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Hernández y Griezmann, a pares

Empecemos por hablar de fútbol, que el resto encabrona. Para alabar la intensidad del Athletic en la primera mitad, importante, y para lamentar la ausencia de la misma los días en que verdaderamente te puede aportar opciones de ganar. O sea, contra Granada, Córdoba, Eibar… Y para volver a destacar la dependencia excesiva que este equipo tiene de Aduriz, su intrascendente centrocampismo, la manifiesta incapacidad para transformar posesión en llegadas con peligro, en ocasiones, en lo verdaderamente útil en esto del fútbol.

Marea el Athletic el juego. Toca y toca, mueve y mueve, pero sin llegar a ningún lado. El control del balón se traduce en una horizontalidad en la medular de la que poco puede aprovecharse. Se echa en falta velocidad. En las piernas y en las ideas. Puede que ayer no fuese el día, lastrado el equipo con dos ausencias hoy por hoy importantísimas. Pero resulta exasperante la falta de fruto a tanta llegada hasta línea de tres cuartos, en un equipo que rara vez progresa, que ni sabe chutar con potencia ni penetra en el área para provocar quebraderos de cabeza a la defensa rival.

Por eso, al descanso, y pese a haber protagonizado una buena primera mitad, nadie en San Mamés las tenía todas consigo. Y existían ciertos temores a qué podía de dar de sí el colegiado de turno, que ya había enfadado al público sin haber existido jugadas polémicas. Pero se intuía por dónde iban a ir los tiros.

Y sucedió, otra vez más. Y van demasiadas, porque el Athletic es el único animal futbolístico que tropieza cuantas veces sean necesarias en las piedras del Manzanares. A la vuelta del descanso, tras una pérdida de balón y la consiguiente de posición de Balenziaga, además de cierta falta de tensión defensiva, Juanfran ponía un balón en el área rojiblanca que Griezmann, que no es Urzaiz, remataba sin oposición.

Era la primera llegada de peligro del Atlético y la rentabilizaba al máximo, para desesperación local. Por mucho que diga Valverde, además, no se puede hablar ni de justicia ni de injusticia, y sí parece claro que algo falla cuando siempre contra el mismo equipo se repite la historia. Quizás no sea falta de tensión, quizás. Pero lo parece. Como también parece claro que la pérdida de balón está relacionada con esa excesiva querencia del equipo hacia los pases intrascendentes que, unidos a la falta de precisión de algunos, llevan a pérdidas muy comprometidas en zonas del campo en las que los fallos se pagan demasiado caros.

Y cabe, otra vez más, preguntarse por la coherencia con que se están elaborando alineaciones e, incluso, convocatorias. Méritos de unos y deméritos de otros. Por qué Viguera, por ejemplo, paga con su caída de la convocatoria haber resuelto a base de goles la bochornosa actuación copera. Máxime en un equipo en el que pocos parecen capacitados para anotar. O qué pasa con Beñat, de nuevo desaparecido en una ocasión en que había hueco para poder formar en la sala de máquinas, superado por San José en las preferencias del entrenador. O para qué se mantiene en plantilla a un chaval como Morán, al que flaco favor se hace no posibilitando su salida.

Hace tiempo que no se entienden las apuestas de Valverde. Principalmente la de Gurpegi, facilitador del tercer gol colchonero con una caída por resbalón que lleva a preguntarse si iba debidamente calzado, y que acumula excesivos errores en esta campaña puesto que el tiempo y las lesiones no pasan en vano. Como difícilmente se explica que con tanto debut intermitente de meritorios, no se pruebe nada para el lateral derecho que permita rescatar el dinamismo de de Marcos para el centro del campo.

Tiene deberes el Athletic para estas vacaciones. Demasiados. Porque llega vivo en las tres competiciones y, sin embargo, la ilusión no está en los niveles que debiera. Los cuatro meses de liga han dejado muchos interrogantes, malos resultados y peor juego. En la Copa se ha pasado de mala manera frente a un Segunda B y en Europa League quedan dudas de la seriedad con que se afronte toda vez que en Champions, mucho más motivante, se ha dejado pasar la oportunidad de competir.

