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Error propio, teatralización y exceso arbitral

Pues sí. Se equivocó San José, un tipo que ha debido abandonar la zaga por carecer de velocidad y, precisamente, la agresividad necesaria para poder brillar como central, y un exceso, una reacción airada tras una fea tarascada por detrás de Charles, fue juzgada con una meticulosidad impropia por parte de un Álvarez Izquierdo que mostró a lo largo del encuentro una pasividad pasmosa en lo referente a las amonestaciones.

El Málaga, un equipo inerte, incapaz de marcar a domicilio, sin ningún tipo de ambición ni iniciativa, se llevó de San Mamés un punto, lo máximo a lo que se hizo acreedor con su fútbol cicatero, insuficiente, impropio de la máxima categoría. Independientemente de que fuese contra un rival en igualdad o inferioridad de efectivos, el partido de los malacitanos fue plano, buscando no encajar goles –única faceta en la que destacan mínimamente- y fiándolo todo a jugadas aisladas en ataque.

Sus mejores aliados fueron el teatro, la sobreactuación más bien, y como en todos los timos, que hubiese un tonto, una víctima propiciatoria. El tonto del pueblo. Hay gente nacida para dejar inmortalizada una imagen, para popularizar una vestimenta para siempre. Tejero consiguió un 23F que el tricornio pasara a ser conocido mundialmente, y Román Román, un tipo nacido para llevar chándal, al que resulta fácil imaginar luciendo el espeluznante uniforme federativo comulgando en la misa dominical de su pueblo paletino o haciendo la compra en el Alcampo, llegó a San Mamés un 6D para popularizar el disfraz de cuarto árbitro.

Cuando San José cometió su error, empujar sin el balón en juego a Charles tras la tarascada del brasileño, y el banquillo del Málaga saltó al unísono, en una actuación coral de mucho mérito, a reivindicar una agresión que no fue mucho más que una desconsideración, Román Román no podía creerse la suerte que había tenido. Minuto de gloria para un árbitro de segunda B condenado a poco más que alzar la tablilla con los minutos de descuento. Así que henchido de gozo, entró en el terreno de juego para llamar como fuese la atención de Álvarez Izquierdo, que pocas ganas tenía, como ya se vería luego, de complicarse la vida con nada.

Y así, Román Román denunció una agresión de San José que el árbitro, en primera instancia y dando muestra de que no se había enterado de nada, travistió en una roja directa para de Marcos. Corregido el error, subsanado el horror, el trencilla catalán que antaño trajo por la calle de la amargura a Mourinho en varias ocasiones, redondeó el asunto con sendas amarillas para Williams y Raúl García, fogosos ellos y que clamaban por verse en inferioridad con más de setenta minutos por delante.

No deja de resultar paradójico que en un mundo hiper profesionalizado, en el que se ha hecho un profundo esfuerzo por profesionalizar al máximo el arbitraje, un tipo que aún imparte justicia en Segunda B, categoría amateur, pueda reventar un partido de máxima competición.

Con esas, con la mezcla del gravísimo error propio, de ponérselo en bandeja a un inútil, de propiciar que un grupo que brilla más como grupo de actores que de futbolistas tienda una emboscada a un trencilla ávido de fama y notoriedad, el Athletic se vio maniatado para poder despegar en la clasificación en otro día propicio para ello. Porque si bien salió frío, con poco empuje, con un fútbol menos dinámico del que ha caracterizado su revalorización de los últimos dos meses, era de esperar que en igualdad de efectivos los rojiblancos terminaran de llevarse un encuentro en el que hasta con diez hicieron más para poder ganar. No funcionó la estrategia, el balón parado, en un grupo en el que la racanería, el nadar y guardar la ropa, no suele caracterizar sus actuaciones.

Pudo llevarse el partido, con una ocasión clarísima que salvó al Málaga porque el responsable del remate fue Susaeta, al que siempre suele faltar esa pizca de mala leche tan necesaria en tardes como la de ayer. O porque Aduriz no estuvo, cosa rara, en un día de esos en que tanto se suele crecer un tipo como él, de esos que brillan en la adversidad. Tampoco Williams, cuando más se le necesitaba y más le enfocaban los focos, probablemente por pensar demasiado al verse con exceso de responsabilidad, algo que debería hacer reflexionar a quienes sobrepresionan con el asunto de la renovación y a quienes filtran al periodista de casi siempre los detalles de unas negociaciones que acabarán sí o sí en buen puerto.

El partido, al menos, sirvió para constatar que el grupo está bien armado, que sabe improvisar, adaptarse a las situaciones adversas, minimizar los daños, afianzar el entramado defensivo y fiarlo todo a un golpe de fortuna, a un zarpazo en una jugada a balón parado. No llegó, cierto es, y por eso el partido acabó como empezó, pero sin sufrir en toda la segunda parte y con tan solo un par de sustos antes del descanso. Mérito del trabajo colectivo, del arrope entre sí de las líneas, del gran trabajo de Beñat e Iturraspe en la medular, de la seriedad de Etxeita y la experiencia de Gurpegi, clave ayer, o del incansable trabajo de un de Marcos, de largo el mejor, que dio una lección de entrega para poner en valor esa velocidad privilegiada, su proverbial capacidad física y una mejoría posicional cada vez mayor que han consolidado como un buen lateral derecho a alguien que hasta antes de ayer mostraba excesivas carencias en el costado.

Si bien pinta feo a corto plazo, hoy por hoy ganar en el Calderón parece una empresa excesivamente complicada, el próximo examen valdrá para que el equipo ponga de manifiesto si su capacidad de competir ha crecido o tan solo se da contra rivales de entidad menor. Porque al margen de los tres puntos, a la ribera del Manzanares se podrá apreciar si el equipo tiene personalidad y recursos suficientes, así que hay mucho que ganar en un feudo en el que a priori casi siempre se descuentan los tres puntos.