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Hernández y Griezmann, a pares

Empecemos por hablar de fútbol, que el resto encabrona. Para alabar la intensidad del Athletic en la primera mitad, importante, y para lamentar la ausencia de la misma los días en que verdaderamente te puede aportar opciones de ganar. O sea, contra Granada, Córdoba, Eibar… Y para volver a destacar la dependencia excesiva que este equipo tiene de Aduriz, su intrascendente centrocampismo, la manifiesta incapacidad para transformar posesión en llegadas con peligro, en ocasiones, en lo verdaderamente útil en esto del fútbol.

Marea el Athletic el juego. Toca y toca, mueve y mueve, pero sin llegar a ningún lado. El control del balón se traduce en una horizontalidad en la medular de la que poco puede aprovecharse. Se echa en falta velocidad. En las piernas y en las ideas. Puede que ayer no fuese el día, lastrado el equipo con dos ausencias hoy por hoy importantísimas. Pero resulta exasperante la falta de fruto a tanta llegada hasta línea de tres cuartos, en un equipo que rara vez progresa, que ni sabe chutar con potencia ni penetra en el área para provocar quebraderos de cabeza a la defensa rival.

Por eso, al descanso, y pese a haber protagonizado una buena primera mitad, nadie en San Mamés las tenía todas consigo. Y existían ciertos temores a qué podía de dar de sí el colegiado de turno, que ya había enfadado al público sin haber existido jugadas polémicas. Pero se intuía por dónde iban a ir los tiros.

Y sucedió, otra vez más. Y van demasiadas, porque el Athletic es el único animal futbolístico que tropieza cuantas veces sean necesarias en las piedras del Manzanares. A la vuelta del descanso, tras una pérdida de balón y la consiguiente de posición de Balenziaga, además de cierta falta de tensión defensiva, Juanfran ponía un balón en el área rojiblanca que Griezmann, que no es Urzaiz, remataba sin oposición.

Era la primera llegada de peligro del Atlético y la rentabilizaba al máximo, para desesperación local. Por mucho que diga Valverde, además, no se puede hablar ni de justicia ni de injusticia, y sí parece claro que algo falla cuando siempre contra el mismo equipo se repite la historia. Quizás no sea falta de tensión, quizás. Pero lo parece. Como también parece claro que la pérdida de balón está relacionada con esa excesiva querencia del equipo hacia los pases intrascendentes que, unidos a la falta de precisión de algunos, llevan a pérdidas muy comprometidas en zonas del campo en las que los fallos se pagan demasiado caros.

Y cabe, otra vez más, preguntarse por la coherencia con que se están elaborando alineaciones e, incluso, convocatorias. Méritos de unos y deméritos de otros. Por qué Viguera, por ejemplo, paga con su caída de la convocatoria haber resuelto a base de goles la bochornosa actuación copera. Máxime en un equipo en el que pocos parecen capacitados para anotar. O qué pasa con Beñat, de nuevo desaparecido en una ocasión en que había hueco para poder formar en la sala de máquinas, superado por San José en las preferencias del entrenador. O para qué se mantiene en plantilla a un chaval como Morán, al que flaco favor se hace no posibilitando su salida.

Hace tiempo que no se entienden las apuestas de Valverde. Principalmente la de Gurpegi, facilitador del tercer gol colchonero con una caída por resbalón que lleva a preguntarse si iba debidamente calzado, y que acumula excesivos errores en esta campaña puesto que el tiempo y las lesiones no pasan en vano. Como difícilmente se explica que con tanto debut intermitente de meritorios, no se pruebe nada para el lateral derecho que permita rescatar el dinamismo de de Marcos para el centro del campo.

Tiene deberes el Athletic para estas vacaciones. Demasiados. Porque llega vivo en las tres competiciones y, sin embargo, la ilusión no está en los niveles que debiera. Los cuatro meses de liga han dejado muchos interrogantes, malos resultados y peor juego. En la Copa se ha pasado de mala manera frente a un Segunda B y en Europa League quedan dudas de la seriedad con que se afronte toda vez que en Champions, mucho más motivante, se ha dejado pasar la oportunidad de competir.

Y ahora, ahora sí, se puede hablar de Hernández Hernández, ese atolondrado canario con nombre artístico de detective de Tintín y que deja de manifiesto que las letales consecuencias de que tus padres sean primos llegan más allá de los borbones. Lo más peligroso de un árbitro son los prejuicios, mejor dicho, la premeditación, cuando se sale a un campo con las ideas claras de lo que se va a hacer. 

Fue el caso. Pronto se vio la fijación del trencilla por Aduriz, al que no señaló faltas a favor y corrió a amonestar en la primera oportunidad que tuvo. Significativo. Como lo fue con el juego subterráneo del Atlético, con ese juego barriobajero que solo da frutos cuando cuenta con la pasividad arbitral. En eso se basa eso que el chorrismo ha dado en llamar cholismo: jugar más allá del reglamento con la aquiescencia de los que debieran repartir justicia. Y es que en poco tiempo el Atlético de Madrid ha pasado a gozar de la bula arbitral que antes solo tenían otros equipos capitalinos, con el patrocinio y el jaleo de la prensa madrileña, que tan solo brama cuando la agresividad colchonera topa con alguna estrella merengue.

Es más de lo mismo, una de tantas decisiones extradeportivas que condicionan la liga. Porque el Atlético de Madrid es el ejemplo más claro de la basura en que se convierte una competición cuando a un equipo con una deuda galopante, que lo hace inviable económicamente, se le consiente seguir dilapidando dinero en fichajes. Si a eso se une la permisividad arbitral con un juego fuera del reglamento, con un entrenador que fomenta como nadie la trampa, la pérdida de tiempo y la agresividad mal entendida, se tiene como resultado un equipo que acumula títulos como paradigma de la antideportividad.

Pero la culpa no es de quien aprovecha lo que le consienten. La responsabilidad está en quien hoy no decidirá que el tal Hernández se pase una temporada larga sin pitar, en quien acabará premiando la faena de aliño del impresentable canario. Porque hay decisiones que no se pueden entender como errores. El árbitro de ayer estaba esperando. Se le vio desde el inicio. Y el ímpetu le traicionó en el momento de pitar el penalti a San José. Estaba bien situado y le pudieron las ganas. Como antes le habían podido al amonestar a Aduriz. O cuando debió ver que el cuarto gol colchonero de la noche no podía subir al marcador, por mucho que su asistente no lo viese, puesto que en el campo, incluso desde la tribuna contraria, pareció claro que el Francés estaba adelantado. Pero hay que querer. Y Hernández no quería. Estaba loco por la música. Sabe demasiado bien qué tiene que hacer para sobrevivir en la jaula. Nadie en Madrid cuestionará hoy su labor, pasará desapercibido en la prensa capitalina, y eso es clave para no ser candidato al descenso.

Este show está lleno de cinismo, pero es lógico, hay demasiados intereses en juego. Por eso el Athletic lo tiene complicado si no compite siempre como lo hizo ayer en la primera mitad. Y también lo tiene difícil si los jugadores fallan estrepitosamente o si el entrenador no contribuye con sus decisiones a una apuesta coherente, que pasa por tener las ideas bastante más claras. De con quiénes sacar adelante esto y, sobre todo, de apostar por otra forma de jugar a fútbol.

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Un punto. Sólo un punto.

Cuestión de actitud y de intensidad. Y no es nuevo. De siempre, pero ha cobrado especial relevancia esta temporada. Pasó en Borisov, y no se espabiló, se tiró la Champions y aquí no pasó nada. Beti zurekin. Pasó contra el Córdoba, como antes sucedió contra el Granada, y tampoco pasó nada, al fin y al cabo se venía de maquillar el ridículo contra el Alcoyano y tampoco parecía que nadie tuviese la necesidad de reivindicarse. Posteriormente el equipo se aplicó el maquillaje contra el BATE y casi  todos contentos, porque ahora parece un éxito salir a la calle Ledesma por la puerta trasera después de haber tenido la oportunidad de entrar a los grandes almacenes de la UEFA por el espectacular escaparate de Gran Vía.

Lo que sucede en el Athletic sólo es cuestión de conformismo, de pulso competitivo, de ilusión, de motivación. Y a ello contribuimos todos, desde los aficionados, que generamos ídolos con pies de barro ascendiéndolos al olimpo del fútbol con diecisiete años ,para crear después muñecos rotos muy bien pagados que deambulan por la banda siniestra dejando constancia a los veintipocos que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Cuando se salta al campo creyendo que se está a un nivel superior y se olvida la importancia de la pelea para demostrar la superioridad, el Córdoba te vence sin remisión. Cuando se salta al campo de un rival que siempre se toma esto de los ya mal llamados derbis como si no hubiese un mañana, pasa lo que pasa casi siempre en los partidos de Donostia, que se lleva el gato al agua el único que parece tener interés en vencerlo. Salvo que, como ayer, se te pongan los elementos de cara, el rival falle cara a puerta como tú sueles acostumbrar, y después de que decidas ponérselo cuesta abajo con una autoexpulsión (en la que el sobrado jugador tiene la culpa y el entrenador una parte importante de responsabilidad), rezar para que Canales no te ajusticie cuando más duele.

