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Victoria tediosa basada en detalles positivos

El nuevo navajazo al fútbol que se perpetró esta vez en Getafe, otra vez de la mano de una de las televisiones de Berlusconi, la complicidad del inefable presidente de la LFP y con el Getafe y el Athletic (un fijo) como estrellas del cartel, no pudo resultar más rentable para los intereses de los rojiblancos. A un fútbol que invitaba al bostezo, a ponerse el pijama y empiltrarse en el descanso, se unía el aspecto desolador de un estadio que simboliza como nada en qué están convirtiendo los dirigentes la competición.

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Solvencia económica y honestidad

No se puede decir, desde luego, que el Athletic pase por un mal momento. Con el mejor arranque liguero en veinte años –indiscutible desde el punto de vista cuantitativo-, y con una situación económica envidiable para lo que se estila no ya en el arruinado mundo del fútbol, sino en la coyuntura económica mundial, muy mal debería hacerlo la actual Junta Directiva para no dejar una brillante herencia dentro de dos años.

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Un Athletic que no transmite

Cuando se pierden la intensidad y las ganas, cuando se juega a verlas venir, pasa lo que pasa. Que, con suerte, se empata. Y es que no termina, a medida que pasan las jornadas, de parecer que este nuevo Athletic de Valverde, debidamente reforzado, al menos en función de las capacidades del Athletic, de dar el paso al frente que se esperaba. Cierto que ocupa posiciones europeas, a priori el objetivo, pero la sensación que transmite no es la de un bloque que sepa a qué juega, que tenga las ideas y los conceptos claros.

Y ahí el primero que parece tener dudas es el propio técnico, que jornada tras jornada continua con probaturas y ensayos. El domingo, sin ir más lejos, tocó invento en punta con de Marcos de referencia ofensiva, motivado por que el de Biasteri presenta tarjeta de goleador y Aduriz pasa por una racha francamente preocupante. Tocó retoque, también, en el costado izquierdo, una banda, donde Saborit no parece ni valorar ni agradecer la arriesgada apuesta del míster al convertirle en jugador de primera; Laporte volvió a su posición natural, la de central, donde volvió a cometer un error de bulto por esa peligrosa suficiencia –quizás su único pero importantísimo defecto- de la que hace gala; y Muniain completó, de nuevo, un partido gris en el que colaboró haciendo trabajo para el equipo pero que le sigue manteniendo alejado de aquel estilo que hizo que fuese etiquetado como crack demasiado pronto.

Y eso que el Athletic comenzó el partido mandando, pero mandando a su estilo, con un dominio intrascendente y con llegadas de las que no meten el miedo en el cuerpo al rival, hasta que el Valencia decidió estirarse y hacer daño con poco, con muy poco. Ello le bastó para dominar el encuentro hasta los veinte minutos de la segunda parte, con un equipo rojiblanco que hacía algún que otro amago por banda derecha con un activo pero, como casi siempre, desacertado Susaeta.

No lo pasó bien el Athletic tras volver a encajar un gol de penalti tan claro como absurdo e innecesario, cometido esta vez por Laporte. El asunto de las penas máximas no deja de ser curioso: mientras los colegiados pasan por alto los cometidos sobre los leones, se muestran inmisericordes a la hora de señalar cualquier cosa punible en área bilbaina, otro detalle más, como el de los horarios, que ilustra el respeto que despierta la entidad de Ibaigane en los estamentos del fútbol.

Pudo salvar un punto el Athletic tras costarle sostener al Valencia, que ocasiones tuvo para aumentar la ventaja, pero se topó con la actuación de un Iraizoz bien plantado o de su propia falta de puntería. Así las cosas, con el movimiento de banquillo de Valverde la cosa varió algo, no tanto por el acierto de unos cambios que denotaban cierta enmienda al planteamiento  inicial, sino porque el Athletic, por fin, decidió darle a su juego un marchamo más propio de los encuentros de casa.

Con poco, con muy poco, se consiguió empatar, con tan solo una jugada en la que Susaeta centró bien, de Marcos anduvo listo en la peinada y Mikel Rico aprovechó para marcar lo que no se puede perdonar. El problema fue que hasta entonces costó hilar una jugada de ese tipo. Y ya tocó, una vez más, y van demasiadas, la heroica, algo que no siempre es sinónimo de conseguir la victoria, puesto que si en fútbol alguien decidió que los partido duren noventa minutos parece ridículo empeñarse en resolverlos en los últimos quince tras desaprovechar el resto.


A pesar de lo que indique la clasificación, siguen existiendo demasiados interrogantes. La posición de un Rico que fue de menos a más y que agradeció que alguien tomase en su lugar la posición de medio centro; que Beñat, un lujo lo pagado para tan solo aprovecharlo a balón parado, en cuanto a la duración de la pila no parece ser el conejo de Duracell; que Herrera sigue con la mente alejada del Athletic, en algún lugar entre Zaragoza y Manchester; que Aduriz necesita marcar un tanto como sea para salir de una situación que le mantiene bloqueado; y que el equipo necesita recuperar otra versión de Muniain que permita equilibrar un juego por bandas demasiado escorado a la derecha. En definitiva, muchos aspectos en los que mejorar pero al menos tranquilidad desde el punto de vista clasificatorio.

