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Error propio, teatralización y exceso arbitral

Pues sí. Se equivocó San José, un tipo que ha debido abandonar la zaga por carecer de velocidad y, precisamente, la agresividad necesaria para poder brillar como central, y un exceso, una reacción airada tras una fea tarascada por detrás de Charles, fue juzgada con una meticulosidad impropia por parte de un Álvarez Izquierdo que mostró a lo largo del encuentro una pasividad pasmosa en lo referente a las amonestaciones.

El Málaga, un equipo inerte, incapaz de marcar a domicilio, sin ningún tipo de ambición ni iniciativa, se llevó de San Mamés un punto, lo máximo a lo que se hizo acreedor con su fútbol cicatero, insuficiente, impropio de la máxima categoría. Independientemente de que fuese contra un rival en igualdad o inferioridad de efectivos, el partido de los malacitanos fue plano, buscando no encajar goles –única faceta en la que destacan mínimamente- y fiándolo todo a jugadas aisladas en ataque.

Sus mejores aliados fueron el teatro, la sobreactuación más bien, y como en todos los timos, que hubiese un tonto, una víctima propiciatoria. El tonto del pueblo. Hay gente nacida para dejar inmortalizada una imagen, para popularizar una vestimenta para siempre. Tejero consiguió un 23F que el tricornio pasara a ser conocido mundialmente, y Román Román, un tipo nacido para llevar chándal, al que resulta fácil imaginar luciendo el espeluznante uniforme federativo comulgando en la misa dominical de su pueblo paletino o haciendo la compra en el Alcampo, llegó a San Mamés un 6D para popularizar el disfraz de cuarto árbitro.

Cuando San José cometió su error, empujar sin el balón en juego a Charles tras la tarascada del brasileño, y el banquillo del Málaga saltó al unísono, en una actuación coral de mucho mérito, a reivindicar una agresión que no fue mucho más que una desconsideración, Román Román no podía creerse la suerte que había tenido. Minuto de gloria para un árbitro de segunda B condenado a poco más que alzar la tablilla con los minutos de descuento. Así que henchido de gozo, entró en el terreno de juego para llamar como fuese la atención de Álvarez Izquierdo, que pocas ganas tenía, como ya se vería luego, de complicarse la vida con nada.

Y así, Román Román denunció una agresión de San José que el árbitro, en primera instancia y dando muestra de que no se había enterado de nada, travistió en una roja directa para de Marcos. Corregido el error, subsanado el horror, el trencilla catalán que antaño trajo por la calle de la amargura a Mourinho en varias ocasiones, redondeó el asunto con sendas amarillas para Williams y Raúl García, fogosos ellos y que clamaban por verse en inferioridad con más de setenta minutos por delante.

No deja de resultar paradójico que en un mundo hiper profesionalizado, en el que se ha hecho un profundo esfuerzo por profesionalizar al máximo el arbitraje, un tipo que aún imparte justicia en Segunda B, categoría amateur, pueda reventar un partido de máxima competición.

Con esas, con la mezcla del gravísimo error propio, de ponérselo en bandeja a un inútil, de propiciar que un grupo que brilla más como grupo de actores que de futbolistas tienda una emboscada a un trencilla ávido de fama y notoriedad, el Athletic se vio maniatado para poder despegar en la clasificación en otro día propicio para ello. Porque si bien salió frío, con poco empuje, con un fútbol menos dinámico del que ha caracterizado su revalorización de los últimos dos meses, era de esperar que en igualdad de efectivos los rojiblancos terminaran de llevarse un encuentro en el que hasta con diez hicieron más para poder ganar. No funcionó la estrategia, el balón parado, en un grupo en el que la racanería, el nadar y guardar la ropa, no suele caracterizar sus actuaciones.

Pudo llevarse el partido, con una ocasión clarísima que salvó al Málaga porque el responsable del remate fue Susaeta, al que siempre suele faltar esa pizca de mala leche tan necesaria en tardes como la de ayer. O porque Aduriz no estuvo, cosa rara, en un día de esos en que tanto se suele crecer un tipo como él, de esos que brillan en la adversidad. Tampoco Williams, cuando más se le necesitaba y más le enfocaban los focos, probablemente por pensar demasiado al verse con exceso de responsabilidad, algo que debería hacer reflexionar a quienes sobrepresionan con el asunto de la renovación y a quienes filtran al periodista de casi siempre los detalles de unas negociaciones que acabarán sí o sí en buen puerto.

El partido, al menos, sirvió para constatar que el grupo está bien armado, que sabe improvisar, adaptarse a las situaciones adversas, minimizar los daños, afianzar el entramado defensivo y fiarlo todo a un golpe de fortuna, a un zarpazo en una jugada a balón parado. No llegó, cierto es, y por eso el partido acabó como empezó, pero sin sufrir en toda la segunda parte y con tan solo un par de sustos antes del descanso. Mérito del trabajo colectivo, del arrope entre sí de las líneas, del gran trabajo de Beñat e Iturraspe en la medular, de la seriedad de Etxeita y la experiencia de Gurpegi, clave ayer, o del incansable trabajo de un de Marcos, de largo el mejor, que dio una lección de entrega para poner en valor esa velocidad privilegiada, su proverbial capacidad física y una mejoría posicional cada vez mayor que han consolidado como un buen lateral derecho a alguien que hasta antes de ayer mostraba excesivas carencias en el costado.

Si bien pinta feo a corto plazo, hoy por hoy ganar en el Calderón parece una empresa excesivamente complicada, el próximo examen valdrá para que el equipo ponga de manifiesto si su capacidad de competir ha crecido o tan solo se da contra rivales de entidad menor. Porque al margen de los tres puntos, a la ribera del Manzanares se podrá apreciar si el equipo tiene personalidad y recursos suficientes, así que hay mucho que ganar en un feudo en el que a priori casi siempre se descuentan los tres puntos.

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Aritz marca el camino

No solo por lo visto en el campo, abriendo el marcador en Vallecas como si no hubiese habido descanso tras tener que enmendar el bodrio de Augsburg, sino por el ejemplo de trabajo, constancia, liderazgo, mejora continua y ambición, concepto este último que dejó evidenciado  tras el recado del pasado jueves, cuando fijó como objetivo que el equipo iba a procurar pelear por llegar hasta el final en la Europa League.

Por más que Valverde intente situar ahora el listón competitivo más bajo, por cordura se entiende, por aquello de no sobrepresionar al equipo, quizás marcado porque en su currículum como entrenador de este club hubo un punto de no retorno cuando un presidente tildó de fracaso una eliminación en esta misma competición. Con todo, no es baladí que, por fin, en el Athletic comience a aflorar la ambición y que esta nazca, además, de la caseta, manifestada sin ambages por el que es, sin género de dudas, el líder del grupo tanto en el campo como delante de los micrófonos.

Porque lo bueno de esto no es que se trate de palabrería barata, como aquella que tanto se ha dado en este club en declaraciones que quedaban como brindis al sol al no verse secundadas con la consiguiente actuación plagada de competitividad sobre el terreno de juego. La diferencia, ahora, es que lo que se dice en ruedas de prensa y entrevistas se hace con posterioridad a haberlo dejado meridianamente claro en el marcador a base de goles. Primero goles y victorias, y después palabras.

Porque hablando de palabras, recomiendo la entrevista realizada por Beñat Zarrabeitia para su programa Harrobia de Hamaika Telebista a un Aritz Aduriz que en cuatro días ha vuelto a sorprender al mundo del fútbol, centrar todos los debates, principal e incomprensiblemente el de si debe o no ir convocado por del Bosque, algo que se entiende que se plantee desde Madrid, pero no que se pretenda empujar desde el entorno del Athletic, que debiera cruzar los dedos para que su joya de treinta y cuatro años dispute el menor número posible de partidos.
De un tiempo a esta parte, y algún día lo valoraremos en su justa medida, las excusas parecen haber quedado aparcadas, para que el equipo empiece a exigirse acorde al potencial que parece atesorar, mientras que el asunto de la mal llamada filosofía, otrora único leitmotiv de la causa zurigorri, parece haber quedado aparcada como excusa y justificación de todos los fracasos y sirve, por ejemplo, para que hagan el ridículo hablando sobre ella tipos de la importancia de Elejalde, alias Karra, un actor que hibernaba hasta que Mediaset lo ha reconvertido en una más de sus estrellas mediáticas para ocupar un sitio en el corazón de Paolo Vasile, junto a Jorge Javier o Belén Esteban.

En Vallecas, el Athletic no dio tregua. Ni tan siquiera hubo tiempo de ver si la apuesta valiente de Paco Jémez sobrepasaba a los leones, porque a la primera, entre Raúl García y Aduriz fabricaron un gol de esos que vienen a demostrar que ni se les puede dejar maniobrar, ni se puede evitar que practiquen ese fútbol tan suyo, tan imprevisible, toda vez que son capaces de desarbolar a los rivales a balón parado, en movimiento o en carrera. Muestra de ello es que Aduriz marcó tres tantos al Rayo: de cabeza, con la pierna buena, su derecha, y la no tan buena, la zurda.

A partir de ahí, nadar para guardar la ropa y esperar a que se presentase el momento preciso para ajusticiar a los vallecanos. Fue de penalti, tras una de esas jugadas que se ven por docenas en los partidos, un agarrón en el área sobre Raúl García, pero que rara vez señalan los once metros los árbitros. Sí lo hizo Hernández Hernández, con poca convicción y peor conciencia tras el descanso, visto el tinte casero que tomó su arbitraje tras recibir en la caseta algún aviso de que lo señalado no era, ni mucho menos, clamoroso.

No fue un partidazo de los de Valverde, en otro más de esos días en que su fútbol no enamoró, y sin embargo fue superior al Rayo en todas las facetas. En todas salvo en la posesión, apartado en el que dominó el equipo de Jémez para no sacar rendimiento ofensivo alguno.
El tercero de la tarde, la sentencia, de cabeza, llegó en el mejor momento. Pudo haber subido alguno más al marcador antes, principalmente un remate con la zurda de Raúl que se fue al palo, pero fue suficiente la renta, que apuntaba a goleada y se cortó cuando el árbitro canario –que tendrá el calor africano que hace que no haya un trencilla de esa tierra cuyas actuaciones no sean un despropósito- expulsó a Laporte por un forcejeo con los brazos que no debió ser señalada ni como falta.

Aún quedando mucho partido, los riesgos de ver recortada la diferencia en el marcador fueron anecdóticos. Y la que hubo con consideración de ocasión clara de gol fue desbaratada brillantemente por un Iraizoz que estuvo tan bien bajo palos como atento y seguro en las salidas por alto.


Tras el fiasco contra el Granada, por los debes de un Athletic con tendencia a la autolesión, y el infame encuentro de Augsburgo que solo la reacción de Iturraspe, Williams y Aduriz consiguió salvar, a los rojiblancos les espera una semana algo más sencilla. Una rotación generalizada contra el Linense debería permitir recibir al Málaga con los mejores efectivos con suficientes reservas de oxígeno para obtener sí o sí una victoria que consolide al equipo definitivamente en las posiciones nobles de la tabla, una posición que no hace sino certificar la solvencia de un equipo que sabe perfectamente a lo que juega.