Y ahora, ahora sí, se puede hablar de Hernández Hernández, ese atolondrado canario con nombre artístico de detective de Tintín y que deja de manifiesto que las letales consecuencias de que tus padres sean primos llegan más allá de los borbones. Lo más peligroso de un árbitro son los prejuicios, mejor dicho, la premeditación, cuando se sale a un campo con las ideas claras de lo que se va a hacer. 

Fue el caso. Pronto se vio la fijación del trencilla por Aduriz, al que no señaló faltas a favor y corrió a amonestar en la primera oportunidad que tuvo. Significativo. Como lo fue con el juego subterráneo del Atlético, con ese juego barriobajero que solo da frutos cuando cuenta con la pasividad arbitral. En eso se basa eso que el chorrismo ha dado en llamar cholismo: jugar más allá del reglamento con la aquiescencia de los que debieran repartir justicia. Y es que en poco tiempo el Atlético de Madrid ha pasado a gozar de la bula arbitral que antes solo tenían otros equipos capitalinos, con el patrocinio y el jaleo de la prensa madrileña, que tan solo brama cuando la agresividad colchonera topa con alguna estrella merengue.

Es más de lo mismo, una de tantas decisiones extradeportivas que condicionan la liga. Porque el Atlético de Madrid es el ejemplo más claro de la basura en que se convierte una competición cuando a un equipo con una deuda galopante, que lo hace inviable económicamente, se le consiente seguir dilapidando dinero en fichajes. Si a eso se une la permisividad arbitral con un juego fuera del reglamento, con un entrenador que fomenta como nadie la trampa, la pérdida de tiempo y la agresividad mal entendida, se tiene como resultado un equipo que acumula títulos como paradigma de la antideportividad.

Pero la culpa no es de quien aprovecha lo que le consienten. La responsabilidad está en quien hoy no decidirá que el tal Hernández se pase una temporada larga sin pitar, en quien acabará premiando la faena de aliño del impresentable canario. Porque hay decisiones que no se pueden entender como errores. El árbitro de ayer estaba esperando. Se le vio desde el inicio. Y el ímpetu le traicionó en el momento de pitar el penalti a San José. Estaba bien situado y le pudieron las ganas. Como antes le habían podido al amonestar a Aduriz. O cuando debió ver que el cuarto gol colchonero de la noche no podía subir al marcador, por mucho que su asistente no lo viese, puesto que en el campo, incluso desde la tribuna contraria, pareció claro que el Francés estaba adelantado. Pero hay que querer. Y Hernández no quería. Estaba loco por la música. Sabe demasiado bien qué tiene que hacer para sobrevivir en la jaula. Nadie en Madrid cuestionará hoy su labor, pasará desapercibido en la prensa capitalina, y eso es clave para no ser candidato al descenso.

Este show está lleno de cinismo, pero es lógico, hay demasiados intereses en juego. Por eso el Athletic lo tiene complicado si no compite siempre como lo hizo ayer en la primera mitad. Y también lo tiene difícil si los jugadores fallan estrepitosamente o si el entrenador no contribuye con sus decisiones a una apuesta coherente, que pasa por tener las ideas bastante más claras. De con quiénes sacar adelante esto y, sobre todo, de apostar por otra forma de jugar a fútbol.

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Un punto. Sólo un punto.

Cuestión de actitud y de intensidad. Y no es nuevo. De siempre, pero ha cobrado especial relevancia esta temporada. Pasó en Borisov, y no se espabiló, se tiró la Champions y aquí no pasó nada. Beti zurekin. Pasó contra el Córdoba, como antes sucedió contra el Granada, y tampoco pasó nada, al fin y al cabo se venía de maquillar el ridículo contra el Alcoyano y tampoco parecía que nadie tuviese la necesidad de reivindicarse. Posteriormente el equipo se aplicó el maquillaje contra el BATE y casi  todos contentos, porque ahora parece un éxito salir a la calle Ledesma por la puerta trasera después de haber tenido la oportunidad de entrar a los grandes almacenes de la UEFA por el espectacular escaparate de Gran Vía.

