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Mejoría inapreciable, punto insuficiente

Definitivamente sí, va a tocar sufrir. Esperemos que no demasiado, por aquello de que el paupérrimo nivel de la Liga permite que, incluso, con un mísero empate en casa se aumente la ventaja con respecto al descenso, para alegría o consuelo del entrenador, pero todo apunta a una temporada desmotivadora y desilusionante a más no poder el año en que nos las prometíamos muy felices.

Y lo preocupante es que parece cíclico, que es recurrente. En la era Bielsa sus detractores, que eran legión, silentes el primer año, oportunistas el segundo, achacaron todo a un supuesto agotamiento físico de la plantilla causado por el salvaje ritmo al que el rosarino, presuntamente, sometió al equipo, al punto de forzar excursiones masivas a Casa Ulrike para operaciones de pubis hasta a los utilleros de Lezama. Los autores de aquella teoría no aciertan ahora a explicar qué le sucede ahora  a la chavalería de Valverde, aunque este goce de una bula cuasi papal a la hora de las críticas.

No puede ser más decepcionante el comportamiento del equipo, y más corto el recetario del entrenador, limitado a leves retoques posicionales, y a un reguero de cambios que no llevan a ningún sitio, pero el nudo gordiano, el esquema, el dibujo, permanece tan inalterable que da la sensación de encontrarse en un callejón sin salida, seguramente propiciado por una huida hacia adelante tras una apuesta por un fútbol en el que ni el propio técnico cree.

Y es que ha habido dos valverdes. Uno, el que hace año y medio llegó a Bilbao y que en sus primeros partidos se felicitaba por los puntos acumulados con un fútbol que debía mejorar, y otro que se ha abonado a justificar y excusar cuanto sucede sobre el terreno de juego.
Y aun cuando todo el mundo coincide en la necesidad de puntuar por encima de todas las cosas, está siempre la sensación de que es más sencillo salir de los apuros cuando la apuesta por algo es clara que cuando se desconoce a qué y cómo se juega.

En este Athletic de la temporada 2014-2015 nadie es capaz de destacar virtudes, más allá de celebrar la aptitud y actitud de Aduriz o la racha goleadora de San José, que son quienes han protagonizado las pocas noticias positivas que permiten a estas alturas de temporada justificar lo injustificable basado en permanecer vivos en tres competiciones. Un análisis que se desmorona si se entra en el cómo, en el fiasco copero milagroso frente a un Celta que no quería o en estar en Europa League tras caer de forma deshonrosa en Champions.

Los rojiblancos están como están por deméritos propios, por no haberse tomado decisiones apropiadas cuando correspondía, por no haber querido advertir los problemas cuando aún había margen, por haberse mantenido fiel a apuestas que se veían erróneas. La pusilánime actitud de jugadores, la inmensa mayoría, y la cerril apuesta del técnico han conducido al equipo a una situación problemática en Liga.

Porque se muestran incapaces de conservar la ventaja y de dar la vuelta a marcadores adversos, principalmente. Pero, también, porque el equipo carece de ideas y conceptos más allá de pretender mantener el balón en posiciones cómodas para los rivales. Este Athletic se caracteriza por unas posesiones altísimas de balón en zonas intrascendentes para el juego, donde se dedica a moverlo horizontalmente para perderlo en el momento de la verdad. Incapaz de filtrar un pase en el centro del campo más allá de línea de tres cuartos o de progresar por banda y finalizar las jugadas con centros rematables.

Contra el Málaga los síntomas volvieron a evidenciarse. Los más destacados, San José y Rico, y ya es suficiente decir, vinieron a poner en el escaparate las características del actual futbol: dos jugadores que lo dieron todo en cuanto a actitud a la hora de pelear cada balón, pero que eran incapaces, posteriormente, de distribuirlo en condiciones. Todo ello en un equipo en que, en repetidas ocasiones, el organizador del juego resulta un portero con un golpeo deficiente.

Para gloria del entrenador, además, vuelven a fallar sus principales apuestas, la de Balenziaga en el lateral y la de Laporte como otro de los insustituibles pese a estar a un nivel que irrita. Irrita por la actitud de un jugador que parece creerse licenciado en esto del fútbol cuando tan solo acaba de pagar la matrícula de la Universidad, y por la justificación de Txingurri de todo lo que protagonice. Por ese cuestionado flanco izquierdo vino, una vez más, el gol rival. Tras pérdida absurda en el centro del campo, de nuevo, en esta ocasión protagonizada por Unai, con el debido despiste de un Viguera al que sólo ve en banda Valverde, la descoordinación táctica de Balenziaga y el movimiento erróneo del sobradísimo Laporte.

Con eso, con poco más, el Málaga se llevó un justo premio en un partido que dio para poco tras las decepcionantes actuaciones de Susaeta e Ibai. Ya sabe Javi Gracia qué debe hacer ahora para el próximo partido, el cuarto del actual curso, donde no conoce la derrota contra el Athletic, a pesar de que su equipo no haya sido superior en ninguno de los encuentros. Pero a este Athletic ya se sabe que basta dejarlo cocerse en su propia salsa para que resulte inoperante.

Cederle el balón en la parcela ancha y cerrar las vías hacia Aduriz en los pocos balones rematables que sean capaces de suministrar sus compañeros al delantero donostiarra parece suficiente para asegurarse el empate. Y aguardar una pérdida absurda en el centro del campo y contragolpear a una defensa fallona, el secreto para la victoria.


Se repite, y se repetirá, toda vez que el entrenador, obcecado y falto de cintura, apuesta por el mismo guion, variando solo protagonistas secundarios. Y claro, la película resulta un tostón.
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