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Contra el cansancio, el viento sur...y Undiano

Era de esperar que llegase, y llegó. A tanto partido plácido, con el Athletic desarbolando a los rivales, le sucedió una especie de guerrilla urbana más propia de otros tiempos por estos lares. El Espanyol, que había tenido tiempo de preparar el partido, refrescar a sus hombres para la batalla y estudiar a conciencia las virtudes de los rojiblancos para armar la estrategia que les frenase, pudieron salirle bien las cosas si no hubiese mediado el sensacional estado de forma, físico y anímico, por el que pasa la tropa de Txingurri.

A los siempre complicados partidos que el Espanyol siempre plantea en La Catedral, uno de esos equipos que, vaya usted a saber por qué, siempre se le atragantan al Athletic, se le unían las escasas horas para la recuperación merced a los horarios que impone el inefable Tebas, otro de los amigos de la causa; el siempre temido y temible viento sur, acompañado de temperaturas extremas –y si no, que se lo pregunten a los runners que sufrían a esa hora por Donostia-; y de otro más de los inaceptables arbitrajes de Undiano Mallenco, que siente por el Athletic la misma simpatía que los de su familia política por Uxue Barkos.

Así las cosas, pronto asomó la patita el equipo perico, cuya estrategia pasaba por aplicar hormigón, un despliegue físico máximo, con todo lo que ello implica, y con la prioridad máxima de no dejar jugar –ni disfrutar- a Beñat. A ello se aplicó Víctor Sánchez, repartidor de estopa a mansalva con la anuencia del tardorequeté navarro.

Cuando Williams marcó el tanto del año en San Mamés, allá por el ocho de partido, todo parecía que tomaba el discurrir de días anteriores. Pero no pudo ser. Primero porque el Athletic no consiguió ver puerta en sus mejores minutos, y porque Undiano, siempre él, quiso allanar el camino a los españolistas escamoteando un penalti sobre Sabin Merino.

El partido, tenso a más no poder, que despertaba el interés más por la incertidumbre del marcador que otra cosa, se complicó sobremanera cuando en la reanudación, tras una falta mal ejecutada por Beñat, mal enmendada por él mismo, que no quiso forzar la consiguiente falta que permitiese al equipo rearmarse, y por la flojera general, primero en la presión de Susaeta y en la  escasa tensión defensiva, principalmente de un Etxeita que no acostumbra a aparcar la agresividad.

Feas a más no poder las cosas, sin circulación de balón, con un Beñat sin brújula y desesperado, más pendiente del desatino de Undiano que de la remontada, la incertidumbre era máxima porque aun cuando no se producían ocasiones, la sensación era que en cualquier momento una jugada aislada, una decisión arbitral, podían romper el encuentro.

Afortunadamente, como casi siempre pasa con los equipos enrachados, la suerte cayó del lado zurigorri, en un balón de esos a probar fortuna que envío Susaeta por alto y hacia el área. Allí apareció otro de los titanes que han protagonizado el resurgir de los leones en liga. El tal García, cuyo fichaje ya no discute prácticamente nadie. De aquella manera consiguió enviar el balón a la red, de cabeza, sorprendiendo a propios y a extraños, llevando el respiro a todos los que sentían ayer en rojo y blanco, empezando por el banquillo, que lo veía complicado.

Se sucedieron unos minutos infernales, largos a más no poder, feos en lo futbolístico, pero que no supo aprovechar un Espanyol que no supo inquietar, principalmente por el trabajo colectivo del Athletic, donde destacaron San José y Balenziaga, un partido de bigotes el que se marcó el de Zumarraga. A ello se unió que Undiano plegara velas, que ya había colaborado suficiente y si el Espanyol no había sabido aprovecharlo, no sería él quien dejase demasiadas huellas, que por si algo se caracteriza él es por esos arbitrajes sibilinos que minan pero sin protagonizar los minutos de los escándalos en las moviolas.

Celebraron los rojiblancos el final del partido de manera notable, seguramente por los tres puntos y por alcanzar el periodo de descanso, merecidísimo, y que tan bien vendrá a un grupo que llegó al encuentro de ayer domingo justito de reservas.

Estas dos semanas de parón deben dar de sí para mucho. Por ejemplo para ir recuperando efectivos disponibles, que falta harán. Para oxigenar a Aduriz, Raúl, Beñat y Williams, cabezas de cartel que eclipsan el trabajo sordo, gris pero clave de Balenziaga, de Marcos, San José, Etxeita y Laporte.

Y para, si se puede, acabar de amarrar la renovación de Williams, toda vez que el chaval ha respondido a la apertura de negociaciones abriendo la tapa de las esencias goleadoras, protagonizando espacio mediático, menos de lo que merece y más de lo que conviene.

Pinta bien el Athletic, por fin, habiendo llegado la línea de juego y resultados que algunos esperábamos a raíz de la victoria en la supercopa. Porque el equipo parece creer en lo que hace, confía en sus virtudes, a sabiendas de que sus características pueden ser letales si se sigue acompañando de pelea, de ese ritmo salvaje que solo ellos son capaces de imponer en los partidos. 

Por eso reconfortan triunfos como los de ayer, de esos en los que no se puede rehuir el frente a frente, que demuestran qué equipos se arredran y cuáles no. Evidentemente, reconfortan siempre que sean excepción y la regla sea la marcada frente a Valencia, Sporting o Betis.

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Euritan dantzan

Bizirik nau, ta holan sentitzen naz, topera nau, geur inork ez nau geldittuko. Egun goibel hau egun argi bihurtu nahi dot geurkoan, gogoa dekot eta kale erdixen ez dot inoren baimenik biher dantzan hasten naz ie...! Dantzan kalien danak begire dantzan kalien…

Así salieron al campo, a convertir en un espectáculo en alta definición un día gris y triste, donde la siempre luminosa Sevilla acabó tan gris como una tarde se sirimiri en el Bilbao de los ochenta. Más aún en lo deportivo que en lo climatológico. Un juguete roto los de Mel en manos de un equipo con ganas, con ansias de victoria, que se encuentra vivo, a tope, con ganas de que nadie pueda pararlo.

Joseba Vivanco en su crónica de Gara de hoy habla de cantar bajo la lluvia. Viendo el partido de ayer a mí me pareció más un baile, no en mitad de la calle, pero sí en el Benito Villamarín, porque lo cierto es que el Athletic bailó al Betis bajo una intensa lluvia, algo tan poco visto en Sevilla. Lo de la lluvia, y lo de que el Athletic venza con contundencia a alguno de los equipos sevillanos.

Quizás pueda valerle a Valverde la canción a la que pone voz Alex Sardui como le servía el Viva la Vida de Coldplay a Guardiola para motivar a su estratosférico Barça, porque algo ha debido sucederle a este Athletic que lleva varios partidos consecutivos en los que parece que se lo ha terminado de creer.

Más allá de la concatenación del fantástico estado y momento de sus jugadores franquicia, da la sensación de que, por fin, todos ellos se han conjurado para colocarse donde le corresponde, en el teórico lugar que por potencial de la plantilla merece.

Y a ello, a obtener vitorias indiscutibles, contribuye, y mucho, la forma de jugar, eso que se define con un concepto tan amplio, ambiguo y discutible como el buen juego. Porque nadie, independientemente del tipo de juego que le agrade, podrá decir que el Athletic no jugó brillantemente a fútbol ayer en Sevilla. Dominando todos los aspectos del juego, alternando el fútbol combinativo con la velocidad endiablada, las dosis justas de fútbol especulativo o la contundencia y el peligro constante a balón parado, los remates de cabeza con las entradas en velocidad o los tiros desde fuera del área. Por no hablar de los desplazamientos en largo, con algunos balones brillantes enviados, como no, por Beñat y controlados con maestría por la vanguardia zurigorri.

Una gozada. Porque los rojiblancos salieron a ganar sin ambages, desde el primer minuto y hasta el final. Porque para el minuto ocho mandaban en el marcador, pero ya habían dilapidado otras dos ocasiones claras. Y esa fue, por desgracia, la constante del partido, abocado no al sufrimiento pero sí a cierto nerviosismo porque tras recortar el Betis la ventaja de dos goles en el marcador, era imposible no lamentar la goleada de escándalo perdonada por el Athletic.

Afortunadamente hubo justicia. Raúl García, a la tercera, se desquitó en la txanpa final, para redondear la faena y poner las cosas donde debían. Él fue, seguramente, el jugador más conectado y responsable de cuanto se vio en el campo, por más que Williams se lleve los honores. El trabajo destajista de García, que le sienta como un guante a Aduriz -hay que ver cómo se entienden-, el control brillante del tempo del partido y de la parcela central por parte de Beñat, una brújula con precisión científica, una defensa asentada, y unas bandas conectadas, han bastado para que este Athletic estas últimas semanas, haya pasado a ser una máquina de creación de ocasiones. Lo de Sevilla, por tanto, tan solo fue la demostración de que el trabajo realizar y la línea marcada van dando fruto.

Y ahora vuelve el debate de la pericia, término que Bielsa puso en el lenguaje futbolístico vizcaino para definir con acierto la falta de precisión de su equipo en el remate. Algo así volvió a suceder contra el Betis, como ya pasara contra el Sporting el pasado lunes. Porque ahora el problema está en que a los delanteros les cuesta aprovechar las ocasiones que de todos los colores y sabores les ponen desde toda clase de posiciones.

El Athletic se encarama, poco a poco, a la parte noble de la tabla cuando, de nuevo, vuelve a plagarse el calendario de citas competitivas, momento en el que deberán aparecer por la titularidad los menos habituales, veremos en qué tipo de combinaciones. La presencia ayer de Merino en lugar de Susaeta volvió a evidenciar la posibilidad de hacer pequeños retoques sin debilitamiento alguno del rendimiento del equipo, lo que debiera ser ejemplo claro para Valverde de la necesidad de ir dando minutos a muchos futbolistas en compañía de quienes más rodados están. Porque Bóveda cuajó una segunda parte aseada, o porque Lekue demostró que él también puede hacer daño por banda si junto a él en el campo  existen dos tipos como Aduriz o Raúl García, que lo mismo rematan de manera brillante que vuelven locos a los defensas con sus imprevisibles movimientos.

Hasta el jueves, por tanto, tocará hablar del equipo, pero sobre todo de Williams, que esto del fútbol  ya se sabe cómo es, y cada vez diferencia menos el grano de la paja, por lo que los dos goles marcados por el chaval eclipsan casi todo lo demás. A diferencia de la opinión generalizada, al menos de la publicada, sin quitar mérito a Iñaki por su partido, que dos goles son dos goles, flaco favor haríamos al futbolista si además de glosar sus virtudes no se incide en todos los aspectos en que debe mejorar. Precisamente por ser esa la mejor noticia sobre Williams, la cantidad de aspectos en los que tiene margen de mejora. Si a las características que ya atesora se le suma que se pueda pulir la precipitación en las decisiones y la falta de precisión, estaremos a las puertas de un auténtico jugadorazo. Pero no volvamos a cometer el error de hacer creer al futbolista que ha llegado justo cuando tan solo acaba de empezar a andar.