Lo que sucede en el Athletic sólo es cuestión de conformismo, de pulso competitivo, de ilusión, de motivación. Y a ello contribuimos todos, desde los aficionados, que generamos ídolos con pies de barro ascendiéndolos al olimpo del fútbol con diecisiete años ,para crear después muñecos rotos muy bien pagados que deambulan por la banda siniestra dejando constancia a los veintipocos que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Cuando se salta al campo creyendo que se está a un nivel superior y se olvida la importancia de la pelea para demostrar la superioridad, el Córdoba te vence sin remisión. Cuando se salta al campo de un rival que siempre se toma esto de los ya mal llamados derbis como si no hubiese un mañana, pasa lo que pasa casi siempre en los partidos de Donostia, que se lleva el gato al agua el único que parece tener interés en vencerlo. Salvo que, como ayer, se te pongan los elementos de cara, el rival falle cara a puerta como tú sueles acostumbrar, y después de que decidas ponérselo cuesta abajo con una autoexpulsión (en la que el sobrado jugador tiene la culpa y el entrenador una parte importante de responsabilidad), rezar para que Canales no te ajusticie cuando más duele.

Y es que molesta ya la actitud del Athletic, que obtuvo un punto en Gipuzkoa, el mejor resultado al que pudo aspirar con su despliegue timorato y juego ramplón. Porque empatar hubiese sido un gran resultado de haber vencido al Córdoba, de no recibir la próxima jornada al Atlético de Madrid, la antítesis futbolística de los nuestros.

Y es evidente que hay que mirar al césped, a esos futbolistas Guadina que dan una de cal y tres de arena, que acumulan excesivos fiascos, no por los fallos derivados de las carencias futbolísticas, que esas se deben perdonar, sino por los déficits de entrega, de motivación, de concentración, de pulso competitivo, en definitiva.

Y se debe mirar al banquillo, claro está. Porque a Valverde a estas alturas no le comprende ni el propio Ernesto. Semana tras semana, partido tras partido, acumula decisiones extrañas, cuestionables, incoherentes. Apuestas de quita y pon, debuts que recuerdan a épocas pasadas, cuando la alineación de canteranos parecía más buscar el objetivo de poder algún día afirmar que tal futbolista debutó bajo las órdenes de tal entrenador.

Porque el principal cometido de un entrenador es hacer que funcione lo que no lo hace. Es decir, contribuir en el caso del Athletic a que exista una mayor finalización de jugadas de ataque. Primordialmente. A conseguir dinamizar el juego por bandas, a conseguir que exista movimiento en la línea de vanguardia, donde el equipo maquilla su inoperancia en base al gran momento que vive un tal Aduriz, un chaval de nada más y nada menos que treinta y cuatro años. Un riesgo en toda regla.

No hay apuestas claras. Ni tan siquiera conceptos claros, al menos. Porque hoy se opta por un perfil de jugador para ocupar posición de banda y mañana otro. Hoy confío, por ejemplo, en Unai López y mañana ni tan siquiera lo convoco. Cierto es, y hay que ser justo, que el nivel de los centrocampistas del Athletic está siendo absolutamente decepcionante, ninguno aprovecha el tropiezo ajeno para opositar a una plaza en propiedad.

Claro es que tampoco Valverde perdona igual los fallos de unos y otros. Así, Beñat se convierte en sospechoso habitual mientras que Muniain acumula tantas oportunidades como Platanito.  Puede que la política de volantazos de Ernesto se deba al rendimiento y actitud de los futbolistas, puede. O puede que el rendimiento de los que visten de corto no sea el que se les supone por la asimétrica política del palo y la zanahoria que aplica Don Ernesto.

En cualquier caso, los problemas ahí siguen, sin solución. Un equipo de cantera no tiene más alternativa a Iraola que de Marcos, el futbolista que a cada oportunidad que se le ofrece demuestra que es la mejor opción para dinamizar la media punta zurigorri. No es baladí el asunto, porque el de Laguardia fue, con diferencia, una de las mejores consecuencias del paso de Bielsa por el Athletic, que dejó como regalo un futbolista desequilibrante de entre los despojos que había dejado Caparrós como desguace futbolístico. Algo similar a lo que pasó con Iturraspe.

