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Por fin una buena noticia

Ya era hora. Por fin. Una victoria y, sobre todo, la sensación de que otro fútbol es posible, a pesar de que quede un mundo entre lo observado ayer y lo que este equipo ha sido capaz de desplegar en otras ocasiones. Pero sí celebrar que se recuperaron, al menos, ciertas sensaciones.

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Mejoría inapreciable, punto insuficiente

Definitivamente sí, va a tocar sufrir. Esperemos que no demasiado, por aquello de que el paupérrimo nivel de la Liga permite que, incluso, con un mísero empate en casa se aumente la ventaja con respecto al descenso, para alegría o consuelo del entrenador, pero todo apunta a una temporada desmotivadora y desilusionante a más no poder el año en que nos las prometíamos muy felices.

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Todo por decidir en San Mamés

Empate a todo. O sea, a nada. A la intrascendencia absoluta, a la ausencia de fútbol, a la preponderancia de músculo y presión, centrocampismo de garrafa, sin llegadas a las áreas por parte de ninguno de los dos equipos, sin prácticamente tiros a puerta por parte de ninguno de los contendientes. Eso fue todo lo que dio la apuesta total del Málaga por la copa, la ocasión histórica, que se tradujo en 17.000 tipos en la grada y poco más.

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El Athletic se aficiona al harakiri

Pues no nos vamos a abonar al buenismo de la crítica general sobre el partido del Villarreal porque lo visto el sábado es, a todas luces, insuficiente para casi todo. Si a estas alturas algo más de músculo y presión pretenden bastar como base para huir de la quema del descenso, aviado está el Athletic.
Suele ser el final de la primera vuelta momento de hacer balance, y el de los rojiblancos es desolador. 

Por sí mismo, por atragantarse el desayuno de los lunes al constatar las consecuencias de prolongarse la media de puntos actual, y más en comparación con los guarismos de hace un año, cuando la cifra de puntos obtenido en la primera vuelta daba, prácticamente, para garantizar la salvación aun declarándose en huelga durante la segunda.

Nadie atiende a identificar las causas, aunque sí los síntomas de la enfermedad, que aqueja no solo al grupo de jugadores que salta al campo, sino también a un entrenador al que se ve superado hasta el punto de trasladarlo vía gestos en el banquillo y declaraciones cada vez menos afortunadas en ruedas de prensa.

Mientras un medio se apresura a dar al entrenador por amortizado, más por interés en revolver que porque existan decisiones tomadas a estas alturas, el aficionado zurigorri comienza a sacar la receta contra el sufrimiento guardada desde hace siete años y que creía que no volvería a utilizar.
Porque mucho debe cambiar este Athletic no ya para ser el equipo que fue, sino para poder competir con opciones contra algún equipo de la Liga. No era El Madrigal un campo propicio para nada, toda vez que no es un terreno al que los rojiblancos viajen con confianza y que pasaba el rival por una racha que no invitaba a pensar en que fuese a poner fáciles las cosas. Y celtas de Vigo dadivosos te los encuentras de pascuas a ramos.

Así que la puesta en escena dio de sí lo que el Villarreal tardó en destapar el tarro de las esencias en las botas de Cheryshev, que controló un gran pase lanzado desde cuarenta metros, orientó mejor y transformó con una calidad que hoy por hoy nos suena lejana a los seguidores del Athletic. Con esas, y dada la imposibilidad de este equipo para casi todo, sea remontar, sea administrar la ventaja, sólo quedaba esperar a la reacción de equipo y cuerpo técnico, para constatar, por desgracia, que todo sigue donde estaba, con unos jugadores sin fútbol y un entrenador sin ideas ni recursos para sorprender a nadie.

La alineación de inicio sorprendió, por aquello de que la revolución pasase -además de la obvia suplencia de Iturraspe- porque Unai ocupase la media punta y Viguera volviera a campar por una banda izquierda en la que se ha demostrado que no puede jugar, solución probada en ya demasiadas ocasiones y que solo contribuye a hacer de ese costado la más siniestra de las bandas.