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El buen juego siempre ayuda a ganar

Dirá Txingurri lo que quiera, pero las cosas parecen más que claras. Para él, que apuesta por un limitado y reconocible grupo de jugadores cuando las cosas se ponen de pantalones largos, para el público, que tiene claro dónde se sitúa la línea que separa la cara A de la B, y para los propios futbolistas, viendo la actitud –y ansiedad- que muestran cuando disfrutan de minutos.

Así pues, los últimos enfrentamientos se han sacado adelante con solvencia, en momentos importantes de las competiciones, cuando aún hay margen para reaccionar y no tiene sentido dejar los deberes para más adelante, alineando a los nombres que casi todos consideramos más adecuados para que el equipo muestre su mejor cara.

De esa manera sucedió también anoche, cuando el Athletic, que tardó en carburar un cuarto de hora, dio un recital de buen fútbol en cuanto la máquina, bien engrasada, cogió algo de calor. El inocente y tierno Sporting, que se lanzó a por el partido a su manera, fue una víctima fácil para un equipo, el zurigorri, que estando en vena y contra un equipo que oposita con armas de fogueo, parece estar llamado a encaramarse a la zona media-alta de la tabla sin problema.

Pudo ser de escándalo la goleada a nada que la puntería no fuese uno de los hándicaps de ese equipo. Los desmarques y velocidad de Susaeta y Williams, descomunal partido de Iñaki, ayudados por Balenziaga y de Marcos; la sensacional dirección de orquesta de un Beñat estelar; el gran trabajo de Raúl García en todas las facetas, al que solo le faltó el gol para redondear la noche; y un Aduriz que parece jugador de otro nivel competitivo bastaron para que los rojiblancos presenten candidatura a salir de la cueva.

Fue importante obtener tres puntos, pero más lo fue la forma de conseguirlo. Con un juego más que aceptable, por fin, sin apreturas, con solvencia, marcando el camino que no debiera abandonarse. No siempre será tan fácil, cierto es, pero parece indiscutible que los resultados suelen acompañar las propuestas basadas en ciertas formas de juego. Las que buscan combinar con sentido, las que mezclan el juego en corto con el largo como recurso, las que explotan las bandas y la velocidad para desarbolar al rival, las que aprovechan el potencial a balón parado… En definitiva, los aspectos que caracterizan el juego de este grupo, tan distinto, tan distante, de lo demostrado en A Coruña hace tan solo una semana.

Veremos qué da de sí el asunto en un grupo tan acostumbrado a dar muchas paladas de arena tras alguna de cal. De la misma manera que queda pendiente en el debe del entrenador repartir los minutos de competición de una manera racional, donde el equipo tenga una propuesta y rendimiento mínimamente reconocible.

Cierto es, también, que mucha responsabilidad recae en los propios meritorios. Seguramente mejor que nadie lo refleje Ibai, ese jugador empeñado en dar la razón a su entrenador cada vez que tiene unos minutos para reivindicarse. Ayer pudo verse. Si alguien pretende hacerse valer a base de buscar la jugada espectacular, el golazo, la jugada que protagonice minutos de televisión, lo tiene claro en un grupo marcado, precisamente, por anteponer lo colectivo a lo personal. Los ibais deben interiorizar que la forma de llegar a la titularidad pasa por buscar los movimientos de Aduriz, la combinación, primar en definitiva el juego de equipo y no el lucimiento personal.

Porque es precisamente eso lo que hace mejor a un equipo en el que sus mejores jugadores lo son, precisamente, por las dosis de trabajo que aportan quienes gozan de más minutos. El examen seguirá en Sevilla, en el siempre desagradable campo del Betis. Ahí habrá oportunidad de ver si este grupo decide seguir dando puñetazos sobre la mesa y, por fin, obtiene en liga un triunfo a domicilio.

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Dolió el resultado, pero aún más las formas

Dolió no solo por eso de perder dos puntitos en el último estertor del partido, que también, como cuando de madrugada, a la vuelta de una juerga, pierdes por unos segundos el metro y la frecuencia de paso es cada media hora, sino por las formas, por aquello del verlo venir.

El Athletic acabó con las posaderas defensivas sobre la línea de cal que determinaba su área grande y así, aun cuando el Deportivo no había dado muestras de una gran voracidad ofensiva, las probabilidades de encajar goles siempre se maximizan.

Es lo que tiene fiar todo tu fútbol a la efervescencia, a la intensidad, al abordaje, abandonando por completo el concepto de buen fútbol –que no tiene nada que ver con el tiki-taka, por cierto-, de la pausa, del saber qué hacer en cada momento no ya sólo con el esférico, sino con el partido en general. Eso de la gestión de los tiempos.

Ver a Beñat, por ejemplo, el llamado a manejar con cordura la manija en el centro del campo, perder balones absurdos en las entregas para dedicarse después, denodadamente, a recuperar balones en un constante ejercicio físico baldío, pone de manifiesto hasta donde ha llegado este equipo.

Repite excesivamente Valverde en ruedas de prensa que la seña de identidad de este equipo es la intensidad de juego. Y es cierto. Pero resulta un error clamoroso apostar por ello como único recurso. Si los planteamientos pasan por electrizar los partidos constantemente, se demuestra que la única víctima de ello no es el rival, que el Athletic también acaba sucumbiendo. Porque aunque el Athletic tenga a dos jugadores de la entidad de Raúl García o Aduriz, estos también agradecen algo de pausa en el juego, no estar abocados, constantemente, a un recibir balones en largo buscando su carrera, su juego al espacio.

El justo resultado de Riazor vino más como consecuencia del demérito rojiblanco que del buen hacer de los gallegos. Porque los goles encajados por los rojiblancos fueron evitables, por un fallo de marca de Laporte el primero y principalmente el segundo, donde además del mal hacer de todas las torres zurigorris en defensa, el balón circuló del centro a banda y de banda a centro con una fluidez inaceptable.

Y no es cosa de reivindicar a estas alturas un tardío caparrosismo, ni mucho menos, pero defender un tesoro como un cero a dos fuera de casa merece, por lo menos, alguna tarjeta amarilla más en el haber del equipo, algo de agresividad bien entendida.

Al igual que los cambios, realizados por el entrenador no sé si mal, pero sí desde luego tarde. Tarde porque el equipo ya evidenciaba desde poco después de marcar el segundo tanto que le faltaba la frescura necesaria para llevar a cabo ese fútbol que plantea.

Y se echa de menos algo más de imaginación desde la dirección del equipo a la hora de abordar las sustituciones que el mero hombre por hombre, casi siempre, además, previsibles. Se echa de menos variaciones tácticas en defensa, en el propio centro del campo. La solución a las malas decisiones de Williams, que marcó un golazo y poco más positivo pudo aportar, no pasaban por su cambio por Sabin Merino. El equipo necesitaba otra cosa, algo más allá de velocidad acompañada de inexperiencia. Los rojiblancos demandaban pausa en el juego, posesión, y capacidad de cortar el juego deportivista con contundencia. Sin embargo, para cuando Txingurri movió los peones la diferencia en el marcador era ya mínima y la enmienda a la totalidad planteada por Sánchez del Amo mucho más efectiva.

No se puede fiar todo a la contundencia rematadora de Aduriz, al trabajo de García, a la improvisación, a fiar a que Susaeta o Williams tengan un momento de inspiración en su particular fútbol de ley del embudo.

Es cierto que el calendario liguero ofrece ahora encuentros que, seguramente, permitirán al Athletic, sin grandes esfuerzos, consolidarse en la parte media alta de la tabla. Pero también lo es que lo seguirá logrando a base de un fútbol que ni enamora ni entretiene, que está a distancia sideral del que por potencial el equipo podría practicar.


Y es precisamente eso lo que penaliza. Pero como esto vuelve a coger velocidad de crucero, mientras rumiamos con rabia los dos puntos tirados por la borda en Riazor por no saber gestionar ventajas –ya dilapidó este grupo otro 0-2 a domicilio contra el Zilina-, en un ratito estaremos, de nuevo, presenciando qué da de sí el equipo en su próximo enfrentamiento europeo. Servirá seguramente para calibrar, entre otras muchas cosas, pero principalmente si Valverde continua con su particular visión de que el reparto de minutos entre los jugadores se debe hacer a base de volantazos o combinando la participación de los menos habituales con quienes más minutos llevan sobre sus piernas. 

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Tres puntos, buen juego y parón para el descanso

Puede que sí, que Valverde quisiera obtener la victoria frente a AZ y Valencia, pero en la declaración de intenciones de entre semana, cuando tildó la competición doméstica de prioridad y la europea de ilusión, ya evidenció por donde irían los tiros. Bien porque realmente crea que la mejor manera de llevar a cabo las necesarias rotaciones sea hacerlas todas de golpe, bien porque busque cargarse de razones el día en que suene la flauta y consiga un triunfo que las avale, lo cierto es que, al final, se impuso la lógica tanto en el partido de Holanda como en el de ayer de San Mamés.

Salieron los leones sabedores de lo que se jugaban, de lo escaso de los resultados de los últimos encuentros, y decidieron atajar las dudas desde el pitido inicial. Fue mejor el Athletic, muy superior al Valencia, y de ahí lo contundente del resultado. La mejor noticia, con todo, fue la capacidad de reacción en un equipo que no suele ser especialista en remontadas. Al gol de Parejo, un golazo de falta en toda regla, le sucedieron momentos de duda, en torno a diez o quince minutos en que el equipo estuvo grogui.

Pero pudo rearmarse, de la mejor manera, tras aprovechar su potencial rematador en uno de los muchos córneres lanzados. En este caso, el encargado fue Laporte, aprovechando un despeje defectuoso de Negredo. Y volvió el Athletic a la línea que había marcado desde el inicio del partido, con una defensa seria y concentrada donde brilló, por fin, Aymeric Laporte; con un centro del campo que combinó trabajo y calidad a partes iguales bajo la batuta de un Beñat que regaló una de sus mejores actuaciones como rojiblanco; en una tarde en que acompañaron las bandas, con un Williams en constante crecimiento y un Susaeta que reverdece viejos laureles, bien apoyados todos ellos por un soberbio Raúl García en su mejor actuación con la elástica zurigorri. De Aduriz nada nuevo que decir. Más discreto en la primera mitad, desplegó un recital de trabajo, ambición, liderazgo y, sobre todo, calidad en la segunda mitad. Porque calidad es sabérsela poner a Susaeta como se la pudo en el segundo gol, rematar como un killer en el tercero, y, sobre todo, mantener el espíritu combativo del equipo, por contagio,  como solo él sabe hacerlo. 34 años y once goles marcados a 4 de octubre. Pocas cifras resultan más representativas.

