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Aritz marca el camino

No solo por lo visto en el campo, abriendo el marcador en Vallecas como si no hubiese habido descanso tras tener que enmendar el bodrio de Augsburg, sino por el ejemplo de trabajo, constancia, liderazgo, mejora continua y ambición, concepto este último que dejó evidenciado  tras el recado del pasado jueves, cuando fijó como objetivo que el equipo iba a procurar pelear por llegar hasta el final en la Europa League.

Por más que Valverde intente situar ahora el listón competitivo más bajo, por cordura se entiende, por aquello de no sobrepresionar al equipo, quizás marcado porque en su currículum como entrenador de este club hubo un punto de no retorno cuando un presidente tildó de fracaso una eliminación en esta misma competición. Con todo, no es baladí que, por fin, en el Athletic comience a aflorar la ambición y que esta nazca, además, de la caseta, manifestada sin ambages por el que es, sin género de dudas, el líder del grupo tanto en el campo como delante de los micrófonos.

Porque lo bueno de esto no es que se trate de palabrería barata, como aquella que tanto se ha dado en este club en declaraciones que quedaban como brindis al sol al no verse secundadas con la consiguiente actuación plagada de competitividad sobre el terreno de juego. La diferencia, ahora, es que lo que se dice en ruedas de prensa y entrevistas se hace con posterioridad a haberlo dejado meridianamente claro en el marcador a base de goles. Primero goles y victorias, y después palabras.

Porque hablando de palabras, recomiendo la entrevista realizada por Beñat Zarrabeitia para su programa Harrobia de Hamaika Telebista a un Aritz Aduriz que en cuatro días ha vuelto a sorprender al mundo del fútbol, centrar todos los debates, principal e incomprensiblemente el de si debe o no ir convocado por del Bosque, algo que se entiende que se plantee desde Madrid, pero no que se pretenda empujar desde el entorno del Athletic, que debiera cruzar los dedos para que su joya de treinta y cuatro años dispute el menor número posible de partidos.
De un tiempo a esta parte, y algún día lo valoraremos en su justa medida, las excusas parecen haber quedado aparcadas, para que el equipo empiece a exigirse acorde al potencial que parece atesorar, mientras que el asunto de la mal llamada filosofía, otrora único leitmotiv de la causa zurigorri, parece haber quedado aparcada como excusa y justificación de todos los fracasos y sirve, por ejemplo, para que hagan el ridículo hablando sobre ella tipos de la importancia de Elejalde, alias Karra, un actor que hibernaba hasta que Mediaset lo ha reconvertido en una más de sus estrellas mediáticas para ocupar un sitio en el corazón de Paolo Vasile, junto a Jorge Javier o Belén Esteban.

En Vallecas, el Athletic no dio tregua. Ni tan siquiera hubo tiempo de ver si la apuesta valiente de Paco Jémez sobrepasaba a los leones, porque a la primera, entre Raúl García y Aduriz fabricaron un gol de esos que vienen a demostrar que ni se les puede dejar maniobrar, ni se puede evitar que practiquen ese fútbol tan suyo, tan imprevisible, toda vez que son capaces de desarbolar a los rivales a balón parado, en movimiento o en carrera. Muestra de ello es que Aduriz marcó tres tantos al Rayo: de cabeza, con la pierna buena, su derecha, y la no tan buena, la zurda.

A partir de ahí, nadar para guardar la ropa y esperar a que se presentase el momento preciso para ajusticiar a los vallecanos. Fue de penalti, tras una de esas jugadas que se ven por docenas en los partidos, un agarrón en el área sobre Raúl García, pero que rara vez señalan los once metros los árbitros. Sí lo hizo Hernández Hernández, con poca convicción y peor conciencia tras el descanso, visto el tinte casero que tomó su arbitraje tras recibir en la caseta algún aviso de que lo señalado no era, ni mucho menos, clamoroso.

