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El buen juego siempre ayuda a ganar

Dirá Txingurri lo que quiera, pero las cosas parecen más que claras. Para él, que apuesta por un limitado y reconocible grupo de jugadores cuando las cosas se ponen de pantalones largos, para el público, que tiene claro dónde se sitúa la línea que separa la cara A de la B, y para los propios futbolistas, viendo la actitud –y ansiedad- que muestran cuando disfrutan de minutos.

Así pues, los últimos enfrentamientos se han sacado adelante con solvencia, en momentos importantes de las competiciones, cuando aún hay margen para reaccionar y no tiene sentido dejar los deberes para más adelante, alineando a los nombres que casi todos consideramos más adecuados para que el equipo muestre su mejor cara.

De esa manera sucedió también anoche, cuando el Athletic, que tardó en carburar un cuarto de hora, dio un recital de buen fútbol en cuanto la máquina, bien engrasada, cogió algo de calor. El inocente y tierno Sporting, que se lanzó a por el partido a su manera, fue una víctima fácil para un equipo, el zurigorri, que estando en vena y contra un equipo que oposita con armas de fogueo, parece estar llamado a encaramarse a la zona media-alta de la tabla sin problema.

Pudo ser de escándalo la goleada a nada que la puntería no fuese uno de los hándicaps de ese equipo. Los desmarques y velocidad de Susaeta y Williams, descomunal partido de Iñaki, ayudados por Balenziaga y de Marcos; la sensacional dirección de orquesta de un Beñat estelar; el gran trabajo de Raúl García en todas las facetas, al que solo le faltó el gol para redondear la noche; y un Aduriz que parece jugador de otro nivel competitivo bastaron para que los rojiblancos presenten candidatura a salir de la cueva.

Fue importante obtener tres puntos, pero más lo fue la forma de conseguirlo. Con un juego más que aceptable, por fin, sin apreturas, con solvencia, marcando el camino que no debiera abandonarse. No siempre será tan fácil, cierto es, pero parece indiscutible que los resultados suelen acompañar las propuestas basadas en ciertas formas de juego. Las que buscan combinar con sentido, las que mezclan el juego en corto con el largo como recurso, las que explotan las bandas y la velocidad para desarbolar al rival, las que aprovechan el potencial a balón parado… En definitiva, los aspectos que caracterizan el juego de este grupo, tan distinto, tan distante, de lo demostrado en A Coruña hace tan solo una semana.

Veremos qué da de sí el asunto en un grupo tan acostumbrado a dar muchas paladas de arena tras alguna de cal. De la misma manera que queda pendiente en el debe del entrenador repartir los minutos de competición de una manera racional, donde el equipo tenga una propuesta y rendimiento mínimamente reconocible.

Cierto es, también, que mucha responsabilidad recae en los propios meritorios. Seguramente mejor que nadie lo refleje Ibai, ese jugador empeñado en dar la razón a su entrenador cada vez que tiene unos minutos para reivindicarse. Ayer pudo verse. Si alguien pretende hacerse valer a base de buscar la jugada espectacular, el golazo, la jugada que protagonice minutos de televisión, lo tiene claro en un grupo marcado, precisamente, por anteponer lo colectivo a lo personal. Los ibais deben interiorizar que la forma de llegar a la titularidad pasa por buscar los movimientos de Aduriz, la combinación, primar en definitiva el juego de equipo y no el lucimiento personal.

Porque es precisamente eso lo que hace mejor a un equipo en el que sus mejores jugadores lo son, precisamente, por las dosis de trabajo que aportan quienes gozan de más minutos. El examen seguirá en Sevilla, en el siempre desagradable campo del Betis. Ahí habrá oportunidad de ver si este grupo decide seguir dando puñetazos sobre la mesa y, por fin, obtiene en liga un triunfo a domicilio.

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Dolió el resultado, pero aún más las formas

Dolió no solo por eso de perder dos puntitos en el último estertor del partido, que también, como cuando de madrugada, a la vuelta de una juerga, pierdes por unos segundos el metro y la frecuencia de paso es cada media hora, sino por las formas, por aquello del verlo venir.