Necesitaba el equipo el triunfo por varios motivos, pero principalmente porque no se había hecho acreedor a tan pocos puntos en lo que iba de Liga. Y por lo bien que sientan siempre las victorias antes de los parones ligueros, que siempre dan para hablar de fútbol más de lo necesario y razonable.
Valverde lo celebró por todo lo alto y aprovechó para sacar pecho en la rueda de prensa. Correcto y razonable, pretendió cargarse de razones por lo realizado el jueves en tierras holandesas. Y volvió a repetir que su función es tomar decisiones difíciles. Craso error. Su función es obtener los mejores resultados posibles, sea tomando decisiones fáciles o difíciles.

El problema radica en que el bueno de Ernesto se obceca con determinadas decisiones desde hace mucho tiempo. Los casos de Beñat o Etxeita pueden parecer los más significativos. El asunto de las rotaciones es otro más. Nadie discute la necesidad de dosificar los minutos, la conveniencia de tener el máximo número de jugadores en condiciones de competir, de hacer que la plantilla sea lo más larga posible.


Pero se discute la forma. El hecho de dar minutos a los menos habituales a todos el mismo día, a futbolistas con poca costumbre de jugar juntos. Pero parece que no hay propósito de enmienda, que el asunto ha pasado a ser ya una apuesta personal, por lo que volveremos, a pesar de haber fracasado ya este año en tres ocasiones, a tener que acostumbrarnos. Al menos hasta conseguir una victoria, para que el entrenador pueda afirmar, por fin, que la razón era suya. Son las cosas de los que se sientan en los banquillos. Y Valverde, por más que sea un tío más que normal, no es ajeno a muchas de las manías de sus compañeros de profesión.

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Trabajo e intensidad no siempre son suficiente

Si la duda entre semana era si el Athletic sería capaz de igualar la intensidad con la que tradicionalmente suele encarar la Real los partidos, la respuesta en ese aspecto fue satisfactoria. Los rojiblancos encararon el encuentro con la mejor de las actitudes, con las dosis de agresividad y capacidad de pelea necesarias, al punto de anular el potencial de creación de los txuriurdin, que tienen en su centro del campo una acumulación de calidad muy superior a la media de la liga.

Fue mejor el equipo de Valverde en la primera mitad, dominó más, peleó mejor, anuló las virtudes del contrario e impuso su estilo. En el debe queda la necesidad de conseguir traducir el dominio en ocasiones de gol y en poder rentabilizar las ocasiones, demasiado escasas ayer como para afirmar que se hicieran los rojiblancos acreedores al triunfo.

Tampoco la Real, cierto es, que no dio grandes señales de vida hasta el final de encuentro, merced a que Moyes retrasó los cambios más allá de lo compresible. Habrá que agradecérselo, porque la entrada de Bruma por la banda zurda y la presencia de Jonathas en sustitución del temido Agirretxe –por aquello de la vitola de goleador tras el hat trick de Granada- pudo costar el puntito cosechado a base de pico y pala, mucho pico y pala, todo sudor, cero talento.

Bien plantados estuvieron los de Txingurri en la retaguardia,  zona en la que venían repitiéndose errores a lo largo de toda la campaña. Pero si acertado estuvo Laporte a la hora se secar a Agirretxe, un partido al mejor nivel del de Agen, no le fue a la zaga otro zurdo, Balenziaga, que consiguió que Vela, quien suele revolucionar los encuentros por parte de la Real, pasase inadvertido.

La primera parte, por tanto, se consumió entre la intensidad a la que el Athletic obligó a disputar el encuentro y las chispas que saltaron entre Raúl García, Aduriz, Illarramendi e Iñigo Martínez. Y ahí surgió lo peor del partido, como casi siempre que Velasco Carballo ostenta la responsabilidad de impartir justicia. Árbitro sobrevalorado, mundialista por vaya a saber qué méritos en los despachos, volvió a dejar como factura un arbitraje plagado de errores graves aderezados con la chulería y prepotencia habitual en el trencilla madrileño, que vaya a saber usted por qué, amnistió por dos veces al exmadridista  Illarramendi de irse a la caseta antes de tiempo, una de ellas tras cometer pena máxima por golpear el balón con la mano dentro del área con los brazos más separados del cuerpo que los de un Cristo en una cruz. Hubo alguna jugada más para la polémica, por manos o agarrones, más interpretables y que pueden parecer una cosa u otra en función de los colores y las pasiones, pero la mano de Illarra que se fue al limbo, no tiene explicación posible. Primero, porque el árbitro la vio y la interpretó como involuntaria y, segundo, porque el juez de línea debió de corregir a su compañero ante la nitidez del paradón del mutrikuarra.

La segunda mitad deparó muy poco fútbol, muchos más balones en largo y un trabajo inversamente proporcional a la calidad, con defensas muy adelantadas no aprovechadas al espacio y centrocampismo constante. Como si de una vuelta al pasado se tratara, el Athletic practicó un juego más propio de la era Caparrós, cuando Toquero simbolizaba como nadie las características del juego rojiblanco. Ya lo había anunciado Valverde entre semana, que destacó de la Real la calidad y de su grupo la intensidad. Así es y así parece seguir siendo, toda vez que a Txingurri no se le escucha ya, como hace dos años, reclamar algo más de juego a los suyos. Se ha hecho de la intensidad virtud y no parece que exista propósito de mejorar el juego. Tan peculiar es el estilo de los vizcainos, tan exigente en lo físico, que a un jugador con unas características propicias para acoplarse, como Raúl García, le está costando adaptarse a las particularísimas características de juego de este equipo.

Finalizando ya el ciclo de ocho partidos en escaso tiempo, a falta del europeo contra el AZ y el doméstico contra Valencia, se encuentra el Athletic en tesitura clasificatoria complicada. Aun cuando ya empiezan a sonar los soniquetes de siempre entre los más ciclotímicos, no parece que haya excesivos motivos para preocuparse. Primero, porque el calendario ha venido caprichosamente complicado y el Athletic ya tiene descontados los encuentros contra Real Madrid y Barcelona en casa, el siempre complicado derbi de Anoeta y la salida maldita a Villarreal. Como mayor error del equipo en el balance queda, principalmente, el inaceptable partido de Eibar.

Asumiendo que la disputa de competición europea siempre descentra al equipo, que comenzar bien la liguilla continental es clave para garantizarse el pase, vendrá a lo largo de octubre y noviembre la hora de la verdad para el equipo. También para el entrenador, que ya lleva por fracasos todos sus intentos de oxigenar jugadores, por aquello de su costumbre de dar descanso al equipo como un cocinero da vuelta a las tortillas.

Recuperados Balenziaga, Iturraspe y Williams, va siendo hora de dar tregua a De Marcos, Susaeta, San José o Beñat. Al fin y al cabo, el otrora perenne Rico, el prometedor Lekue, un Eraso que apuntaba a titular antes de que Urrutia saliese de compras, el internacional Iturraspe o el imparable Williams, no deberían suponer una merma en el rendimiento colectivo si se les da la oportunidad y se les combina con aquellos en quienes más confía don Ernesto. Basta con repasar la alineación contra los reales, de Donostia y Madrid, para saber quiénes son. Bueno, los que están en mente de todos.

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Los tiros en el pie no son solo cosa de borbones

Pues vino a demostrar el partido que la querencia por pegarse tiros en los pies no es algo exclusivo de los Borbones, y que el Athletic empieza a tener una preocupante costumbre. Malo es que regales un penalti al Eibar, por ejemplo, pero resulta letal que al Madrí de Benitez, bueno, al de cualquiera, le regales un gol al cuarto de hora cuando no está demasiado conectado al juego.
El error de San José, grave, pero forzado por un sinsentido saque en corto con la mano de Iraizoz, puso el partido tan en franquía para los merengues, que difícil resulta analizar el encuentro más allá del lamento.

Valverde apostó por el que ya puede considerarse, a todas luces, su diez titular, completado en banda izquierda esta vez por Sabin Merino. El partido comenzó como un toma y daca, encuentro de ida y vuelta, pero sin grandes ocasiones. Físico y presión constante parecían las características de lo que iba a deparar la noche.

Hasta el primer gol. Al cuarto de hora. Que desarboló al Athletic, y al público, para dejarlos un buen rato noqueados, sin guion al que aferrarse. Algo se repuso antes del descanso, pero alejado del nivel que dio en los primeros minutos, y el Madrid del rácano Benítez pudo haber certificado el segundo, pero o bien fue desbaratado por alguna intervención de Gorka o sus delanteros no tuvieron la habilidad de llevar el balón entre las redes.

En el entreacto se mezclaba el sinsabor del fallo de un Madrid que no había sido mucho mejor que el Athletic, las dudas de si los rojiblancos podrían rehacerse del mazazo y la esperanza de que comandados por el siempre impresionante Aduriz se pudiera aún revertir la derrota.

El Athletic salió puesto, mejor aún que en la primera parte, Beñat disfrutó algo más de balón y ya no estuvo tan encimado por Modric, y Susaeta, el mejor de largo, seguía amargando la existencia a Marcelo. Las buenas sensaciones dieron paso a un mejor juego, a una mayor verticalidad, a la sensación de que el empate podría llegar. La lluvia, además, presagiaba noche de posible remontada, que ya se sabe que tradicionalmente ha sido buena aliada de los rojiblancos.

En una acometida de Laporte, fuera de la cueva, y a la segunda intentona tras perder el balón en primera instancia, la apertura a Susaeta, el buen centro de este y es posterior remate en plancha de Sabin Merino llevaron la alegría y la esperanza a la grada.

Podía ser, era factible dar la vuelta al partido contra un Madrid empequeñecido, ramplón, rácano. Pero volvieron los errores. Los fallos garrafales. Una salida a presionar al centro del campo por parte de Balenziaga, que encimó a Modric con bastante poco sentido táctico, el posterior error de Sabin de no cerrar el hueco dejado por su compañero de banda y la posterior indecisión de Laporte, dejaron a Isco metros como sólo se conoce en el desierto de Gobi.

Los blancos no perdonaron, para mazazo general, cabreo de Valverde y algarabía de un Madrid que no podía sacar más con menos. Pudo llegar el empate, pero Aduriz no tuvo su mejor tarde en el remate y a Keylor Navas le dio por demostrar lo poco que Pérez sabe de fútbol y la suerte que ha tenido con eso de que el transfer de de Gea no se pudiera hacer.

Panorama complicado el del Athletic, con tres sobre quince puntos en su haber, y un calendario exigente. Que no es cuestión de encender alarmas parece claro, como también que no es momento de cuestionar nada, mucho menos al entrenador, que bastante tendrá con rumiar lo fallido de una apuesta como la realizada esta semana, guardando sus mejores balas para el encuentro frente al Real Madrid cuando los puntos valen lo mismo frente a cualquiera.