El caso de Ander, por cierto, no deja de ser también sintomático. Alejado de su mejor versión, le sucede como a Muniain, que el cuerpo técnico parece perdonarles casi todo. Y el de Abadiño acumula excesivos lunares en lo que va de temporada. No solo por eso de los regalos a equipos andaluces, que han hecho que el buen chaval tenga al sur de Despeñaperros más simpatizantes que Susana Díaz, sino por el rendimiento general de su fútbol, por la importancia de su papel en el juego colectivo. Y es que cuando Iturraspe falla, el equipo lo acusa en exceso, y las carencias de Rico, como pudo verse ayer durante el primer tiempo de Anoeta, quedan en evidencia a la luz de los focos.


Aun dando por supuesto que el equipo se clasificará para la siguiente ronda copera este jueves, que es bastante suponer, el partido del próximo domingo, con el veneno adicional de ser el último antes del parón navideño, será un examen de órdago para el colectivo. Porque se antoja complicado con las virtudes mostradas hasta ahora vencer a los del Manzanares, un equipo que no regala nada y sí aprovecha cualquier resquicio para sacar el máximo provecho, y porque sería muy perjudicial acabar año futbolístico dejando para los balances navideños tantas incertidumbres.

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Viguera maquilla el ridículo del Athletic

Fue indigno. Lamentable. Y se debe, una vez más, mirar más hacia el campo que hacia el banquillo. Porque se podrá debatir acerca de la idoneidad o conveniencia de las rotaciones, de lo acertado de los nombres elegidos, de si debía jugar fulano o mengano. Vale. Pero una vez el entrenador decide unos nombres, estos deben rendir acorde al nivel que se le supone a un futbolista que, aunque sea para hacer bulto, completa una plantilla de primera división.

Y, si no, es mejor una plantilla de veinte y tirar de chavales del filial, para no llamarse a engaños y, además, recortar en gastos superfluos. Porque resulta que entre el equipo de meritorios que alineó Valverde estaban unos tales Laporte, Gurpegi, Iraola, Aurtenetxe, Ibai, Rico y Susaeta. Seis tipos que acumulan algún partido liguero en primera, participaciones en combinados internacionales y disputa de competiciones europeas. Y que enfrente estaba el Alcoyano, unos tipos que tienen tanta moral como telarañas la caja fuerte de su sede social.

Y resultó que esos chicos de segunda B, con un poquito de ilusión, agresividad y ganas debieron doblegar por más de un gol a los desganados profesionales zurigorris. El desolador panorama no lo refleja el marcador, que resulta un milagro, porque se alineó Júpiter con Saturno y el pinturero Herrerín bien debiera permanecer una semana en Begoña a modo de Barnetegi para agradecer el manto protector de la patrona de Bizkaia.

Los chicos de Cano, que dio una lección de motivación a Valverde -cierto es, también, que suele resultar fácil en el torneo del KO para los entrenadores de los modestos- superaron en todo al Athletic. Y que necesitaron menos control, muchísimo menos, y hacer menos faltas, para poner el partido donde querían. El Athletic tuvo la posesión, claro, pero eso, como ya suele venir siendo habitual, ni se tradujo en verticalidad, ni en llegadas, ni en ocasiones, ni en nada positivo.

El bajo rendimiento, además, no se debe achacar al partido gris, una vez más, de Morán, o a la inexperiencia de Aketxe. Susaeta e Ibai, que ni están ni parece que quepa esperarles, justificaron por qué el entrenador lleva tiempo enviándoles señas. No parecen buenos jugadores de Mus. O no cazan los guiños de ojo y movimientos de cejas de Valverde, o los cazan pero no saben qué significan. Su actuación ayer, catastrófica, pone de manifiesto el porqué de la escasez de ocasiones del Athletic. Sus entregas, pases y finalizaciones no son, hoy por hoy, aptas para la competición de primer nivel.

