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Victoria trabajada, justa y exigua



Fue un derbi con todos los alicientes, que se llevó el mejor y por bastante más mérito que la exigua diferencia que indicaba el marcador, maquillado por la efectividad de la Real a balón parado que propiciaron los fallos defensivos del Athletic en la estrategia, principalmente en el segundo local visitante, que le abocó a sufrir más de lo necesario.

Lo cierto es que comenzó mandando la Real, liderada por la mejor versión de Zurutuza que, además, adelantó a los visitantes, en un momento en que todavía estaba por ver qué podía deparar la tarde. En ese momento fue imposible no darle vueltas a lo que había ocupado los espacios y debates en los medios: la intensidad de la Real a la hora de afrontar los derbis y la racha de los guipuzcoanos en los últimos enfrentamientos.

Pronto borró el Athletic cualquier atisbo de sospecha o de duda. El ritmo, la presión, la pusieron los vizcainos. Igual que las ocasiones, mientras que a la Real la sustentaba Rulli, con grandes paradas y dosis de teatro. Al descanso el único consuelo era la mejor actitud del Athletic, la sorprendente actuación de un Muniain resucitado tras dos años de fútbol inane, que Iturraspe había suplido a Beñat con garantías y que Aduriz y Raúl tenían ambos esos días en que están dispuestos a marcar el camino al grupo. Eso lo tenía claro desde el pitido inicial González González, que perpetró un arbitraje marcado por los prejuicios, hacia unos y otros, con amonestaciones muy cuestionables que condicionaron a los jugadores de referencia ofensiva zurigorri y defensiva txuriurdin. A la hora de ser la valiente, ahí donde se calibra a un buen árbitro, obvió las áreas.

Pudo ser eso, la cobardía del trencilla, lo que encorajinó a Muniain, tras reclamar penalti y no cobrárselo, para marcar el gol de la jornada en un chutazo que se coló por la escuadra y dio alas a un Athletic que a partir de ahí marcó un ritmo salvaje y una presión asfixiante para acabar por dar la vuelta a un encuentro ganado al límite del área grande donostiarra.

Pero como se trataba de un enfrentamiento de máxima rivalidad, de esos que no entienden de justicia, de equidad, fue la Real la que consiguió ajustar el marcador ante la avalancha local. Entre Raúl y Aduriz, los artífices, habían regalado un gol a Williams que debería permitirle recuperar confianza para abandonar el diván que lleva ocupando junto a su amigo Iker desde hace demasiado tiempo. El gol de Iñaki no había traído la tranquilidad esperada, esa que permitía a la grada ver el encuentro con algo de resuello, para glosar el segundo gol de la tarde, de vaselina de un Aduriz que con la edad sigue demostrando que no hay edad límite para evolucionar como futbolista.

El sufrimiento no cesó, con sobresaltos causados por Williams José y hasta por Rulli, rematador en el descuento, pero ganó el Athletic, para alegría local por la necesidad de los tres puntos, más importantes que particulares estadísticas o rankings de enfrentamientos, que tan solo consuelan a quienes tienen una obsesión enfermiza por los derbis y obvian que lo único importante en esto es la clasificación a final de temporada.

Viajará el Athletic a Madrid, a tres puntos del Real Madrid, ahora que parece que despierta, y tras pasar por Genk. Por una razón u otra no terminan los rojiblancos de cuajar en el Bernabéu partidos redondos, de esos que permitan arrancar algún punto, por lo que casi descontada la derrota en feudo madridista, puntuar en Europa League e ir vaciando la enfermería se antoja un objetivo bastante más asequible de cara a recibir en casa a un Osasuna al que solo cabrá ganar para terminar de acomodarse en las plazas nobles ahora que ya empieza a vislumbrarse quienes apuntan a pasar el corte por la lucha continental.

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Amargo fin a la buena racha



Fue una vuelta a la realidad brusca, dura, después de ver durante minutos al Athetic encaramado al liderato de la Liga. Dura tanto por el resultado como por la forma en que se produjo, con un Athletic colgado del larguero y practicando un fútbol que ni en el bienio negro, y brusca por aquello de producirse en un lapso de escasos dos minutos.

Empezó el Athletic mejor que bien, mandando y marcando para el minuto tres de juego, cuando a un desahogo de esos que se dan los defensas, en este caso de Marcos, largando un balón hacia la delantera para que se las apañen como puedan, Aduriz le dio forma de golazo tras poner en práctica una resolución de crack. Control con pierna derecha, y zurdazo ajustado al palo izquierdo mientras el defensa intentaba cargándole por la espalda evitar a todas luces la jugada.

A raíz del gol mandaba el Athletic, que se marcó diez minutos antológicos, para irse diluyendo después, a pesar de que el Málaga no diera señales de vida, con un juego plano que despertaba los pitos de su faltona afición. Trascurría aquello con una desconocida placidez, hasta que llegó la jugada de la tarde, la que marcó el partido, condicionó el resultado y, tristemente, alterará las alineaciones ligueras del Athletic para, esperemos que solo, un par de partidos.

Tras una disputa en campo del Málaga entre Rosales y Balenziaga, al primero no se le ocurrió mejor idea que dejar la pierna en alto para clavar los tacos por encima de la cintura al de Zumarraga, revolviéndose este mientras caía al suelo y devolviendo la coz al venezolano. Tras la intervención de las asistencias, y la consiguiente deliberación arbitral a través de los pinganillos, del Cerro Grande, el que hasta hace no mucho parecía un buen árbitro, certificó su condición de acojonado, casero y cobarde mandando a Mikel al vestuario y señalando como amarilla la agresión que originó la zambra. 

