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Las consecuencias de no jugar ni a tabas

Pronosticaba Valverde un partido a cara de perro y a fe que lo fue. La Real lo afrontó, como acostumbra, con faz de doberman y el Athletic de lulú de Pomerania. Algún día alguien explicará los porqués, las razones por las que los donostiarras afrontan estos partidos con voluntad de ganarlos y competirlos hasta la saciedad, mientras que los rojiblancos los disputan con intensidad propia de amistosos veraniegos.

No acertó Txingurri, al contrario. Ni en el planteamiento inicial, ni en el rosario de cambios y posiciones que fue decretando, seguramente demasiado tarde. Zurutuza y Bergara se comían el centro del campo, empujando como dos bulldozer, mientras Aketxe necesitaba una brújula que le indicase hacia dónde moverse.

En banda diestra Susaeta evidenciaba las razones de sus continuas suplencias, con ese fútbol tan suyo, intrascendente, evanescente, voluntarioso pero inútil a la hora de la verdad. Bien haría Williams, que ayer se apropiaba de la banda contraria, en tomar ejemplo de lo que hace Markel para tratar de intentar todo lo contrario. Porque al bueno de Iñaki, y descontado ya el efecto del debut, comienzan a atragantársele la finalización de las jugadas.

La primera parte discurrió con más pena que gloria para los locales, con una Real bien plantada, tan solo necesitada de presión para hacerse con los balones que los rojiblancos perdían, otro día más, con una facilidad pasmosa. Las transiciones en los txuriurdin eran, además, de las de verdad, rápidas y con intención de hacer daño. Por necesitar, no necesitaron los guipuzcoanos ni hacer faltas para maniatar al Athletic y poner el partido donde querían.

La reanudación, que se disputó con los mismos once que la primera, y salvo por la intención de Beñat, de lo poco destacable, siguió por los mismos derroteros, sin nadie con criterio para jugar a algo que condujera a la victoria. Hasta que apareció Aduriz, otra vez, para llevarse por alto un balón frente al portero en el área grande y poner en jaque a la retaguardia blanquiazul y al navarro Martínez Munuera, un árbitro decente que se equivocó. No tanto en la señalización del penalti, que lo fue, a pesar de ser de esos que lo parece más en directo que tras darle enemil vueltas a la moviola. Pero se coló por completo el colegiado en la expulsión del central donostiarra toda vez que Aduriz ni tenía el balón controlado ni había ocasión manifiesta de nada.

Poco tardó la Real, por medio de un derechazo genial de De la Vella, en hacer justicia. Porque la Real fue mejor durante todo el partido. En igualdad numérica y, más aún, en inferioridad. Supieron a qué y cómo jugar, mientras que el Athletic dio, de nuevo, esa imagen pusilánime que tanto desespera.

Son las consecuencias de no jugar ni a tabas. Vences con viento de popa a Getafe, te aprovechas de la candidez de un desguace futbolero como el Córdoba, y piensas que la ausencia de fútbol puede resultar hasta anecdótica. Valverde, que ha abandonado la exigencia del cómo, al menos con respecto al año pasado, y abraza el resultadismo más extremo, debería estar preocupado. Rara vez en fútbol se logra nada reseñable sin un patrón, renunciando a unos principios mínimos.

Sobran probaturas en la misma medida que falta una definición clara de a qué jugar y con quiénes. Si desde agosto, que ya ha llovido, el rendimiento de la línea de tres que escolta a Aduriz ha sido la más cuestionada de las facetas de juego rojiblanco, lo de las últimas semanas, al margen de resultados, y salvo el partido contra el Getafe diezmado por la expulsión y por su falta de motivación, es para preocupar. Por la constante variación de nombres y de posiciones. Y porque nadie acumula tan siquiera un par de actuaciones decentes consecutivas.

Para el treinta de mayo, que ya empieza a estar a la vuelta de la esquina, convendría tener un plan claro. Y el mejor ensayo parecía llegar con la atención puesta en Liga, con todos los integrantes de la plantilla buscando la titularidad a base de actuaciones prometedoras. Pero no. Parece que muchos de los meritorios se ofrecen y destacan en la cuesta debajo de los partidos, pero prácticamente ninguno mueve un desarrollo exigente en los puertos de montaña.