Otro tanto sucede con Gurpegi, al que las lesiones y el tiempo abocan a participaciones muy puntuales, alejado de la titularidad de un puesto de central. Lo mismo que Aurtenetxe, que debe lamentar como nadie la marcha de Bielsa, no tanto por aquello de ser el afortunado en el sorteo del coche que regalo a la plantilla el rosarino, sino porque desde su marcha todo son nubarrones sobre su fútbol. Romo en ataque, timorato en lo defensivo.

El encuentro de Alcoi fue un calco del fiasco de Borisov. Un equipo desganado, al que solo le faltaron bolsillos en los pantalones cortos en los que meter las manos como símbolo máximo de la falta de interés.

Si la fortuna fue la aliada en defensa, el maquillaje del resultado se le debe atribuir a Viguera, que situado en la zona del campo donde justificó en segunda su llegada a la élite, se inventó un gol tras controlar un melón de espaldas a la portería y lo transformó en gol de zurdazo a la media vuelta. No deja de ser significativo que el riojano empiece a dar pinceladas de lo que creíamos que podía ser en cuanto Valverde decide dejarle rondar la zona en la que se siente cómodo. Pero como Txingurri es tozudo como él solo, habrá que resignarse a verle de nuevo escorado por la banda de babor, alejado del área y condenado a hacer los deberes de Ibai o de ese exasperante Muniain que cada partido que pasa se empeña en demostrar que lo suyo fue fuego de artificio.

El inaceptable partido acabó con un resultado que allana el pase de ronda, pero poca ilusión cabe depositar en esta competición o en la Europea, toda vez que la sensación que plantilla y entrenador , y duele mucho lo del entrenador, es son competiciones accesorias y que sólo hay plantel para apostar por la Liga.

Si hay razones sobradas para pensar que se ha dejado pasar una oportunidad histórica en Champions, si caben dudas más que razonables de cómo y para qué afrontará el equipo la Europa League, si las ganas de llegar lejos en Copa son las que los meritorios de anoche demostraron, da la sensación de que este grupo, con los jugadores en primer lugar, pero con lectura de cartilla a Valverde incluida, necesita que alguien le ponga los puntos sobre las íes.

Son ya demasiadas las veces que fallan en cuanto creen haber alcanzado un mínimo éxito. Aunque quizás la culpa también la tengamos los aficionados, que contribuimos a celebrar los logros parciales con las alharacas propias de las llegadas a meta. Puede que haya que reservar la entonación de la Marcha Triunfal de Verdi para cuando se ganen las finales o se logren clasificaciones en la fase de grupos de la Champions. Porque empieza a parecer que el objetivo es, simplemente, poder viajar a una ciudad lejana a vivir una fiesta diurna en lugar de acudir a disputar una final, o que solo queremos al Athletic como excusa para hacer turismo por Europa.

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El Athletic mejor, gracias

Haciendo lo que, a priori, parecía lógico, que no quiere decir que resulte sencillo, el Athletic ha dado en un mes la vuelta a una situación que se antojaba francamente complicada. Enganchando varias victorias consecutivas, más un meritorio empate en Mestalla, el equipo rojiblanco ha vuelto a reivindicarse como un candidato para, al menos, procurar luchar por las posiciones europeas. Para ello tan solo ha necesitado afianzar el sistema defensivo, a un nivel sorprendentemente solvente, que su centro del campo volviese por donde solía, al menos en lo que a Rico e Iturraspe se refiera, dos futbolistas cuyo rendimiento deportivo va tan unido y donde tanto y tan bien se complementan, al tiempo de que uno hace mucho mejor al otro.

Por si fuera poco, los últimos partidos, el de Ucrania y el de Getafe, Beñat Etxebarria, por fin, comienza a demostrar las razones por las que una directiva tan poco dada a los gastos de relumbrón decidió poner sobre la caja registradora del Betis varios millones de euros. No deja de ser significativo lo de Beñat, que parece llega por una combinación de mejoría física unida al rendimiento de quienes le secundan por detrás, los ya mentados Ander y Mikel, y que Valverde, tan obcecado él para lo bueno pero también lo malo, le haya dado algo de libertad para poder arrancar desde algo más atrás, algo que agradece un futbolista que necesita ver el fútbol más por el parabrisas que por el retrovisor.