El Athletic acabó con las posaderas defensivas sobre la línea de cal que determinaba su área grande y así, aun cuando el Deportivo no había dado muestras de una gran voracidad ofensiva, las probabilidades de encajar goles siempre se maximizan.

Es lo que tiene fiar todo tu fútbol a la efervescencia, a la intensidad, al abordaje, abandonando por completo el concepto de buen fútbol –que no tiene nada que ver con el tiki-taka, por cierto-, de la pausa, del saber qué hacer en cada momento no ya sólo con el esférico, sino con el partido en general. Eso de la gestión de los tiempos.

Ver a Beñat, por ejemplo, el llamado a manejar con cordura la manija en el centro del campo, perder balones absurdos en las entregas para dedicarse después, denodadamente, a recuperar balones en un constante ejercicio físico baldío, pone de manifiesto hasta donde ha llegado este equipo.

Repite excesivamente Valverde en ruedas de prensa que la seña de identidad de este equipo es la intensidad de juego. Y es cierto. Pero resulta un error clamoroso apostar por ello como único recurso. Si los planteamientos pasan por electrizar los partidos constantemente, se demuestra que la única víctima de ello no es el rival, que el Athletic también acaba sucumbiendo. Porque aunque el Athletic tenga a dos jugadores de la entidad de Raúl García o Aduriz, estos también agradecen algo de pausa en el juego, no estar abocados, constantemente, a un recibir balones en largo buscando su carrera, su juego al espacio.

El justo resultado de Riazor vino más como consecuencia del demérito rojiblanco que del buen hacer de los gallegos. Porque los goles encajados por los rojiblancos fueron evitables, por un fallo de marca de Laporte el primero y principalmente el segundo, donde además del mal hacer de todas las torres zurigorris en defensa, el balón circuló del centro a banda y de banda a centro con una fluidez inaceptable.

Y no es cosa de reivindicar a estas alturas un tardío caparrosismo, ni mucho menos, pero defender un tesoro como un cero a dos fuera de casa merece, por lo menos, alguna tarjeta amarilla más en el haber del equipo, algo de agresividad bien entendida.

Al igual que los cambios, realizados por el entrenador no sé si mal, pero sí desde luego tarde. Tarde porque el equipo ya evidenciaba desde poco después de marcar el segundo tanto que le faltaba la frescura necesaria para llevar a cabo ese fútbol que plantea.

Y se echa de menos algo más de imaginación desde la dirección del equipo a la hora de abordar las sustituciones que el mero hombre por hombre, casi siempre, además, previsibles. Se echa de menos variaciones tácticas en defensa, en el propio centro del campo. La solución a las malas decisiones de Williams, que marcó un golazo y poco más positivo pudo aportar, no pasaban por su cambio por Sabin Merino. El equipo necesitaba otra cosa, algo más allá de velocidad acompañada de inexperiencia. Los rojiblancos demandaban pausa en el juego, posesión, y capacidad de cortar el juego deportivista con contundencia. Sin embargo, para cuando Txingurri movió los peones la diferencia en el marcador era ya mínima y la enmienda a la totalidad planteada por Sánchez del Amo mucho más efectiva.

No se puede fiar todo a la contundencia rematadora de Aduriz, al trabajo de García, a la improvisación, a fiar a que Susaeta o Williams tengan un momento de inspiración en su particular fútbol de ley del embudo.

Es cierto que el calendario liguero ofrece ahora encuentros que, seguramente, permitirán al Athletic, sin grandes esfuerzos, consolidarse en la parte media alta de la tabla. Pero también lo es que lo seguirá logrando a base de un fútbol que ni enamora ni entretiene, que está a distancia sideral del que por potencial el equipo podría practicar.


Y es precisamente eso lo que penaliza. Pero como esto vuelve a coger velocidad de crucero, mientras rumiamos con rabia los dos puntos tirados por la borda en Riazor por no saber gestionar ventajas –ya dilapidó este grupo otro 0-2 a domicilio contra el Zilina-, en un ratito estaremos, de nuevo, presenciando qué da de sí el equipo en su próximo enfrentamiento europeo. Servirá seguramente para calibrar, entre otras muchas cosas, pero principalmente si Valverde continua con su particular visión de que el reparto de minutos entre los jugadores se debe hacer a base de volantazos o combinando la participación de los menos habituales con quienes más minutos llevan sobre sus piernas. 

