este plantel?
Hace unos días estaba parado en un semáforo en el barrio de Almagro, justo frente a un café de los que hay por miles en Buenos Aires y las imágenes del televisor que veía a través de la ventana, me devolvían las jugadas entre el Manchester United y el Athletic. Era una repetición pues el partido yo lo había visto en directo. … cuando se puso la luz verde, arranqué pensando que cuando la dignidad, el compromiso y la coherencia se dan la mano, el mundo es un sitio mucho más amable… y me olvide que el tránsito de Buenos Aires era -a esas horas- un autentico caos.

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El partido soñado

Inenarrable, increíble, indescriptible, impresionante o emocionante. Dar con el adjetivo preciso es imposible. Cuesta hacer memoria y recordar un espectáculo deportivo como el que ayer ofreció el Athletic en uno de los campos míticos del fútbol del viejo continente. Había discusión en Bilbao entre quienes, equivocadamente, consideraban un fin en sí mismo el hecho de disputar una eliminatoria en Old Trafford, fuese cual fuese el resultado, y los que creíamos que era una oportunidad de competir, de intentar pasar de ronda, de demostrar que el Athletic es un equipo con capacidad de competir por la fortaleza que le otorga su particular tradición.

Pero nadie podía esperar presenciar el espectáculo de los noventa minutos, esos que pasarán a la memoria de todos, que en unos años se contarán a hijos y nietos. El Athletic dio una lección de fútbol a todo un Manchester, un gran equipo, con algunos jugadores, no demasiados, de máximo nivel. Los más optimistas hablaban de la posibilidad de que con el descaro de los de Marcos, Muniain o Susaeta, con su velocidad, pudiesen desarbolar a la lenta zaga de los diablos rojos. De eso a esperar que los rojiblancos fuesen un continuo vendaval había un trecho que no esperaba ni el más militante del fanfarronismo extremo.

Y así fue, al punto de que lo peor, o lo menos bueno, fue el resultado, que todos hubiésemos firmado antes del encuentro, y que no refleja la superioridad de un Athletic que permitió a de Gea justificar el desembolso de su fichaje y evitar una goleada sonrojante.

Pronto empezó el Athletic a mandar. Avisando con Llorente en jugada personal, dándose la espalda y chutando sin dar la rosca necesaria para buscar portería, o poco después, sufriendo uno más de esos penaltis que se van al limbo, que el colegiado alemán transformó en ridícula falta del riojano. Instantes después el Manchester demostraba su peligro en una jugada en la que Chicharito dejaba patente su capacidad de desequilibrio y Rooney su instinto matador.

No era justo, pero el Athletic ni se descompuso ni se arrugó, fiel a su ideario y estilo buscaba la portería rival trenzando el mejor de sus juegos, con un Herrera hipermotivado y genial o un Iturraspe que celebraba cumpleaños con un partido memorable. Y siguieron llegando las ocasiones, como una de Susaeta con vaselina bastante bien ejecutada tras un pase de memoria de Herrera. Al Athletic no le hacía falta descanso, llegaba como una moto, y poco antes del cuarenta y cinco conseguía, por medio de Llorente, que el marcador reflejase si no justicia, que el fútbol de eso no entiende, una mínima parte de los méritos contraídos.

Si los primeros cuarenta y cinco minutos fueron buenos, los de la reanudación fueron soberbios, impresionantes, imposibles de olvidar. En los primeros cinco pudo quedar la eliminatoria sentenciada. Pero el United quedó vivo. Por poco tiempo porque de tanto percutir, los locales acabaron cediendo. De Marcos, en posible fuera de juego, transformaba en gol un lujo en forma de cuchara de Ander Herrera. Ver para creer, con el Teatro de los Sueños convertido en un clamor euskaldun, el Athletic de Bielsa se doctoraba.

Pero no fue todo. El extasis llegó después, cuando de Marcos y Muniain pusieron de manifiesto que la mejor forma de defender es atacar, como propugna su técnico, y ponían a falta de escasos minutos el uno a tres que prácticamente rompía la eliminatoria. No era, ni mucho menos, un premio excesivo, seguramente fuese hasta escaso, pero los de Ferguson, a pesar de no parecerse demasiado a lo que hace no mucho tiempo fueron, heridos, consiguieron rascar algo de penalti, absurdo e innecesario, tras una mano precipitada y extraña de de Marcos.

El resultado, maquillado, corto, deja la eliminatoria encarrilada para el Athletic, pero con un hilo de vida para los ingleses. San Mamés vivirá otra noche de leyenda y el Club podrá seguir alimentando páginas de su historia. No habrá seguidor que hoy no esté henchido de gozo, de orgullo, por el espectáculo dado por sus jugadores en el campo y por los ocho mil enviados especiales de su afición en las gradas y en las calles, en una demostración de lo que debe ser el espíritu deportivo.