Confiemos en que la situación se revierta rápido, aunque a corto plazo cueste creer que pueda ser en Anoeta, donde la Real siempre da un plus en los enfrentamientos contra el Athletic. Ver a Beñat a gran nivel, a un Susaeta por fin acertado, un Aduriz letal o un Raúl García que debe justificar su llegada, son argumentos más que suficientes para confiar. Hay plantilla suficiente, sobra actitud y en el banquillo se sabe sacarle provecho. Es cuestión de tiempo, de aparcar nervios y urgencias, y, sobre todo, de no cometer errores. En el campo y en los planteamientos.

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Enésima rotación total fallida

No es el asunto de las rotaciones la especialidad de Ernesto Valverde. Seguramente, como pasa con eso de Santa Bárbara, que se recurre a ella cuando truena, Ernesto tira de los meritorios solo cuando el agua competitiva le llega hasta los tobillos. Entonces, pasa a tener una confianza ciega en aquellos de quienes poco se acuerda en época de calendarios bonancibles.

En Villarreal podía intuirse qué iba a suceder desde que en rueda de prensa, allá por el viernes, ya advertía Txingurri que el once sería novedoso. Y tanto. O no. Porque Valverde encara su quinta temporada como técnico rojiblanco y ya vamos todos conociéndonos.
Así que a un equipo más que novedoso, principalmente de medio campo en adelante, se le unió un Villarreal que en esta ocasión tiró de los más habituales para seguir acumulando puntos en este arranque liguero, que ya se sabe que los inviernos, máxime cuando se viaja por Europa, suelen ser algo más que fríos.

Podría asemejarse el guion de ayer por Castellón al que se viera hace no demasiado en Ipurua, aunque con un Athletic más aseado en defensa y contundente a la hora de no dejar jugar. Y como allí, en Vila-Real, los rojiblancos empañaron el trabajo en una jugada al filo del descanso, cuando Gurpegi, primero, estuvo blandito en una disputa y después mostrara dentro del área una inocencia impropia de alguien con tanta cicatriz en esto de las batallas por los campos ligueros.
Ahí estaba Clos, ese hombre que hasta el momento tan solo se había molestado en hacer la vista gorda con el juego brusco de los locales, para aparcar la desidia señalando un penalti que sólo se lo parecía a él, que tenía, como casi siempre, muchas ganas, y a Marcelino, ese cretino.

Puede que no deba ser excusa la labor arbitral, o no solo máxime visto el rendimiento de los rojiblancos en el global de partido, y la comentada probatura de Valverde, inadecuada no solo tras ver el resultado. Y es que hay apuestas que resultan no ya arriesgadas, sino cuasi suicidas, desde que el delegado del equipo entrega la relación de dorsales al árbitro. Dicho esto, resulta inaceptable que un colegiado pueda apreciar con meridiana claridad la presunta falta de Gurpegi a Baptistao y pase por alto un agarrón claro, clamoroso, al propio Carlos en área rival. Como parece incomprensible la celeridad en amonestar a Laporte –que alguien en Lezama, por cierto, le baje la cresta a este Le Coq- o la facilidad con la que apreció en una simple disputa  un codazo de Aduriz, merecedor de amarilla para el trencilla. Pero con este sibilino aragonés ya se sabe, una vez más le traicionaron sus ganas de ver con el Athletic y su condición de ciego que no quería ver con un Villarreal que triplicó en faltas a los zurigorris, para deleite del entrenador rival, eterno sembrador de sospechas que ayer no pió sobre el arbitraje, y la absoluta impunidad, por ejemplo, de Bailly.

En lo deportivo, poco pudo destacarse del Athletic, más allá del voluntarioso trabajo de retaguardia la primera mitad, que se fue por el sumidero con el penalti. Con un aplicado San José, con la vuelta de un Balenziaga que aporta firmeza defensiva, y con el esfuerzo encomiable de un Rico voluntarioso pero muy desacertado en las entregas, el Athletic, bien plantado, que no dejaba progresar al Villarreal, naufragó en la creación, incapaz de filtrar un pase a una línea ofensiva inédita formada por Merino y Aketxe en bandas y Eraso en mediapunta, incapaces de conectar con un Kike Sola inédito, al que pocos balones pusieron en las botas.

Con estos mimbres, máxime tras el penalti, poca esperanza hubo de revertir la situación visto el juego tras la reanudación y menos aún tras el trallazo de Mario que supuso el dos a cero. Fue a partir de ahí cuando Valverde, rendido a la evidencia, tanto del marcador como de lo desacertado de su apuesta, intentó enmendar el asunto, a la desesperada, dando entrada, a la vez, a Aduriz y Raúl García. El gesto, por sí solo, vale para ilustrar lo discutible de concebir las rotaciones como un todo o nada.

El tercero del Villarreal, cuando el Athletic buscaba con posibilidades, por primera vez, acortar distancias en el marcador, fue un mazazo en toda regla que solo pudo, como no, maquillar Aduriz.
Poco margen queda ya para el análisis de lo que pudo ser y no fue en un campo casi siempre maldito. Los tres puntos que se fueron al limbo casi sin disputa, podrán volver a la memoria si el miércoles no se planta cara a un Real Madrid casi siempre letal o si el domingo una Real Sociedad herida saca adelante, más necesitada que nunca, su partido del año.


Y es que hay apuestas que resultan demasiado arriesgadas. Pero o no se aprende, o no se quiere aprender. Así que, por lo menos, tenemos la certeza de que el miércoles el partido contra los merengues se disputará con todo. Cosas del fútbol, mundo en el que las matemáticas son tan distintas y donde tres puntos contra el Real Madrid –tan difíciles de lograr- parecen poder compensar tres puntos no disputados con todas las de la ley a un Villarreal. 

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Retorno de la inversión

Era cuestión de ganar por varias razones, la principal, la imperiosa necesidad de acumular grasa para el invierno competitivo que ya se aprecia en el horizonte liguero, con enfrentamientos que permitirán determinar, en pocas semanas, el nivel competitivo del equipo para este curso. También, no es baladí, por evitar tocar fondo demasiado pronto, repetir errores del pasado, como hace un año, cuando la eterna flor de Caparrós, un garrafal fallo de Iturraspe y un ataque de entrenador de Valverde permitieron al Granada llevarse tres puntos de San Mamés dejando al equipo tocado para toda la primera vuelta.

Por si fueran pocos los alicientes, debutaba con el Athletic Raúl García, él, tan polémico como rival, tan antipático, pero que se antojaba como la mejor solución para las carencias de los rojiblancos entre los posibles refuerzos que se visualizaban en el radar de Ibaigane. No hubo tiempo para las dudas, afortunadamente. Su anuncio como el veintidós zurigorri por megafonía fue mayoritariamente recibido con aplausos, aunque pudieron atisbarse timidísimos silbidos procedentes, seguramente, de algún guardián de las esencias, de los que confunden medios con fines, de quienes ponen el indefinible gure estiloa como único leitmotiv del Club, de quienes pretenden travestir poco más que una tradición en algo tan profundo y etéreo como la filosofía.

Da pereza de un tiempo a esta parte, en muchas ocasiones, demasiadas, ser socio y aficionado del Athletic. Sumidos más en debates identitarios, discutiendo sobre si cualquier decisión es coherente, fiel a los principios, tradiciones o historia. Puede que el debilitamiento del nivel deportivo de las dos últimas décadas o la proliferación de éxitos deportivos en terceros, unido al error de haber convertido, por momentos, la forma de competir -evidentemente distinta, seguramente no mejor, pero suficiente para nosotros- en único fin del Club, nos hayan llevado a estar en permanente debate.

Todo ello agrandado por la constante presencia del Athletic en medios de comunicación, columnas de opinión, tertulias radiofónicas y televisivas, más las redes sociales, han contribuido a la sensación de que cada decisión de Ibaigane, cada movimiento del Club, cualquier decisión técnica, sea objeto de continuos referendos. El fichaje de Raúl García ha provocado un torrente de columnas de opinión y debates varios, como si el Athletic, con su fichaje, hubiese emprendido un camino de no retorno a no sé bien qué esencias.

Algunos han aprovechado para atizar a Urrutia, que ya se sabe que no acierta haga lo que haga, aunque casi siempre los detractores sean los mismos. Bien sea porque interpreta la tradición rojiblanca como el más ultraconservador miembro de la vaticana Congregación para la Doctrina de la Fe, bien porque, presionado por su entrenador, muestre cintura y en su versión más pragmática fiche a un jugador con un potencial deportivo evidente.

A quienes se abren ahora las carnes convendría darles una pequeña pátina de historia rojiblanca, pedirles que repasen las hemerotecas de los setenta, cuando el Athletic presidido por Eguidazu tiró de chequera para incorporar a jugadores provenientes de otros clubes, muchos de ellos sin pasado rojiblanco o nacidos en otras provincias de Euskal Herria, como Lasa, Zabalza, Irureta, Txurruka, Aitor Agirre o Tirapu. Claro que los debates de antaño, que los hubo, pero menos, quedaban en nada sin la potencia de la era de la comunicación y, desde luego, nadie llegaba a cuestionar los méritos deportivos ni a plantear traiciones a no se sabe bien qué causas.

Con todo, si ayer había alguien con ganas de polémica o discusión en la grada de San Mamés, poco tiempo tuvo para ello, porque los goles llegaron muy pronto y eso siempre acalla hasta a los más recalcitrantes. A balón parado, tras genial saque de córner de Beñat, llegó el primero, de cabeza y a manos de un tal Aduriz. Se abría la lata y la tarde apuntaba a que podría ser fructífera. Pero no. El Getafe se mostró impasible, como si el gol no hubiera llegado, se mantuvo en sus trece de acumular futbolistas en su retaguardia buscando la presión y no dejar resquicio para el ataque rojiblanco.  Se estiró levemente el Getafe, incluso llegó a poner a prueba a Iraizoz en una ocasión, hasta que Raúl García aprovechó un centro de Susaeta - bastante mejorado con respecto a otras actuaciones- echando, de paso, un definitivo capote a la directiva, puesto que en fútbol, a base de goles, resulta muy fácil explicar el retorno de la inversión, esa razón financiera que, por desgracia, mueve el mundo, también el del fútbol. Bueno, quizás sea más correcto decir que más aún el del actual fútbol.

Los dos goles, una losa para los de Escribá, parecían enterrar a los madrileños, que en toda la primera mitad demostraron poca capacidad de reacción. Tampoco tras la reanudación, lo que contribuyó a un efecto relax en los rojiblancos que pudo ser peligroso cuando a raíz de los cambios getafeneses, y hacia la hora del partido, un fallo de Gorka metiera a los del sur de Madrid en el encuentro. No fue algo puntual, poco antes San José -vaya trabajo el suyo, por cierto-, sacó bajo palos lo que parecía un gol cantado.