Y es que molesta ya la actitud del Athletic, que obtuvo un punto en Gipuzkoa, el mejor resultado al que pudo aspirar con su despliegue timorato y juego ramplón. Porque empatar hubiese sido un gran resultado de haber vencido al Córdoba, de no recibir la próxima jornada al Atlético de Madrid, la antítesis futbolística de los nuestros.

Y es evidente que hay que mirar al césped, a esos futbolistas Guadina que dan una de cal y tres de arena, que acumulan excesivos fiascos, no por los fallos derivados de las carencias futbolísticas, que esas se deben perdonar, sino por los déficits de entrega, de motivación, de concentración, de pulso competitivo, en definitiva.

Y se debe mirar al banquillo, claro está. Porque a Valverde a estas alturas no le comprende ni el propio Ernesto. Semana tras semana, partido tras partido, acumula decisiones extrañas, cuestionables, incoherentes. Apuestas de quita y pon, debuts que recuerdan a épocas pasadas, cuando la alineación de canteranos parecía más buscar el objetivo de poder algún día afirmar que tal futbolista debutó bajo las órdenes de tal entrenador.

Porque el principal cometido de un entrenador es hacer que funcione lo que no lo hace. Es decir, contribuir en el caso del Athletic a que exista una mayor finalización de jugadas de ataque. Primordialmente. A conseguir dinamizar el juego por bandas, a conseguir que exista movimiento en la línea de vanguardia, donde el equipo maquilla su inoperancia en base al gran momento que vive un tal Aduriz, un chaval de nada más y nada menos que treinta y cuatro años. Un riesgo en toda regla.

No hay apuestas claras. Ni tan siquiera conceptos claros, al menos. Porque hoy se opta por un perfil de jugador para ocupar posición de banda y mañana otro. Hoy confío, por ejemplo, en Unai López y mañana ni tan siquiera lo convoco. Cierto es, y hay que ser justo, que el nivel de los centrocampistas del Athletic está siendo absolutamente decepcionante, ninguno aprovecha el tropiezo ajeno para opositar a una plaza en propiedad.

Claro es que tampoco Valverde perdona igual los fallos de unos y otros. Así, Beñat se convierte en sospechoso habitual mientras que Muniain acumula tantas oportunidades como Platanito.  Puede que la política de volantazos de Ernesto se deba al rendimiento y actitud de los futbolistas, puede. O puede que el rendimiento de los que visten de corto no sea el que se les supone por la asimétrica política del palo y la zanahoria que aplica Don Ernesto.

En cualquier caso, los problemas ahí siguen, sin solución. Un equipo de cantera no tiene más alternativa a Iraola que de Marcos, el futbolista que a cada oportunidad que se le ofrece demuestra que es la mejor opción para dinamizar la media punta zurigorri. No es baladí el asunto, porque el de Laguardia fue, con diferencia, una de las mejores consecuencias del paso de Bielsa por el Athletic, que dejó como regalo un futbolista desequilibrante de entre los despojos que había dejado Caparrós como desguace futbolístico. Algo similar a lo que pasó con Iturraspe.

El caso de Ander, por cierto, no deja de ser también sintomático. Alejado de su mejor versión, le sucede como a Muniain, que el cuerpo técnico parece perdonarles casi todo. Y el de Abadiño acumula excesivos lunares en lo que va de temporada. No solo por eso de los regalos a equipos andaluces, que han hecho que el buen chaval tenga al sur de Despeñaperros más simpatizantes que Susana Díaz, sino por el rendimiento general de su fútbol, por la importancia de su papel en el juego colectivo. Y es que cuando Iturraspe falla, el equipo lo acusa en exceso, y las carencias de Rico, como pudo verse ayer durante el primer tiempo de Anoeta, quedan en evidencia a la luz de los focos.


Aun dando por supuesto que el equipo se clasificará para la siguiente ronda copera este jueves, que es bastante suponer, el partido del próximo domingo, con el veneno adicional de ser el último antes del parón navideño, será un examen de órdago para el colectivo. Porque se antoja complicado con las virtudes mostradas hasta ahora vencer a los del Manzanares, un equipo que no regala nada y sí aprovecha cualquier resquicio para sacar el máximo provecho, y porque sería muy perjudicial acabar año futbolístico dejando para los balances navideños tantas incertidumbres.

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Viguera maquilla el ridículo del Athletic

Fue indigno. Lamentable. Y se debe, una vez más, mirar más hacia el campo que hacia el banquillo. Porque se podrá debatir acerca de la idoneidad o conveniencia de las rotaciones, de lo acertado de los nombres elegidos, de si debía jugar fulano o mengano. Vale. Pero una vez el entrenador decide unos nombres, estos deben rendir acorde al nivel que se le supone a un futbolista que, aunque sea para hacer bulto, completa una plantilla de primera división.

Y, si no, es mejor una plantilla de veinte y tirar de chavales del filial, para no llamarse a engaños y, además, recortar en gastos superfluos. Porque resulta que entre el equipo de meritorios que alineó Valverde estaban unos tales Laporte, Gurpegi, Iraola, Aurtenetxe, Ibai, Rico y Susaeta. Seis tipos que acumulan algún partido liguero en primera, participaciones en combinados internacionales y disputa de competiciones europeas. Y que enfrente estaba el Alcoyano, unos tipos que tienen tanta moral como telarañas la caja fuerte de su sede social.

Y resultó que esos chicos de segunda B, con un poquito de ilusión, agresividad y ganas debieron doblegar por más de un gol a los desganados profesionales zurigorris. El desolador panorama no lo refleja el marcador, que resulta un milagro, porque se alineó Júpiter con Saturno y el pinturero Herrerín bien debiera permanecer una semana en Begoña a modo de Barnetegi para agradecer el manto protector de la patrona de Bizkaia.

Los chicos de Cano, que dio una lección de motivación a Valverde -cierto es, también, que suele resultar fácil en el torneo del KO para los entrenadores de los modestos- superaron en todo al Athletic. Y que necesitaron menos control, muchísimo menos, y hacer menos faltas, para poner el partido donde querían. El Athletic tuvo la posesión, claro, pero eso, como ya suele venir siendo habitual, ni se tradujo en verticalidad, ni en llegadas, ni en ocasiones, ni en nada positivo.

El bajo rendimiento, además, no se debe achacar al partido gris, una vez más, de Morán, o a la inexperiencia de Aketxe. Susaeta e Ibai, que ni están ni parece que quepa esperarles, justificaron por qué el entrenador lleva tiempo enviándoles señas. No parecen buenos jugadores de Mus. O no cazan los guiños de ojo y movimientos de cejas de Valverde, o los cazan pero no saben qué significan. Su actuación ayer, catastrófica, pone de manifiesto el porqué de la escasez de ocasiones del Athletic. Sus entregas, pases y finalizaciones no son, hoy por hoy, aptas para la competición de primer nivel.

Otro tanto sucede con Gurpegi, al que las lesiones y el tiempo abocan a participaciones muy puntuales, alejado de la titularidad de un puesto de central. Lo mismo que Aurtenetxe, que debe lamentar como nadie la marcha de Bielsa, no tanto por aquello de ser el afortunado en el sorteo del coche que regalo a la plantilla el rosarino, sino porque desde su marcha todo son nubarrones sobre su fútbol. Romo en ataque, timorato en lo defensivo.

El encuentro de Alcoi fue un calco del fiasco de Borisov. Un equipo desganado, al que solo le faltaron bolsillos en los pantalones cortos en los que meter las manos como símbolo máximo de la falta de interés.

Si la fortuna fue la aliada en defensa, el maquillaje del resultado se le debe atribuir a Viguera, que situado en la zona del campo donde justificó en segunda su llegada a la élite, se inventó un gol tras controlar un melón de espaldas a la portería y lo transformó en gol de zurdazo a la media vuelta. No deja de ser significativo que el riojano empiece a dar pinceladas de lo que creíamos que podía ser en cuanto Valverde decide dejarle rondar la zona en la que se siente cómodo. Pero como Txingurri es tozudo como él solo, habrá que resignarse a verle de nuevo escorado por la banda de babor, alejado del área y condenado a hacer los deberes de Ibai o de ese exasperante Muniain que cada partido que pasa se empeña en demostrar que lo suyo fue fuego de artificio.