Con estas, con tal variación de matices, con San José haciendo tándem con Rico, el Athletic tan solo opuso algo más de resistencia que en otras ocasiones, llegó en escasas ocasiones a área rival y falló, como casi siempre, las pocas oportunidades de que dispuso. Después, cuando para el segundo acto se necesitaba algo más, tan solo algo, esos gestos que permiten renovar la fe en que el equipo está en otro modo, la fortuna a modo de tres postes en la portería de Gorka permitieron albergar alguna esperanza hasta que Estrada Fernández regalaba al Villarreal su primer penalti en esta Liga. Mención aparte merece el apartado de las manos, toda vez que el Athletic ha visto como en una semana dos manos eran interpretadas por los colegiados de manera antagónica y siempre en contra de sus intereses. Tanta charla arbitral, tanto presidente y asesores en el Comité Técnico de Árbitros y tan solo han conseguido que, hoy por hoy, nadie sepa cuál es el criterio a la hora de considerar como falta una mano.

No tiene suerte el Athletic. En el juego porque no la busca y con los árbitros porque estos siempre se ensañan con los débiles y los rojiblancos lo son hoy por hoy en el campo y, parece, en los despachos federativos, otro de los aspectos que algunos empiezan a poner en el debe de Urrutia.

Y precisamente él, el presidente, es quien -supongo que contra su voluntad- ha pasado a estar en el centro del huracán. Por las críticas a no haber querido, podido o sabido reforzar el plantel en verano, y por haber convocado un proceso electoral en mitad de una temporada. Es justo decir que a muchos no nos parece una mala opción la elegida, y seguro que el actual máximo mandatario ni soñaba con esta situación cuando en vísperas de nochevieja convocó elecciones contra todo pronóstico y para sorpresa de todos.

Si hace diez días casi nadie daba un duro porque Urrutia no fuese a seguir otro cuatrienio sin necesidad de pasar por las urnas, los fiascos que el equipo ha acumulado en tan pocos días están animando la rumorología. Movimientos parece que existen, aunque a dos meses de la fecha de las votaciones no parezca que exista nada concreto. Y cuesta pensar que en tan poco tiempo alguien pueda conseguir enhebrar un programa electoral que represente un proyecto realista y atractivo.

Pero la arriesgada decisión del presidente y, sobre todo, la paupérrima actuación del equipo han permitido generar un caldo de cultivo idóneo para oportunistas sin escrúpulos que calibran la idoneidad de presentar candidatura, con todo lo que conlleva de coste económico y desgaste en caso de no tener serias opciones de ganar. De momento, parece que algunos medios, los que más beligerantes han sido con el actual presidente, están dispuestos a apoyar a ojos ciegos.

De celebrarse preocupa pensar que, en pleno mes de febrero y con el equipo necesitado de unidad, el entorno del Club se sumerja no ya en un debate sobre la gestión del Club, que eso poco podría influir en el asunto deportivo, sino en qué modelo de cantera aplicar, quién debe liderarlo o cómo debe el Athletic afrontar su futuro.

Si lo anterior es preocupante, lo que sí pondría los pelos como escarpias es pensar que como lo anterior aburre y no moviliza votos, el debate se oriente hacia qué hacer con el hijo del peñista de Bailén que despunta en un equipo juvenil de Jaén; sobre qué refuerzos compromete cada candidato -obviamente sin cuantificar qué subidas de cuota deberán afrontar los socios los siguientes cuatro años una vez pagada la ocurrencia a peso de oro-; sobre quién sustituirá a Larrazabal al frente de Lezama y, lo que es peor, debatir embutido en un disfraz la noche de carnaval quién debe dirigir al Athletic el próximo año.


Esto es lo que podemos encontrarnos, lo que hemos buscado, lo que merecemos, toda vez que parece que disfrutamos más con los harakiris que procurando perpetuar los buenos momentos. 

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Los bochornos se suceden

Pues sí, es evidente que no se tocó fondo el domingo contra el Elche, ahora el problema es determinar si el incalificable partido contra el Celta ha marcado, por fin, el nivel máximo de miseria alcanzable o aún nos queda alguna actuación similar que padecer. Dice Valverde no saberlo, desconocer si el equipo ha tocado fondo. Lo cual significa que ve posible que sus chavales aún puedan repetir actuaciones similares o, incluso, superarse y hacerlo todavía peor.