Podrá defenderse el asunto como se quiera, justificar la interpretación arbitral reglamento en mano, pero llueve sobre mojado con este árbitro. El pasado año en Gijón, y tras una semana de campaña en contra de los árbitros por parte de los locales, del Cerro Grande expulsaba injustamente a Laporte por doble amonestación que solo vio él, y tras obviar varias penas máximas en área gijonesa.

Ayer, y después de las protestas del jeque Al Thani, que poco ha tardado en ser un émulo de Jesús Gil vía redes sociales, que hay que adaptarse a los tiempos, el arbitraje del madrileño volvió a ser condescendiente con un Málaga muy duro que debió acabar con nueve el partido, toda vez que pasó por alto tanto la agresión a Balenziaga como un golpeo con el brazo a Beñat sin balón de por medio. 

Dolió en Bilbao el asunto porque todavía se recordaba el rearbitraje del jueves tras recibir el colegiado francés un chivatazo de quién sabe quién. Existe un indicador clave para conocer cuándo los trencillas se equivocan. Se coge el diario Deia, se dirige uno a la columna –por llamarlo de algún modo- de Urizar Azpitarte y se lee el comentario del fulano. Si da la razón al colegiado, entonces es que estuvo equivocado. Y es que los textos del excolegiado y exdirectivo zurigorri son de difícil digestión. Por la calidad del texto, propio de alumnos de primaria, y por las rocambolescas interpretaciones del reglamento.

Llegó el Athletic como pudo al descanso, sin apuros, pero recauchutado tras ser reemplazado Williams por Lekue para ocupar este el lateral izquierdo. No sorprendió demasiado puesto que Iñaki volvió a protagonizar una actuación plagada de errores, y ya avanza la puesta a punto como para empezar a vislumbrar algo de luz en el túnel de juego que atraviesa.

La reanudación no deparó apuros, con un Athletic bien plantado, que fue desdibujándose más por los cambios de Valverde y la respuesta de sus apuestas que otra cosa. Pudo entenderse la sustitución de un Aduriz que acumula demasiados minutos, aunque la apuesta por Merino en puesta fracasase. Hay gentes que cuando las cosas se ponen feas prefieren esconderse, y no se puede esperar de Sabin que sea uno de esos que dé el paso al frente cuando el sargento pide voluntarios para una misión arriesgada. La entrada de Etxeita, como tercer central, pudo entenderse durante un rato, el que el Málaga apostó por acumular delanteros y el partido se convirtió en un monocorde intento malacitano de asaltar el Fort Apache zurigorri con un fútbol directo e intranscendente en el que los de Txingurri se movían cómodos.

Pero la batalladle los banquillos, que también cambia los partidos, la gano Juande Ramos cuando dio entrada a Duda. El rato que este lideró el juego local desde la mediapunta fue suficiente para desarbolar al Athletic, que no supo cambiar la forma de defender en cuanto el juego pasó de ser directo a convertirse en electrizado con balones rasos, aperturas a banda y paredes. Ahí, en menos de dos minutos, pudo verse al hasta entonces inédito Iraizoz, recoger el balón de la red. No tuvo suerte el portero navarro, ahora que lucirá cartel de titular durante el mes de octubre –y esto es una interpretación personal-, pues volvió a la titularidad para truncar de golpe y porrazo la presencia de Kepa, que era sinónimo de victorias. Para quienes andan empeñados en hacer de esto motivo de tesis doctoral, un nuevo elemento de discusión.

No ocupa el Athletic mala posición para el necesario receso, pero no puede pasarse por alto el mal sabor de boca que dejó la derrota de ayer. Por la forma en que se produjo, muriendo en la orilla tras nadar toda la tarde, y por la sensación de que en igualdad numérica, bien con once o bien con diez, los rojiblancos no hubieran encajado una derrota. Ahora, que sigan hablando de Villaratos y que Tebas siga haciendo de Cid Campeador del juego limpio, empezando por las gradas de la Costa del Sol, donde del Cerro consideró normal algunas de las consignas que se gritaban desde la grada.

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Más que tres puntos



Pudo, por fin, verse a un Athletic más reconocible, en la línea de lo que de él se espera, y vino, como era previsible, con la vuelta del fútbol de Beñat y el instinto matador de Aduriz. Todo ello en un día que tocó remontar, tras quedar los rojiblancos noqueados al minuto y medio de juego al protagonizar el Valencia una gran jugada ante la pasividad general del equipo, principalmente de la zaga, donde Laporte continúa naufragando y evidenciando que, tras la lesión –y no tras la renovación, como afirman los abonados a la maledicencia- está a años luz de su mejor versión.

No fue un partido para echar cohetes, ante un Valencia histérico en todos sus estamentos, que posee una buena plantilla y un mal equipo, capaz de generar peligro en ambas áreas, con una zaga improvisada ayer que transmitía desconfianza a los cinco continentes.

Pero en un partido de alto voltaje, escenario al que gusta al Athletic llevar los partidos, y más en su casa, los rojiblancos tienen casi siempre las de ganar. A intensidad, es complicado ganarles. A los de Valverde se les doma con facilidad cuando muestran su versión pusilánime, confiada, la que pudo verse el jueves en Italia. Pero cuando se toman en serio las contiendas, cuando todo el grupo se enrola con los capitanes Aduriz y García, el éxito suele estar casi asegurado.

Beñat a la manija, escoltado con un más que decente Iturraspe, probablemente la mejor noticia colateral a la victoria, Aduriz enchufado, Raúl excesivamente tensionado –aún no se da cuenta que hace ya un año que viste pantalón negro y no azul, con todo lo que conlleva en relación a la actitud y paciencia de los árbitros-y Susaeta, sí, él, tan activo arriba como solidario en el trabajo defensivo, propiciando toda clase de situaciones que favorecían el juego de sus compañeros, se bastaron para doblegar a un Valencia más que pobre.

