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Nada que reprochar, tres puntos que celebrar

Podemos ponernos dignos, en modo equidistante, ser los jueces más implacables con nuestro equipo y menospreciar la importancia de los puntos recaudados ayer por aquello de la forma en que se consiguieron, o ser justos con la importancia de los mismos y de las dificultades que a estas alturas de temporada implica puntuar contra cualquiera, máxime con la reserva de fuerzas parpadeando en ámbar en el testigo luminoso del salpicadero.

Resultaban implacables las opiniones contra lo realizado por el Athletic ayer en las redes sociales, siempre bulliciosas y alejadas de la mesura para bien y para mal, como disertaciones a pie de calle o, incluso, en la opinión publicada de hoy. Sería bueno saber qué esperan algunos de un equipo que acumula 54 partidos de competición en sus piernas, no repartidos de manera equitativa, además, con algunos futbolistas con kilometradas excesivas, como bien empieza a denotarse en la cantidad de molestias y lesiones que tienen al equipo físico-médico del Athletic más ocupado que al equipo negociador de Pedro Sánchez, el breve.

Hizo Valverde lo único que podía hacer si no pretendía ser pasto de las llamas de los inquisidores de guardia. Es decir, intentar preservar en la medida de lo posible a las piezas claves del equipo de minutos innecesarios. El problema es que no le salió tan bien como pretendía y tuvo que hacer uso de parte de su guardia pretoriana, o sea, de Beñat, San José y Aduriz, por el bajo rendimiento de los que por su rendimiento se han convertido en subalternos. Quién iba a afirmar que con la presencia simultánea en el campo de Iturraspe y Rico, aquellos que lideraron desde la media la obtención de la cuarta plaza hace tan solo dos años, el equipo acusaría tanto la creación y el control en el centro del campo.

Cierto es, también, que en el primer acto del encuentro todo fue prescindible, intrascendente, cuarenta y cinco minutos en los que solo cabe resaltar el clarísimo penalti que Gil Manzano, un árbitro más que decente, decidió pasar por alto mientras seguía de cerca la jugada y delante de las narices de un linier que no quiso saber nada de líos. Aun cuando no me gusta abonarme al fútbol ficción, de haberse señalado pena máxima, y de marcarla el Athletic, que esa es otra, a buen seguro que las cosas se hubiesen puesto más sencillas para unos rojiblancos que, justo es reconocerlo, no ahorraron esfuerzo en una presión que no llevó a ninguna parte.

Susaeta tuvo, como pasa en excesivas ocasiones, una de esas tardes en que todo le sale mal y Williams regalaba una actuación plagada de errores, precipitación y falta de ideas; Raúl García, al que al parecerle menor la guerra a ganar a los Vallecanos, decidió embarcarse en batallas personales; Iturraspe sufría, especialmente  a la hora de padecer a Trashorras y de repartir el cuero, y Rico volvía a tener una de esas tardes en que falla todas las entregas. Por si fuera poco, Lekue, que parece sufrir en el reparto de papeles aquello que padeció de Marcos, ser chico para todo, tener que jugar cada semana allá donde el técnico más necesite, evidenció que a su prometedor fútbol le faltan dosis y dosis de contundencia y sentido futbolístico.

Así las cosas, y visto que el Rayo afrontaba la segunda mitad con determinación, Valverde debió tirar de lo que no quería antes de tiempo. Aritz y Beñat ponían de manifiesto que entre lo del próximo jueves o asentarse en las plazas europeas, mandaba lo segundo. Y para el cuarto de hora, tras sostener Gorka al equipo, lo que luego sería una constante, Williams, quizás liberado de la presión tras pasarle la responsabilidad del gol a Aduriz, recibió un buen pase filtrado de Raúl con la tonta, posiblemente lo único que hizo bien en el partido, para marcar un señor gol desde la frontal.

Lejos de solucionársele el problema, se le complicó la cosa al Athletic. Bueno, bendita complicación, y tuvieron que afanarse los zurigorri en nadar, nadar hasta la extenuación, y guardar la ropa. El Rayo, mucho más fresco, mucho más rápido, mucho más dinámico, puso contra las cuerdas al centro del campo, reforzado por San José que sustituía a un tocado –uno más, otra vez más- Williams, para proceder al sellado de juntas.

Sufrió el Athletic, aportó Iraizoz, y consiguió frenar a un meritorio Rayo, por intención y seguramente por las formas. Hay quien afirma que el Athletic no mereció tanto premio. Puede ser. Pero nadie a estas alturas podrá desdeñar el esfuerzo, las ganas y la batalla. Porque la propuesta de Jémez, que le permitió arrebatar la posesión del esférico al Athletic, es más vistosa que la del Granada, por ejemplo, pero no consiguió, con todo, que los disparos a puerta, por ejemplo, superasen a los de un Athletic diezmado en lo físico y necesitado de una buena noticia de cara a viajar a Sevilla el jueves.

Esa será otra, para las que aquí no esperamos grandes ni buenas noticias. A los de Ibaigane les han llegado las consecuencias del endiablado calendario de golpe, aparejadas con las lesiones de turno en el momento en que más se necesitaba poder contar con el mayor número de efectivos. Que se lo cuenten a Emery, que agradece ahora que le hayan permitido tener un plantel largo que posibilita rotaciones de las de verdad.

Y es que pase lo que pase en Sevilla, la temporada es más que meritoria y será de notable alto si el equipo consigue aferrarse a la quinta o sexta plaza. Reproches pocos. Méritos, todos. Máxime cuando queda aún la amarga sensación de que contra el Sevilla bien pudieran ser las cosas distintas de no haberse producido la absurda decisión de un Muniain que ayer volvió a demostrar que aún no ha extraído las conclusiones de la dura lección. La cabra tira al monte, y la pérdida de balones en las cercanías del área parece, por desgracia, que seguirán siendo marca de la casa en alguien demasiado tendente a dar que hablar por el corte de pelo, gestos y aspavientos o declaraciones en redes sociales. 

Antes el fútbol tan solo hablaba de los que marcaban las diferencias, para bien, en el campo. Pero ¡cómo cambian los tiempos, Venancio!. Bueno, en este caso tanto vale Venancio como, entre otros, Rafa, José Luis o Niko, que aún les tenemos muy presentes.
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