No fue un partidazo de los de Valverde, en otro más de esos días en que su fútbol no enamoró, y sin embargo fue superior al Rayo en todas las facetas. En todas salvo en la posesión, apartado en el que dominó el equipo de Jémez para no sacar rendimiento ofensivo alguno.
El tercero de la tarde, la sentencia, de cabeza, llegó en el mejor momento. Pudo haber subido alguno más al marcador antes, principalmente un remate con la zurda de Raúl que se fue al palo, pero fue suficiente la renta, que apuntaba a goleada y se cortó cuando el árbitro canario –que tendrá el calor africano que hace que no haya un trencilla de esa tierra cuyas actuaciones no sean un despropósito- expulsó a Laporte por un forcejeo con los brazos que no debió ser señalada ni como falta.

Aún quedando mucho partido, los riesgos de ver recortada la diferencia en el marcador fueron anecdóticos. Y la que hubo con consideración de ocasión clara de gol fue desbaratada brillantemente por un Iraizoz que estuvo tan bien bajo palos como atento y seguro en las salidas por alto.


Tras el fiasco contra el Granada, por los debes de un Athletic con tendencia a la autolesión, y el infame encuentro de Augsburgo que solo la reacción de Iturraspe, Williams y Aduriz consiguió salvar, a los rojiblancos les espera una semana algo más sencilla. Una rotación generalizada contra el Linense debería permitir recibir al Málaga con los mejores efectivos con suficientes reservas de oxígeno para obtener sí o sí una victoria que consolide al equipo definitivamente en las posiciones nobles de la tabla, una posición que no hace sino certificar la solvencia de un equipo que sabe perfectamente a lo que juega.

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Contra el cansancio, el viento sur...y Undiano

Era de esperar que llegase, y llegó. A tanto partido plácido, con el Athletic desarbolando a los rivales, le sucedió una especie de guerrilla urbana más propia de otros tiempos por estos lares. El Espanyol, que había tenido tiempo de preparar el partido, refrescar a sus hombres para la batalla y estudiar a conciencia las virtudes de los rojiblancos para armar la estrategia que les frenase, pudieron salirle bien las cosas si no hubiese mediado el sensacional estado de forma, físico y anímico, por el que pasa la tropa de Txingurri.

A los siempre complicados partidos que el Espanyol siempre plantea en La Catedral, uno de esos equipos que, vaya usted a saber por qué, siempre se le atragantan al Athletic, se le unían las escasas horas para la recuperación merced a los horarios que impone el inefable Tebas, otro de los amigos de la causa; el siempre temido y temible viento sur, acompañado de temperaturas extremas –y si no, que se lo pregunten a los runners que sufrían a esa hora por Donostia-; y de otro más de los inaceptables arbitrajes de Undiano Mallenco, que siente por el Athletic la misma simpatía que los de su familia política por Uxue Barkos.

Así las cosas, pronto asomó la patita el equipo perico, cuya estrategia pasaba por aplicar hormigón, un despliegue físico máximo, con todo lo que ello implica, y con la prioridad máxima de no dejar jugar –ni disfrutar- a Beñat. A ello se aplicó Víctor Sánchez, repartidor de estopa a mansalva con la anuencia del tardorequeté navarro.

Cuando Williams marcó el tanto del año en San Mamés, allá por el ocho de partido, todo parecía que tomaba el discurrir de días anteriores. Pero no pudo ser. Primero porque el Athletic no consiguió ver puerta en sus mejores minutos, y porque Undiano, siempre él, quiso allanar el camino a los españolistas escamoteando un penalti sobre Sabin Merino.

El partido, tenso a más no poder, que despertaba el interés más por la incertidumbre del marcador que otra cosa, se complicó sobremanera cuando en la reanudación, tras una falta mal ejecutada por Beñat, mal enmendada por él mismo, que no quiso forzar la consiguiente falta que permitiese al equipo rearmarse, y por la flojera general, primero en la presión de Susaeta y en la  escasa tensión defensiva, principalmente de un Etxeita que no acostumbra a aparcar la agresividad.

Feas a más no poder las cosas, sin circulación de balón, con un Beñat sin brújula y desesperado, más pendiente del desatino de Undiano que de la remontada, la incertidumbre era máxima porque aun cuando no se producían ocasiones, la sensación era que en cualquier momento una jugada aislada, una decisión arbitral, podían romper el encuentro.