Se dejó aquí escrito varias veces, incluso en alguna colaboración para GARA, en la época de Bielsa, en aquella aciaga segunda temporada, como critica a Bielsa, toda vez que el equipo no reaccionaba y el entrenador insistía con mismo guion y actores. Es de Perogrullo, aunque como se la atribuyen a Einstein siempre parece más profundo, pero hacer siempre lo mismo cuando buscas resultados distintos es una postura poco inteligente.

Y en estas está Valverde, enrocado en sus inamovibles apuestas y  decisiones, en un ataque de entrenador permanente, intentando demostrar que no cede a las presiones populacheras, las que siempre suelen ignorar los que viven de esto por venir de quienes no son profesionales del fútbol, consideración que tienen –no solo don Ernesto- tanto de quienes atestan las gradas y barras de bares como de los que sientan sus posaderas en redacciones de medios de comunicación.

Todos estamos equivocados cuando planteamos una reacción del entrenador, que tome decisiones valientes y aplique el bisturí allá donde el equipo se desangra. En la banda izquierda, donde Balenziaga responde a base de puñaladas traperas a la confianza ciega que el entrenador deposita en él; en la línea de creación, donde Iturraspe naufraga y Rico se desfonda a la vez que deja en evidencia sus carencias cuando toda la responsabilidad de construcción y demolición recae sobre sus espaldas; en Muniain, el estrambote, la intrascendencia futbolística, al que demasiado rápido se aupó a los altares de un juego cuyos detalles más básicos ignora y parece que nunca llegará a comprender. O al carrusel absurdo de cambios de posiciones para de Marcos.

Pero da igual. Es como si Txingurri quisiera morir fiel a sus ideas, un talibanismo poco inteligente en cualquier orden de la vida, pero que viéndolo en un tipo razonable e inteligente hace pensar que si esto es lo mejor que el hombre cree que su equipo puede ofrecer, una de dos, o las alternativas son como para ponerse a comer cerillas, o definitivamente ha perdido el norte.

Porque perdido se le ve, y la gesticulación, la comunicación no verbal, le retrata. Ya desde Borisov se pudieron observaron en él caras de preocupación y desesperación, tan solo mitigados por la racha de noviembre. Ahora vuelven. Y transmiten que confía poco en lo que hacen los que él decide que salten al campo y, por deducción, menos aún en los que acumula, con criterio errático o al menos discutible, en banquillo y grada.

Pero además de la insistencia en nombres está el empeño en mantener esquemas. En la ausencia de ideas novedosas, probaturas originales, en transmitir la sensación de que no hay alternativas posibles, de que o esto funciona o estamos abocados a que llegue lo que tenga que llegar. Y ahí el cuerpo técnico debe valorar una enmienda al dibujo táctico, al invariable 4-2-3-1, o apuestas por jugadores que vean su oportunidad de reivindicarse.

El Athletic sigue vivo en Copa y, sin embargo, el ambiente en Bizkaia es como si hubiese sido eliminado, algo que no sucedió porque el Celta no creyó realmente en sus opciones y ni tan siquiera lo intentó, limitándose a aprovechar el desconcierto rojiblanco y los regalos de los locales, quizás como correspondencia a los que los celtiñas obsequiaron a los leones en Vigo el día de Reyes. Eso, y un arbitraje amable de Munuera, porque si la responsabilidad de juzgar lo de ayer hubiese recaído en algún Undiano, el Athletic estaba ya hoy más que eliminado.

Resultaría fácil ahora incendiar esto, impostar cabreos, soltar frases grandilocuentes, pedir dimisiones de directivas, ceses de entrenadores o fichajes exprés de todo aquello que sea susceptible de fichar. Pero el bochorno, el sonrojo que ayer sufrimos todos, debe llevarnos a críticas mesuradas y razonadas, no a bravatas, a gritos, o a análisis oportunistas. Y es que existen ya demasiadas críticas alejadas de la objetividad, interesadas, que esperaban este momento para su particular vendetta. Contra el presidente y la Junta actual, por razones bien diversas, y en otros por preparar un ambiente que pueda contribuir a que puedan llegar a celebrarse las hasta hace bien poco improbables elecciones.