La última mención debe ser para el entrenador. Es lo justo, aunque él huya de protagonismos, euforias y declaraciones altisonantes. Su trabajo, discreto pero concienzudo, con los objetivos más que claros, vio la recompensa en el verde de Old Trafford, nada menos. Es un tipo singular, extraño, un romántico del fútbol que ha aterrizado en un equipo peculiar, que parece haber encontrado la horma de su zapato. Hoy toda Europa habla de su equipo, de ese grupo de descarados chavales que jornada a jornada salen del anonimato futbolístico. Porque hace diez meses el mundo del fútbol  desconocía quienes eran de Marcos, Aurtenetxe o Iturraspe y en Bizkaia se desconfiaba de su nivel futbolístico y de su capacidad para ser titulares en primera. ¡Qué bueno que viniste, Marcelo!

+ 5

Susaeta, guipuzcoano, sentencia a la Real

Y ya está la polémica servida, como siempre que la Real no obtiene un resultado favorable, y la atención centrada en la labor arbitral. Son las consecuencias de plantear enfrentamientos deportivos en términos bélicos, de batalla, de todo o nada, de intentar demostrar una supuesta igualdad entre dos instituciones de niveles distintos, por mucho que se empeñen en tierras vecinas. En Gipuzkoa necesitaban ganar para justificar la temporada, un nuevo proyecto venido a menos, un triunfo que les hubiese puesto a un punto de su bestia negra, su obsesión. De vengar el orgullo herido por un técnico que osó decirles no y dar el sí quiero en una Catedral a cien kilómetros.

Lo cierto es que no lo hizo mal la Real Sociedad, sobre todo en la segunda mitad, pero rascarle puntos a este Athletic no es tarea sencilla. Y eso que los rojiblancos no disputaron, ni mucho menos, un buen encuentro. Con la alineación habitual retocada por la ausencia de Iturraspe, San José actuó de central y Javi Martínez ocupó, por fin, una demarcación demandada por muchos. Aunque no es justo juzgar su rendimiento en esa posición por tan solo un partido, lo cierto es que el de Aiegi no estuvo a la altura, se le vio incómodo, al punto de que pudo comprenderse por qué Bielsa ha optado por Ander Iturraspe para gestionar la salida del balón desde la retaguardia del centro del campo. Justo es reconocer que, por momentos, se llegó a echar de menos al de Abadiño, habitual punto de foco de las más feroces críticas, entre ellas la mía.

El encuentro tuvo mucho ritmo, aunque no brillantez. Al Athletic le costó gestionar bien la circulación del balón así como finalizar en positivo las llegadas a área rival. La Real planteó un buen partido, agresivo, que consiguió neutralizar las bondades del sistema de Bielsa, si bien no pudo evitar ciertas concesiones que en los primeros cuarenta y cinco minutos permitieron al Athletic adelantarse e, incluso, haber podido redondear el marcador. Que Bravo fuese clave dice bastante.

La reanudación pilló al Athletic despistado, quizás pensando en Manchester, como el entorno. Y pudo costar caro puesto que la Real, muy puesta, llegó a marcar un gol que ni el árbitro ni sus asistentes vieron. Pero qué se puede esperar de Mateu Lahoz, ese desconcertante sujeto carente de criterio, bufón del arbitraje, al que solo falta salir vestido de arlequín. Mucho protestan desde Donostia, de forma interesada, quejándose lastimosamente de esa jugada o de una posible segunda amarilla para Amorebieta. Nada dicen de que la primera amonestación al de Iurreta está precedida de una mano de Prieto o que en la primera mitad Zurutuza pudo irse a la caseta por una entrada sobre Herrera que en muchas otras ocasiones este mismo colegiado ha señalado con cartulina roja. Pero es igual, en Gipuzkoa hace años que se sumaron a la calumnia del Villarato.

Cuando peor estaban las cosas, Susaeta desactivó a la Real de libre directo transformado por la escuadra de Bravo. El gol dejó sin ánimo a los txuriurdin y facilitó el final del encuentro. Desconocido estuvo Markel, que transformó el primero finalizando una brillantísima jugada colectiva de toque y precisión, y al que el larguero repelió el que hubiese supuesto el segundo. Dicen que Bielsa cree más en Susaeta que el propio futbolista, al que tardes como la de ayer debiera servir para dar ese paso al frente que necesita para convertirse en un futbolista de referencia y no una medianía.

El Athletic descansa una semana en zona Champions mientras debe afrontar el partido de Manchester el jueves, que forzará un éxodo en Bizkaia que deja a Moisés a la altura de un becario. Certificados en Liga los deberes, deberá afrontar un encuentro complejo, al que llega con la incógnita del rendimiento de Herrera y tras un pésimo encuentro de Llorente frente a la Real. La solvencia defensiva y el pulso del centro del campo parecen claves, así como recuperar la efectividad goleadora.

Tiempo habrá para centrarse en la Europa League. De momento, tres días por delante para disfrutar de lo conseguido en Liga, cierto que en un encuentro trabado, pero que supieron sacar adelante. Refleja a las claras el paso adelante dado por el grupo con respecto a la primera vuelta. Es bueno sacar el carácter y poder ganar cuando los partidos se ponen feos.