Así las cosas, y a partir de hoy con todos más pendientes de los resultados y consecuencias de la tómbola copera de Ibaigane, lo más probable es que para la semana que viene el equipo se encuentre desenganchado de la séptima plaza. Afianzar las opciones pasaba por ganar a la Real. Bueno, en realidad las opciones pasaban y pasan por empezar a jugar a algo, que de ahí suelen llegar los frutos en este deporte.

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Todo buenas noticias

Fueron todo buenas noticias las del sábado, no tanto porque circunstancialmente la distancia con respecto al séptimo sea la menor de las últimas semanas, tres puntos más el dichoso goal average, sino más bien por el hecho de que el equipo aún se encuentre con la obligación de afrontar los partidos ligueros con alguna obligación.

Y nada es casualidad. Se había advertido por parte del entrenador de la necesidad de afrontar el partido con tensión desde el inicio y el equipo respondió. Un equipo, por cierto, bastante más razonable que el que el propio Valverde decidió el domingo anterior, con jugadores de banda por las bandas y con una probatura nueva, y razonable vista la necesidad de encontrar un media punta de aquí a final de Liga, otorgando a Viguera el papel de escolta de Aduriz, centrado el riojano en el campo y cerca del área, donde triunfó cuando alguien decidió enrolarlo en la nave zurigorri.

El Getafe, en tierra de nadie, fue una perita en dulce, no opuso resistencia y tan solo el habitual desacierto en la finalización de las jugadas evitó que el Athletic certificara en el marcador la total ventaja sobre el terreno de juego. La primera mitad a punto estuvo de quedar en nada cuando Viguera, lento pero con criterio cuando merodea la de cal, se escapó directo a la meta getafense y fue derribado sobre la frontal. Fuera del área, por poco, pero fuera, y Mateu Lahoz, ese juez de mentira, una escopeta de feria arbitral, señaló pena máxima y la consiguiente –en lo único que acertó- expulsión.

No falló Aduriz de penalti, algo lógico en el fútbol pero siempre noticia positiva en el Athletic de los últimos tiempos, y el instinto matador de Aritz no se vio alterado en el descanso, al tiempo que para el primer minuto de la reanudación se merendaba a los del sur de Madrid con el segundo de la tarde tras brillante asistencia de un Iraola que aún aprovecha los pocos minutos que parecen quedarle de rojiblanco para demostrar lo que sabe de esto.

La cuesta abajo posterior al dos a cero sirvió para el disfrute general, con una posible goleada de escándalo a nada que Aduriz hubiese tenido su noche. Porque no la tuvo, a pesar de marcar dos tantos y de ser, otra vez, el mejor.

Valverde volvió a aprovechar para ir repartiendo minutos. Dio oxígeno a Williams, que evidenció que sin metros aún es un futbolista muy tierno, como ya sabíamos pero preferíamos no ver. Y es que Iñaki luce la “L” y la tendrá que llevar aún una larga temporada, porque a pesar de que domina el asunto de la velocidad, el ir a 200 por la autopista derecha, le falta soltura para las maniobras, carece de experiencia y paciencia a la hora de aparcar.

Susaeta entró por él, para intentar reivindicar que, como Teruel, aún existe y que está dispuesto a demostrarle a Valverde que lo suyo tan solo ha sido una mala racha. Participó del juego, dio un pase de gol a Ibai Gómez, otro que quiso congraciarse con grada y técnico, y transformó el cuarto a pase de Aketxe. Markel celebró el gol de manera efusiva, llevándose un dedo a la boca, en un gesto que lo mismo sirve para celebrar la paternidad o demostrar al mundo que él, en esto del fútbol, no está dispuesto, como parece en demasiadas ocasiones, a que se crea que se chupa el dedo.

Quizás las aportaciones de Aketxe, Susaeta o Ibai fuese lo más positivo del encuentro, toda vez el equipo, cerrando la temporada, está donde estaba en la faceta goleadora, con un protagonismo excesivo de un Aduriz que casi acumula la mitad de los tantos marcados por el Athletic menos goleador de la historia.