Porque Munir o Rodrigo pueden ser absolutamente desequilibrantes, pero los que sí pasan por serlo son sus compañeros de zaga, encabezados por Mangala, que dio un recital de cómo no se debe defender, tanto con el balón en movimiento como parado, y que no fue expulsado porque Gil Manzano aplicó con él la misma paciencia que con Raúl García.

Para el recuerdo quedarán los golazos de Aduriz, que rozó el hat trick incluso disparando cruzado con la zurda –o quizás por eso-, el debut en casa de un Arrizabalaga que contribuyó a la victoria con un paradón en quizás la única intervención complicada que tuvo, y la segunda victoria consecutiva en Liga para tomar algo de serenidad ahora que no se puede tomar respiro.

Los goles de Aritz fueron la noticia, pero no por su importancia para la victoria. Más allá de los tres puntos, vinieron a certificar que aún se puede estar tranquilo con él como nueve. Porque dar por hecho que alguien de su edad, tras pasar por una Eurocopa, vaya a dar el resultado de la pasada campaña, era mucho suponer. Y como esto de los delanteros funciona por rachas, se basa tanto en el componente psicológico, en la confianza, que Aduriz se demuestre a sí mismo que se sigue pareciendo al que fue es clave para el futuro próximo del equipo.

Para otro día dejaremos el análisis sobre el juego de Williams, que teniéndolo casi todo para generar constantemente situaciones de peligro, se empeña en nadar a la velocidad de Phelps para acabar muriendo en la orilla. Habrá que hacer ejercicios específicos con él, porque desespera cómo jugadas de absoluta ventaja finalizan en posesión de rivales o directamente perdidas por línea de fondo. Pero lo dicho, será para otro día, como eso de recordar que quizás el de ayer, como me decía un amigo, fuese el mejor partido de Muniain en bastante tiempo.

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Nada más que tres puntos

Más allá de obtener tres puntos, muy necesarios, lo del Athletic en A Coruña dio para muy poco, prácticamente nada. Al prometedor debut de Kepa, Arrizabalaga en su camiseta para desesperación de esos a los que se les atascan los apellidos en euskera, un portero de esos que gustan por estos lares, sobrio, alto, ágil y sin florituras; y al golazo de Raúl García, pocas cosas positivas más pudieron añadírsele a un equipo que genera dudas en su juego.

Pasado ya el parón liguero, con dos semanas más de preparación para pulir defectos y afinar la puesta a punto de piezas clave, se esperaba un equipo con algo más de chispa y brío en el juego, pero los rojiblancos se parecieron más al equipo de Gijón que a otra cosa.
El Deportivo, flojo a más no poder, dispuso de más posesión de balón, recuperó más y perdió menos balones que el equipo de Valverde. Aunque naufragó ante Kepa y la única vez que consiguió llevar el esférico a la red, el auxiliar, en uno de esos fueras de fuego que evidencian lo imposible de atinar con eso de la línea, favoreció los intereses del Athletic.

Con todo, y a pesar de las dudas del juego de un nerviosísimo Laporte, al que ahora se analiza con lupa, la zaga del Athletic fue de lo poco positivo del bodrio. Bien plantado y concentrado Bóveda, que ha decidido no dejar pasar la oportunidad de afianzarse en el puesto, con un Balenziaga a gran nivel, algo reseñable teniendo en cuenta que por delante en su costado se alineó el decepcionante Muniain, y un de Marcos que sí ha acelerado su puesta a punto, permitió que el equipo rojiblanco abortase los intentos ofensivos de un Deportivo muy justito que en la segunda mitad optó  por un juego directo ineficaz.

El centro del campo se complicó la vida y la delantera, directamente, no estuvo. Aduriz no pasa por su mejor versión, sinceramente no llega al aprobado, con todo lo que eso significa, Muniain tocó techo futbolístico el día que dejó de crecer y Williams descoloca por su incapacidad a la hora de tener que interpretar el juego. Cuando es cuestión de físico, lo borda, pero si se trata de seleccionar cuándo chutar, cuándo y cómo centrar, si se debe o no retener el balón o dar fluidez al juego, entonces Iñaki suele equivocar sus decisiones.

Comentan que el mejor amigo de Williams en la plantilla es Muniain. No está nadie como para dar consejos sobre a quién se debe elegir como compañero de viaje, y menos yo, con los que he seleccionado en mi vida, que hay que verlos, pero sí cabría decir al bueno del chaval que haga caso a Iker en lo que quiera menos en el concepto que tiene de lo que es el fútbol.

El Athletic de Valverde, en su cuarto arranque consecutivo de curso, se caracteriza más que en años anteriores por un juego plano, que tan solo confía en el juego físico de un grupo con mentalidad de legionario, pero que genera importantes incógnitas con respecto a años anteriores. Y es que si años atrás ha venido cumpliendo principalmente por la producción goleadora de un Aduriz, cuyo espectacular rendimiento se bastaba para equilibrar el balance defensa-ataque, los años de éste, la trascendencia de su excursión a la Eurocopa y la necesidad de que los de alrededor den un paso adelante marcarán, seguramente, el devenir de un Athletic hoy por hoy cogido con hilvanes.

De momento, y si no llega a ser porque Raúl García se inventó un gol chutando desde Lugo, los rojiblancos seguirían con el marcador a cero, incapaces de generar situaciones de peligro. Porque hacía tiempo que no se veía un equipo tan inoperante, trabado, desacertado y sin criterio en lo ofensivo.