Esa es la tristeza de todo esto, en la que estaba llamada a ser la temporada de la ilusión, traicionada, no se olvide, por el vulgar rendimiento de los jugadores, que han llevado a dejar en evidencia a un técnico que ahora queda retratado por su falta de cintura, que ha debilitamiento con sus decisiones el potencial de su plantilla.

No vienen tiempos fáciles de gestionar. Y las claves para la salida solo la tienen los que visten de corto, que deberían ser los que se vean con opciones físicas, pero sobre todo psicológicas, para poder liderar el paso al frente. A partir de ahora se verá, también, la capacidad del entrenador para motivar y sacar lo mejor de los jugadores a su cargo, que por mucho que se empeñe, no son como los del Elche, Córdoba o Granada. Y si no, que le pregunte al viejo conocido Caparrós, si no le cambiaría el plantel a ojos ciegos.

Es difícil, pero revertir la decisión pasa por los profesionales, por transmitir mensajes algo más optimistas y aparcar el catastrofismo. Y no es ajeno a ello la directiva de Urrutia, que debiera dar un paso al frente para apoyar y gestionar esta crisis. Porque el laissez faire, laissez passer es tan inaceptable en fútbol como en economía.

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El Athletic toca fondo

No nos preocupemos. Ni nos enfademos. Fue un accidente. Bueno, otro. Pero por causa justificada. Nuestros militantes muchachotes, que hacen tan propias causas ajenas –además de la del Elche, se me entienda-, decidieron motu propio alargar el clamoroso minuto de silencio del inicio del partido y, no conformes con la suficiencia del homenaje, trasladarse de espíritu y mente a París. Bien es cierto, a fuerza de ser justos, que algunos llevan en el limbo lo que va de temporada, pero concedámosles el beneficio de la duda y agradezcamos ese gesto de enternecedora solidaridad con el pueblo Francés.

Lo había advertido Valverde durante la semana, en demasiadas ocasiones, y pareció un cenizo militante, un angustias, pero algo debía intuir él que convive diariamente con la banda de pusilánimes, los jugadores debían andar a otra cosa. Y pronto se vio bien a qué. A hacerle otra muesca al currículo de despropósitos de la temporada, a engranar otro ridículo liguero al anterior, a sembrar de nuevo la duda de si el equipo habrá tocado fondo o de si aún habrá margen para un esperpento mayor.

Porque no se entiende nada. De lo que pasa en el campo ni de lo que decide el entrenador. Y vaya por delante que la alineación de ayer y la disposición en el campo de los elegidos, sea, seguramente, la de mayor consenso entre aficionados, periodistas y demás sufridores. Pero cuesta entrever las razones de la terquedad de Valverde, de su empeño en no enmendar la puesta de largo en el descanso, cuando ya parecía claro que aquello no funcionaba. Tardó el entrenador, cuyas decisiones tácticas no solo no contribuyen este año a solucionar problemas, como antaño, sino que, generalmente, suelen enquistarlos.

Resultaba incomprensible alargar el ridículo sobre el tapete de Muniain e Iturraspe, pero el primer sacrificado fue el ayer mediopunta de Marcos. Claro que bien podría haberse hecho el cambio a ciegas en un once en el que tan solo dieron la cara Aduriz, Etxeita, Iraola y Rico, a todas luces insuficiente para poder desplegar fútbol.

Curiosamente fallaron, de nuevo, aquellos en quienes más confía el entrenador, a tenor de los minutos que llevan acumulados: Balenziaga, Laporte, Iturraspe y Muniain. El Athletic se suicidó pronto con una pasividad defensiva pavorosa aderezada con la lamentable actuación del ínclito Iglesias Villanueva, que quiso ponerse en el papel de árbitro con personalidad y tan solo logró perjudicar al Athletic al no ver una mano clara en la jugada del gol o no quiso ver acciones tan evidentes como algún agarrón a Muniain.