Afortunadamente, como casi siempre pasa con los equipos enrachados, la suerte cayó del lado zurigorri, en un balón de esos a probar fortuna que envío Susaeta por alto y hacia el área. Allí apareció otro de los titanes que han protagonizado el resurgir de los leones en liga. El tal García, cuyo fichaje ya no discute prácticamente nadie. De aquella manera consiguió enviar el balón a la red, de cabeza, sorprendiendo a propios y a extraños, llevando el respiro a todos los que sentían ayer en rojo y blanco, empezando por el banquillo, que lo veía complicado.

Se sucedieron unos minutos infernales, largos a más no poder, feos en lo futbolístico, pero que no supo aprovechar un Espanyol que no supo inquietar, principalmente por el trabajo colectivo del Athletic, donde destacaron San José y Balenziaga, un partido de bigotes el que se marcó el de Zumarraga. A ello se unió que Undiano plegara velas, que ya había colaborado suficiente y si el Espanyol no había sabido aprovecharlo, no sería él quien dejase demasiadas huellas, que por si algo se caracteriza él es por esos arbitrajes sibilinos que minan pero sin protagonizar los minutos de los escándalos en las moviolas.

Celebraron los rojiblancos el final del partido de manera notable, seguramente por los tres puntos y por alcanzar el periodo de descanso, merecidísimo, y que tan bien vendrá a un grupo que llegó al encuentro de ayer domingo justito de reservas.

Estas dos semanas de parón deben dar de sí para mucho. Por ejemplo para ir recuperando efectivos disponibles, que falta harán. Para oxigenar a Aduriz, Raúl, Beñat y Williams, cabezas de cartel que eclipsan el trabajo sordo, gris pero clave de Balenziaga, de Marcos, San José, Etxeita y Laporte.

Y para, si se puede, acabar de amarrar la renovación de Williams, toda vez que el chaval ha respondido a la apertura de negociaciones abriendo la tapa de las esencias goleadoras, protagonizando espacio mediático, menos de lo que merece y más de lo que conviene.

Pinta bien el Athletic, por fin, habiendo llegado la línea de juego y resultados que algunos esperábamos a raíz de la victoria en la supercopa. Porque el equipo parece creer en lo que hace, confía en sus virtudes, a sabiendas de que sus características pueden ser letales si se sigue acompañando de pelea, de ese ritmo salvaje que solo ellos son capaces de imponer en los partidos. 

Por eso reconfortan triunfos como los de ayer, de esos en los que no se puede rehuir el frente a frente, que demuestran qué equipos se arredran y cuáles no. Evidentemente, reconfortan siempre que sean excepción y la regla sea la marcada frente a Valencia, Sporting o Betis.

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Euritan dantzan

Bizirik nau, ta holan sentitzen naz, topera nau, geur inork ez nau geldittuko. Egun goibel hau egun argi bihurtu nahi dot geurkoan, gogoa dekot eta kale erdixen ez dot inoren baimenik biher dantzan hasten naz ie...! Dantzan kalien danak begire dantzan kalien…

Así salieron al campo, a convertir en un espectáculo en alta definición un día gris y triste, donde la siempre luminosa Sevilla acabó tan gris como una tarde se sirimiri en el Bilbao de los ochenta. Más aún en lo deportivo que en lo climatológico. Un juguete roto los de Mel en manos de un equipo con ganas, con ansias de victoria, que se encuentra vivo, a tope, con ganas de que nadie pueda pararlo.

Joseba Vivanco en su crónica de Gara de hoy habla de cantar bajo la lluvia. Viendo el partido de ayer a mí me pareció más un baile, no en mitad de la calle, pero sí en el Benito Villamarín, porque lo cierto es que el Athletic bailó al Betis bajo una intensa lluvia, algo tan poco visto en Sevilla. Lo de la lluvia, y lo de que el Athletic venza con contundencia a alguno de los equipos sevillanos.

Quizás pueda valerle a Valverde la canción a la que pone voz Alex Sardui como le servía el Viva la Vida de Coldplay a Guardiola para motivar a su estratosférico Barça, porque algo ha debido sucederle a este Athletic que lleva varios partidos consecutivos en los que parece que se lo ha terminado de creer.

Más allá de la concatenación del fantástico estado y momento de sus jugadores franquicia, da la sensación de que, por fin, todos ellos se han conjurado para colocarse donde le corresponde, en el teórico lugar que por potencial de la plantilla merece.