Esa mejoría, esa solvencia, unida a un buen tono físico que permite presionar muy arriba a los rivales, tiene su contrapartida en la escasez de ocasiones. Si no han sonado las alarmas viene por los escasos goles encajados –que debían, incluso, haber sido menos de no mediar cierta relajación contra Espanyol y Getafe-, por el funcionamiento de ese San José que sigue reivindicándose como un auténtico peligro en ambas áreas –no parece una gran tarjeta de presentación para un central- y por el estado de forma de un Aduriz que participa en prácticamente todos los goles del equipo, independientemente de quien los transforme.

Así las cosas, y toda vez que en Bilbao las aguas bajan ya más tranquilas, comienza ahora un mes clave para el devenir del Club. Asumiendo que el equipo sacará adelante el encuentro frente al Córdoba y que noqueará en Copa al Alcoyano, llegarán después, y antes del parón navideño, sendas piedras de toque visitando Anoeta y recibiendo al Atlético de Madrid, donde el equipo deberá, independientemente del resultado, demostrar su potencial competitivo.

Antes, valdrá un mísero punto contra el BATE Borisov para optar al premio de consolación del grupo Champions, competición en la que el equipo no ha sabido hacer las cosas como debiera. Hay libertad para etiquetar el asunto, cada uno podrá calibrar si lo tilda de fracaso o utiliza un adjetivo más benévolo, pero lo cierto es que viendo las lecturas que entrenador y futbolistas han ido haciendo tras varios partidos decepcionantes (Shaktar y Oporto en casa) y uno que debe tildarse de ridículo espantoso (en Borisov), es lícito plantearse con qué ánimo va a afrontar el equipo una competición menor como la Europa League.

Existe una segunda lectura del devenir deportivo, que va íntimamente ligada al proceso electoral que el Club puede vivir el año que viene. Se apunta en algunos ámbitos que se mueven los de casi siempre y que se especula con una posible candidatura. Si a día de hoy, como parece, Josu Urrutia se presenta, parece claro que las opciones de otra posible candidatura pasarían por una mala situación clasificatoria, por lo que lo peor para la actual Junta parece haber pasado toda vez que el equipo endereza el rumbo liguero.

Con un balance económico incontestable, con una participación para la Champions League, una remodelación en profundidad en Lezama, el Club alejado de las broncas y follones de antes… parece difícil discutir que Urrutia, si opta a ello, merece un segundo mandato.

La duda, de nuevo, pasar por el banquillo. Esperemos que de no seguir Valverde no se convierta eso en la principal bandera electoral. Sería hacer mucho daño, de nuevo, a un Club que lo que necesita es apuestas a medio y largo plazo tanto para el ámbito de la gestión como el de Lezama.

Lo del banquillo del primer equipo parece otro cantar. El fútbol profesional es ingrato. Y de la misma forma que Valverde pareció el principal artífice de lo obtenido en la pasada campaña, no es menos cierto que tiene una cuota importante de responsabilidad en la mediocre participación europea y el bajo rendimiento en Liga. Eso, y la pobre apuesta futbolística que nos está regalando últimamente, además de lo poco comprensible que resultan muchas de sus decisiones en lo referente a alineaciones y, sobre todo, convocatorias, con entradas y salidas poco coherentes.

Claro que jugadores como Ibai, Muniain o Susaeta no lo están poniendo fácil. 

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No es fútbol, pero sí responsabilidad de sus dirigentes

En España todas las tragedias tienen su vis cómica, para qué lo vamos a negar. Desde Calixto y Melibea, no hay drama que no tenga sus golpes de humor. Así, una cruenta batalla entre esos salvajes que se parapetan en el fútbol por aquello de la comodidad de camuflarse en la muchedumbre para campar a sus anchas, acabó ayer, de nuevo, con un cadáver sobre el terreno de juego liguero.