Como a perro flaco todo suelen ser pulgas, los árbitros suelen ensañarse con aquellos equipos que no se respetan a sí mismos, que es lo que hace el Athletic este año, convertir en norma lo excepcional y acostumbrar a su parroquia a perder, sea contra equipos de nivel, por aquello del inapelable desequilibrio liguero, y contra los de abajo, por aquello de haber hecho de la desgana y la ausencia del espíritu competitivo la seña de identidad.

Parece claro qué es lo que falla, y también lo parece quién debe remediarlo. En primer lugar cada uno de los jugadores, pero en especial esos que llamados a ser estrellas de no sé bien qué gozan de un cartel a todas luces inmerecido. Porque esto del fútbol, como casi todo en la vida, va de otra cosa. De parecer, pero sobre todo ser. De llegar para quedarse. Y si un jugador piensa que por hacer sonar puntualmente la rumorología ha hecho algo, tiene un problema. Verbigracia, Laporte. Si con veinte años cada partido no progresas, no mejoras, acumulas más prepotencia que fútbol, tienes un grave problema. El de Muniain, el del jugador que para los veintidós ya ha demostrado que lo que se intuía como un futbolista de los llamados a marcar una época se diluye en la nada futbolística toda vez que con cada actuación demuestra que ni tan siquiera sabe de qué va esto del fútbol. O el de Iturraspe. Ejemplo del futbolista que deslumbra a todos tras tener la suerte de encontrarse a Bielsa en su camino y al que la poca ambición condena a transformarse en el Guadiana futbolero que a punto estuvo a condenarle a tener que abandonar el Gran Hermano zurigorri.

Decepcionante. Decepcionante a más no poder casi todo. Y todo derivado del conformismo, del justificar prácticamente todo, de los lodos que se derivan de los polvos de la Champions, de hablar de centrarse en Liga como si la reivindicación constante en cualquier competición no fuese mucho más positiva. Ayer el beti zurekin, nuestro particular you'll never walk alone, se transformó en sonora pitada, a destiempo, durante el partido, lo que viene a demostrar, una vez más, que también la afición vive equivocada en la creencia que el título de mejor afición es algo que también se hereda y no debe demostrarse jornada tras jornada, año tras año.

Cuesta a estas alturas, además, no dar la razón a quienes ya por verano demandaban reforzar la plantilla. Algunos no lo veíamos, en la creencia de que la acción del entrenador y la pelea de los propios futbolistas darían como consecuencia un plantel con varias alternativas por puesto. Pero la realidad es la contraria. Muchos de los miembros están acomodados por la ausencia de competencia y otros tan siquiera tienen la oportunidad de gozar de minutos ante la desigual apuesta del entrenador por unos y por otros.

Por si fuera poco, llegan en los despachos decisiones inexplicables. Balenziaga 2019 podría ser el título de un film de alguna odisea por el espacio sideral. Y, sin embargo, se trata no sé si de un drama, una película de terror o una comedia con muy poca gracia. La renovación de un futbolista que juega por decreto, cuando acumula méritos sobrados para pasar una temporada a la sombra y el anuncio llega, para más INRI, después de una catastrófica actuación del lateral siniestro en Vigo. Después de lo de ayer, de lo visto en el segundo tanto ilicitano, del nuevo fallo del Cafú zumarragatarra, quizás la comisión deportiva del Club decida regalarle un par de temporadas más.

Sólo queda asumir que en lo que queda de temporada todo debe pasar por sufrir lo justo en una competición con un nivel paupérrimo, no contribuir a encender las alarmas, y exigir una mejora inmediata de rendimiento y, sobre todo, de juego. Porque la ausencia de fútbol está en el origen de todo esto. La ausencia de un modelo que posibilite las llegadas a área rival, la creación de ocasiones, el juego por bandas, que destierre la horizontalidad absurda, que imposibilite que el portero toque el balón más que el propio mediocentro…