Confiemos en que ir atesorando puntos en Liga, unido a la hiperactividad a la que obliga el apretado calendario competitivo permitan devolver la forma a todas y cada una de las piezas claves del equipo. Porque lo visto hasta ahora no puede satisfacer a nadie.

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Lo importante es cómo acabe la Liga

Tras el fiasco de Gijón, ese jugado a ritmo de torneo de verano, ese que quitó las ganar de ver y escribir sobre fútbol, el Athletic debía dar un paso adelante para evidenciar que camina hacia la puesta a punto necesaria para competir en una temporada, a priori, ilusionante.

Y algo cambió con respecto a Gijón, con una semana más de preparación, con la motivación adicional de recibir a un Barça al que plantarle oposición con el vigor mostrado contra el Sporting hubiese sido sinónimo de encajar una goleada de escándalo.

Así que con más voluntad que acierto, con más trabajo que talento, el Athletic se afanó en intentar complicar la vida a un Barcelona que se mostró sobrado para ganar a los rojiblancos sin tan siquiera tener que forzar la máquina. Dio la sensación, incluso de que se vieron tan netamente superiores los culés que hubiesen podido pagar cara su suficiencia, pero los leones no golpean aún con contundencia. Aduriz, el llamado a seguir marcando camino, sigue pagando con una preocupante falta de frescura su aventura internacional y Raúl, el otro que debe dar miedo a los rivales, se muestra aún sin el rodaje necesario por la inoportuna afección de corazón que ha retrasado su puesta a punto.

El resto, máxime con la baja de un San José que hoy por hoy no tiene sustituto en el centro del campo, se las vieron y desearon para neutralizar la circulación de balón a ritmo salvaje del Barcelona. 

Y así la receta fue un desgaste físico máximo por parte de los de Valverde, seguramente encarnado ello en la actuación de Susaeta, que acabó extasiado extenuado.

Pero poco más. Son muchas las incógnitas que deja el Athletic por resolver. Poniendo de nuevo todas las velas a Aduriz, que cada año que pasa resulta más probable que su fútbol pueda apagarse, en que Raúl apunte algunas de las cosas que de él se esperan de manera más regular que en el ejercicio anterior, con la triste evidencia de que Iturraspe parece no estar por ser incapaz de dar continuidad a su talento y de interpretar los claros mensajes que el entrenador le transmite, la constatación de que la plantilla adolece de un segundo central de garantías o de que de Marcos recupere su punta de velocidad.

Pudo el Athletic haber puntuado, por la indolencia blaugrana, porque en fútbol la insistencia tiene premio, pero pudo también encajar varios goles si los culés no hubiesen apuntado fuera en prácticamente todas sus llegadas.

Solo cabe esperar que el equipo aproveche el parón para finalizar la puesta a punto. Y quien sabe si podrá el club reforzar el equipo de alguna manera, que movimientos parece haber en ese sentido. 

Siendo una garantía que el Club no se va a volver loco, que por mucho que apunten lo de Oiarzabal fue otra de las verbenas que montan en Gipuzkoa, todo aquello que permita dar alternativas a Valverde en algunas posiciones será una buena noticia.

P.D. Corregido el error. Son las cosas que pasan cuando escribes con muy poco tiempo (nótese lo breve del texto) mientras tienes dos personas simultáneamente hablándote y no te molestas en releer el texto. Pues pasa lo que pasa.

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Cabralato

No tuvo mucha historia futbolística el partido, y pasó lo que tantas veces pasa en este deporte, eso por lo cual resulta tan atrayente, por imprevisible: que ganó el que parecía que menos opciones podría tener a tenor de lo presenciado en los primeros treinta minutos, cuando un Celta más fresco y suelto dio una lección de fútbol de ataque ante un Athletic atenazado por la acumulación de encuentros, un equipo el rojiblanco que acusa sobremanera las últimas semanas haber superado los sesenta partidos de competición.

El Celta fue abrumadoramente superior ante un Athletic que sufría a la espalda de los defensores los balones introducidos por un equipo tan rápido con el balón como sin él, donde quedaban evidenciados por igual jugadores más lentos, como Etxeita, y los más rápidos, como de Marcos. En una de tantas la lío Orellana, plantándose solo ante Iraizoz en un balón rápido en el que Bóveda rompía la siempre arriesgada línea que tan bien suele trazar el equipo de Valverde.

Demasiado pronto llegaba el gol visitante, que siguió a lo que salió, bailando por momentos a un Athletic irreconocible, con un San José fallón, un Beñat que no trenzaba y una zaga que sufría sobremanera las envestidas de los Nolito, Orellana, Aspas y compañía. Para más inri, Aduriz y Raúl no aparecían, Muniain continuaba con esa línea de fútbol intrascendente en el que ha decidido militar, y el bullicio impreciso de Susaeta era insuficiente para generar peligro.

Tuvo el Celta sus minutos de gloria, sus opciones para haber podido arrasar, pero le suele faltar pegada, algún argentino que inspira en parte a su técnico, Berizzo, lo definiría como ausencia de pericia. Y lo pagó, vaya que si lo pagó.

Afortunadamente, este Athletic moribundo tiene recursos y pegada. En plena ofensiva celtiña, con todo a favor de los celestes para sentenciar partido, goal-average y casi quinta plaza, un balón largo de Beñat con ese guante que tiene bajo las botas lo aprovechaba Aduriz para robar la cartera a Cabral, el hombre del partido, cobrarse un penalti claro por agarrón y poner al catalán Estrada en el brete de tener que sacar una tarjeta naranja. Debió ser roja, aunque el árbitro, seguramente con buen criterio, decidió resolverlo con amarilla, y no está mal que los trencillas empiecen a aflojar en la aplicación de la injusta norma que se conoce ya como triple castigo.

