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El mejor Messi es demasiado rival

Ya lo decíamos la semana pasada, así que no es cuestión de desdecirse ahora a pesar de lo abultado del resultado, hay derrotas de las que se pueden extraer conclusiones positivas, y contra el Barça las hubo. En lo que se refiere a actitud, principalmente y, sobre todo, entrega, esa que se ha echado en falta en ocasiones anteriores, en partidos en los que ganar era casi una obligación para poder afrontar partidos como el de ayer sin urgencias ni angustias clasificatorias.

Llegaba el Barcelona hecho todo un ave fénix, resucitado de las cenizas de su enésimo autoincendio, provocado hará como un mes precisamente tras caer derrotado en Donostia, con un Messi colosal, probablemente al mejor nivel que se le recuerda en San Mamés, y con un sistema que le va a las mil maravillas para el letal tridente que conforma su ataque. Todo ello tras ganar el astro argentino su pulso a Luis Enrique, al que han dejado de dar ataques de entrenador y, al menos momentáneamente, ha aparcado la soberbia para dejar paso a la cordura.

Ante esa máquina de hacer fútbol poco podía hacer el Athletic, y lo hizo, plantó cara y bien durante el primer cuarto de hora, a base de presión adelantada y dinamismo. Pero para vencer al triunvirato liguero se necesita hacer casi todo bien, bordar los detalles y que a la diosa fortuna le dé por soplar de popa. Y a la primera de cambio la suerte se puso esquiva, toda vez que Muniain, sí, él, se ayudó con el brazo en un control con el pecho cerca del área propia y Mateu Lahoz, sí, también él, no dejó pasar el detalle, pues bueno es don Antonio Miguel para los errores rojiblancos. En el lanzamiento de la falta, cómo no, por parte de Messi, Laporte, que conformaba barrera, rozaba el balón para despistar y confundir a Gorka.

A partir de ahí, un partido loco que bien pudo acabar el goleada culé en la primera parte o en igualada zurigorri, pero la pegada de Neymar o Suárez nada tiene que ver con la contundencia futbolística de Susaeta, Muniain o Unai López. A las paradas oportunas de Bravo y a la mano salvadora brillante de Iraizoz se sucedían fallos de los delanteros culés y Aduriz enviaba al palo.

La segunda mitad, que parecía que comenzaba más calmada, con la incógnita de si Valverde habría recomendado una optimización de los esfuerzos cara a la semifinal copera del miércoles toda vez que el once inicial estaba plagado de sus favoritos, volvió pronto a convertirse en un correcalles letal para el Athletic. Del recorte de distancias por medio de un Rico que aprovechaba el enésimo servicio a la causa de Aduriz se pasó, en un sí es no es, a que el Barcelona sentenciase el choque, autogol de de Marcos incluido. Por medio, otra de las jugadas para lamentar, cuando en la oportunidad que hubiese posibilitado el empate a dos, Aduriz, desentendiéndose del juego, se puso a discutir con el inefable Lahoz acerca de un posible penalti. Fallo grave del donostiarra y ocasión para observar con detalle al descerebrado colegiado que en su diálogo no tuvo mejor ocurrencia que señalar el punto de penalti para despiste general.

Demasiado rápido llegó el cuarto, lo que convirtió el segundo del Athletic en anécdota, pues el partido estaba ya roto, al igual que minimizada la capacidad física de los rojiblancos. Así las cosas, las esperanzas pasaban porque la fortuna favoreciese por un momento a los de Valverde y poder redondear lo que a todas luces seguro era un espectáculo divertidísimo para un aficionado neutral. 

Pero no. Con el debut forzado de Aurtenetxe por la necesaria oxigenación de un Balenziaga amonestado, o la entrada de Beñat para sentar a un Susaeta que no acaba de dar su mejor versión, el partido entraba en una fase de tregua hasta que Mateu, sí, él, volvió a aplicar el reglamento con el rigor con que siempre lo hace con los jugadores del Athletic cuando Etxeita, sin mala intención, pero de forma brusca, llegaba tarde y clavaba los tacos a Luis Suárez.

Es de admitir la roja, y ya no causa extrañeza que ese árbitro aplique así el reglamento. Precedentes existen. Pero resulta incomprensible que un tipejo que pasa por alto faltas claras aplicando su particular y único criterio, que deja de mostrar tarjetas amarillas en faltas que el reglamento reconoce como tales, muestre la rigurosidad máxima con el Athletic. Y llueve sobre mojado. Y no parece casual. Porque que con este colegiado se hayan ganado únicamente tres de veintiún partidos disputados es para evidenciar que algo raro sucede. Y tan meridiano resulta que, incluso, el comité técnico de árbitros que comanda el orondo Victoriano, no le había designado desde el atraco de Málaga.

Tras ceder el carnet con entrada pagada incluida, por aquello de la incompatibilidad de los horarios que decide el flechilla Tebas con la paternidad de dos criaturas, y visto en televisión, cabe reconocer que San Mamés se equivocó con Luis Suárez, que el delantero no exageró la falta y que no quedó justificado el abucheo. Pero ello no debe afear el comportamiento de un público que instantes antes había ovacionado a Xavi Hernández. Porque si lo del abucheo está a la orden del día en cualquier campo, que pongan muestras de ovaciones a jugadores rivales cuando el equipo de casa pierde para poner en valor a otras aficiones.

Así pues, y para el miércoles, solo queda ya recuperar a algunos de los que ayer lo dieron todo, esperar que el esfuerzo no pese en exceso, y confiar en que la decisión de Valverde de ir a con todo y a por todas contra el Barça no pase factura, porque la apuesta fue arriesgada en un equipo necesitado de puntos ligueros y que han solo ha sumado uno de quince posibles en San Mamés. El Espanyol llega en dos días, mientras Bizkaia acumula ilusión y esperanza. Pero Granada, parada obligatoria para revertir definitivamente la mala racha liguera, parece una obligación.
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