Quedan demasiados pocos encuentros para el treinta de mayo y la lista de incógnitas está muy completa. Mientras que Ibai parece tomar ventaja en la puja por la titularidad de la zona ofensiva de banda izquierda, Txingurri lleva camino de convocar una OPE para la plaza de mediapunta. Viguera, Aketxe o Unai López parecen estar preparándose a fondo para optar a ganarse el puesto en propiedad por la baja de De Marcos, la incompatibilidad de Beñat en la zona y la incapacidad de Rico de dar las prestaciones que un equipo de primera necesita en esa zona. El problema radica en que ninguno convence a Valverde, que lleva haciendo probaturas e, incluso, experimentos desde agosto.

Al menos, otros puestos parecen estar más asentados. Etxeita llegó para quedarse, Balenziaga parece mejor cada vez que Aurtenetxe aparece, Iraola tiene cuerda para un encuentro y el medio centro, quién lo iba a decir, funciona de maravilla con Beñat en su sitio y un San José que ha convencido hasta a sus mayores detractores, entre los que se encontraba el ignorante que deja escritas hoy estas líneas.

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Una derrota imperdonable

De la misma manera en que el Athletic generó expectativas de un final de temporada entretenido, en el que cabía la posibilidad de, aunque con opciones remotas, poder engancharse a la lucha europea, con la misma facilidad, o quizás más, los discípulos de Valverde han tardado una semanita escasa en aguar el vino.

No solo por aquello de los resultados, de obtener una mísera renta de un punto en tres partidos, de dilapidar las opciones de alcanzar a un Málaga al que le llegaba la cuesta arriba del calendario, sino por el frenazo a la ligera mejoría de juego que el equipo había alcanzado, consiguiendo un buen rendimiento defensivo, un centro del campo más asentado y equilibrado, y cierta fluidez ofensiva.

Pues en tan solo tres partidos todo ello ha quedado dinamitado. El equipo encaja goles de la nada, generalmente nacidos de errores propios a la hora de sacar el balón jugado, y la ausencia de Aduriz evidencia la sequía no ya goleadora, sino de generación de ocasiones.
Sacrificar un rato de sol de un domingo primaveral para ver un Espanyol-Athletic requiere unas dosis de afición importantes. En el estadio perico, y con excepción de la reciente eliminatoria copera, no es que sea difícil ver una actuación potable del Athletic, que obtenga una mísera victoria, sino que es imposible ver un espectáculo futbolístico decente.

Así volvió a ser ayer, en el que ambos equipos perpetraron un duelo esperpéntico en el que ganó el único que tuvo claro en qué consiste esto, que es meterla entre los tres palos independientemente del número de ocasiones que tengas para ello. Tuvo media el Espanyol, dado que la jugada volvió a partir de un error no forzado, la envió Sergio García –este no se anda con tonterías- al fondo del butrino, y fue suficiente.

Gorka, inédito, que vivió en Barcelona unos años, bien pudo haberse permitido dejar la meta vacía durante todo el partido e ir a visitar por la Ciudad Condal antiguos amigos y conocidos. No tuvo trabajo, ni necesidad de actuar. Por eso escuece más la derrota de un equipo con trazas de timorato, que naufraga cuando hay que progresar más allá de la línea de tres cuartos y que siempre regala opciones a rivales.

Más allá de la palabrería de los jugadores en ruedas de prensa y diversas declaraciones, se echa en falta una verdadera determinación para ir no ya a por esa dichosa séptima plaza, sino para que el equipo mantenga un mínimo de pulso competitivo que permita llegar a la final de Copa con un mínimo de tensión. No ayuda, claro está, el carrusel de cambios del entrenador. Y no porque no se entienda que Valverde debe utilizar los partidos que restan de liga para buscar el mejor once posible, con jugadores que pasen por el mejor momento de forma, sino porque lo que resulta difícilmente comprensible es que de la falta de un criterio claro pueda salir nada potable.