El inaceptable partido acabó con un resultado que allana el pase de ronda, pero poca ilusión cabe depositar en esta competición o en la Europea, toda vez que la sensación que plantilla y entrenador , y duele mucho lo del entrenador, es son competiciones accesorias y que sólo hay plantel para apostar por la Liga.

Si hay razones sobradas para pensar que se ha dejado pasar una oportunidad histórica en Champions, si caben dudas más que razonables de cómo y para qué afrontará el equipo la Europa League, si las ganas de llegar lejos en Copa son las que los meritorios de anoche demostraron, da la sensación de que este grupo, con los jugadores en primer lugar, pero con lectura de cartilla a Valverde incluida, necesita que alguien le ponga los puntos sobre las íes.

Son ya demasiadas las veces que fallan en cuanto creen haber alcanzado un mínimo éxito. Aunque quizás la culpa también la tengamos los aficionados, que contribuimos a celebrar los logros parciales con las alharacas propias de las llegadas a meta. Puede que haya que reservar la entonación de la Marcha Triunfal de Verdi para cuando se ganen las finales o se logren clasificaciones en la fase de grupos de la Champions. Porque empieza a parecer que el objetivo es, simplemente, poder viajar a una ciudad lejana a vivir una fiesta diurna en lugar de acudir a disputar una final, o que solo queremos al Athletic como excusa para hacer turismo por Europa.

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El Athletic mejor, gracias

Haciendo lo que, a priori, parecía lógico, que no quiere decir que resulte sencillo, el Athletic ha dado en un mes la vuelta a una situación que se antojaba francamente complicada. Enganchando varias victorias consecutivas, más un meritorio empate en Mestalla, el equipo rojiblanco ha vuelto a reivindicarse como un candidato para, al menos, procurar luchar por las posiciones europeas. Para ello tan solo ha necesitado afianzar el sistema defensivo, a un nivel sorprendentemente solvente, que su centro del campo volviese por donde solía, al menos en lo que a Rico e Iturraspe se refiera, dos futbolistas cuyo rendimiento deportivo va tan unido y donde tanto y tan bien se complementan, al tiempo de que uno hace mucho mejor al otro.

Por si fuera poco, los últimos partidos, el de Ucrania y el de Getafe, Beñat Etxebarria, por fin, comienza a demostrar las razones por las que una directiva tan poco dada a los gastos de relumbrón decidió poner sobre la caja registradora del Betis varios millones de euros. No deja de ser significativo lo de Beñat, que parece llega por una combinación de mejoría física unida al rendimiento de quienes le secundan por detrás, los ya mentados Ander y Mikel, y que Valverde, tan obcecado él para lo bueno pero también lo malo, le haya dado algo de libertad para poder arrancar desde algo más atrás, algo que agradece un futbolista que necesita ver el fútbol más por el parabrisas que por el retrovisor.

Esa mejoría, esa solvencia, unida a un buen tono físico que permite presionar muy arriba a los rivales, tiene su contrapartida en la escasez de ocasiones. Si no han sonado las alarmas viene por los escasos goles encajados –que debían, incluso, haber sido menos de no mediar cierta relajación contra Espanyol y Getafe-, por el funcionamiento de ese San José que sigue reivindicándose como un auténtico peligro en ambas áreas –no parece una gran tarjeta de presentación para un central- y por el estado de forma de un Aduriz que participa en prácticamente todos los goles del equipo, independientemente de quien los transforme.

Así las cosas, y toda vez que en Bilbao las aguas bajan ya más tranquilas, comienza ahora un mes clave para el devenir del Club. Asumiendo que el equipo sacará adelante el encuentro frente al Córdoba y que noqueará en Copa al Alcoyano, llegarán después, y antes del parón navideño, sendas piedras de toque visitando Anoeta y recibiendo al Atlético de Madrid, donde el equipo deberá, independientemente del resultado, demostrar su potencial competitivo.

Antes, valdrá un mísero punto contra el BATE Borisov para optar al premio de consolación del grupo Champions, competición en la que el equipo no ha sabido hacer las cosas como debiera. Hay libertad para etiquetar el asunto, cada uno podrá calibrar si lo tilda de fracaso o utiliza un adjetivo más benévolo, pero lo cierto es que viendo las lecturas que entrenador y futbolistas han ido haciendo tras varios partidos decepcionantes (Shaktar y Oporto en casa) y uno que debe tildarse de ridículo espantoso (en Borisov), es lícito plantearse con qué ánimo va a afrontar el equipo una competición menor como la Europa League.

Existe una segunda lectura del devenir deportivo, que va íntimamente ligada al proceso electoral que el Club puede vivir el año que viene. Se apunta en algunos ámbitos que se mueven los de casi siempre y que se especula con una posible candidatura. Si a día de hoy, como parece, Josu Urrutia se presenta, parece claro que las opciones de otra posible candidatura pasarían por una mala situación clasificatoria, por lo que lo peor para la actual Junta parece haber pasado toda vez que el equipo endereza el rumbo liguero.

Con un balance económico incontestable, con una participación para la Champions League, una remodelación en profundidad en Lezama, el Club alejado de las broncas y follones de antes… parece difícil discutir que Urrutia, si opta a ello, merece un segundo mandato.

La duda, de nuevo, pasar por el banquillo. Esperemos que de no seguir Valverde no se convierta eso en la principal bandera electoral. Sería hacer mucho daño, de nuevo, a un Club que lo que necesita es apuestas a medio y largo plazo tanto para el ámbito de la gestión como el de Lezama.

Lo del banquillo del primer equipo parece otro cantar. El fútbol profesional es ingrato. Y de la misma forma que Valverde pareció el principal artífice de lo obtenido en la pasada campaña, no es menos cierto que tiene una cuota importante de responsabilidad en la mediocre participación europea y el bajo rendimiento en Liga. Eso, y la pobre apuesta futbolística que nos está regalando últimamente, además de lo poco comprensible que resultan muchas de sus decisiones en lo referente a alineaciones y, sobre todo, convocatorias, con entradas y salidas poco coherentes.

Claro que jugadores como Ibai, Muniain o Susaeta no lo están poniendo fácil. 

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No es fútbol, pero sí responsabilidad de sus dirigentes

En España todas las tragedias tienen su vis cómica, para qué lo vamos a negar. Desde Calixto y Melibea, no hay drama que no tenga sus golpes de humor. Así, una cruenta batalla entre esos salvajes que se parapetan en el fútbol por aquello de la comodidad de camuflarse en la muchedumbre para campar a sus anchas, acabó ayer, de nuevo, con un cadáver sobre el terreno de juego liguero.

Otra vez, y las casualidades no existen, en manos de esa caterva de nazis que componen quienes se esconden bajo el nombre de Frente Atlético, que ya acumula su segunda víctima mortal, con la complicidad por haber mirado hacia otro lado durante tanto tiempo de los dirigentes de esa entidad, los giles y cerezos, y gran parte de la prensa deportiva madrileña que ha jaleado y tildado de “mejor afición de España” a esos cuatro mil que detrás de una de las porterías del Calderón han combinado gritos a favor de los suyos con consignas contra casi todo que debieran haber supuesto su ilegalización, pero ya se sabe que en ese Estado los tribunales tan solo actúan con diligencia y contundencia cuando se trata de amilanar a movimientos independentistas.

No deja de tener su aquel el asunto. Doscientos tipos que dicen que han quedado por WhatsApp tras desayunar para darse una buena somanta de palos utilizando el fútbol como trinchera y las ideologías extremas -unos de izquierda y otros de derecha, dicen- como verdadera causa. Es fácil imaginarse a los ultras, ataviados con sus botas militares, chamarras Bomber negras y bufandas rojiblancas con simbología ultra bordadas, sentados en una mesa de algún Vips capitalino. y con las manos libres tras dejar apoyados los bates y demás utensilios, para dar caza al rojo para degustar un buen café con porras. Con porras, sí, que no falten, tan madrileño como cruelmente significativo.

Después batalla campal, con tardía actuación de unos cuerpos policiales teóricamente informados de lo que iba a suceder, y un cuasi cadáver flotando como un pato en el Manzanares. A partir de ahí, actuación de los dirigentes a escala de lo sucedido, lo que viene a dar la razón a quienes opinamos que nada sucede ajeno a la responsabilidad de Tebas, Villar y resto de compinches.

Porque el esperpento, el sainete,  llega a más. Un partido que no debió disputarse bajo ningún concepto como señal inequívoca de que el fútbol debía entonar el “hasta aquí hemos llegado”, acabó con la doble victoria del Atlético, tanto a muertos como a goles, porque la Liga de Fútbol Profesional y la Federación fueron incapaces de acordar la suspensión so pretexto de que desde la LFP llamaban a las oficinas federativas de la calle Alberto Bosch y nadie cogía el teléfono. Esto también tiene su gracia. En plena era de la comunicación, mientras los enemistados ultras se citan por WhatsApp, los también enfrentados Angel María Villar y Javier Tebas no tienen sus respectivos móviles en las agendas. A priori, aparentan estar mucho mejor organizadas las agendas de los salvajes de la grada que la de los gánsteres de los palcos.