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Un preocupante paso atrás

Ni tan siquiera una actuación digna del Athletic podrá alegrar mínimamente hoy a Beñat Zarrabeitia, en cuyo pellejo no me gustaría ver a nadie, ahora que le ha tocado ser coyuntural víctima de la reminiscencia por el pasado que tanto pone a la carcunda cavernaria española, esa capaz de diseñar operaciones policiales que no caben en la lógica de los nuevos tiempos, salvo que coincida con el interés por la estrategia del palo y zanahoria al españolito medio, es decir, a ese ciudadano que el día en que le vuelven a robar la cartera a modo de presentación de presupuestos neoliberales y cercenadores de derechos, celebra alborozado una macrooperación contra el abertzalismo.

Se le echa de menos a Beñat, con quien de vez en cuando tengo la suerte  de compartir espacio en GARA, y cuyos tuits sobre el Athletic, el fútbol en general o la cultura de este país tanto interés despiertan. En un día en que estuve, por motivos profesionales, bastante desconectado de las redes sociales, fue un tuit, precisamente, lo que me alertó de que no estaría esa noche opinando, como casi siempre, sobre los avatares de este nuestro Athletic.

Y mucho hubiese podido decir del paupérrimo juego, de la escasa actitud, del decepcionante comportamiento del equipo rojiblanco. Claro que esas cosas, con este grupo, pasan casi siempre. La ventaja competitiva que otorga jugar con la tranquilidad de conocer los resultados ajenos, único aspecto positivo de esa condena mediática de tener que trasnochar los lunes –padeciendo, además, a los carrascos, carreños, Kikos o ramosmarcos-, no solo no fue aprovechada por los zurigorris, sino que lejos de eso los noventa minutos desplegados en Granada fueron una pesadilla futbolera que siembran demasiadas sombras tras verse algo la luz el pasado jueves contra el Betis.

Repitió alineación Valverde, señal inequívoca de que el camino que busca se había iluminado en el último partido, pero los mismos once que entonces convencieron consiguieron cuatro días después acabar de golpe con las ilusiones. Un Athletic desastroso, impreciso, lento, descentrado, fue desarbolado por un Granada que se mueve en la nada futbolística, pero al que, como una semana antes el Espanyol, le bastó el músculo para vencer a una troupe pusilánime.

Sustentados por una actuación más que digna de Gorka, sobre todo cuando el encuentro se convirtió en un correcalles con el dos a cero, incapaz de aprovechar las opciones que hubo, cierto que más en la primera mitad que en la segunda, incapaz de trenzar dos pases, de mantener la posesión del esférico, lo cierto es que el Athletic firmó una actuación triste que pone en evidencia la ausencia de tensión competitiva (irresistible la comparación, en estos casos, con un Atlético de Madrid que en este aspecto está en las antípodas) y la escasa ambición de un plantel que no parece consciente de la oportunidad que le brinda una competición de nivel lamentable.

En medio de esa vorágine de balones perdidos, de juego directo que recordaba épocas que creíamos superadas, el Athletic tuvo unas cuantas opciones de gol en la primera, pero Aduriz sigue perdido en su particular niebla futbolera, Susaeta sobresalió en entrega pero sigue siendo el rey del casi y a Ibai se le atragantaron las entrevistas y portadas que se le dedicaron por tan solo una buena actuación contra el Betis. Eso, y que a ese Herrera que pasa por ser la cabeza amueblada del fútbol –insisto, con muebles de Ikea- le debió de pesar saberse observado desde la grada por emisarios del United –eso dice, al menos, el de casi siempre en el medio católico que publica noticias deportivas tras los anuncios de contactos- cometiendo un penalti absurdo e innecesario que se cobró rápida y diligentemente el mismo linier que pasó por alto uno más claro sobre Aduriz con el área menos poblada.

No sé qué recorrido tendrá este desconcertante Athletic a corto. Es de suponer que Valverde volverá a coger la podadora, y no estaría de más que le dé por cerrar la tijera en el lateral izquierdo, toda vez que el parche Laporte en esa posición naufraga jornada tras jornada, que repase la titularidad de unos centrales que parecen voluntarios de Cáritas y que enmiende un centro del campo donde el trío Rico-Beñat-Herrera se entienden tan bien como Rajoy con los periodistas anglosajones.


Porque si alguna certeza existe a día de hoy es que de las jornadas disputadas solo se puede salvar el encuentro frente al Betis, prometedor pero no tan brillante como se pretendió vender, pero que el equipo en general, y todos los futbolistas a nivel individual, se encuentran a años luz del nivel que se esperaba de ellos.