Irse en igualdad de tanteo al descanso era un premio en toda regla para los locales. Pero la mañana iba todavía a dar otra alegría antes del descanso. Un choque entre Cabral y Aduriz, que llevaban todo el partido enganchados y buscándose, iba a deparar una acción tan innecesaria como absurda. Cabral, desatado, enfadado consigo mismo, con el mundo, y en especial con Aritz, con el colegiado situado a tan solo dos metros, decidió marcar territorio, como suele corresponder a las fieras más irracionales, rozando con su bota la cara del jugador del Athletic, que se encontraba tumbado sobre el césped.

Estrada decidió que se acababa el partido para el defensa con una roja directa. Interpretó agresión y lo mandó a la ducha, seguramente porque el reglamento, que es ese libro que como el Quijote todo el mundo cita sin haberse leído, habla de intenciones y no solamente de daños. Hubiese bastado una amarilla para expulsar al central, por lo que nadie en su sano juicio podrá negar que el defensor argentino perdiera el oremus.

Sobró la sobreactuación de Aduriz, un jugador al que ese tipo de acciones solo eclipsan virtudes y méritos, pero sabido es también que los árbitros, desgraciadamente, solo actúan cuando existen evidencias exageradas. Acto seguido clamaron las redes sociales, mayormente desde Galicia, y curiosamente desde Gipuzkoa. Censuraban la acción de Aduriz, seguramente con razón. Pero no nos engañemos. No se trataba de legítimas apelaciones al juego limpio. Era el recurso de parte al pataleo. Porque esos mismos que clamaban por el teatro de Aduriz habían callado minutos antes ante otra escena de spaghetti western protagonizada por los mismos actores con Barral de supuesto agredido por codazo donde tan solo hubo un mínimo contacto.

Es lo que tiene el fútbol. Hizo bien Valverde en censurar ese tipo de acciones posteriormente en rueda de prensa. Hacen flaco favor al fútbol, sobran especialmente en el Athletic, y nunca puedes controlar los daños. Aduriz ya ha sido víctima en alguna ocasión del teatro rival, incluso con menos motivos que los atesorados ayer por Cabral, y San José esta misma campaña, contra el Málaga, pagó con una roja un calentón de los que no caben en un terreno de juego.

Después ya sí llegaron los excesos, los intentos de justificación y las acusaciones de robo. No solo en las redes sociales, ese invento que hay que saber utilizar con el debido filtro puesto que la densidad de tontos impide demasiadas veces ver el bosque, sino en protestas airadas de Iago Aspas o Berizzo que quisieron ver fantasmas donde solo hubo una catastrófica actuación del central celtiña.

Flaco favor hizo Relaño el día que emulando a Goebbels inventó el concepto de Villarato, rápidamente adoptado por la caterva de iletrados que abundan en el plantea fútbol. Bajo el tópico, la mentira, el falso mantra mil veces repetido, detrás del no querer ver el suicidio del Celta por emular más el cholismo que el bielsismo cuando mejor le iban las cosas, se pretende esconder que el Athletic de Valverde supo asirse cuando más lo necesitaba a la cuerda tendida por Cabral para salir del pozo de la sexta plaza y encaramarse a la quinta. Para ello le bastó con un fútbol plano, sin casi llegada, y confiar en el saber hacer de Aduriz o Raúl, esos maestros del saber competir que engancharon a un equipo con un hilo de vida cuando menos se esperaba.

El gol de Raúl, el que certificaba la victoria, desde el suelo, elevando un balón muerto ante dos defensas y el portero, habla por sí solo de lo que es el hambre en fútbol, lo que diferencia a este equipo del de hace unas temporadas. Porque este Athletic diezmando en lo físico, está sabiendo recaudar puntos con una capacidad de lucha no conocida por estos lares. Camina a buen ritmo hacia la quinta plaza, un premio gordo que todavía en Bizkaia no se está sabiendo valorar en su justa medida. Escribiremos sobre ello en breve, puesto que la costumbre de ver al grupo en Europa y en la parte noble de la clasificación está haciendo que deje de valorarse lo logrado. A Ernesto no se le canta que con él se vive mejor, pero la labor del de Viandar de la Vera necesita ya de un reconocimiento en San Mamés. Por simple justicia.

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No pudo ser. Pero gracias.

Pudo ser y no fue por poco. Seguramente porque el Sevilla tiene un idilio con la suerte y el Athletic una relación tormentosa con los lanzamientos desde los once metros. O porque Unai Emery ha comprado de segunda mano la flor del trasero al difunto Miguel Muñoz y está abonado a una tarifa plana de fortuna en esto de la Europa League.

A quienes no dábamos un duro por la eliminatoria, el equipo volvió a darnos una lección. De entereza, de ambición, de honradez, de respeto y honor a unos colores. Y puso contra las cuerdas al vigente campeón, al que tuvo noqueado, al que no supo dar el golpe definitivo para dejar KO porque, entre otras cosas, entre los principales defectos de este equipo, pocos pero importantes, está no saber sacar provecho de las ocasiones y no dominar ciertos detalles que pueden dar al traste con exámenes como este, en el que por un error en alguna respuesta, suspendes.

Visto lo visto, el Athletic, mejor que su rival en el global de la eliminatoria, se ha visto apeado de la competición por errores propios importantes, principalmente realizados en su propio campo, y no forzados. Dos errores graves, pasará a la memoria colectiva la ya famosa cesión de Muniain, dieron al traste con las ilusiones de afición, y sobre todo, caseta, comandada por un Aduriz estelar en lo futbolístico y sobresaliente en ambición, liderazgo y capacidad de motivación.