Y, por desgracia, nada cambiará. Los dirigentes condenan con la boca pequeña a esos ultras que tan bien les vienen para ganar procesos electorales o controlas asambleas y juntas de accionistas. Es más la necesidad que el miedo a enfrentarse a ellos lo que les ha llevado a subvenciones abiertas y encubiertas, por lo que nada, o muy poco, harán salvo que se les pongan muy en contra.

Hay que ser pesimistas. Ya hay corresponsables  de lo sucedido (léase Gil o Cerezo) que afirman que nada tiene que ver con ellos la muerte de ayer. Lo mismo sucedió cuando Ricardo Guerra apuñaló con alevosía a Aitor Zabaleta. No era fútbol. Era delincuencia. Caza al vasco, odio. No interesó verlo así. Ni se tomaron medidas. Y se siguió alimentando al monstruo. Se continuó tildando de gran afición a los secuaces del asesino de Aitor, pasando por alto sus insultos, sus bravatas, los despliegues de pancartas trufadas de simbología nazi y ultra derechista. Ahora, que se pasa de nuevo de las palabras a los hechos, prefieren limpiar sus conciencias –si es que las tienen- afirmando que no existe relación entre lo que se tolera vociferar en la grada y se pone en práctica en las calles.


Francisco José Jimmy Romero Taboada, con dos hijos y cuarenta y tres años es una triple víctima. Del reincidente nazismo rojiblanco madrileño, de su propia mezcla de odio y fanatismo, y de la connivente y cómplice pasividad de los dirigentes del fútbol. Dan ganas de pedir que se pare el tren y bajarse.

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Poco más que un punto bien trabajado

A ver quién es el que desdeña un punto arrancado a un Valencia enrachado que no había cedido nada en su feudo, sustentado en una buena actuación de contención y sin sufrir demasiadas angustias. El Athletic consigue llegar al temido descanso con algo más de crédito y, lo que es más importante, con siete puntos sobre nueve, en una situación clasificatoria menos angustiosa.

Por delante, ahora, dos semanas con la esperanza de que el descanso pueda servir para recuperar a Aduriz, único sostén ofensivo de un equipo incapaz de generar peligro. Y es que más allá del estado de forma de Aritz, que le posibilita, incluso, inventarse goles de la nada, la inoperancia en ataque de las huestes rojiblancas empieza a encender las alarmas.

Alguien se planteará, con razón, si eran necesarias las alforjas de la alineación del pasado miércoles si para el viaje a Mestalla se iba a apostar por un rosario de cambios tal. Ahora, con un punto arrancado a uno de los gallos clasificatorios parece fácil caer en el buenismo, pero la alineación decretada por Valverde, a pesar de todo, careció de sentido. Alguien explicará por qué Susaeta se cae de la convocatoria el día en que ni Aduriz ni Muniain están a disposición del cuerpo técnico o por qué se cuenta para el equipo titular con los cuasi desaparecidos Viguera o Unai López y, además, fuera de su sitio natural el día en que el equipo debía procurar dar un paso al frente.

Por si fuera poco ya el guirigay, el tierno Guillermo cayó lesionado para la media hora, lo que obligó a Valverde a un carrusel de cambios para no dar su brazo a torcer y dar minutos a Kike Sola. Por no apostar por un relevo puesto por puesto, Txingurri decidió alterar las posiciones de Viguera, que pasó a ser el nueve; de Unai López, que cambió de banda para pasarse a la izquierda; y de de Marcos que cedió la mediapunta al Gatusso arratiano para hacer compañía a Iraola en estribor.

El equipo, curiosamente, mejoró, con Beñat más activo que nunca, aunque caótico a balón parado, la que tiempo ha fue su especialidad, y bajando por momentos a la sala de calderas a ayudar en la salida a Rico y a Iturraspe. Mención positiva merece éste que, aunque aún alejado de su mejor versión, quién sabe si por acusar los golpes de la semana pasada –suplencia en Champions y ausencia de la lista internacional del Marqués Krusty- o porque ya va siendo hora de espabilar y va cogiendo la forma.

En épocas de sequía ofensiva solo queda fiarlo todo a defender las reservas y ahí sí el Athletic lo bordó. Bien cerrado en la vanguardia, desde los laterales al eje, donde la entrada de Etxeita por sí sola no puede justificar la mejoría, aunque sí contribuir, y mucho, a la necesaria eficacia, velocidad, anticipación y, sobre todo, concentración que hacen de la retaguardia zurigorri, hoy por hoy, la mejor –quizás la única- noticia positiva.

El tiempo irá diciendo si afianzarse defensivamente permite ir serenando al equipo, dándole confianza y permitiendo recuperar la mejor versión de Iturraspe para, una vez controlado el centro del campo, donde aún se pierden excesivos balones en fallos forzados y, lo preocupante, no forzados, empieza a llegar cierta fluidez a la línea de tres cuartos.

Porque sabido es que la línea de medias puntas, que parece llamada a estar ocupada por de Marcos, Muniain y Susaeta, se caracteriza más por la estrategia del martillo pilón que la del golpe certero, por lo que para recuperar cierto brío en las llegadas a área rival parece más que necesario que el centro del campo atine en la circulación hacia esa zona que funciona como un embudo, que necesita demasiada cantidad de balones para que por su zona estrecha se filtre alguno aprovechable hacia el área.

Mucho trabajo queda aún por delante. Muchísimo. Porque consumidas ya demasiadas jornadas de la primera vuelta y habiendo dejado por desgana que la Champions se vaya por el sumidero, a este Athletic se le debe, todavía, seguir manteniendo el listón un poco más alto. No tanto en la clasificación, puesto que recuperar lo perdido parece ya una quimera, sino exigirle una mejoría inmediata en el juego, un mayor equilibrio entre defensa y ataque y un cambio radical en actitud y ambición. A ello deben contribuir, más que nadie, los miembros de la plantilla, que se han caracterizado por actuaciones paupérrimas en el pleno individual y en el colectivo. Pero también un entrenador que parece seguir sin tener claro casi nada a día de hoy.


Cierto es que Valverde parece tener un once tipo, el que casi todos tenemos en mente. Pero el problema se presenta cuando es necesario un plan B. En esos casos, Ernesto tiene tantos planes como letras el abecedario. La gestión de la plantilla, desde luego, no está siendo el fuerte del bueno de Ernesto. Y eso, en un equipo de cantera como el Athletic, tiene bastante más trascendencia que en otros sitios. Porque chavales como Unai, Morán o Aketxe lo que necesitan es continuidad y minutos.

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Entrenador y jugadores tiran la Champions

De poco sirve celebrar con todo tipo de alharacas, saltitos más propios de adolescente en concierto de Justin Bieber incluidos, el día que eliminas al Nápoles si a la hora de la verdad te borras, decides no competir. El paso del Athletic por Champions, que vivió ayer su epílogo por más que queden dos torturas por delante, ha dejado mucho, muchísimo que desear. Y no por el hecho de no asumir que los rivales de un grupo a priori asequible hayan dejado constancia de que no se puede, de primeras, restar méritos deportivos a rivales de ligas menores acostumbrados a participar frecuentemente en la máxima competición europea, sino por el mal sabor de boca que deja ver al Athletic de Valverde sin competir en ninguna de las cuatro oportunidades de que han gozado para desplegar un mínimo de ese orgullo que debe ser santo y seña de cualquier equipo que vista de rojo y blanco.

Valverde se ha equivocado gravemente en la competición europea. Lo hizo en Borisov, el Portugal y ayer en San Mamés. Los planteamientos, las rotaciones, las alternativas elegidas para dar descanso a esos que no da descanso casi nunca, no solo no han funcionado sino que le han forzado, además, a rectificarse a si mismo hipotecando las posibilidades de refrescar al equipo cuando fuese necesario. Si agotas dos cambios para enmendarte a ti mismo la plana, poco dejas de margen para buscar el efecto sorpresa en la segunda parte.

Resulta inexplicable dar descanso a un Etxeita, ahora que está en forma, que tan solo lleva disputados dos partidos en una semana  para dar entrada a un Gurpegi que tuvo una actuación calamitosa. O sentar a Iturraspe el día en que su presencia, en el partido más clave de la participación europea, puede ser más relevante que nunca. Máxime si la alternativa pasa por San José, un jugador en las antípodas futbolísticas del de Abadiño.

