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Autocondena

Después de escasas horas de sueño aún fluyen por la cabeza todos esos conceptos, términos, obviedades o perogrulladas que en torno a un partido de fútbol, y más si es importante, suelen decir y escribirse. Se debatía sobre la igualdad de ambos equipos, de la experiencia del Sevilla en el torneo europeo, de sus problemas para cosechar puntos a domicilio, de la velocidad a la contra, de la racha de Gameiro… De la necesidad del acierto, o lo que es lo mismo, de la importancia de no fallar… Y de la suerte. De tener fortuna y saber aprovechar esos golpes. No lo neguemos. El Athletic también ha seguido vivo en Europa League porque, además de hacer cosas bien, muchas, se ha sabido subir a la cresta de la ola de la fortuna en momentos puntuales contra Olympique o Marsella, como ya lo hiciera en 2012 contra Lokomotiv, Schalke 04 o Sporting de Portugal.

Athletic y Sevilla, Sevilla y Athletic sabían a lo que se exponían, al equilibrio de la eliminatoria, a las virtudes y defectos de unos y otros, a que en condiciones normales todo se debería dilucidar en el Pizjuán el día de la República. Emery sabía que sus opciones se maximizaban si el Athletic no tomaba excesiva ventaja. Y que para ello era necesario atemperar la efervescencia zurigorri, esa que tradicionalmente aparece por oleadas, generalmente, al amparo del calor de la grada, los primeros minutos de partido.

Así que los hispalenses salieron concienciados, plantaron cara durante la primera media hora, en un partido de mucho control, de presión, de no dejar hacer y conceder lo mínimo, a expensas de jugadas puntuales en que las cosas pudieran decantarse por calidad. Pudo ser así, en un marco y en otro, pero defensa y portero visitantes, además de un Iago Herrerín a gran nivel consiguieron, mantener el resultado inicial.

El último cuarto de hora de la primera parte el Athletic se pareció algo a eso que de él se esperaba, pero descafeinado. Beñat aparecía con cuenta gotas, como en los últimos encuentros, el balón parado seguía sin ser aquel recurso letal de hace ya demasiado tiempo, y en la línea de tres que guardaba la espalda a Aduriz se notaba la falta de forma de Williams y Muniain, y se evidenciaban las carencias de un Eraso que aporta mucho trabajo pero que adolece de ese algo necesario para justificar la titularidad en la media punta.

Había disponible lo que había y Valverde optó por lo que él creyó que era la mejor apuesta para ganar. Poco que reprocharle. Quizás llamase la atención la presencia en convocatoria, y más aún como revulsivo, de un Viguera que tras el partido contra la Real quedó proscrito. Y más porque ocupara el lugar de un Rico a buen seguro que justo de fuerzas o tocado.

Claro que este último juicio tomó especial valor tras la segunda parte. El Athletic debía aprovechar los cuarenta y cinco que le quedaban. Se esperaba su mejor versión. Al menos la ambiciosa y agresiva. Y apareció tan pronto como para pensar en una segunda parte de las de recordar. Porque Aduriz no perdonó, como casi siempre, a gran pase de Iker Muniain, que era también noticia, por lo inusual. Y porque a ello se encadenaron varios robos y llegadas y hasta un remate peligroso de cabeza de Etxeita. Pero pronto, demasiado, iba a llegar lo peor. Lo que, precisamente, se trataba de evitar. No el fallo, que es humano, asumible, y que lo comete el que juega. Sino el regalo, lo que nunca debe hacerse en un campo. El error de concpeto, la chorrada. La cesión ridícula, corta, insuficiente. El gol regalado, ese que tanto pesa en el jugador que comete la calamidad, y la reacción de Muniain fue un poema, y en el ánimo colectivo. En jugadores, cuerpo técnico y grada.

El Athletic murió en esa jugada. Casi nada volvió a ser lo mismo. El empate a uno, un resultado malo, fue una losa en un equipo que lo intentó, pero al que ya no salió nada. Y fue otro fallo, en este caso de Beñat, en una entrega al contrario en el centro del campo, el que propició una contra letal, al borde del fuera de juego –el pie de Etxeita creo que lo rompe-, para que Emery y los suyos lo celebrasen como merecía, como el resultado que aboca al Athletic a hacer un partido para el que, hoy por hoy, cuesta verle haciendo en un campo maldito.

No sería honesto cerrar las líneas sin opinar sobre aspectos claves, como el fallo de Iker, un futbolista al que habrá que juzgar la próxima campaña, cuando su lesión sea definitivamente historia, pero cuya intrascendencia futbolística preocupa. No solo no le sale prácticamente nada de aquello que hizo ver en él un halo de esperanza como una promesa aspirante a jugador franquicia, sino que a ello se suma una tendencia excesiva por fallos en la retaguardia, puesto que lo de ayer no es sino la consecuencia más trágica de algo que se ha repetido con demasiada frecuencia, la frivolidad en defensa. A ello se une un disparo deficiente y poco más que un bullicio futbolístico que no lleva a ningún lado. Veremos si es posible recuperar a aquel jugador que en algún momento pareció intuirse, aunque cabe ser pesimista al respecto.

También el aspecto y comportamiento de la grada deja su lugar para la reflexión. Por la cantidad de entradas no vendidas en un partido para el que hace cinco o seis años hubiese habido acampadas nocturnas en las taquillas de San Mamés, seguramente reflejo de que habituarse a competir en torneos europeos resta importancia a lo que el equipo hace hoy por hoy, y que algún día recordaremos con nostalgia y cierto remordimiento por no haber disfrutado y valorado. Y por la frialdad de un San Mamés que ha cambiado en exceso. Gélido, expectante, poco participativo, a remolque de los golpes de efecto del equipo, sin saber ayudarle cuando realmente lo necesitaba, abandonando la grada de manera masiva cuando el Sevilla anotaba el segundo… Preocupa, y mucho. Si se cree que el Club puede vivir de la leyenda, de las gestas y noches de gloria de antaño, vamos por mal camino.


Ahora, obviando lo del próximo jueves, que pasará lo que tenga que pasar y cómo tenga que ser, la prioridad es recuperar los ánimos, la moral, las piernas y, sobre todo, la esencia del juego, que ha desaparecido por sorpresa desde el partido de vuelta contra el Valencia. Contra el Rayo es momento de dar un golpe sobre la mesa, intentar conseguir una victoria revitalizadora. Porque el objetivo, al menos uno, el más factible, el más importante, sigue siendo clasificarse, de nuevo, para Europa. 

Conseguirlo permitiría puntuar al equipo con una buena nota a final de campaña. Ha luchado sin reparos en todas las competiciones que ha disputado. Y, además, hay que reconocer que no ha andado sobrado de suerte en los sorteos, ni con los rivales ni con el orden de los partidos.
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2 comentarios

  1. Gontzal, hemos visto el mismo partido y tenidas iguales sensaciones sobre el mismo y el público, cada vez más pasivo, turístico y "güasapero"

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    1. Son los nuevos tiempos, Contini. La efervescencia se vive en la red.

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