Me decía ayer un antiguo compañero de localidad del antiguo San Mamés, que resulta ser primo de ese de Marcos que ayer cumplía veintisiete años, que por la mañana, al hablar con él para felicitarle, le decía que la caseta estaba convencida de que pasaban. Me lo tomé a medio broma, a esas cosas que los profesionales deben decir y que los aficionados difundimos con escaso rigor.

Y la cosa iba en serio. Tan en serio que el equipo acongojó al Pizjuán, que asistía a una impotente muestra de empuje zurigorri ante un Sevilla de planteamiento tacaño y cicatero que no conseguía hacer buena la ventaja de la ida. Aduriz y Raúl García, quienes seguramente representen como nadie el salto de calidad y saber competir de este Club, pusieron el asunto no sé si cuesta abajo o, ahora, visto lo visto, en un engañoso falso llano.

Cuando mejor pintaba la cosa para los locales, con tan solo 45 minutos para administrar la ventaja, el Athletic hizo sufrir a los sevillistas, que celebraron llegar a la prórroga, primero, y a los penaltis, después. Y falló el que más debería sonreír, Beñat, artífice de los mejores momentos de juego, catalizador del fútbol rojiblanco.

Al Athletic se le atragantan los penaltis. Qué le vamos a hacer. No es nuevo. Ya le pasó contra otro equipo sevillano en 1977 o en 2005. Al equipo le falta ese mínimo de fortuna en los momentos clave, esa que ha tenido su rival de ayer hasta en cuatro ocasiones ya, para poder llegar lejos y certificar un título en el momento de la verdad. Tampoco estaría de más que los vientos del azar soplen de popa en los sorteos. Porque no han tenido los nuestros en los últimos años rivales excesivamente asequibles en las finales o en los emparejamientos.

Esperemos que este sea otro paso más en el fortalecimiento de la confianza en nuestra tradición, que reverdeció en 2009 tras aquella semifinal copera, precisamente contra el cuadro hispalense; esa de la que Bielsa tuvo que enseñarnos a no avergonzarnos, a no utilizar como excusa, y sí como verdadero hecho diferencial, poción mágica para llegar muy lejos; esa que Valverde, tan ambicioso como discreto, injustamente castigado, está sabiendo consolidar.

56 partidos. Una barbaridad. Resta rematar la faena y certificar la vuelta a Europa para el próximo curso. Lo hará el equipo con dificultad máxima. Por las apreturas del calendario, con doble salto con tirabuzón merced al falangista Tebas. El Málaga seguramente se frotará las manos por recibir a un equipo diezmado en lo físico, afectado en lo moral, y sin su líder, Aduriz, al que es más que probable que la temporada se le haya acabado, incluso escapado las opciones de ser internacional. Peaje demasiado caro que ha pagado gustoso, que sirve para ejemplarizar lo que es subordinar los objetivos personales a los colectivos. Es lo que diferencia a Aritz de ese otro que hoy es anécdota para el fútbol y que no ha disfrutado de minutos en una pedazo de eliminatoria como esta.

Solo queda dar las gracias a un equipo que, quizás sea polémico decirlo, está por encima de la afición. Da la sensación de que no se está sabiendo ni agradecer ni valorar lo que este colectivo está haciendo. San Mamés asiste a los partidos con una frialdad inusual a unos años de fútbol que con el tiempo añoraremos. El próximo miércoles, ante un Atlético de Madrid de moda, llegará otra oportunidad de calibrar el apoyo que los que poblamos la grada estamos obligados a darle. Primero porque el equipo lo necesita. Y segundo, porque esfuerzos como los de ayer se deben premiar con cariño y aplausos.

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Nada que reprochar, tres puntos que celebrar

Podemos ponernos dignos, en modo equidistante, ser los jueces más implacables con nuestro equipo y menospreciar la importancia de los puntos recaudados ayer por aquello de la forma en que se consiguieron, o ser justos con la importancia de los mismos y de las dificultades que a estas alturas de temporada implica puntuar contra cualquiera, máxime con la reserva de fuerzas parpadeando en ámbar en el testigo luminoso del salpicadero.

Resultaban implacables las opiniones contra lo realizado por el Athletic ayer en las redes sociales, siempre bulliciosas y alejadas de la mesura para bien y para mal, como disertaciones a pie de calle o, incluso, en la opinión publicada de hoy. Sería bueno saber qué esperan algunos de un equipo que acumula 54 partidos de competición en sus piernas, no repartidos de manera equitativa, además, con algunos futbolistas con kilometradas excesivas, como bien empieza a denotarse en la cantidad de molestias y lesiones que tienen al equipo físico-médico del Athletic más ocupado que al equipo negociador de Pedro Sánchez, el breve.

Hizo Valverde lo único que podía hacer si no pretendía ser pasto de las llamas de los inquisidores de guardia. Es decir, intentar preservar en la medida de lo posible a las piezas claves del equipo de minutos innecesarios. El problema es que no le salió tan bien como pretendía y tuvo que hacer uso de parte de su guardia pretoriana, o sea, de Beñat, San José y Aduriz, por el bajo rendimiento de los que por su rendimiento se han convertido en subalternos. Quién iba a afirmar que con la presencia simultánea en el campo de Iturraspe y Rico, aquellos que lideraron desde la media la obtención de la cuarta plaza hace tan solo dos años, el equipo acusaría tanto la creación y el control en el centro del campo.