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Tres puntos, buen juego y parón para el descanso

Puede que sí, que Valverde quisiera obtener la victoria frente a AZ y Valencia, pero en la declaración de intenciones de entre semana, cuando tildó la competición doméstica de prioridad y la europea de ilusión, ya evidenció por donde irían los tiros. Bien porque realmente crea que la mejor manera de llevar a cabo las necesarias rotaciones sea hacerlas todas de golpe, bien porque busque cargarse de razones el día en que suene la flauta y consiga un triunfo que las avale, lo cierto es que, al final, se impuso la lógica tanto en el partido de Holanda como en el de ayer de San Mamés.

Salieron los leones sabedores de lo que se jugaban, de lo escaso de los resultados de los últimos encuentros, y decidieron atajar las dudas desde el pitido inicial. Fue mejor el Athletic, muy superior al Valencia, y de ahí lo contundente del resultado. La mejor noticia, con todo, fue la capacidad de reacción en un equipo que no suele ser especialista en remontadas. Al gol de Parejo, un golazo de falta en toda regla, le sucedieron momentos de duda, en torno a diez o quince minutos en que el equipo estuvo grogui.

Pero pudo rearmarse, de la mejor manera, tras aprovechar su potencial rematador en uno de los muchos córneres lanzados. En este caso, el encargado fue Laporte, aprovechando un despeje defectuoso de Negredo. Y volvió el Athletic a la línea que había marcado desde el inicio del partido, con una defensa seria y concentrada donde brilló, por fin, Aymeric Laporte; con un centro del campo que combinó trabajo y calidad a partes iguales bajo la batuta de un Beñat que regaló una de sus mejores actuaciones como rojiblanco; en una tarde en que acompañaron las bandas, con un Williams en constante crecimiento y un Susaeta que reverdece viejos laureles, bien apoyados todos ellos por un soberbio Raúl García en su mejor actuación con la elástica zurigorri. De Aduriz nada nuevo que decir. Más discreto en la primera mitad, desplegó un recital de trabajo, ambición, liderazgo y, sobre todo, calidad en la segunda mitad. Porque calidad es sabérsela poner a Susaeta como se la pudo en el segundo gol, rematar como un killer en el tercero, y, sobre todo, mantener el espíritu combativo del equipo, por contagio,  como solo él sabe hacerlo. 34 años y once goles marcados a 4 de octubre. Pocas cifras resultan más representativas.

Necesitaba el equipo el triunfo por varios motivos, pero principalmente porque no se había hecho acreedor a tan pocos puntos en lo que iba de Liga. Y por lo bien que sientan siempre las victorias antes de los parones ligueros, que siempre dan para hablar de fútbol más de lo necesario y razonable.
Valverde lo celebró por todo lo alto y aprovechó para sacar pecho en la rueda de prensa. Correcto y razonable, pretendió cargarse de razones por lo realizado el jueves en tierras holandesas. Y volvió a repetir que su función es tomar decisiones difíciles. Craso error. Su función es obtener los mejores resultados posibles, sea tomando decisiones fáciles o difíciles.

El problema radica en que el bueno de Ernesto se obceca con determinadas decisiones desde hace mucho tiempo. Los casos de Beñat o Etxeita pueden parecer los más significativos. El asunto de las rotaciones es otro más. Nadie discute la necesidad de dosificar los minutos, la conveniencia de tener el máximo número de jugadores en condiciones de competir, de hacer que la plantilla sea lo más larga posible.


Pero se discute la forma. El hecho de dar minutos a los menos habituales a todos el mismo día, a futbolistas con poca costumbre de jugar juntos. Pero parece que no hay propósito de enmienda, que el asunto ha pasado a ser ya una apuesta personal, por lo que volveremos, a pesar de haber fracasado ya este año en tres ocasiones, a tener que acostumbrarnos. Al menos hasta conseguir una victoria, para que el entrenador pueda afirmar, por fin, que la razón era suya. Son las cosas de los que se sientan en los banquillos. Y Valverde, por más que sea un tío más que normal, no es ajeno a muchas de las manías de sus compañeros de profesión.