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Los bochornos se suceden

Pues sí, es evidente que no se tocó fondo el domingo contra el Elche, ahora el problema es determinar si el incalificable partido contra el Celta ha marcado, por fin, el nivel máximo de miseria alcanzable o aún nos queda alguna actuación similar que padecer. Dice Valverde no saberlo, desconocer si el equipo ha tocado fondo. Lo cual significa que ve posible que sus chavales aún puedan repetir actuaciones similares o, incluso, superarse y hacerlo todavía peor.

Se dejó aquí escrito varias veces, incluso en alguna colaboración para GARA, en la época de Bielsa, en aquella aciaga segunda temporada, como critica a Bielsa, toda vez que el equipo no reaccionaba y el entrenador insistía con mismo guion y actores. Es de Perogrullo, aunque como se la atribuyen a Einstein siempre parece más profundo, pero hacer siempre lo mismo cuando buscas resultados distintos es una postura poco inteligente.

Y en estas está Valverde, enrocado en sus inamovibles apuestas y  decisiones, en un ataque de entrenador permanente, intentando demostrar que no cede a las presiones populacheras, las que siempre suelen ignorar los que viven de esto por venir de quienes no son profesionales del fútbol, consideración que tienen –no solo don Ernesto- tanto de quienes atestan las gradas y barras de bares como de los que sientan sus posaderas en redacciones de medios de comunicación.

Todos estamos equivocados cuando planteamos una reacción del entrenador, que tome decisiones valientes y aplique el bisturí allá donde el equipo se desangra. En la banda izquierda, donde Balenziaga responde a base de puñaladas traperas a la confianza ciega que el entrenador deposita en él; en la línea de creación, donde Iturraspe naufraga y Rico se desfonda a la vez que deja en evidencia sus carencias cuando toda la responsabilidad de construcción y demolición recae sobre sus espaldas; en Muniain, el estrambote, la intrascendencia futbolística, al que demasiado rápido se aupó a los altares de un juego cuyos detalles más básicos ignora y parece que nunca llegará a comprender. O al carrusel absurdo de cambios de posiciones para de Marcos.

Pero da igual. Es como si Txingurri quisiera morir fiel a sus ideas, un talibanismo poco inteligente en cualquier orden de la vida, pero que viéndolo en un tipo razonable e inteligente hace pensar que si esto es lo mejor que el hombre cree que su equipo puede ofrecer, una de dos, o las alternativas son como para ponerse a comer cerillas, o definitivamente ha perdido el norte.

Porque perdido se le ve, y la gesticulación, la comunicación no verbal, le retrata. Ya desde Borisov se pudieron observaron en él caras de preocupación y desesperación, tan solo mitigados por la racha de noviembre. Ahora vuelven. Y transmiten que confía poco en lo que hacen los que él decide que salten al campo y, por deducción, menos aún en los que acumula, con criterio errático o al menos discutible, en banquillo y grada.

Pero además de la insistencia en nombres está el empeño en mantener esquemas. En la ausencia de ideas novedosas, probaturas originales, en transmitir la sensación de que no hay alternativas posibles, de que o esto funciona o estamos abocados a que llegue lo que tenga que llegar. Y ahí el cuerpo técnico debe valorar una enmienda al dibujo táctico, al invariable 4-2-3-1, o apuestas por jugadores que vean su oportunidad de reivindicarse.

El Athletic sigue vivo en Copa y, sin embargo, el ambiente en Bizkaia es como si hubiese sido eliminado, algo que no sucedió porque el Celta no creyó realmente en sus opciones y ni tan siquiera lo intentó, limitándose a aprovechar el desconcierto rojiblanco y los regalos de los locales, quizás como correspondencia a los que los celtiñas obsequiaron a los leones en Vigo el día de Reyes. Eso, y un arbitraje amable de Munuera, porque si la responsabilidad de juzgar lo de ayer hubiese recaído en algún Undiano, el Athletic estaba ya hoy más que eliminado.

Resultaría fácil ahora incendiar esto, impostar cabreos, soltar frases grandilocuentes, pedir dimisiones de directivas, ceses de entrenadores o fichajes exprés de todo aquello que sea susceptible de fichar. Pero el bochorno, el sonrojo que ayer sufrimos todos, debe llevarnos a críticas mesuradas y razonadas, no a bravatas, a gritos, o a análisis oportunistas. Y es que existen ya demasiadas críticas alejadas de la objetividad, interesadas, que esperaban este momento para su particular vendetta. Contra el presidente y la Junta actual, por razones bien diversas, y en otros por preparar un ambiente que pueda contribuir a que puedan llegar a celebrarse las hasta hace bien poco improbables elecciones.

Esa es la tristeza de todo esto, en la que estaba llamada a ser la temporada de la ilusión, traicionada, no se olvide, por el vulgar rendimiento de los jugadores, que han llevado a dejar en evidencia a un técnico que ahora queda retratado por su falta de cintura, que ha debilitamiento con sus decisiones el potencial de su plantilla.

No vienen tiempos fáciles de gestionar. Y las claves para la salida solo la tienen los que visten de corto, que deberían ser los que se vean con opciones físicas, pero sobre todo psicológicas, para poder liderar el paso al frente. A partir de ahora se verá, también, la capacidad del entrenador para motivar y sacar lo mejor de los jugadores a su cargo, que por mucho que se empeñe, no son como los del Elche, Córdoba o Granada. Y si no, que le pregunte al viejo conocido Caparrós, si no le cambiaría el plantel a ojos ciegos.

Es difícil, pero revertir la decisión pasa por los profesionales, por transmitir mensajes algo más optimistas y aparcar el catastrofismo. Y no es ajeno a ello la directiva de Urrutia, que debiera dar un paso al frente para apoyar y gestionar esta crisis. Porque el laissez faire, laissez passer es tan inaceptable en fútbol como en economía.
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2 comentarios

  1. Se salvó algo el miércoles... el bocata del descanso.
    Aunque luego casi se me indigesta.

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    Respuestas
    1. Yo, querido señor Murua, he decidido ayunar antes y después de los partidos ;-)

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Aldez aurretik, eskerrik asko. Gracias por anticipado.