Y a ello, a obtener vitorias indiscutibles, contribuye, y mucho, la forma de jugar, eso que se define con un concepto tan amplio, ambiguo y discutible como el buen juego. Porque nadie, independientemente del tipo de juego que le agrade, podrá decir que el Athletic no jugó brillantemente a fútbol ayer en Sevilla. Dominando todos los aspectos del juego, alternando el fútbol combinativo con la velocidad endiablada, las dosis justas de fútbol especulativo o la contundencia y el peligro constante a balón parado, los remates de cabeza con las entradas en velocidad o los tiros desde fuera del área. Por no hablar de los desplazamientos en largo, con algunos balones brillantes enviados, como no, por Beñat y controlados con maestría por la vanguardia zurigorri.

Una gozada. Porque los rojiblancos salieron a ganar sin ambages, desde el primer minuto y hasta el final. Porque para el minuto ocho mandaban en el marcador, pero ya habían dilapidado otras dos ocasiones claras. Y esa fue, por desgracia, la constante del partido, abocado no al sufrimiento pero sí a cierto nerviosismo porque tras recortar el Betis la ventaja de dos goles en el marcador, era imposible no lamentar la goleada de escándalo perdonada por el Athletic.

Afortunadamente hubo justicia. Raúl García, a la tercera, se desquitó en la txanpa final, para redondear la faena y poner las cosas donde debían. Él fue, seguramente, el jugador más conectado y responsable de cuanto se vio en el campo, por más que Williams se lleve los honores. El trabajo destajista de García, que le sienta como un guante a Aduriz -hay que ver cómo se entienden-, el control brillante del tempo del partido y de la parcela central por parte de Beñat, una brújula con precisión científica, una defensa asentada, y unas bandas conectadas, han bastado para que este Athletic estas últimas semanas, haya pasado a ser una máquina de creación de ocasiones. Lo de Sevilla, por tanto, tan solo fue la demostración de que el trabajo realizar y la línea marcada van dando fruto.

Y ahora vuelve el debate de la pericia, término que Bielsa puso en el lenguaje futbolístico vizcaino para definir con acierto la falta de precisión de su equipo en el remate. Algo así volvió a suceder contra el Betis, como ya pasara contra el Sporting el pasado lunes. Porque ahora el problema está en que a los delanteros les cuesta aprovechar las ocasiones que de todos los colores y sabores les ponen desde toda clase de posiciones.

El Athletic se encarama, poco a poco, a la parte noble de la tabla cuando, de nuevo, vuelve a plagarse el calendario de citas competitivas, momento en el que deberán aparecer por la titularidad los menos habituales, veremos en qué tipo de combinaciones. La presencia ayer de Merino en lugar de Susaeta volvió a evidenciar la posibilidad de hacer pequeños retoques sin debilitamiento alguno del rendimiento del equipo, lo que debiera ser ejemplo claro para Valverde de la necesidad de ir dando minutos a muchos futbolistas en compañía de quienes más rodados están. Porque Bóveda cuajó una segunda parte aseada, o porque Lekue demostró que él también puede hacer daño por banda si junto a él en el campo  existen dos tipos como Aduriz o Raúl García, que lo mismo rematan de manera brillante que vuelven locos a los defensas con sus imprevisibles movimientos.

Hasta el jueves, por tanto, tocará hablar del equipo, pero sobre todo de Williams, que esto del fútbol  ya se sabe cómo es, y cada vez diferencia menos el grano de la paja, por lo que los dos goles marcados por el chaval eclipsan casi todo lo demás. A diferencia de la opinión generalizada, al menos de la publicada, sin quitar mérito a Iñaki por su partido, que dos goles son dos goles, flaco favor haríamos al futbolista si además de glosar sus virtudes no se incide en todos los aspectos en que debe mejorar. Precisamente por ser esa la mejor noticia sobre Williams, la cantidad de aspectos en los que tiene margen de mejora. Si a las características que ya atesora se le suma que se pueda pulir la precipitación en las decisiones y la falta de precisión, estaremos a las puertas de un auténtico jugadorazo. Pero no volvamos a cometer el error de hacer creer al futbolista que ha llegado justo cuando tan solo acaba de empezar a andar.