Se indignaban ayer muchos con la actuación del Elche, con el fútbol trabado que propuso, con las pérdidas deliberadas de tiempo… supongo que quienes protestaban no serían aquellos que durante cuatro años celebraban gozosos que el Athletic bordase, precisamente, ese mal llamado otro fútbol.Quiero suponer. Esos mismos que transformaban San Mamés en una especie de circo romano para acompañar con vocerío las acometidas de Toquero, máximo exponente del modelo deportivo. Ayer muchos sufrimos un Déjà vu. Ausencia total de fútbol y Gaizka como solución a no se sabe muy bien qué. La vuelta a otros tiempos, en los que los fines –lograr la salvación en un equipo que no podía aspirar a más- justificaban los medios.

No pasa nada. Hoy el circo de las entradas para Turín eclipsará ya el ridículo dominical y el miércoles, cuando se certifique el pase copero, las bufandas al viento y el corear de la Marcha Triunfal de Aída nos harán olvidar, por un rato, que el domingo el Villarreal pondrá a prueba dos modelos antagónicos. El de la cantera local contra el de los mercenarios del fútbol global. A pesar de que muchos de los malencarados mercenarios de Roig cobren fichas sensiblemente más bajas que los románticos futbolistas de casa.


Suena a demagógico, puede sonar a ventajista. Puede serlo, aunque creo que todo esto no es más que la consecuencia del cabreo de alguien que teniéndolo complicado para acudir al fútbol, hace todo lo posible por ir a pasar un rato entretenido una tarde de domingo. Una tarde de domingo de ese enero en que, para mayor dolor, el Club te acaba de dejar claro en tu cuenta bancaria lo caro que, encima, salen estos disgustos.

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El roscón lo pagaron los de casa

Parece que todo pasa por mencionar los regalos en los comentarios sobre el partido del día de Reyes que disputaron Athletic y Celta ayer, utilizar los manidos símiles, sobre todo el del carbón, aunque después del fiasco de Coruña, aún, el que más ganas tenga uno de usar sea el de cabrón, que aún escuece la ausencia de espíritu combativo por parte de las huestes rojiblancas.

No es que el decorado variase en exceso en Vigo, al menos sobre el tapete, que sí en el luminoso, y eso, claro, ya sabemos que, por desgracia, condiciona todos los análisis. Habrá que conformarse, aunque no parezca demasiado honesto el salvoconducto que se le aplica al bueno de Txingurri, al que se le perdona mucho más que a otros que el equipo desprecie el fútbol.

A algunos, a los que tan solo nos falta ya escucharle al de Viandar de la Vera verbalizar aquello del clasificación amigo para parapetarnos en la barricada al son del no pasarán se nos abren las carnes al ver que este Athletic lo fía todo a la suerte, a la casualidad, a la improvisación, al a ver cómo sale hoy la cosa. No parece haber plan previo, ni receta, tan siquiera. Lo mismo da que juegue Juana, que su hermana. Salvo Aduriz, claro. Con Aritz en el campo, todo es distinto. Para sus compañeros, por aquello de ser el que soluciona los problemas incluso cuando no hay recursos, todo un Mc Gyver del balón, y también para los rivales, a los que saca de quicio.

Sólo hay un problema. Bueno, una ristra de ellos. El primero, que no tiene relevo. El segundo, que llegó al mundo en los días en que Tejero perfilaba el asalto al Congreso de los Diputados. O sea, que tiene más años que un loro. El tercero, que sólo él concibe esto del fútbol como una batalla permanente, independientemente de que el rival sea poderoso o una ruina. Y cuarto, que acaba contrato, y que bien haría Urrutia en ofrecerle, ahora que no se estila -gracias a Mariano y a Montoro, los stoppers de los derechos de la clase trabajadora-, un contrato indefinido, para jugar a fútbol mientras el cuerpo aguante o para dar ejemplo a las pusilánimes generaciones venideras, cuando el fútbol le abandone. Podríamos seguir, pero mejor dejarlo, que pone los pelos como escarpias.

Así, el partido de Balaídos fue un despropósito de cabo a rabo, un correcalles, el kamasutra del arte de defender de puta pena –con perdón-, con la fortuna de que la peor parte se la llevó el suicida equipo vigués que, entre ausencias forzosas y otras forzadas por Berizzo, desplegó un equipo tan tierno como despistado.