Fueron los diez minutos siguientes los peores del encuentro, marcados por la precipitación, por el nerviosismo, por la incertidumbre, aunque no inquietara el Getafe y no consiguiera hacer buena la máxima de lo peligroso que suele resultar el dos a cero en el fútbol. Volvió a aparecer Aduriz, a pase de Eraso, un jugador que tiene algo, y que había dado relevo al fichaje García, despedido con toda clase de honores y sin atisbo de silbidos.

Ahí murió el partido, y bien pudo redondear la tarde y su cuenta el propio Aduriz, para acumular tres puntos cruciales para un equipo que recordó con su fútbol al de hace dos campañas, aquel del que decíamos que tenía más puntos que fútbol, pero que hizo de San Mamés, de este, del nuevo, un fortín inexpugnable.

La tarde dio, además, para constatar la presunta valía de un Lekue al que dificultan –aún más- el examen de primera alineándolo por la banda de babor; la importancia que ha ganado Beñat en el centro de operaciones y su acierto en la distribución; el buen entendimiento de De Marcos y Susaeta; las dudas sobre la titularidad en la zona ofensiva del carril izquierdo, donde tampoco Aketxe convence; o la evidencia de que los años y las lesiones no pasan en balde y que Gurpegi está condenado a tener un papel cada vez más testimonial, toda vez que veteranía y colocación no son suficientes para compensar la velocidad que un futbolista de primera necesita.

Quedémonos, pues, con las buenas noticias, sobre todo la llegada al equipo de una sola pieza que por sí sola ha hecho al plantel ganar en competitividad, resolver la incógnita de la media punta, aportar gol, profundidad y agresividad, y una versatilidad que tiene que hacer gozar a Valverde. Porque ganar un comodín, muy experimentado, que lo mismo puede jugar en cualquier posición del centro del campo, actuar con una llegada propia de un segundo delantero o, incluso, poder reemplazar, puntualmente, al insustituible Aduriz, es todo un acontecimiento deportivo en este Athletic.


Tiempo tendremos para salir de dudas, en confiar en que nada de esto sea flor de un día, en actuar con esa paciencia que tanto escasea en Bizkaia, tan dados a pasar de subir a los jugadores a los altares como a tirarles la peana a patadas. Ganas había de hablar y escribir sobre fútbol, que dos semanas de parada se hacen muy largas, demasiado. Y se acaba volviendo a hablar de filosofía, como si el mismo Kant hubiera nacido en Indautxu, o escarbar en las disensiones internas para alimentar páginas de periódico –sobre todo de uno- a base de enfrentamientos entre Amorrortu o Ziganda. Menos mal que el balón ya rueda y que, encima, acaba en la red del rival.

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Las consecuencias del calendario y la falta de gol

El séptimo puesto liguero, ese injerto entre las antiguas Intertoto y Copa de la UEFA, es como el turrón del duro, que puede ser dulce pero también te puede acabar costando un par de visitas al dentista. Así, el tan cacareado mérito clasificatorio de la pasada campaña ha dejado al actual equipo de Valverde desfondado en el primer asalto de la temporada, ese que ahora, cosas del mundo del fútbol moderno que tan bien domina Tebas, obliga a competir a los equipos desde finales de julio para llegar a agosto con un calendario tan apretado como solo lo tenían antes los clubes que en febrero seguían vivos en tres competiciones.

El Athletic, que en los últimos años ha cogido el gusto a esto de las previas, es fiel reflejo de lo relativo que puede ser el premio. Clasificado para la fase de grupos de la Europa League, una cuasi obligación en lo deportivo, pero logrado con más pena que gloria, incapaz el equipo de demostrar su superioridad ante rivales poco más que voluntariosos, ha debido sudar sangre, sudor y lágrimas para poder certificar su condición de más que favorito.

Los esfuerzos en el deporte, ya se sabe, acaban siempre pagándose caros, por lo que la mala cabeza de los zurigorris, que ha alcanzado niveles preocupantes y desesperantes  contra el semiprofesional Zilina, ha tenido como contrapartida que el Athletic, ahora que tiene la suerte de poder descansar un par de semanas -todo un lujo para un plantel agotado-, deba comenzar en quince días contra el Getafe una liga de treinta y seis jornadas, descontados ya el descafeinado enfrentamiento contra el Barça, donde casi siempre toca doblar la rodilla, y la derrota con imagen preocupante ante el Eibar.

Había advertido Mendilibar cuáles serían las claves, y el Athletic, salvo los minutos iniciales, poco más de diez, acabó por darle la razón: los rojiblancos acabarían pagando los excesos del calendario. Y así fue. Los armeros fueron dueños y señores de un encuentro en el que les bastó con hacer gala de sus señas de identidad, y con el paso de los minutos la balanza acabó por decantarse hacia el lado que casi todos suponían.

El líder Eibar no es que hiciera nada del otro jueves, que tampoco es que tenga mimbres como para pasar a los anales de la historia de este deporte, pero con una entrega incondicional, más detallitos de Dani García o Adrián, le dieron para incomodar a un Athletic que sólo confiaba en la capacidad de Beñat para dar con la tecla. O sea, darle alguna a Aduriz, cuasi única esperanza en este equipo para encontrar la vía hacia el gol. Pero estuvo desacertado el de Igorre.

Así discurrían los minutos, con el Athletic ausente, con un fútbol plagado de errores y un Eibar que sabía perfectamente qué hacer, principalmente por su banda derecha, donde la inaceptable actuación de Ibai y la ternura de Lekue convirtieron el carril diestro en el tercero de la autopista A8. El dominio del Eibar no se traducía, bien es cierto, en agobios defensivos para el Athletic, hasta que Laporte decidió sacar a escena a su alter ego Aymeric, ese central sobradito, el beckenbauer de Agen, que además de perder el balón tras una frivolité, más de lo mismo, tomó la decisión de hacer el bulldozer a la hora de intentar recuperar el cuero dentro del área. Todo ello delante de Fernández Borbalán, que ya sabemos que nunca perdona casi nada al Athletic.

El lacerante error del central galo dolió, metió en el partido definitivamente a un Eibar sin ganas de regalar ni desaprovechar nada, y puso el partido demasiado cuesta arriba para un equipo cogido con pinzas en lo físico. Hubiese sido un encuestro para ver de no mediar el error defensivo, de analizar qué podía haber sucedido si hubiera llegado empatado a cero al descanso y con el Eibar vaciado en un día plagado de calor. Pero de hipótesis ni se vive, ni se habla, ni se escribe.

Valverde volvió a no acertar en lo táctico, y aunque siempre es fácil decirlo cuando se pierde, los cambios al descanso son un buen indicativo de que el propio técnico decidió enmendarse a sí mismo la plana. Las variaciones, con todo, fueron testimoniales, puesto que el equipo ni tan siquiera mejoro algo. Que no se chutara a puerta  hasta pasada la hora del partido deja por sí solo claro el despropósito perpetrado.

Quedan ahora dos semanas para recuperar físicamente al equipo y desahuciar a los que se han hecho fuertes en la atestada enfermería, asunto que da como para escribir una novela. Desde luego sorprende, sorprende que el equipo se resienta tanto, que jugadores como Williams recaigan en una decisión cuestionable tanto del cuerpo técnico como, sobre todo, del responsable físico-médico y que casi nadie entre al debate más allá, se dice, de las lógicas lesiones de un calendario tan cargado. 

Puede que sea así. Pero contrasta el actual buenismo, o la pasividad, con respecto al de hace tan solo tres años, cuando hasta las fascitis plantares de quienes nos sentamos en la grada eran achacables al salvaje ritmo de juego que Bielsa pretendía.

Bien es cierto que todo queda en segundo plano teniendo en cuanta que casi se han reverdecido laureles y que la gabarra no ha vuelto a ver la luz por los pelos de Mikel Rico. Uno agradece la cordura, no sé bien si porque Urrutia ha vuelto a ejercer de guardián de las esencias o porque ni tan siquiera había margen de tiempo para ello, pero sea bienvenida una celebración proporcional al logro deportivo, que aquí, enseguida, nos venimos arriba con tal de organizar una juerga con cualquier excusa.

La lástima es que, a pesar de todo, del varapalo en casa al Barcelona, de la lección dada a unos culés en baja forma pero con Messi y Suárez de titulares, el equipo no acabe, como deseábamos algunos con más esperanza que otra cosa, de dar el paso adelante, ese salto competitivo definitivo tan deseable. Y es que este equipo pasa del balcón del Ayuntamiento al ridículo de la remontada del Zilina en demasiadas pocas horas.

Quizás en eso pueda Valverde darle tiza y pizarra a Raúl García y el bizarro navarrico al que hace unos años no caíamos demasiado bien pueda explicar, con luz y taquígrafos, qué tecla tocó Simeone cuando relevó al triste profesor Manzano al frente de la troupé colchonera y convirtió en una máquina de competir a un grupo de pusilánimes. Eso, o que revele qué coño desayunaron aquel nueve de mayo en Bucarest.

Entretenido va a estar el parón liguero, que para eso somos tan así en Bizkaia, de montar debates serenos y reflexivos. Nótese que aquí la ironía la escribimos en cursiva. O mejor, bastardilla. Que tire la primera piedra aquel que pertenezca a algún grupo de debate rojiblanco, barra de bar, grupo de guasap, o rellano de corrala, en el que muchos no se hayan abierto ya las carnes por el fichaje del tal García.

No seré yo quien muestre ahora simpatía por un tipo al que supongo que solo es fácil tolerar cuando viste los colores de tu equipo, ni dejar de reconocer que me ha cabreado su otro fútbol, de la misma manera que he admirado su espíritu ganador y su capacidad para competir hasta el último segundo. O dejar de reconocer que son fichajes cogidos por pinzas en el Athletic, que se producen cuando es evidente que existe escasez de mercado, carencia de alternativas a corto plazo, y una preocupante carencia en la generación de ocasiones de gol. Tampoco quien hurte la posibilidad a quienes pretenden abrir el debate sobre si no sería más honesto, puestos a traer raúles en base a su supuesta profesionalidad, abrir los límites e incorporar a profesionales pagando su verdadero precio y teniendo donde elegir.

Pero mientras el Athletic siga siendo como es, en tanto en cuanto socios y aficionados, de manera casi generalizada, sigamos defendiendo el actual modelo, la tradición de jugar con gente nacida o criada futbolísticamente en Euskal Herria, no negaré que, hoy por hoy, Raúl García aporta al Athletic un plus importante donde más lo necesita: en la capacidad de marcar gol, de competir y una polivalencia que un entrenador siempre está dispuesto a pagar.

No se nos olvide, que al calor del debate la memoria suele fallar, que en este Club el hijo de un expresidente de la Real ha puesto a la grada en pie, con su juego y con sus lecciones ante el micrófono. O que un tal Urzaiz, al que solo se convenció para venir a Bilbao a base de ceros, es hoy tan del Athletic como el que más. Tiempo al tiempo, y juzguemos lo que veamos en el césped.