Pero el problema es más de fondo. De confección de plantilla y de disposición de los futbolistas. Porque si Morán no cuenta quizás hubiese sido más propio contar con Galarreta, por ejemplo. O retrasar la posición de un Beñat qe naufraga semana tras semana en esa media punta que le obliga a ver el fútbol por el retrovisor y no por la luna delantera, como hacía cuando triunfó y se decidió pagar por él un auténtico dineral.

Después de tanta probatura, alguno se da cuenta de que sobraban alforjas, que parece claro que la solución a la media punta, hoy por hoy, pasa por de Marcos, más por descarte del resto que otra cosa; que existe un problema importante con el lateral derecho, donde a Iraola se le escapa el tren del fútbol, puesto que la edad no perdona si, sobre todo, el cuenta kilómetros ha dado ya varias vueltas.

Al margen de decisiones técnicas, insisto, coyunturales y de confección de plantilla, no pueden los futbolistas salir de rositas. Todo lo contrario. Puesto que son ellos los que deben hacer bueno cualquier planteamiento del entrenador, y en Europa han faltado enormes dosis de saber competir, algo discutiblemente lógico, y cantidades industriales de carencia de actitud.

El ritmo parsimonioso, la falta de agresividad, de contundencia, de garra, de carácter, de velocidad, los fallos no forzados (y paro, para no parecerme a José Luis Moreno presentado a la Pantoja en Noche de Fiesta) sólo se puede achacar a un grupo de pusilánimes futbolistas acostumbrados a sacar lo mejor de sí mismos sólo cuando el viento sopla de popa.

Son ya demasiadas las ocasiones en que muchos de los miembros de la actual plantilla han fallado en momentos claves el último lustro. Finales, semifinales, partidos europeos… con varios entrenadores y recayendo la responsabilidad sobre los entrenadores. Que si el sistema de juego y la apuesta del no fútbol de uno, que si la apuesta inviable por el desgaste salvaje de algún loco, que si las elecciones erróneas para las rotaciones del otro…

Pero la plantilla debe reflexionar y ser coherente. Si se quiere competir, se debe aprender a competir. Si se es profesional de élite, se cobra como tal y se negocian fichas a precio de estrella, se actúa como tal.

Duele, y mucho, ver al Athletic atropellado en San Mamés. Se puede asumir la supremacía del rival. Acostumbrados estamos a ver a los zurigorris arrollados por Barcelona y Madrid en muchas ocasiones en nuestra propia casa. Vale. Pero nunca se puede disculpar la falta de ambición, de contundencia, a la hora de hacer frente. Máxime cuando el botín es tan sustancioso como el hecho de poder seguir vivo en nada menos que la Champions League.

Por delante, ahora, la Liga, pues a estas alturas se puede dudar hasta de la capacidad de este equipo de poder (y querer) caer a la Europa League. Seamos coherentes. Si la actitud va a ser la de un grupo de jubilados deseosos de conocer ciudades europeas, quedemos últimos en el grupo, hagamos felices a nuestros vecinos guipuzcoanos igualando su triste tránsito por la máxima competición por equipos de la UEFA y centrémonos en Liga.

Alto se ha puesto el listón -y justo antes del parón, espada de doble filo- antes del partido de Valencia. Que se atenga Valverde a las consecuencias de sus propias decisiones. Porque difícilmente se podrá entender que se opte por no alinear contra el Oporto a los que él mismo considera los mejores si en Valencia el equipo no da un giro copernicano a su injustificable juego y, encima, se viene de vacío.


Era la temporada de la ilusión, de la reivindicación, del disfrutar de nuestra particular forma de ver el fútbol demostrando su viabilidad competitiva, y no puede ser más decepcionante.

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Recuperando sensaciones y obligaciones

Pues sí, sí que ha cambiado este Athletic en el ratito en que, por circunstancias forzosas, uno deja de darle a la tecla. Te dispones a intentar hacerle una reforma al local, darle un aspecto propio de un blog de Champions en el rato en que las obligaciones laborales y familiares lo puedan permitir y se te tuerce todo de la misma manera en que a las huestes de Valverde les desaparece el fútbol de botas y mollera.

Me disponía ya a glosar al Athletic europeo tras el ya lejano encuentro contra el temido Napoli de Benítez, salía de San Mamés pensando qué poner, cómo resumir aquello que prometía ser un Athletic para la gloria, y esa noche a tu futura hija le da por arrancarle ocho semanas al calendario gestacional y te encuentras, así, por arte de birlibirloque con una situación en la que lo que menos te preocupa es la inexplicable caída en barrena del equipo.

Ayer, por fin, pude volver a ocupar mi localidad de San Mamés, en horario de misa mayor en La Catedral, recuperar las buenas costumbres y las mejores compañías. Es lo que tiene la responsabilidad. Dejas al equipo en manos de los otros cincuenta y tantos mil, y no te saben sacar el asunto adelante. Está claro que no puedo delegar, un auténtico  problema, un exceso de responsabilidad, así que fue ocupar mi sitio en la Tribuna Norte y arrancarse el Athletic con las mismas sensaciones con las que lo dejé aquel 27 de agosto.

Enrabietado, peleón, con presión adelantada y tirando de autoestima. No fue, ni mucho menos, un partido para recordar, aunque sirvió para redondear una semana que permiten huir de esas posiciones en las que el bloqueo de piernas resulta anecdótico frente al pánico que produce en los futbolistas la posición en la tabla.

El Athletic jugó una aceptable primera parte, lo más positivo que se puede extraer además de los tres puntos, y una segunda en que tiró de riñón para no verse superado por un Sevilla que no justificó su condición de colíder, toda vez que Emery, ese cretino que propone un fútbol impropio de equipos punteros, creyó innecesario arriesgar lo más mínimo o hacer que su equipo buscase algo más que un golpe puntual al que sacar el máximo rédito.

La victoria resulta clave y un punto para la esperanza. Esperanza de recuperar, sobre todo, el juego y las virtudes de un equipo que en pocos meses ha perdido las señas de identidad de la presión adelantada, el control en el centro del campo y la creación de numerosas llegadas a área rival.

Apoyado en poco más que un gran Aduriz, el Athletic 2014-2015 se ha caracterizado hasta la fecha por parecer un grupete timorato, sin juego por bandas, con imperdonables errores defensivos, sin velocidad ni físico y con una carencia absoluta en el eje del centro del campo, donde la pareja Iturraspe-Rico no han resultado ni sombra de lo que fueron.

Gran trabajo por delante le queda aún a Valverde, convertido en un –al menos por momentos- Pablo Iglesias futbolero que intenta convencer a los suyos con aquello del Podemos, aunque con un programa difícilmente comprensible. Porque al bueno de  Ernesto, por momentos desnortado, se le ha visto superado por las circunstancias y ha realizado excesivo número de probaturas, muchas de ellas incoherentes.

Atrás quedan los fallos contra Rayo (con Gorka sacando de nuevo la guitarra de la funda) o Granada (¡ay!, Iturraspe, qué regalo a tu mentor Joaquín Jesús, ese al que ahora no le gusta Marca), actuaciones estrambóticas e imperdonables como la de Borisov y atracos a mano armada como el de mi admirado Mateu Lahoz, el Elpidio José Silva del arbitraje de la piel de toro.

Por delante, aún, margen para la enmienda. Escaso en Champions, al depender de terceros incluso dándose el aldabonazo de obtener nueve puntos,  donde debería por lo menos mantenerse San Mamés invicto y procurar caer a la fase de grupos de la Europa League; e importante en Liga donde resultaría imperdonable con el actual nivel no quedar entre los diez primeros clasificados en una competición con un nivel paupérrimo.

No está, de todas maneras, despejado el horizonte por más que aflojen las apreturas clasificatorias. La lesión de Aduriz pone de actualidad el debate de lo poco compensada que está una plantilla cuya alternativa al gol pasa por Guillermo, un indolente chaval que aún no entiende las dosis de agresividad y carácter que requiere la profesionalidad de la élite. Que llame a Turín y que se ponga un tal Morata. Si no sabe quién es, puede preguntarle a Llorente. Llorente Fernando, el joven, el guapo, que el otro, el tal Chus, dicen que pasa las horas contando los billetes de quinientos en que cobró su deseada comisión de tres millones.

Claro que si la alternativa a Guillefer pasa por dar minutos a Kike Sola, el lustroso fichaje, al que en la rumorología callejera que explique su condición de proscrito sólo falta que circule una foto en Lezama posando con el pequeño Nicolás, aviados estamos.

Quién sabe. Lo mismo Ernesto cae del caballo camino al Jantoki de Lezama y el bueno de Kike se convierte en el Etxeita de la vanguardia zurigorri. Por que quién le iba a decir al bueno de Xabi que pasaría del ostracismo a adelantar en el escalafón a todo un internacional como Mikel San José. Hay que reconocer que, a veces, los marqueses son unos cachondos.