Que en el lapso de tres días la mediapunta pase de ser ocupada por Unai López a Mikel Rico, preocupa. Más que nada por aquello de la antagonía futbolera de ambos. Como también parece sorprendente que el entrenador insista con soluciones que ya se han demostrado inútiles, como es la opción de entregar la banda de babor a un Viguera que naufraga lejos del área.
No sorprende en Valverde la terquedad, ya le conocemos, tampoco que sea, para bien y para mal, fiel a sus ideas. Pero de la misma manera que con algunos jugadores baja el pulgar a una velocidad que haría del mismo Nerón un aficionado, se echa en falta, por ejemplo, que reconvenga a Laporte, sumido en una deriva de juego y actitud preocupante, con un pase por banquillo si es preciso, por ejemplo.

El Athletic volvió a dar la de arena por tercera jornada consecutiva, volviendo a repetir aquel ciclo que ya se dio en diciembre, cuando tras una reactivación del equipo, entró en una dinámica bastante negativa de resultados. El Espanyol, un equipo paupérrimo, que no tuvo problemas en dejarse dominar en amplias fases del partido por el Athletic, ganó con justicia a un Athletic incapaz de transformar el dominio en ocasiones. Tan solo tras corregirse Valverde a sí mismo el equipo llegó algo a área rival, una vez entraron al campo Susaeta e Ibai, jugadores de banda, para jugar por banda.

Pero para entonces el Athletic había agotado dos cambios, demasiados minutos, bastante crédito y algo de la ilusión de una afición que comienza a mirar con preocupación el final de la competición de la regularidad, por aquello de la falta de alicientes para el equipo.

Aún hay opciones de acercarse al Málaga, okupa por deméritos ajenos del premio de consolación liguero, que vive en esa muga que separa ser alguien en la Liga del pelotón de los torpes. Y la importancia, lo repetiré hasta la saciedad, viene dada por el riesgo que conlleva un equipo acomodado a falta de mes y medio para el partido del año. Al fin y al cabo, recorrer Europa a partir de agosto está mucho más al alcance vía Copa que a través de la Liga. Sólo hay que ganar al Barcelona. 

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Gol ilegal para un empate justo

Fue un partido de esos a cara de perro, de nivel, de los que hay que trabajar mucho y bien para no ya ganar, incluso para puntuar. La primera media hora fue fiel reflejo de ello, con dos equipos más pendientes de mantener el cero del marcador propio a sabiendas de que quien marcase primero tenía casi todas las de llevarse los tres puntos.

Y le costó al Athletic llegar a mandar algo en el campo ante un Valencia perfectamente ordenado y plantado, un equipo al que es muy difícil hacer daño. De hecho poco le inquietaron los rojiblancos durante la primera mitad, a pesar de la mejoría del último cuarto de hora, minutos en los que al Athletic ya se le notó algo más que era el propietario del campo.

El segundo acto, ese sí, comenzó por otros derroteros, con algo más de dinamismo, con mayor mordiente y mayor peligro. Diego Alves tuvo que demostrar qué clase de portero es sacando un buen remate de Etxeita, uno de esos en los que se canta gol seguido de uy en el campo mientras te levantas del asiento, y el luego protagonista Otamendi sacó bajo palos, con el portero superado, un buen testarazo de Aduriz a gran centro del lateral de Marcos tras recibir con criterio una apertura a banda de Beñat.

Porque fue eso, el criterio en el centro del campo, lo que desatascó el partido, muy trabado en la primera mitad por la ausencia de organización en el centro del campo. Por qué se dio en el Valencia que lo analice Rita Barberá -lo achacan a la ausencia de Parejo-, que poco importa, pero en el Athletic pareció claro que el tándem Rico-San José no era capaz, más allá de un destacadísimo trabajo de contención y presión, de imponer la pausa y precisión necesarias en la medular. Una línea esta que no lograba enlazar con ninguno de los tres que custodiaban la espalda de Aduriz. Y es que aún cuando parece lógico que Valverde, ante la necesidad de revalorizar la plantilla e ir ensayando cómo lograr el mejor equipo con capacidad de competir el 30 de mayo, apueste por ir dando oportunidades a diferentes jugadores, lo cierto es que resulta poco comprensible el rendimiento, la entrega y la poca ambición que demuestran algunos. Es el caso claro de Gómez, Ibai, un jugador en horas muy bajas que parece haber asumido su papel de mero comparsa en la plantilla, o de un López, Unai, que sigue sin darle al técnico razón que justifique tanta chance, más si cabe con alguien que no se está caracterizando por regalar minutos a nadie.

