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La profesionalidad, Ander, la profesionalidad

La profesionalidad. Acordémonos del concepto. La profesionalidad. Fue la razón por la que los carriles de la vasco-aragonesa le vieron llegar a Ibaigane y la que a puntito ha estado de situarle en Manchester. Ahora verse jugando en el Teatro de los Sueños puede que lo considere una pesadilla. Cosas del fútbol, que diría aquel.

La profesionalidad, esa a la que todos nos remitimos para justificar un cambio de trabajo, salvo en el caso del fútbol, donde el concepto sólo lo aplican los del gremio, por corporativismo, por el hoy por ti y mañana por mi.

La profesionalidad, eso a lo que suelen aludir los futbolistas para, amparados en sus sueldos, intentar justificar, generalmente antes de los encuentros, que no se dejarán llevar por presiones de un tipo u otro en el trascurso de los partidos. Entendiendo como tales también las finales.

La profesionalidad, esa que debe prevalecer ante la decisión de sacrificar ambiciones personales en aras a beneficiar a quien generosamente te remunera. (O sea, pasar de enfundarte un chándal de poligonero, de ponerte un gorro de paja, e ir a hacer el panoli a una olimpiada cuando el que te paga un pastizal necesita que pases por un quirófano).

La profesionalidad. Esa a la que no les queda más remedio que recurrir durante unas mil setecientas horas al año a quienes pueblan las  gradas de los estadios –y las barras de los bares- para llevarse un sueldo cada vez más ajustado y del que, con mucho esfuerzo, destinan una parte para pagar un carné, una entrada, un abono al pay per view. Con apreturas, en muchos casos, quitándoselo de otras cosas, privándose de otros vicios, vacaciones, de renovar un vehículo de más de diez años.

El sentimiento. Ese que hace al aficionado aplaudir tras una final perdida, viajar en manada a Bucarest sufriendo todo tipo de avatares, llorar por el derribo de San Mamés, pagar cincuenta pavos por una caja de plástico con un trozo de hierba, llevarse un asiento a su casa, hacer colas de horas para conseguir una entrada, abrazar a un desconocido por un gol o consolar a niños en la ribera del Manzanares.

El sentimiento. Ese que hace que el futbolista saque el aficionado que lleva dentro cuando el equipo que le paga envía a una categoría inferior al club de su corazón.

Sentimiento versus profesionalidad. Esa es hoy la dicotomía. Que desde el sentimiento debemos entender la profesionalidad de un futbolista, el afán de mejora en su carrera deportiva, que apareja una sustancial fortuna en cuatro o cinco años de profesión.

Ahí surge el problema. Cuando quien ha dado lecciones de sentimiento desde una calculada pose de futbolista maduro, inteligente y distinto debe explicar que se iba a aferrar a su legítimo derecho, a una de las cláusulas de su contrato profesional, para abandonar un Club en el que ahora se ve abocado a jugar contra su voluntad.

Nadie duda que en el caso Herrera se cumplían, teóricamente, las dos premisas principales que deben darse para que un futbolista marche de un Club. Es decir, que él quiera cambiar de destino y que un equipo de fútbol esté dispuesto a abonar por él el importe que refleje su cláusula de rescisión.

O eso parecía. Al menos ayer lunes, cuando el Athletic volvió a ser víctima involuntaria de un guión propio de comedia de situación, convertido, otra vez, en el hazmerreír del mundillo futbolero.

Pero algo falló y a día de hoy aún nadie saber explicar qué. Si unos chapuceros emisarios del United a la LFP, supuestos abrevadores de pintas de cerveza, presuntos impostores; si una retirada a última hora del ManU tras cobrarse pieza de caza mayor; o si la escasa colaboración del Athletic descabalgó una operación realizada con más prisa y nocturnidad que alevosía.

El caso es que Herrera se ha quedado sin un andamio de treinta y seis millones de euros y colgado de una brocha en la que sólo se puede leer eso, profesionalidad.

A ella deberá referirse mañana en rueda de prensa, olvidándose de compromisos, sentimientos, filosofía, distinción, más que amistades, colacaos, uniones y comuniones. Sin lecciones de nada, explicando que vino de Zaragoza a Bilbao buscando una carrera y que mientras esta se desempeñe bajo la disciplina del Athletic dará todo lo que pueda por agradecer al Club por la apuesta por él cuando no era mucho menos de lo que es ahora, un futbolista prometedor pero con demasiados altibajos.

Es lo que le queda a él. Pero también a los aficionados. Juzgarle como tal, aplaudirle cuando lo merezca por su labor en el campo, obviando la palabrería de un futbolista diferente que actúa como casi todos. Sin hacer de Herrera un chivo expiatorio, pero tampoco el crack que no es, ganándose la admiración porque brille sobre el césped, no porque parapetado tras un micrófono nos regale el oído.

Y como ayer sucedió en Twitter, tomárselo con humor, con mucho humor, y aprendamos de la pasada campaña, de a qué conducen los pitos, las pancartas, los run-runes, los nervios. Aprovechemos los tres años que le quedan a Ander Herrera –aún se le ha sacado escaso rendimiento a los once millones de euros que costó-, revaloricémoslo y si quieren venir de nuevo a por él confiar en que, entonces sí, sepan cuánto vale, cómo se paga y qué papeles deben llevarse cumplimentados.

Tampoco estaría de más que alguien explicase qué hay de cierto en la supuesta participación de Arrinda en la comedieta de ayer en el sede de la LFP.

Y ya reflexionaremos sobre qué falla, que es lo que debe hacer el Athletic para resultar atractivo para las generaciones que llegan ahora al equipo. Puede que los tiempos no hayan jugado a favor de nuestra particular visión del mundo del fútbol, pero debemos movernos, algo hay que cambiar.
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2 comentarios

  1. Una vez más, la realidad superando a la ficción. Que lo de ayer da para argumento de comedia.
    A ver mañana.

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  2. Sinceramente yo no veo solución a esta situación. Los jugadores, posiblemente todos se irían si tuvieran la oportunidad.
    Es curioso lo que está ocurriendo. Los buenos jugadores que teniamos en cuanto han podido, han dejado el club, y los que no nos interesan lo tienen muy dificil para encontrar acomodo en equipos de primera división.
    Conclusión: los jugadores del athletic son la clase media de la liga.Habrán años buenos cuando tengamos jugadores que todavia no han explotado y lo hagan a la vez unos cuantos en la misma temporada como ocurrió en la primera temporada de Bielsa, pero seguidamente se marcharán.
    Hay que tenerlo claro. Es algo normal. Igual que nosotros fichamos a golpe de talonario a profesionales, nos lo hacen a nosotros. El pez grande se come al chico. Nos molesta que nos hagan lo que hacemos nosotros.
    Hablando del tema de Herrera en particular, los rumores dicen que el athletic se habia puesto en contacto con Raul Garcia y que el acuerdo estaba en torno a los 10 kilos. Habría sido un buen acuerdo. Un profesional del futbol por otro profesional y 26 kilos en la caja.
    Y los siguientes jugadores vendrán. Muniain, Laporte y los que destaquen.
    Eso si, con los Gurpeguis, toqueros y compañia no tengo dudas. Sienten los colores y no se irán. ¿o si?

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