Seguiremos, repasaremos, pues, lo que de sí este Athletic aquí, en este Zarpazo recuperado más tarde de lo que me hubiese gustado si June, a la que ya sobra salud en la misma medida que a su padre días de sueño y que en cuanto a carácter se parece, por desgracia, bastante más a Aduriz que a Markel Susaeta, me permite entre tantas horas de desvelo un mínimo de frescura que permita dedicarle media horita a repasar la actualidad rojiblanca.


Un placer y gracias.

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Certificando clasificación, solvencia y prestigio

Era un partido importante, puede que el más importante del año, pero más aún lo era para el Sevilla que para el Athletic. Y sirvió, de una vez, para evidenciar que el Athletic es, de largo, el cuarto mejor equipo de la Liga, que lleva encaramado a la cuarta plaza media liga por algo, y que los de Valverde hacen muchas cosas, casi todas, bien.

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Ganando confianza para la recta final

Podemos seguir admirando la racha del Sevilla, inasequible al desaliento en la persecución del Athletic, o reparar en el mérito de los nuestros, encaramados a la cuarta plaza desde hace una vuelta y manteniendo distancias con respecto a los perseguidores. Si tras el partido contra el Atlético de Madrid quedó el regusto de la poca capacidad del Athletic para hacer frente a los colchoneros, a pesar de los pesares, de ser quien era el rival, uno de los mejores –si no el mejor- equipos en lo que a saber competir se refiere, frente a Levante y Málaga, jugando con presión, los de Valverde han sabido sacar adelante con solvencia partidos en los que se jugaban gran parte del crédito acumulado hasta la fecha.

Definitivamente el equipo ha dado el paso al frente necesario y solo así se llega a la recta final de temporada en condiciones de demostrar qué equipo es el que se juega algo sobre el tapete. Pasó contra el Levante, principalmente en la primera mitad, y sucedió ayer frente al Málaga, de forma contundente, brillante por momentos, algo tediosa en algunos instantes, principalmente en la media hora final en la que al Málaga le pesaron los tres goles encajados y al Athletic le faltó, de nuevo, capacidad de finalización.

Con una versión recuperada de un Iturraspe que, a falta de su guardaespaldas, Rico, consiguió asociarse con Morán, quien definitivamente ha adelantado a Beñat en el reparto de galones; el dinamismo de Muniain y, sobre todo Susaeta; el sentido de juego de un Herrera que brilla cuando deja de evidenciar que le gustan los tacones más que a La Otxoa; y el estado de forma enorme de Aduriz, un delantero con mayúsculas al que le llega el merecido reconocimiento al final de su carrera, el Athletic se despachó a un Málaga que padecía una indolencia contagiada desde su banquillo, desde donde Schuster aportó lo mismo que hubiese podido contribuir desde la playa de Torremolinos.

Fue justo vencedor el Athetic y pudo –por qué no, debió- haber obtenido una victoria sonrojante, aunque lo logrado fuese otro golpe en la mesa más que evidente para avisar a los rivales que mucho deberán hacer para recortar, al menos, seis puntos de ventaja sobre quince posibles. A expensas de lo que pase en Barcelona, donde cualquier resultado puede ser verisímil en el estado de descomposición deportiva y social que viven por el Camp Nou, poco más se les puede pedir a los zurigorris a partir de ahora. La clasificación para la Champions continúa dependiendo del acierto propio a la espera de los tropiezos ajenos, y el partido contra el Sevilla ya queda marcado en rojo en el calendario como la batalla clave para dilucidar, casi definitivamente, quién se quedará en propiedad con el pasaporte de la cuarta plaza.

La lógica futbolística, esa que cada jornada siempre queda desafiada, hace pensar que el Athletic llegará con tan solo tres puntos de ventaja frente a sevillistas, por lo que todo hace pensar que lo que seguramente será calificado como final pueda marcar, en caso de obtener la victoria, salir a falta de tres jornadas con seis puntos de ventaja y el goal average a favor. Independientemente de lo que pase en Barcelona, por tanto, hay que centrarse desde ya en convertir San Mamés en el fortín definitivo en el asalto europeo.


Precedentes no tan lejanos existen, aquel impresionante tres a cero del año 2009 en el que el público llevó en volandas al equipo a la victoria desde mucho antes de que Mejuto pitase el pitido inicial. Ese es el modelo, esa es la vía, eso es lo que se trata de emular y repetir, con la diferencia de que cualquier victoria vale. Y ahora que del Nido viste traje de rayas, además, sería cruel que nadie sugiera tan siquiera que se coma ningún rabo.

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Toca ser optmistas

Ya lo dejamos aquí escrito cuando la eliminación copera y los argumentos sirven para analizar lo del sábado, seguramente el mayor fiasco de la temporada de un Athletic al que todos esperábamos en su versión más competitiva y nos tuvimos que conformar con un equipo al que le faltaron dosis importantes de personalidad.

No hay más cera que la que arde y el Athletic, que es cuarto porque es el mejor equipo de su liga, está en un escalafón inferior, a años luz de la capacidad para competir que tienen los tres primeros de la tabla.

Afortunadamente los perseguidores no aprovecharon el tropiezo de los de Valverde y, otra vez, lo que podía haber supuesto sentir el aliento en el cogote de donostiarras, sevillanos o castellonenses, se quedó en un exiguo punto de ventaja perdido que si bien a priori parece poco, situaría, por ejemplo, a los txuriurdin a dos victorias a la espera de dilucidar el goal-average particular.

La tentación de echar cuentas cada jornada es comprensible, pero de poco vale y menos en una competición en la que se tarda tres días en completar la jornada, con análisis que van variando a medida que se producen los goles en los campos. Por ejemplo, ayer, cuando la Real preocupaba hasta que Osasuna salió en auxilio, como luego sucedió con el Elche, del actual propietario de la cuarta plaza.

No lo va a tener fácil el Athletic, a pesar de que la próxima jornada, rindiendo visita a Caparrós, saldrá al campo sabedor del resultado de sus rivales, pero sí parece adivinarse en los pupilos de Valverde menos brillo del que llegaron a tener a finales de la primera vuelta o entre enero y febrero. Por eso fue decepcionante la derrota frente a los colchoneros, máxime después de ponerse el viento de popa tras el tanto de Muniain.

Y los fallos fueron colectivos y también individuales. Porque para maniatar a los de Simeone tocaba bregar, luchar y acertar con el balón, pero los nuestros no supieron. Superados en intensidad y personalidad casi todos, quizás haya que salvar a Aduriz, Rico o Laporte, únicos supieron a qué tocaba jugar, mientras que Muniain, a pesar del gol, Susaeta y de Marcos parecían mantequilla futbolera para gentes con los espolones que poseen los raulesgarcías que pueblan el centro del campo colchonero.

Hablando de de Marcos, poco aprovechó la ocasión para reivindicarse como alternativa en un puesto en el que algunos aún creemos que es donde mejor puede rendir. Decepcionó el de Biasteri, aunque fue todo algo generalizado. Iturraspe, ancla y compás, se vio superado por la presión y protagonizó pérdidas de balón (verbigracia el primer gol) en él ya poco habituales.

Ahora, además, se junta la ausencia de la pareja de centrales que ha venido siendo eje y base del gran comportamiento del Athletic. Sin Gurpegi y, circunstancialmente, sin Muniain, preocua ver el rendimiento de una zaga que padece demasiado con San José de central e Iraola de lateral, ambos carentes de la velocidad que el equipo necesita. Qué tendrá el central navarro más allá de un incuestionable manejo de balón para ser la opción preferida de Valverde o Bielsa para el eje de la zaga es otro de esos expedientes X zurigorris.

Txingurri, al que se le ve consciente de no estar pudiendo administrar el banquillo con el acierto que sí tuvo durante tantas semanas, en gran medida por el bajo rendimiento de las alternativas a los jugadores lesionados, deberá apretar a los suyos para seguir en la línea de las últimas jornadas.

Porque a pesar de la falta de brillantez, el Athletic sigue siendo cuarto por méritos propios y lo tiene fácil –o mucho más fácil que sus rivales, al menos- para quedarse con la plaza en propiedad. Ahora puede ser momento para ver la garrafa medio vacía, basado en todo lo dicho anteriormente, o ser consciente de la importancia de ser tuerto en el país de los ciegos aspirantes a viajar por Europa la próxima campaña.

Debe quedar claro que a lo largo de una temporada hay todo tipo de situaciones y altibajos, por lo que saber mantenerse ahora contra viento y marea es la principal prueba de fuego del equipo. Dos tropiezos como los sufridos contra el Espanyol, verdadera sorpresa, y el más lógico contra el Atlético no deben impedir valorar en sus justa medida lo realizado hasta ahora. Y sí, nada es sencillo, pero si no lo es para el Ahtletic, al que podrían bastarle doce puntos para conseguir el objetivo, qué no pensarán en Sevilla o Donostia con seis puntos menos y sendas salidas a San Mamés.