Otra vez, y las casualidades no existen, en manos de esa caterva de nazis que componen quienes se esconden bajo el nombre de Frente Atlético, que ya acumula su segunda víctima mortal, con la complicidad por haber mirado hacia otro lado durante tanto tiempo de los dirigentes de esa entidad, los giles y cerezos, y gran parte de la prensa deportiva madrileña que ha jaleado y tildado de “mejor afición de España” a esos cuatro mil que detrás de una de las porterías del Calderón han combinado gritos a favor de los suyos con consignas contra casi todo que debieran haber supuesto su ilegalización, pero ya se sabe que en ese Estado los tribunales tan solo actúan con diligencia y contundencia cuando se trata de amilanar a movimientos independentistas.

No deja de tener su aquel el asunto. Doscientos tipos que dicen que han quedado por WhatsApp tras desayunar para darse una buena somanta de palos utilizando el fútbol como trinchera y las ideologías extremas -unos de izquierda y otros de derecha, dicen- como verdadera causa. Es fácil imaginarse a los ultras, ataviados con sus botas militares, chamarras Bomber negras y bufandas rojiblancas con simbología ultra bordadas, sentados en una mesa de algún Vips capitalino. y con las manos libres tras dejar apoyados los bates y demás utensilios, para dar caza al rojo para degustar un buen café con porras. Con porras, sí, que no falten, tan madrileño como cruelmente significativo.

Después batalla campal, con tardía actuación de unos cuerpos policiales teóricamente informados de lo que iba a suceder, y un cuasi cadáver flotando como un pato en el Manzanares. A partir de ahí, actuación de los dirigentes a escala de lo sucedido, lo que viene a dar la razón a quienes opinamos que nada sucede ajeno a la responsabilidad de Tebas, Villar y resto de compinches.

Porque el esperpento, el sainete,  llega a más. Un partido que no debió disputarse bajo ningún concepto como señal inequívoca de que el fútbol debía entonar el “hasta aquí hemos llegado”, acabó con la doble victoria del Atlético, tanto a muertos como a goles, porque la Liga de Fútbol Profesional y la Federación fueron incapaces de acordar la suspensión so pretexto de que desde la LFP llamaban a las oficinas federativas de la calle Alberto Bosch y nadie cogía el teléfono. Esto también tiene su gracia. En plena era de la comunicación, mientras los enemistados ultras se citan por WhatsApp, los también enfrentados Angel María Villar y Javier Tebas no tienen sus respectivos móviles en las agendas. A priori, aparentan estar mucho mejor organizadas las agendas de los salvajes de la grada que la de los gánsteres de los palcos.

Y, por desgracia, nada cambiará. Los dirigentes condenan con la boca pequeña a esos ultras que tan bien les vienen para ganar procesos electorales o controlas asambleas y juntas de accionistas. Es más la necesidad que el miedo a enfrentarse a ellos lo que les ha llevado a subvenciones abiertas y encubiertas, por lo que nada, o muy poco, harán salvo que se les pongan muy en contra.

Hay que ser pesimistas. Ya hay corresponsables  de lo sucedido (léase Gil o Cerezo) que afirman que nada tiene que ver con ellos la muerte de ayer. Lo mismo sucedió cuando Ricardo Guerra apuñaló con alevosía a Aitor Zabaleta. No era fútbol. Era delincuencia. Caza al vasco, odio. No interesó verlo así. Ni se tomaron medidas. Y se siguió alimentando al monstruo. Se continuó tildando de gran afición a los secuaces del asesino de Aitor, pasando por alto sus insultos, sus bravatas, los despliegues de pancartas trufadas de simbología nazi y ultra derechista. Ahora, que se pasa de nuevo de las palabras a los hechos, prefieren limpiar sus conciencias –si es que las tienen- afirmando que no existe relación entre lo que se tolera vociferar en la grada y se pone en práctica en las calles.


Francisco José Jimmy Romero Taboada, con dos hijos y cuarenta y tres años es una triple víctima. Del reincidente nazismo rojiblanco madrileño, de su propia mezcla de odio y fanatismo, y de la connivente y cómplice pasividad de los dirigentes del fútbol. Dan ganas de pedir que se pare el tren y bajarse.