Cierto es, también, que en el primer acto del encuentro todo fue prescindible, intrascendente, cuarenta y cinco minutos en los que solo cabe resaltar el clarísimo penalti que Gil Manzano, un árbitro más que decente, decidió pasar por alto mientras seguía de cerca la jugada y delante de las narices de un linier que no quiso saber nada de líos. Aun cuando no me gusta abonarme al fútbol ficción, de haberse señalado pena máxima, y de marcarla el Athletic, que esa es otra, a buen seguro que las cosas se hubiesen puesto más sencillas para unos rojiblancos que, justo es reconocerlo, no ahorraron esfuerzo en una presión que no llevó a ninguna parte.

Susaeta tuvo, como pasa en excesivas ocasiones, una de esas tardes en que todo le sale mal y Williams regalaba una actuación plagada de errores, precipitación y falta de ideas; Raúl García, al que al parecerle menor la guerra a ganar a los Vallecanos, decidió embarcarse en batallas personales; Iturraspe sufría, especialmente  a la hora de padecer a Trashorras y de repartir el cuero, y Rico volvía a tener una de esas tardes en que falla todas las entregas. Por si fuera poco, Lekue, que parece sufrir en el reparto de papeles aquello que padeció de Marcos, ser chico para todo, tener que jugar cada semana allá donde el técnico más necesite, evidenció que a su prometedor fútbol le faltan dosis y dosis de contundencia y sentido futbolístico.

Así las cosas, y visto que el Rayo afrontaba la segunda mitad con determinación, Valverde debió tirar de lo que no quería antes de tiempo. Aritz y Beñat ponían de manifiesto que entre lo del próximo jueves o asentarse en las plazas europeas, mandaba lo segundo. Y para el cuarto de hora, tras sostener Gorka al equipo, lo que luego sería una constante, Williams, quizás liberado de la presión tras pasarle la responsabilidad del gol a Aduriz, recibió un buen pase filtrado de Raúl con la tonta, posiblemente lo único que hizo bien en el partido, para marcar un señor gol desde la frontal.

Lejos de solucionársele el problema, se le complicó la cosa al Athletic. Bueno, bendita complicación, y tuvieron que afanarse los zurigorri en nadar, nadar hasta la extenuación, y guardar la ropa. El Rayo, mucho más fresco, mucho más rápido, mucho más dinámico, puso contra las cuerdas al centro del campo, reforzado por San José que sustituía a un tocado –uno más, otra vez más- Williams, para proceder al sellado de juntas.

Sufrió el Athletic, aportó Iraizoz, y consiguió frenar a un meritorio Rayo, por intención y seguramente por las formas. Hay quien afirma que el Athletic no mereció tanto premio. Puede ser. Pero nadie a estas alturas podrá desdeñar el esfuerzo, las ganas y la batalla. Porque la propuesta de Jémez, que le permitió arrebatar la posesión del esférico al Athletic, es más vistosa que la del Granada, por ejemplo, pero no consiguió, con todo, que los disparos a puerta, por ejemplo, superasen a los de un Athletic diezmado en lo físico y necesitado de una buena noticia de cara a viajar a Sevilla el jueves.

Esa será otra, para las que aquí no esperamos grandes ni buenas noticias. A los de Ibaigane les han llegado las consecuencias del endiablado calendario de golpe, aparejadas con las lesiones de turno en el momento en que más se necesitaba poder contar con el mayor número de efectivos. Que se lo cuenten a Emery, que agradece ahora que le hayan permitido tener un plantel largo que posibilita rotaciones de las de verdad.

Y es que pase lo que pase en Sevilla, la temporada es más que meritoria y será de notable alto si el equipo consigue aferrarse a la quinta o sexta plaza. Reproches pocos. Méritos, todos. Máxime cuando queda aún la amarga sensación de que contra el Sevilla bien pudieran ser las cosas distintas de no haberse producido la absurda decisión de un Muniain que ayer volvió a demostrar que aún no ha extraído las conclusiones de la dura lección. La cabra tira al monte, y la pérdida de balones en las cercanías del área parece, por desgracia, que seguirán siendo marca de la casa en alguien demasiado tendente a dar que hablar por el corte de pelo, gestos y aspavientos o declaraciones en redes sociales. 

Antes el fútbol tan solo hablaba de los que marcaban las diferencias, para bien, en el campo. Pero ¡cómo cambian los tiempos, Venancio!. Bueno, en este caso tanto vale Venancio como, entre otros, Rafa, José Luis o Niko, que aún les tenemos muy presentes.

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Autocondena

Después de escasas horas de sueño aún fluyen por la cabeza todos esos conceptos, términos, obviedades o perogrulladas que en torno a un partido de fútbol, y más si es importante, suelen decir y escribirse. Se debatía sobre la igualdad de ambos equipos, de la experiencia del Sevilla en el torneo europeo, de sus problemas para cosechar puntos a domicilio, de la velocidad a la contra, de la racha de Gameiro… De la necesidad del acierto, o lo que es lo mismo, de la importancia de no fallar… Y de la suerte. De tener fortuna y saber aprovechar esos golpes. No lo neguemos. El Athletic también ha seguido vivo en Europa League porque, además de hacer cosas bien, muchas, se ha sabido subir a la cresta de la ola de la fortuna en momentos puntuales contra Olympique o Marsella, como ya lo hiciera en 2012 contra Lokomotiv, Schalke 04 o Sporting de Portugal.

Athletic y Sevilla, Sevilla y Athletic sabían a lo que se exponían, al equilibrio de la eliminatoria, a las virtudes y defectos de unos y otros, a que en condiciones normales todo se debería dilucidar en el Pizjuán el día de la República. Emery sabía que sus opciones se maximizaban si el Athletic no tomaba excesiva ventaja. Y que para ello era necesario atemperar la efervescencia zurigorri, esa que tradicionalmente aparece por oleadas, generalmente, al amparo del calor de la grada, los primeros minutos de partido.