Toca militar en el optimismo, no generar alarmas innecesarias y confía en quienes tan bien lo han hecho hasta ahora. Un tropiezo contra el líder, contra nuestra particular bestia negra, con quien provocó el siniestro total de Bucarest puede resultar hasta asumible.


Y sí, claro que sí, claro que me acuerdo de Teixeira… es malo, malísimo, un incompetente. Y quien le consiente trotar por los terrenos de juego pito en mano cada semana un sinvergüenza.

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Un tedioso empate de los que consolida

Puede que el punto sea bueno, que ya ha quedado más que acreditado a lo largo de la temporada que los resultados son buenos o malos en función de lo que hagan los rivales aunque en estas jornadas maratonianas de tres días, en las que los partidos se suceden a modo de las sesiones continuas de las salas de cine de antaño, tan pronto se celebra un lunes un tropiezo de la Real y toca resetear la calculadora para volver a hacer cálculos un martes.

Insisto, seguramente el punto sea bueno, desde luego no se hizo acreedor el Athletic a nada más, pero el espectáculo –dejémoslo en presunto- fue, francamente, lamentable. Entre el viento, que contribuía a hacer impracticable el despliegue de un mínimo de sentido en el juego, el ritmo del Elche, rozando la hiperactividad cuando no la histeria, y el desatino generalizado, en especial en los tres de la media punta, con especial mención a un Herrera desnortado que Valverde incomprensiblemente mantuvo contra viento y marea, hicieron que el Athletic saliese movido en la fotografía del Martínez Valero.

Cierto que no ayudó el árbitro de turno, navarro como Undiano, el colegiado de moda, que se ha debido de fijar como medida autodisciplinaria no superar el número de cuatro tarjetas por partido y dejó campar a Botía por el campo como si tuviese el pedigrí que los referee suelen reconocer a un tal Xabi Alonso, un futbolista brillante con el balón en los pies que se disfraza de guillotinador cuando lo pierde.

Mientras se suceden el resto de encuentros de esta jornada, habrá que convenir que, como decía el Valverde, el punto es bueno. Los perseguidores, en el mejor de los casos, y está por ver, recortarán dos puntos al Athletic lo que les obligaría a ganar un partido más que los zurigorris una vez consigan salvar la actual diferencia de puntos. Y como no se trata de ser más papista que Jagoba Arrasate, que empieza a entregar la cuchara de la Champions para indignación de recaldes, fanos, becerriles o irazustas, habrá que abrazar el optimismo, llenar la Catedral el sábado y procurar que no se escapen los tres puntos.

Porque la remada, aunque sea corta como la de Elche, ayuda a llegar a la orilla. Claro que para eso será necesario mejorar mínimamente el juego, sobre todo en una medular que borda lo táctico gracias a Iturraspe y Rico, pero que falla estrepitosamente en la creación, en la precisión, en las entregas en el momento oportuno. Sucedió contra el Getafe, donde una abusiva posesión de balón no se tradujo en ocasiones y mucho menos en goles por los problemas en la definición, seguramente el problema estructural más insalvable de ese equipo.

La definitiva vendetta contra el Atlético de Simeone debiera ser un acicate suficiente como para que San Mamés se vista las pinturas de guerra zurigorris, porque nada más contribuiría a dar un puñetazo en la mesa europea que una victoria. Sin Herrera, que cabe penar que será reemplazado por de Marcos, el comodín que ayer jugó de centrocampista un rato y de lateral otro, toda vez que Beñat no parece gozar de galones en el escalafón de Txingurri, el Athletic deberá destapar el tarro de las mejores esencias, el de la presión y velocidad, el de la paciencia ante un equipo que se acoraza, el de la precisión en el pase y más aún en el remate.

El reto se presenta apasionante, aunque no debería perderse la perspectiva. El Atlético se juega tanto como el club del que procede, por lo que no será mala oportunidad para que el equipo ponga en práctica la zorrería que su entrenador demuestra en banda, salas de prensa y en la vida en general.

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Ya no le hacen un traje por la Comunidad Valencia

No puede decirse que se haya saldado la tourné por tierras levantinas toda vez que el Athletic, tras uno de los exámenes más complicados de la temporada, sale reforzado en la tabla del doble enfrentamiento contra equipos contra los que, tradicionalmente, siempre ha tropezado. Si el punto de Valencia fue bueno por las formas y, además, lo hicieron aún mejor los perseguidores con sus tropiezos, en Vila Real se trataba de evitar, como fuese, que el submarino amarillo recortase distancias en la oportunidad más propicia.

No empezó nada bien la cosa y tampoco es que finalizase como para molestarse en archivar el encuentro en la videoteca, pero esto de la cuarta plaza tiene su aquel y para conservarla hay que saber pelear y sufrir. Lo supo hacer el Athletic como también lo supo hacer el Villarreal, no nos confundamos. Los de Marcelino, un caballero de esto del fútbol, sabedores de las virtudes de los rojiblancos salieron a presionar como si no hubiese un mañana con objeto de no dejar maniobrar con soltura a la sala de máquinas zurigorri. Así, Rico y Herrera firmaron uno de los peores encuentros de los últimos meses e Iturraspe se vio incómodo y superado por momentos, a pesar de ser en todo momento quien procuró que imperase un mínimo criterio.

Al músculo del Villarreal se le contraponía un Athletic voluntarioso que no encontró su sitio, lastrado por los fallos forzados por la presión castellonense y los errores en las entregas, constantes en Rico, impropios en Herrera y desesperantes en un Muniain al que cada vez queda menos margen para justificar en el campo la reivindicación deportiva que justifique la cifra que pretende poner sobre la mesa de Josu Urrutia.

El partido estaba complicado, el Athletic tenía el balón, de forma apabullante, pero no conseguía hacer nada meritorio con él, y al Villarreal no le fructificaba la fuerza. En partidos como ese la calidad cobra más impotancia que nunca. Los detalles, la precisión, son claves. Y que Aduriz marrase el penalti claro que González González apreció por mano de Gabriel, seguramente, pudo ser la razón principal por la que el Athletic ayer no pegase un puñetazo clasificatorio en el mostrador del ambigú en que ha convertido Tebas esta liga.

El Athletic marchó al vestuario desquiciado, como protagonizando un sketch del programa de Benny Hill, y la reanudación no deparó nada mejor toda vez que en un minuto a Balenziaga le faltó decisión para frenar a Óliver Torres y permitir que diese su primer pase de gol en primera. A partir de ahí, más de lo mismo, el Athletic pasaba un bache del que no tardó demasiado en recuperarse, principalmente cuando Rico se vio algo más adelantado.

Con todo, a pesar de que el Athletic mejoró cuando se vio obligado a ello, con un Villarreal agazapado que renunciaba al balón y aguardaba la contra, el decorado no cambió en exceso ni tan siquiera con la expulsión de Gabriel por saltar con el codo ante Aduriz. Trabado el juego, con pérdidas de tiempo constantes, con las asistencias desaparecidas y los camilleros viajando a Vila Real desde las playas de Alicante cada vez que eran requeridos, las huestes de Marcelino recibieron el peor de los castigos, perder dos puntos que creían tener amasados en los últimos minutos del partido, en una jugada, esa sí, en la que el Athletic demostró la razón por la que se encuentra acomodado en la cuarta plaza. Al pase templado de Iturraspe respondió Aduriz, al que se echará en falta el sábado, con un cabezazo de los que a final de temporada pueden suponer un pasaporte para la máxima competición continental.

Ladró Marcelino, como era de esperar, y pagó su frustración con Valverde, demostrando una vez más su catadura moral, su deportividad y su saber estar. Es lo que queda, seguir padeciendo esa leyenda del villarato, aunque nadie se moleste en contrastar si en las últimas jornadas, y salvo en Sevilla contra el Betis, el Athletic se ha beneficiado de algún regalo.

Por aquí, a lo nuestro, que bramen en la Comunidad Valenciana –allá por dónde antes al Atheltic le hacían un traje cada vez que iba de visita- y que vean oscuras conspiraciones en Donostia, donde ni los profesionales del fútbol parecen ver los partidos, pero todos tocan de oído. Por el odio, claro.


P.D. Recuperado y reincorporado retomo las líneas del blog, que siete años de historia no se abandonan sin previo aviso de la noche a la mañana.

