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Una derrota imperdonable

De la misma manera en que el Athletic generó expectativas de un final de temporada entretenido, en el que cabía la posibilidad de, aunque con opciones remotas, poder engancharse a la lucha europea, con la misma facilidad, o quizás más, los discípulos de Valverde han tardado una semanita escasa en aguar el vino.

No solo por aquello de los resultados, de obtener una mísera renta de un punto en tres partidos, de dilapidar las opciones de alcanzar a un Málaga al que le llegaba la cuesta arriba del calendario, sino por el frenazo a la ligera mejoría de juego que el equipo había alcanzado, consiguiendo un buen rendimiento defensivo, un centro del campo más asentado y equilibrado, y cierta fluidez ofensiva.

Pues en tan solo tres partidos todo ello ha quedado dinamitado. El equipo encaja goles de la nada, generalmente nacidos de errores propios a la hora de sacar el balón jugado, y la ausencia de Aduriz evidencia la sequía no ya goleadora, sino de generación de ocasiones.
Sacrificar un rato de sol de un domingo primaveral para ver un Espanyol-Athletic requiere unas dosis de afición importantes. En el estadio perico, y con excepción de la reciente eliminatoria copera, no es que sea difícil ver una actuación potable del Athletic, que obtenga una mísera victoria, sino que es imposible ver un espectáculo futbolístico decente.

Así volvió a ser ayer, en el que ambos equipos perpetraron un duelo esperpéntico en el que ganó el único que tuvo claro en qué consiste esto, que es meterla entre los tres palos independientemente del número de ocasiones que tengas para ello. Tuvo media el Espanyol, dado que la jugada volvió a partir de un error no forzado, la envió Sergio García –este no se anda con tonterías- al fondo del butrino, y fue suficiente.

Gorka, inédito, que vivió en Barcelona unos años, bien pudo haberse permitido dejar la meta vacía durante todo el partido e ir a visitar por la Ciudad Condal antiguos amigos y conocidos. No tuvo trabajo, ni necesidad de actuar. Por eso escuece más la derrota de un equipo con trazas de timorato, que naufraga cuando hay que progresar más allá de la línea de tres cuartos y que siempre regala opciones a rivales.

Más allá de la palabrería de los jugadores en ruedas de prensa y diversas declaraciones, se echa en falta una verdadera determinación para ir no ya a por esa dichosa séptima plaza, sino para que el equipo mantenga un mínimo de pulso competitivo que permita llegar a la final de Copa con un mínimo de tensión. No ayuda, claro está, el carrusel de cambios del entrenador. Y no porque no se entienda que Valverde debe utilizar los partidos que restan de liga para buscar el mejor once posible, con jugadores que pasen por el mejor momento de forma, sino porque lo que resulta difícilmente comprensible es que de la falta de un criterio claro pueda salir nada potable.

Que en el lapso de tres días la mediapunta pase de ser ocupada por Unai López a Mikel Rico, preocupa. Más que nada por aquello de la antagonía futbolera de ambos. Como también parece sorprendente que el entrenador insista con soluciones que ya se han demostrado inútiles, como es la opción de entregar la banda de babor a un Viguera que naufraga lejos del área.
No sorprende en Valverde la terquedad, ya le conocemos, tampoco que sea, para bien y para mal, fiel a sus ideas. Pero de la misma manera que con algunos jugadores baja el pulgar a una velocidad que haría del mismo Nerón un aficionado, se echa en falta, por ejemplo, que reconvenga a Laporte, sumido en una deriva de juego y actitud preocupante, con un pase por banquillo si es preciso, por ejemplo.

El Athletic volvió a dar la de arena por tercera jornada consecutiva, volviendo a repetir aquel ciclo que ya se dio en diciembre, cuando tras una reactivación del equipo, entró en una dinámica bastante negativa de resultados. El Espanyol, un equipo paupérrimo, que no tuvo problemas en dejarse dominar en amplias fases del partido por el Athletic, ganó con justicia a un Athletic incapaz de transformar el dominio en ocasiones. Tan solo tras corregirse Valverde a sí mismo el equipo llegó algo a área rival, una vez entraron al campo Susaeta e Ibai, jugadores de banda, para jugar por banda.

Pero para entonces el Athletic había agotado dos cambios, demasiados minutos, bastante crédito y algo de la ilusión de una afición que comienza a mirar con preocupación el final de la competición de la regularidad, por aquello de la falta de alicientes para el equipo.

Aún hay opciones de acercarse al Málaga, okupa por deméritos ajenos del premio de consolación liguero, que vive en esa muga que separa ser alguien en la Liga del pelotón de los torpes. Y la importancia, lo repetiré hasta la saciedad, viene dada por el riesgo que conlleva un equipo acomodado a falta de mes y medio para el partido del año. Al fin y al cabo, recorrer Europa a partir de agosto está mucho más al alcance vía Copa que a través de la Liga. Sólo hay que ganar al Barcelona. 
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