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Una nueva derrota dolorosa para salir reforzado

No pudo ser, una vez más., y no por ser previsible dolió menos. El retorno del último éxodo rojiblanco lo decía todo. Cientos de autobuses, miles de coches, apilados en la autopista, muchos de ellos aún engalanados con pinturas de guerra, atestados de ocupantes con caras de circunstancias y sonrisas ausentes. Kilómetros y kilómetros de vuelta, la mayoría de ellos en silencio. Soportando estoicamente la densidad del tráfico, las aglomeraciones de los peajes y las injustificables colas en las gasolineras que ponían en evidencia la indignante falta de previsión. A casi nadie le apetecía hablar. Sensaciones conocidas, recientes. Una distancia muy larga, una experiencia ya conocida -que ya fue dura la vuelta de Valencia en 2009 y no digamos nada el retorno desde Bucarest-, da para repasar el partido varias veces, lamentar la falta de suerte, la ausencia de acierto, la incapacidad de competir mínimamente, de hacer frente a esa multinacional del fútbol en estado de gracia, de ponerle en aprietos si quiera unos minutos.

Se había vuelto a ganar la final en la calle, tomando al asalto la ciudad del rival, tiñendo cada rincón de Barcelona de rojiblanco, de orgullo euskaldun, de cómo se vive el deporte animando a los tuyos sin necesidad de faltar al rival, sorprendiendo sólo a extraños, pues los propios éramos conscientes de que el desembarco en la Ciudad Condal iba a ser histórico. No hacía falta, pero siempre viene bien. Ante todo, sentido de pertenencia y mucho más, si cabe, del humor. Porque quizás sería bueno que alguien se dedique a coleccionar la innumerable relación de ocurrencias. De vehículos, de vestimenta, de artilugios y cachivaches, pancartas, leyendas, frases o cánticos.

La constatación de que la afición zurigorri presente en las gradas sería mayoritaria también llegó rápido, no hacía falta acudir al campo para intuirlo, pero entrar en el Camp Nou y ver que aquellos con los que compartes colores son capaces de dejar en minoría a los que maniobraron para jugar con ventaja, en su casa, emociona.

Desplegadas las pancartas, soltados los gritos de ánimo iniciales, y cumplidas las tradiciones de silbar aquello que venga en gana, comenzó la tortura. La esperanza duró veinte minutos, que es poco, casi nada, pero un mundo comparado con las sensaciones vividas en Bucarest o Manzanares. Y es que el que no se consuela es porque no quiere. Esos veinte minutos, con todo, dieron para evidenciar que la apuesta de Valverde, condicionado por las circunstancias de tener un plantel en cuadro, no valía ni para neutralizar al Barça ni para poner en valor las virtudes propias. Aunque resulte complicado ahora hablar de virtudes, este Athletic las tiene y no pasan solo por tener la afición más fiel de cuantas puedan existir.

Ni el marcaje individual de Balenziaga sobre Messi, ni el refuerzo de Mikel Rico para el costado zurdo del mediocampo o el debut copero de Bustinza valieron para casi nada, como probablemente tampoco hubiese servido de demasiado contar con Muniain o de Marcos. Incluso, y valga esto como respuesta al oportunismo, haber podido alinear a Herrera, Javi Martínez, Llorente o Amorebieta. Que con estos ya se alcanzaron mínimos en lo que se refiere a actitud a la hora en encarar una final.
Este Athletic no ha tenido suerte, al margen de que deba reconocerse que a los nuestros la responsabilidad de las finales les puede. Encontrarse en todas las finales coperas de la era moderna al Barcelona es una dura casualidad. El único reproche que, seguramente, quepa hacerle a este Club sea el excesivo número de años, veinticuatro, que pasó sin alcanzar la clasificación para una final de un campeonato que antaño, y afortunadamente también ahora, le tenía como casi un fijo de las finales. 

Repasar quienes desde el año 1985 hasta ahora han obtenido una copa de manos de algún Borbón pone en evidencia que el camino es el marcado los últimos años, apostar por el torneo del KO como ningún otro contendiente a sabiendas de que tarde o temprano llegará el tan ansiado triunfo.

Hay quienes optan ahora por sacar la lista de reproches al calor de la decepción o la tristeza. Quienes aguardaban el momento para pasar factura al presidente por la designación del escenario, quienes recuerdan oportunistamente las fugas de los que voluntariamente decidieron marchar o la ausencia de unos supuestos refuerzos que cuesta encontrar en el mercado. Están en su derecho, como no. Pero aunque se empeñen en aguar el vino, el Athletic sale reforzado de esta derrota.

Y sale reforzado porque el orgullo athleticzale volvió a aflorar en las calles de Bizkaia, en las gradas del Camp Nou, porque muchos niños, entre ellos mi hija con dos años y medio, sin ninguna presión ni influencia paterna, han aprendido que hay algo de nombre difícilmente pronunciable, algo así como apeti, que hace que voluntariamente pidas vestirte de rojiblanco como el resto y aprenderte una canción para subirte a la ola de ilusión que vives alrededor.

El Athletic es eso. Ilusión, alegría, formar parte de algo distinto, seguramente no mejor o sólo mejor para nosotros, pero sí distinto. Por eso los aplausos y las lágrimas tras los noventa minutos llaman la atención a los ajenos mientras los propios simplemente tiran de coherencia. Al fin y al cabo si el voluntario respeto a nuestras tradiciones nos llevan a enfrentar a gente de casa a todo un catálogo de mejor del mundo del fútbol, resultaría incoherente abandonarles a su suerte en la derrota. No está de más, con todo, recordar que hace poco más de tres semanas nuestro verdugo ejecutaba a otra potencia balompédica que tenía al frente del puente de mando a un profundo conocedor del Barcelona y que también fue incapaz de frenarlo.

Llega el parón, un parón de un mes en el que los despachos empezarán a echar humo y donde Valverde deberá trabajar extra para afrontar la llegada de una profusa relación de cedidos, algunos fichajes y, esperemos, algún refuerzo. No es baladí la diferenciación entre fichaje y refuerzo. Ahora puede resultar tentador solicitar al máximo regente de Ibaigane que afloje la chequera y se dedique a apuntalar posiciones a base de convencer con planes de pensiones a quienes el Athletic no resulta una opción atractiva de primeras.

Tiempo habrá para debatir, incluso para divertirse con las más disparatadas informaciones sobre fichajes. Mientras , en cuanto en unos días se pase el disgusto de la previsible derrota, quedará rememorar los buenos momentos de otra final en la mejor de las compañías.

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Ridículo y posterior enmienda

Si alguien pretende sacar algún tipo de conclusión del bodrio perpetrado por el Athletic ayer, mejor que se abstenga. Principalmente si busca extraer sensaciones positivas, porque nada bueno más allá de los tres puntos y de la capacidad de reacción en poco más de doce minutos, cuando todo estaba perdido y contra un rival al que le iba poco en el empeño.

En el Martínez Valero se disponían a celebrar el final de temporada y el Athletic se prestó a  participar en el partido homenaje. Así, al descanso perdía cero a dos tras una imagen deplorable y el estado de ánimo de los aficionados zurigorris que resistíamos la tentación de atender otros enfrentamientos ligueros más emocionantes, por los suelos.

Había Valverde vuelto por sus fueros, a hacer oídos sordos a las bienintencionadas recomendaciones del entorno, y volvió a hacer gala de esa cabezonería tan suya de hacer lo que le da la gana con tal de demostrar quién manda. Ataques de entrenador los llaman, y aunque Txingurri sea de los tipos más sensatos que campan por los banquillos, tampoco parece ajeno a ello. Vuelta la burra al trigo con Viguera por la izquierda, que es algo tan idóneo como situar un armario  ropero en mitad de un pasillo, y a optar por San José como central para sentar al recién renovado Gurpegi, y otorgar la manija del centro del campo a dos futbolistas que en poco se complementan como Iturraspe y Beñat, entregando la mediapunta a alguien tan dispuesto como poco dotado para el fútbol de ataque como Mikel Rico.

Así las cosas, entre la disposición táctica y la falta de actitud del equipo, el Elche parecía llamado a metas mayores; Jonathas, un Phileas Fogg del fútbol, aparentaba ser un delantero de verdad, y los rojiblancos un grupete timorato de esos que sufren por agarrarse a duras penas a la esperanza de salvarse.

En el uno a cero San José ponía de manifiesto esa capacidad tan suya de ser un tremendo peligro en las áreas, lento sin remedio, despistado, al igual que Herrerín, al que atribuyen como virtud esa capacidad de reacción a la hora de salir de debajo de los palos que ayer –bueno, casi siempre- brilló por su ausencia. Peor aún fue lo del dos a cero, que evidenciaba un equipo que estaba a otras cosas, desconcentrado y desconcertado, incapaz de frenar un saque rápido de falta desde casi la frontal que recibió Jonathas más solo que un candidato de Vox en un mitin. Que el árbitro debiera haber mandado parar la jugada por no estar el balón detenido en el momento del saque es tan cierto como que no sirve de excusa para justificar la empanada de la zaga.

El paso por vestuarios no trajo consigo demasiados cambios, ninguno en la alineación, lo cierto es que era como para cambiar a todos, y poco en cuanto a juego, si bien el Elche, relajado, fue cediendo terreno posibilitando a Beñat coger el timón y mejorar algo la imagen de un Athletic que controlaba pero no hacía daño.

El público del Martínez Valero se afanaba en hacer la ola, o algo parecido, que se ve que no tienen mucha práctica, y a los suyos les debió entrar morriña de playa y vacaciones, así que el relax consiguiente les puso el dos a tres en el marcador sin prácticamente darse cuenta. Para entonces Valverde había decidido arreglar el entuerto que él mismo había causado. Decreto la entrada de Gurpegi para que San José dejase el eje de la zaga y pasase a escoltar a Beñat, como debía haber sido de inicio, y el desaparecido Viguera cedía la banda zurda a un Aketxe dispuesto a aprovechar  esos minutos que sabe que el entrenador no le regala con frecuencia.

Con eso, con sólo eso, el equipo empezó a comportarse de manera diferente, al punto de que Aduriz consiguió conectar con el de Romo para que el chaval marcara, San José transformase un trallazo para compensar, como suele acostumbrar, los fallos defensivos con acierto rematador, y Williams, ya en el descuento, y por fin, consiguiera complementar con algo provechoso su impresionante condición atlética.

Pudo haber sido todavía más contundente si Hernández Hernández, ese colegiado con aspecto de Tintín y maneras de tontín hubiese dado validez a otro golazo de San José, pero el colegiado es canario, y poco se puede esperar de un juez que proviene de la tierra que ha dado como fruto a mentes preclaras como Socorro González, Merino González, Rodríguez Martel, Brito Arceo o ahora el tal Hernández al cuadrado.

Se puede decir, por tanto, que con no demasiado empeño el Athletic tiene a su alcance el séptimo puesto, ese que dará como premio un hueso duro de roer, clasificación europea previo paso de dos rondas previas. Visto cómo han echado los nuestros el resto en la máxima clasificación continental por equipos, visto cómo se abordó el examen de repesca vía Europa League, parece lógico pensar que tener que empezar a competir en julio no será de agrado ni de plantilla ni de cuerpo técnico.