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Tertulia de la hora del Athletic

De tertulia sobre el Athletic con los periodistas Txetxu Ugalde, Iraia Hermosilla de Vavel.com y Endika Martínez de Sportprest.com en la tertulia la Hora del Athletic que dirige y presenta Roberto Lumbreras para comentar los partidos de Copa y Liga contra los equipos madrileños y todo lo que dieron de sí: la apuesta por De Marcos para el lateral derecho, la capacidad de reacción de los zurigorris tras el gol de Jesé, la nueva actuación  como revulsivo de un Ibai Gómez que reivindica más minutos a base de goles, la polémica tras la expulsión de Cristiano Ronaldo y la campaña mediática posterior con Gurpegui como diana.

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Mucho más que un punto

Es complicado hacer un mínimo balance en estos partidos contra el Madrid, que se viven desde la rivalidad más absoluta, desde las antípodas en la concepción de un deporte que es capaz de emocionar, como lo hizo el Athletic, a todos sus aficionados, que ayer eras los propios, que son bastantes, más los detractores del equipo de Florentino, que son bastantes más.

Y volvió a regalar un encuentro para sentirse orgulloso de quienes defendieron la zurigorri, por las formas y el fondo. Por pelear limpiamente por una victoria, basándose en su fútbol, que no es más –y ojo, que es mucho- que una combinación de velocidad, intensidad y garra, o sea, los ingredientes clásicos. Enfrente, lo contrario. Un acorazado, con una pegada impagable –de hecho, se compra a plazos que no se abonan-, un centro del campo que mezcla en igual proporción la calidad y la licencia para repartir estopa con impunidad y una defensa portentosa a la que se aplica un reglamento específico, escrito en Madrid, por las noches y bajo los focos, en los platós de los programas que hablan de fútbol, o sea, del madrí, en los canales de la tdtparty.

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Eliminación digna

No pudo ser, casi como cabía esperar, a pesar de que se intentó y, por momentos, pudo haberse puesto la eliminatoria en ventaja. Poco se le puede achacar al equipo, al menos en actitud, en entrega y en ganas de ir a por la eliminatoria. Salvo un despiste de inicio, y los diez minutos tras el descanso, que dio la sensación de que alguno confundió con tiempo para la siesta, lo cierto es que el equipo compitió con sus armas hasta el final.

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Consolidándose a base de solvencia

A pesar de arrancar el encuentro con la cuarta plaza asegurada, no se trataba de un examen menor al que el Athletic se enfrentaba en el Viejo Reyno. Al alcance estaba poder consolidar la posición y aumentar la brecha con respecto a los perseguidores toda vez que en el perfil del calendario liguero empiezan a vislumbrarse las etapas de montañas. Dicho y hecho, el Athletic tardó poco más de dos minutos en demostrar que algo va cambiando en la mentalidad del grupo, el tiempo que se necesitó para evidenciar que se afrontaba el encuentro con convicción. Aduriz, que luego se convirtió en protagonista clave del partido, robó un balón para que Rico cocinara un pase y Susaeta, sí, Susaeta, no perdonara desde la frontal.

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Vivos pese al mal partido

Si se trataba de volver vivos del Calderón, habría que dar por bueno el resultado, con matices, por aquello de no haber conseguido, al menos, marcar, pero con opciones de seguir adelante en Copa. Lo cierto es que el regusto tras el partido no fue dulce, ni mucho menos, puesto que el Athletic volvió a evidenciar que no está, aún, al nivel de los tres primeros de la Liga de cara a poder competir con ellos de tú a tú.

El juego de los rojiblancos dio unos pasos hacia atrás, pareció verse aquel Athletic a domicilio que tanto preocupó allá por septiembre, octubre, incluso noviembre, cuando la diferencia de juego entre los partidos de casa y a domicilio era abismal. Decepcionó algo el Athletic, jugó a ritmo lento, no consiguió dominar ni el centro del campo, ni el juego, ni tan siquiera dio la oportunidad de reiniciar el debate de la falta de pegada, como sí pasara en anteriores eliminatorias coperas o en partidos recientes como Anoeta.

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Otro importante paso hacia adelante

Poco más se les puede pedir a un partido y a un equipo. El Athletic salió a por el partido, a defender su posición europea y lo hizo de inicio a fin, dejando claro para los tres minutos que pretendía obtener los tres puntos a toda costa. Enchufado a más no poder, con un gran ritmo y dinamismo, con una banda derecha que se convertía en un cuchillo, con un Ibai en su versión más positiva, con un Iturraspe que no es noticia pero que sigue siendo clave en el juego y en el rigor táctico del centro del campo, con el mejor Herrera –por fin- del curso y un Aduriz enchufadísimo que peleaba por rematar y asistir a sus compañeros, sin perderse en otras batallas difíciles de ganar.

El partido venía de cara, parecía que era cuestión de pocos minutos certificar con goles la enorme diferencia sobre el césped, que la única voluntad de buscar la victoria era del Athletic y que el Valladolid se conformaba con acumular futbolistas, intentar defenderse y esperar a que se obrase el milagro. Y así fue. Para eso del cuarto de hora, una pérdida de Herrera en la frontal se convertía en una contra del Valladolid parsimoniosamente defendida por un Athletic al que se vio ciertamente sobrado, confiado a la hora de atajar la jugada.

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Haciendo los deberes

Ya está, objetivo cumplido. Se trataba de pasar de ronda y de enmendar lo que la falta de puntería impidió comenzar a resolver en el Villamarín, pero este Athletic ha decidido comenzar a escribir la leyenda de este San Mamés desde el principio y el nuevo campo se ha convertido en el mejor talismán para el grupo que dirige Valverde.

No fue un día en el que la climatología ayudase, por la incomodidad de un viento Sur que casi siempre suele ser sinónimo de malas noticias, pero ni eso sirvió como excusa para que inasequibles al desaliento los zurigorris despachasen al equipo del inefable Garrido, que mejoró con respecto a la versión que mostrara hace una semana, principalmente en la segunda parte y cuando con la eliminatoria igualada y perdida olvidaron los rigores tácticos dictados por el entrenador y dejaron de acumularse delante de la caverna defendida por el tal Sara.

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Cerrando vuelta y alguna boca

Es tal cantidad de minutos de radio o televisión y de líneas de prensa escrita las que genera el fútbol, las que hay que ocupar cada semana (o tres días este mes de enero), que se crean teorías tremendistas y análisis de situación tras cada partido. La última apuntaba a la falta de pegada del equipo, que siendo cierta no significaba, por sí misma, que el Athletic tuviese un problema estructural con el gol.

Pero ya daba igual. Se presentaba a Valverde preocupado por la falta de gol, indeciso y reflexivo ante la falta de puntería de sus delanteros, se empezaba a especular con búsqueda de goleadores fuera del club –por ejemplo Viguera del Alavés- mientras el equipo, y sobre todo el cuerpo técnico, apelaban a la tranquilidad y a que de seguir haciendo las cosas como se estaban haciendo acabarían por llegar los resultados.

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El Athletic vuelve a perdonar

Fue un partido perfecto el del Villamarín para seguir manteniendo el mismo rictus que tras la finalización del de Anoeta. De tonto. Porque cuesta digerir, y más por segunda vez consecutiva en tres días, que un equipo que baila al rival, que lo maniata, que le quita el balón y lo somete a su juego, pueda acabar perdiendo los encuentros. Pero así volvió a ser, otra vez, y por los mismos motivos, la incapacidad para traducir en goles un dominio sonrojante.

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La hora del Athletic

De tertulia sobre el Athletic, presentada y dirigida por Roberto Lumbreras de La Hora del Athletic. Esta semana con Iraia Hermosilla, de Vavel y el periodista Juanma Velasco, que son los que aportan la seriedad, y yo, para decir alguna que otra astracanada.

Charlamos sobre si la primera parte de los rojiblancos fue mejor que la segunda, en qué medida influyó el gol de Griezmann, los cambios de Valverde y Arrasate, si la derrota fue tan inesperada como señalaba Valverde, la suplencia de Iraola, la incógnita de qué sucede con Beñat... Un repaso al derbi y unbreve
análisis al partido de hoy en el Villamarín.

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Rosco contra los monárquicos por falta de pegada

Pues no, no hubo manera. Puede que la derrota en Anoeta fuese lógica, que entrase dentro de lo previsible cuando toca viajar a un destino en el que ganar al Athletic casi justifica la temporada y en el que, además, circunstancialmente se daba la paradoja de ser rivales directos en búsqueda de la demandada cuarta plaza,

Puede, además, resultar ridículo plantearse ganar en plena noche de reyes a un equipo que lleva sangre azul hasta en el nombre y en una ciudad históricamente tan entregada con coronitas, generalísimos o duquesas de alba, por lo que por mucho que un generoso Athletic desplegara un planteamiento ganador y un esfuerzo titánico, el guion de ayer lo había escrito en forma de carta a Baltasar un guipuzcoano.