Las defensas, empeñadas en parecer una más generosa que la otra, regalaron errores al rival y a aprovechamiento ganó el Athletic, que para eso tenía a Aduriz en el campo y éste, a diferencia del generoso Balenziaga, no entiende de quedar bien con el rival. Pero no deja de ser significativo que un Celta que no marcaba ni al arco iris desde casi la época en que Fernando Vázquez corría con histeria por la zona de banquillos, transformara dos tantos, uno por cortesía del ayer mediocentro San José, para devolver el equilibrio al marcador que él mismo había roto pocos minutos antes, y el otro tras el mejor centro al área –a la propia- de Balenziaga en todo el año.

Gracias a quien sea –elija cada quien si a Dios o al fetiche que antoje-, el espíritu de lo peor bielsismo campeó por Galicia y el correcalles se decantó en favor del Athletic. Además, y como el jienense Pérez Montero no estaba de humor, que el hombre parecía mosqueado con Díaz Vega por aquello de mandarle en día festivo desde la cálida Andalucía a la fría Galicia el día en que apetecía gozar en casa de la ingesta masiva de roscón y chocolatito mientras disfrutaba, pongamos, de un recién estrenado Exin Castillos o Scalextric, no se anduvo con chiquitas. Amonestaciones por aquí, expulsión por allá y penalti tras abrazo fraternal de Cabral a Aduriz.

Todo ello el día en que Valverde daba descanso a Iturraspe, vaya usted a saber si por oxigenarlo o para que espabile, y el vicepitxitxi San José formaba en la sala de máquinas junto al destajista Rico para desesperación, se supone, de un Beñat que cada día parece pintar menos.

Así las cosas, y pese a lo declarado, Valverde decidió apostar seriamente por la Copa. Y es que por mucho que todo el mundo entienda que la Liga es lo prioritario, máxime ahora que los puntos más bien faltan, la apuesta por el torneo del KO es siempre una obligación. No sólo ya en el Athletic, donde esta competición parece algo propio, sino en cualquier lado toda vez que no implica demasiados riesgos ni sobrecarga excesiva de partidos salvo que se llegue lejos. Y en este último caso queda siempre la duda de qué prevalece en la balanza, si el estado de ánimo de un equipo enrachado o la acumulación de minutos en las piernas. Ante la duda, parece evidente la opción a elegir.


Porque nadie duda que el Athletic llega al encuentro frente al Elche con algo más de crédito que tras el fiasco contra el Depor. Y eso ha pasado por obtener, prácticamente, el pase frente al Celta en Copa 

Así que no nos engañen. La Liga es la competición por antonomasia, pero en el Athletic es obligatorio competir en Copa. Máxime cuando se ha hecho el hortera en la Champions y se debe a la afición un mínimo de ilusión más allá de una excursión a Turín. Así que bienvenido sea que en Balaídos la sorpresa la diese el Athletic y que, sin embargo, el roscón lo pagase el Celta.

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Año nuevo, mismas decepciones

De poco vale repetirse, insistir en lo ya comentado. La sensación tras el primer partido del nuevo año vuelve a ser que el Athletic, aunque puede, no quiere. Y no quiere porque no le apetece competir, directamente. No le apetece implicarse, pelear, remangarse, mentalizarse, asumir que para sacar adelante los partidos debe mantenerse la tensión y la concentración desde el principio hasta el final… en definitiva, lo que cualquiera que en su vida haya visto media docena de partidos de fútbol ya conoce.

Menos los chavales de Valverde. Estos, que viven del asunto, o lo desconocen, o no les interesa. Sólo así se puede entender el lamentable y decepcionante partido de A Coruña. Y no puede justificarse ni por las bajas ni por las decisiones tácticas del entrenador, que bien pueden criticarse, pero que no son excusa para perder el foco sobre lo importante: actitud y rendimiento.