Así que los hispalenses salieron concienciados, plantaron cara durante la primera media hora, en un partido de mucho control, de presión, de no dejar hacer y conceder lo mínimo, a expensas de jugadas puntuales en que las cosas pudieran decantarse por calidad. Pudo ser así, en un marco y en otro, pero defensa y portero visitantes, además de un Iago Herrerín a gran nivel consiguieron, mantener el resultado inicial.

El último cuarto de hora de la primera parte el Athletic se pareció algo a eso que de él se esperaba, pero descafeinado. Beñat aparecía con cuenta gotas, como en los últimos encuentros, el balón parado seguía sin ser aquel recurso letal de hace ya demasiado tiempo, y en la línea de tres que guardaba la espalda a Aduriz se notaba la falta de forma de Williams y Muniain, y se evidenciaban las carencias de un Eraso que aporta mucho trabajo pero que adolece de ese algo necesario para justificar la titularidad en la media punta.

Había disponible lo que había y Valverde optó por lo que él creyó que era la mejor apuesta para ganar. Poco que reprocharle. Quizás llamase la atención la presencia en convocatoria, y más aún como revulsivo, de un Viguera que tras el partido contra la Real quedó proscrito. Y más porque ocupara el lugar de un Rico a buen seguro que justo de fuerzas o tocado.

Claro que este último juicio tomó especial valor tras la segunda parte. El Athletic debía aprovechar los cuarenta y cinco que le quedaban. Se esperaba su mejor versión. Al menos la ambiciosa y agresiva. Y apareció tan pronto como para pensar en una segunda parte de las de recordar. Porque Aduriz no perdonó, como casi siempre, a gran pase de Iker Muniain, que era también noticia, por lo inusual. Y porque a ello se encadenaron varios robos y llegadas y hasta un remate peligroso de cabeza de Etxeita. Pero pronto, demasiado, iba a llegar lo peor. Lo que, precisamente, se trataba de evitar. No el fallo, que es humano, asumible, y que lo comete el que juega. Sino el regalo, lo que nunca debe hacerse en un campo. El error de concpeto, la chorrada. La cesión ridícula, corta, insuficiente. El gol regalado, ese que tanto pesa en el jugador que comete la calamidad, y la reacción de Muniain fue un poema, y en el ánimo colectivo. En jugadores, cuerpo técnico y grada.

El Athletic murió en esa jugada. Casi nada volvió a ser lo mismo. El empate a uno, un resultado malo, fue una losa en un equipo que lo intentó, pero al que ya no salió nada. Y fue otro fallo, en este caso de Beñat, en una entrega al contrario en el centro del campo, el que propició una contra letal, al borde del fuera de juego –el pie de Etxeita creo que lo rompe-, para que Emery y los suyos lo celebrasen como merecía, como el resultado que aboca al Athletic a hacer un partido para el que, hoy por hoy, cuesta verle haciendo en un campo maldito.

No sería honesto cerrar las líneas sin opinar sobre aspectos claves, como el fallo de Iker, un futbolista al que habrá que juzgar la próxima campaña, cuando su lesión sea definitivamente historia, pero cuya intrascendencia futbolística preocupa. No solo no le sale prácticamente nada de aquello que hizo ver en él un halo de esperanza como una promesa aspirante a jugador franquicia, sino que a ello se suma una tendencia excesiva por fallos en la retaguardia, puesto que lo de ayer no es sino la consecuencia más trágica de algo que se ha repetido con demasiada frecuencia, la frivolidad en defensa. A ello se une un disparo deficiente y poco más que un bullicio futbolístico que no lleva a ningún lado. Veremos si es posible recuperar a aquel jugador que en algún momento pareció intuirse, aunque cabe ser pesimista al respecto.

También el aspecto y comportamiento de la grada deja su lugar para la reflexión. Por la cantidad de entradas no vendidas en un partido para el que hace cinco o seis años hubiese habido acampadas nocturnas en las taquillas de San Mamés, seguramente reflejo de que habituarse a competir en torneos europeos resta importancia a lo que el equipo hace hoy por hoy, y que algún día recordaremos con nostalgia y cierto remordimiento por no haber disfrutado y valorado. Y por la frialdad de un San Mamés que ha cambiado en exceso. Gélido, expectante, poco participativo, a remolque de los golpes de efecto del equipo, sin saber ayudarle cuando realmente lo necesitaba, abandonando la grada de manera masiva cuando el Sevilla anotaba el segundo… Preocupa, y mucho. Si se cree que el Club puede vivir de la leyenda, de las gestas y noches de gloria de antaño, vamos por mal camino.


Ahora, obviando lo del próximo jueves, que pasará lo que tenga que pasar y cómo tenga que ser, la prioridad es recuperar los ánimos, la moral, las piernas y, sobre todo, la esencia del juego, que ha desaparecido por sorpresa desde el partido de vuelta contra el Valencia. Contra el Rayo es momento de dar un golpe sobre la mesa, intentar conseguir una victoria revitalizadora. Porque el objetivo, al menos uno, el más factible, el más importante, sigue siendo clasificarse, de nuevo, para Europa. 

Conseguirlo permitiría puntuar al equipo con una buena nota a final de campaña. Ha luchado sin reparos en todas las competiciones que ha disputado. Y, además, hay que reconocer que no ha andado sobrado de suerte en los sorteos, ni con los rivales ni con el orden de los partidos.