Veremos. Veremos si finalmente Txingurri renovase exige a Urrutia garantías, entendidas como refuerzos, para poder afrontar tres competiciones. Los mentideros empiezan a sonar, aunque algunos rumores, travestidos en noticia para vender periódicos en domingo, sean difícilmente creíbles.

De la final de Copa casi nadie habla. Es como si los que vamos a Barcelona lo hiciéramos más como viaje de ocio entre amigos que para presenciar al Athletic en condiciones de competir. Claro que ver las actuaciones últimas del rival y contrastarlas con partidos como el de Elche le dan a uno ganas de casi todo menos de asistir al Nou Camp. Pero esto es fútbol y puede pasar cualquier cosa. O eso quiero creer.

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Cuando los demás no fallan

Que no, que no. Que no se trata de quedar séptimo, de obtener esa plaza que da opción a participar en esa Intertoto travestida de premio de consolación y que daría la posibilidad a los meritorios zurigorris de conocer Europa tras acortar sus vacaciones veraniegas. De lo que se trata es de competir, de intentar llegar al 30 de mayo en las mejores condiciones físicas y anímicas como para poder, al menos, dar la cara en un partido clave.

Y es lo que el Athletic no ha conseguido hasta ahora salvo alguna racha puntual de victorias encadenadas, efímero oasis en un desierto futbolístico constante desde el pasado mes de agosto. El equipo no convence y aunque tampoco vence, su rachita de empates le valían como combustible mientras los rivales, por deméritos propios, se mantenían parados. Pero a diferencia de las anteriores jornadas, tras el empate contra el Deportivo el resto no fallaron.

Espanyol y Málaga aprovecharon la jornada y el punto cosechado el sábado pareció aún peor para quienes obvian lo cualitativo y tan solo juzgan al equipo en el aspecto cuantitativo. Ahora, todos descontentos. Porque el equipo siguen sin carburar y porque las incógnitas son mayores cada semana que pasa.

El once del Athletic es, hoy por hoy, una ecuación de tercer grado. Tiene tres incógnitas a estas alturas, palabras mayores, en las dos posiciones de la banda derecha y en la media punta. Valverde ha convertido cada jornada hasta la final copera en una Oferta Pública de Empleo, pero parece no haber demasiado aprobado entre quienes se presentan a las oposiciones. Con Mikel Rico como solución improvisada para poder encajar en alguna de las bandas a la altura del centro de campo; tirando del velocista Williams como solución para el costado que el de Arrigorriaga deje libre; poniendo una vela a Dios y otra al Diablo para que Iraola no falle el día de la gran cita, que  a ver cómo se remienda el roto en caso de no comparecer; y, seguramente, con una rifa para ocupar la media punta. Plom, dos, cuatro, seis, te ha tocado a ti, Viguera. O a ti, Aketxe. O igual a ti, Unai. O tú, Rico, que corres donde se te ponga. O tú, Beñat, aunque no te guste, que más atrás tenemos overbooking…

Anda Txingurri despistado, no tiene las ideas demasiado claras y utiliza cada jornada liguera como usaba el profesor Bacterio a Mortadelo y Filemón, o sea, de conejo de Indias ante cada misión. En la del sábado la cosa le funciono veinte minutos, lo que tardó el equipo en adelantarse en el marcador y en empezar a sestear para gozo de un Deportivo necesitado y a la desesperada.

Si la ausencia de juego es preocupante, la falta de definición de un esquema claro pone nervioso hasta al más flemático de los seguidores. Porque tampoco parece que la principal clave de la mala racha sea un problema físico, sino más bien una empanada mental de considerables dimensiones, la excesiva pérdida del control del juego, los fallos no forzados y la blandura en las posiciones más retrasadas.

Que contra Real y Depor el Athletic no haya sido capaz de mantener la ventaja, de saber administrar el juego, de obligar a sus rivales, buscarles a la contra complicándoles la vida, es significativo y viene a demostrar la ausencia de un patrón de juego, de un modelo.

Tan es así que el entrenador sigue buscando a falta de dos partidos para finalizar la Liga, repartiendo palos y zanahorias vía convocatoria a demasiados jugadores sin lograr el efecto motivación que parece lógico pensar que busca.

El punto logrado contra el Depor, de nuevo favorecido por un arbitraje más que amable, y ya son varios consecutivos, no anula las opciones para obtener la séptima plaza toda vez que el calendario de los rojiblancos es más amable que el de sus rivales, pero la solvencia del equipo contra los habitantes de la parte inferior de la tabla ya se está viendo cuál es.

Y lo importante, al margen de la dichosa plaza de consolación, sería a estas alturas gozar de un once tipo, de un esquema interiorizado (y memorizado) y de una forma de juego mínimamente solvente e interiorizada por un plantel que vive, exclusivamente, de la inspiración del impresionante Aduriz.

Quedan otras consideraciones adicionales que pueden resultar ahora ventajistas, aunque afortunadamente han quedado dichas aquí en otros momentos. Herrerín dejó en evidencia a quienes han apostado por él no ya solo para la Copa, seguramente más forzado Valverde por procurar ser coherente que por convicción deportiva, sino para su vuelta a Lezama, decisión del ahora cuasi apartado Jose Mari Amorrortu difícilmente comprensible y  que va quedando acreditada en excesivas ocasiones. Porque no se trata tanto de hacer paradas inverosímiles como de detener las que parecen más que parables.

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Matemáticas, especulaciones y probaturas

Cualquier cábala a estas alturas de temporada resulta inútil más allá de rellenar espacio, sea en medios de comunicación o en tertulias de barra de bar. Se puede especular con el número de partidos que son necesarios ganar para obtener pasaporte europeo vía Liga o de lo que se quiera, pero es más que claro que nadie sabe, a estas alturas, cuántos puntos garantizarán alcanzar el objetivo.

Hace dos semanas Ernesto Valverde hablaba de la necesidad de cosechar un número de puntos que ya parece lejano e innecesario. Y es que el fin de semana ha vuelto a dejar de manifiesto que vía competición liguera irá a Europa como séptimo clasificado el tuerto de ese país de ciegos en que habitan Málaga, Espanyol, Celta y Athletic. Después del trabajado y afortunado empate en la ribera del Manzanares, donde el linier del colegiado Latre fue quien, con diferencia, más hizo porque los rojiblancos vizcainos puntuaran, la jornada más compleja de cuantas restaban ha resultado más que propicia y deja al Athletic en sus manos la opción de garantizarse presencia continental, aunque con el añadido de tener que disputar dos eliminatorias previas en verano, algo que convierte el logro en un regalo envenenado.

La noticia es más que buena, si quiera para centrar la actualidad en ello y no en la Copa, principalmente para no caer en la tentación de mirar hacia Barcelona, ahora que atraviesan la mejor racha del curso y donde Luis Enrique va camino de ser declarado molt honorable. Centrado el equipo en la competición liguera y atareado Valverde en determinar cómo y con quiénes intentar el asalto al Nou Camp el 30-M, lo cierto es que las jornadas avanzan y las ideas parecen todo menos claras.

La enfermería luce letrero de overbooking, con sendas dudas sobre el rendimiento de varios de los llamados a ocupar plaza casi fija, como Ibai o Iraola, con Aduriz haciendo la goma desde hace varias jornadas, y el entrenador decidido a contar solo con aquellos que tengan claro que lo que busca, como requisito clave, es intensidad. Que se lo digan a Susaeta o Aketxe, que ya deben saber cómo se paga la falta de entrega.

No está fácil lo de la final copera, como no lo está lo de la Liga, por más que el Athletic cuente con mejor calendario que los rivales, con dos partidos de tres en casa. Y no lo está por las bajas, por el estado de forma general de un equipo al que la temporada se le hace larga, por la tardía decisión del entrenador de intentar repartir los minutos de competición y por la ausencia de un patrón de juego mínimamente solvente.

Alguien puso mármol a la más célebre frase de Caparrós, clasificación, amigo y, quien nos lo iba a decir, Txingurri parece decidido a arrodillarse delante de la lápida ramo de flores en mano cada semana. El juego es secundario, todo pasa por la solvencia defensiva, desaparecida desde hace un mes, por cierto; el trabajo destajista en el centro del campo, aliñado con las dosis de calidad del redescubierto Beñat; y el acierto de un Aduriz que aporta a la causa más porcentaje de goles que Cristiano o Messi a las suyas.

Con esos mimbres debe hacerse un cesto, así que no es de sorprender que las probaturas, con variaciones de esquema, contando con dos delanteros, por ejemplo, o con Mikel Rico como improvisada solución para el flanco zurdo del centro del campo, sean la constante hasta final de mes.
Como no debiera sorprender que Bustinza, a pesar de la sanción que le impedirá jugar contra el Deportivo, acabe de titular del lateral derecho por la más que posible ausencia de Iraola. Sería triste epitafio deportivo para el de Usurbil no poder portar el brazalete de capitán en ese encuentro ahora que ya se ha oficializado, tarde y mal, su decisión de abandonar la disciplina zurigorri.

A este respecto, y después de todo lo que se ha escrito, no debería sorprender demasiado la decisión en un tipo cabal y extrañamente discreto e inteligente para lo que acostumbra el mundo del fútbol, que pasa a echarte de menos a simplemente echarte en tan solo unas semanas. Andoni ha sido fiel a sus principios, a su criterio. Consecuente y honesto. Le costó aceptar seguir un tiempo extra hace unos meses y ya avisó que sería la última renovación. No es fácil gestionar las salidas en el fútbol, donde los aficionados no solemos ser, muchas veces, tampoco en el Athletic, justos.

A nivel comunicativo no ha podido hacerse peor. El asunto saltó, hace demasiadas semanas, a la palestra en un medio digital madrileño, firmado por un periodista donostiarra afincado en la capital y que tan solo se ocupa del Athletic cuando puede publicar algo en sentido negativo. Fue este mismo gacetillero el que dio la exclusiva de la batalla de Bielsa con el famoso jefe de las obras de Lezama, lo que no deja de acreditar que su fuente, y no hace falta ser Colombo, anida dentro del vestuario. El Club calló. Y el asunto lo retomó ETB hace quince días. El Club decidió aferrarse al laissez passer que tanto se practica en la entidad para anunciarlo la pasada semana, en un momento en que se desconoce qué sentido pudo tener.

Así las cosas, lo que queda de mes servirá para que los periódicos intenten aumentar ventas regalando vaya usted a saber qué artilugios rojiblancos cara a la final, para que ventanas y balcones aún poco engalanados florezcan de rojo y blanco y para que Valverde continúe con la preparación del partido más difícil de su carrera profesional. Porque el asunto entraña la dificultad de enfrentar al Barcelona el once más competitivo de un plantel plagado de bajas. Lo de jugar a fútbol habrá que dejarlo para otro año.