Porque pocas veces se encontrará el Athletic un rival tan flojo y maniatado, y menos aún el propio Deportivo un grupo de pusilánimes capaz de darle esperanzas de que la salvación es posible. Con nada, el Athletic tuvo el partido a su alcance en los primeros minutos. No acertó Viguera y ahí acabaron las opciones, aunque flaco favor le haremos al equipo si empezamos a crucificar al riojano que, al menos, estuvo, y no es poco en una plantilla con una terrorífica dependencia de un delantero de treinta y cuatro años. Falló el anterior pitxitxi de segunda, pero debería dársele un margen a alguien a quien el entrenador no ha dado la confianza necesaria ni las oportunidades de reivindicarse en la zona del campo en la que triunfó. Tiene gol y es capaz de generar peligro si merodea el área. Puede que no sea demasiado en el mundo del fútbol, pero se antoja un lujo en este Athletic romo en ataque.

Y por no aprovechar las que tuvo, volvió por sus derroteros el Athletic. A encajar un gol lamentable tras romper el sobradísimo Laporte la línea del fuera de juego y dormirse en los laureles San José, siempre tan peligrosos en las áreas.

A partir de ahí, un guion ya conocido, repetido demasiadas veces, que llevan a que lo de Borisov se haya convertido en norma y no en excepción, en un equipo que ya acostumbra a acumular actuaciones decepcionantes frente a rivales de poca entidad.

Y es que ya no es que haya desaparecido el mejor fútbol de la pasada campaña, el de la segunda vuelta, el que le permitió mantener en propiedad la cuarta plaza, es que da la sensación de que ha olvidado jugar a fútbol. Sin verticalidad, con un exceso de pases horizontales exasperantes, sin capacidad de desborde, sin crear no ya ocasiones de peligro, sino tan siquiera llegadas a área rival, el equipo funciona al ritmo del peor Mikel Rico, convertido en referente del centro del campo toda vez que han desaparecido quienes llevaban la batuta cuando esto del fútbol funcionaba.

Desconozco, a estas alturas, si es primero el huevo del rendimiento de los jugadores o la gallina de las decisiones del entrenador, pero lo cierto es que esto no funciona y pese a que en el fútbol siempre pagan los técnicos, las miradas debieran más centrarse en los que saltan al terreno de juego. Porque la historia se repite y no es tan caprichosa como algunos quieren hacer ver.
Ya lo dejó advertido Bielsa, lo mejorcito que le ha pasado a este Club en tiempo, y debe estar apreciándolo Valverde, otro tipo con prestigio y sobradamente preparado para esto. Este equipo acostumbra a no dar la talla cuando tiene la oportunidad, en el momento en que debe dar el salto, decepciona.

Y decepciona, seguramente, porque el nivel de exigencia es tan sumamente bajo, el precio del aplauso tan barato, que algunos piensan que han conseguido algo cuando tan solo han abierto la puerta. Va siendo hora de que los que están en el campo dejen de dar saltitos de alegría y celebración cuando tan solo han conseguido un billete para ir de viaje y empiecen a reservar alegría y alharacas para el día en que hayan competido a la hora de la verdad.

Veremos. Porque esto no da demasiada tregua y el rendimiento del sábado bien tendrá que ver con el del martes en Vigo. Ahí se podrá ver qué hay de verdad en las grandilocuentes declaraciones sobre la ilusión copera –un mantra-, o si algunas de las decisiones tácticas del entrenador fueron coyunturales o definitivas. Y es que es más que cuestionable, por ejemplo, ver al tierno San José en el eje de la zaga y a Etxeita en el banco. Salvo que el entrenador buscase, ante la ausencia de Aduriz, a su única arma ofensiva.


Al margen de la actuación copera, que será buena piedra de choque, pocas esperanzas cabe albergar para la Liga visto el cariz de los acontecimientos, la capacidad de los ibai Gómez de turno para optar a plazas en propiedad, la desesperante irregularidad de los susaetas e iturraspes, la consolidación de las soluciones temporales como definitivas ante la inexistencia de un lateral derecho y la ausencia de un modelo de fútbol que pueda hacer que las teóricas promesas que ahora parecen titulares puedan lucir mínimamente.