Cuando parecía que el partido iba a decantarse de lado zurigorri, De Paul tranformaba un gol que dejaba helado a público y equipo. Además de por una pasividad extraña de la zaga, en la que faltó intensidad y agresividad, la jugada vino de una salida truncada por un nuevo error de entrega y precedida por un rebote. O sea, una combinación de errores, falta de contundencia y algo de mala fortuna.

Durante minutos pareció que el Athletic se iba del partido, que el Valencia se manejaba a su antojo y que los tres puntos se acumularían en la cuenta particular de los del Turia. Era el triste colofón a una semana plagada de noticias malas o extrañas, la lesión de Muniain en el momento en que empezaba a recuperar mínimamente su fútbol, la reiteración de la noticia del fin de ciclo de Iraola en el Athletic o el triste tercer aniversario de la impune muerte de Iñigo Cabacas, sin esclarecer, sin responsables policiales ni políticos, víctima Pitu de los excesos policiales primero y del contubernio de los que abrazan el poder, después.

Quizás fuese demasiado optimista pretender afianzar la octava plaza y acosar al Málaga obteniendo sí o sí los tres puntos contra este Valencia, al fin y al cabo montar el campo base en la séptima plaza pasaba más por haber hecho una primera vuelta liguera con un mínimo de dignidad, puesto que ya se constata que la diferencia con respecto a los malacitanos parece difícilmente salvable.
Cuando todo parecía perdido, apareció el factor San Mamés. Motivado por varios detalles. Por ejemplo la entrega y velocidad de Williams, con ese tipo de juego que siempre consigue conectar a equipo y público; la presión de los jugadores, liderados por Aduriz y Gurpe, sobre el calamitoso Teixeira, que desesperaba a equipo y público con los continuos desaciertos y su desigual aplicación de criterio en favor de los valencianistas; y por el error de Otamendi de entrar de manera excesiva, con su consiguiente expulsión, que llevó a ambos onces a enzarzarse en una de esas tanganas que en San Mamés siempre favorecen a los locales.

San Mamés enloqueció, encerró al Valencia a base de mucho coraje y nada de fútbol, y Teixeira, al que como a su ínclito hermano, el mayor, el gandul que llegó a primera más tarde, tan solo hay que dejarle cocerse en su propia salsa, concedió al límite del minuto noventa un gol en fuera de juego clamoroso.

Lloran ahora Amadeo Salvo y Nuno Espirito Santo -ojo a los nombres de los fulanos-, se indignan con la actuación del referee cántabro por esos minutos finales. Razón tienen, sin duda, en el gol, y, quizás, puedan apelar al exceso de rigor en la expulsión. Pero el arbitraje es mucho más que los errores puntuales y evidentes. Y lo de Teixeira con el Athletic fue, hasta el minuto ochenta, un constante desatino en la señalización de faltas o tarjetas. Claman en Valencia, recurren al Villarato, qué le vamos a hacer. Supongo que se referirán con ello a la eterna justicia federativa con el Athletic, por ejemplo con esa decisión de hurtar la final de Copa a, precisamente, Valencia o Sevilla en favor de jugarla en casa de nuestro rival copero.

Es divertido observar como claman justicia quienes tienen una deuda que debiera haberles llevado a la desaparición. Porque no deja de tener su aquel reclamar equidad arbitral mientras se pretende competir por la tercera plaza liguera sin atender las obligaciones económicas. Neutralidad arbitral sí, doping económico-financiero, también. Porque estimado Amadeíto, querido Nunín, algunos, como vosotros, por deber, además de ingentes cantidades de euros, debéis hasta callaros.

El ilegal gol de Aduriz hizo justicia a lo visto en el campo. Hubiese sido injusto, visto lo visto, que el Athletic no puntuara en un encuentro que pudo ganar y también perder a la contra. Y si, ahora, quieren ajusticiar a los Teixeira, los conocidos como hermanos calamidad, mejor. Al mayor, al pequeño y, puestos a pedir, también a su padrino Sánchez Arminio.