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Suerte, contundencia rematadora y puntos de oro

Necesitaba el Athletic reengancharse en Liga a la zona de la clasificación en la que puede haber algo de premio y lo consiguió, contra pronóstico, ante el paupérrimo Valencia de Neville, dando un primer golpe de efecto cuyas consecuencias ya habrá tiempo de calibrar ahora que, nuevamente, se vuelve a la enésima trilogía de enfrentamientos por los caprichos de los sorteos.

Llegaba el Athletic a tierras levantinas necesitado de puntos, de oxígeno y de un golpe sobre la mesa toda vez que el pase europeo se produjo más por los deméritos del Marsella que por los merecimientos de unos rojiblancos que, al igual que contra la Real cuatro días antes, volvieron a deparar un enfrentamiento plagado de errores y dudas.

Y no era fácil el asunto de Valencia. Para nada. Los locales, que habían tenido una eliminatoria continental antagónica a la de los de Valverde que les había permitido reservar a lo mejorcito para tratar de vencer a los leones y engancharse a la lucha por Europa, parecían condenados a tener que ganar sí o sí, máxime contra un Athletic diezmado en lo físico y con ausencias notorias.

Valverde optó por el volantazo, obligado por las circunstancias. Con Raúl sancionado tras no recurrir el Club la quinta tarjeta, en una decisión más que razonable a pesar de la injusticia de la amonestación; con Williams fuera para unos cuantos días y con Aduriz entre algodones, Txingurri debió inventar una vanguardia prácticamente desde la nada. Con Viguera fuera del radar porque con sus actitud de hace una semana contra la Real decidió autodescartarse para siempre, el ataque quedó en manos de De Marcos por banda derecha y la punta alternativamente, y en función del momento, repartiéndose entre Muniain y Sabin Merino, escoltados por detrás en una media punta ocupada por Rico.

Con estos mimbres, más la presencia de Elustondo en un mediocentro que en circunstancias normales hubiese ocupado Iturraspe, empeñado en no aprovechar los minutos que el calendario le está poniendo a tiro; y el lateral derecho ocupado por Bóveda, el Athletic se bastó para mantener el marcador a cero, que parecía el principal –y casi único- objetivo.

Pudo el Valencia adelantarse, ocasiones tuvo para ello, principalmente una de Negredo en la primera mitad, y también hacerlo el Athletic, aunque conocida es la blandura de Muniain en los disparos, de la que también se contagió Merino. Los primeros cuarenta y cinco minutos, tediosos a más no poder, algo a lo que parecen haberse abonado en este 2016, dieron con la mejor versión del Valencia tras la reanudación, aunque la gasolina les duró no más de un cuarto de hora, lo que tardó el Athletic en estirarse algo, poner a prueba a Alves y concienciarse Valverde de que su plan inicial se había agotado.

Movió el banquillo Ernesto y, seguramente, ni él mismo sería consciente de lo acertado que iba a estar con ello. Porque la presencia de Aduriz y, principalmente San José, dieron al Athletic el poso necesario para noquear al Valencia en nada más y nada menos que siete minutos. Mérito tuvo el atarribitarra en el primer gol, primero por robar el balón, cedérselo a Rico, recibir de manera algo forzada de éste, bajarla y ser capaz de servir en posición de extremo y a bote pronto un servicio impecable para Sabin Merino, que como cuatro días antes marcó de manera fantástica otra vez de cabeza.

Noqueado el equipo ché, un robo de Rico, en una jugada que recordó a aquel jugador que fuera indiscutible hace dos años, una buena conducción y un mejor servicio para Muniain valieron para que el txantreano marcara año y medio después enviando el balón a la red por debajo de las piernas del portero. Ojo al detalle. Año y medio. A la importancia del gol en el partido habrá que añadir el valor que puede tener en el aspecto sicológico para un jugador al que le está costando sobremanera reverdecer laureles.

Saboreaba la afición rojiblanca lo que parecía ya una victoria segura cuando Aduriz, quién si no él, aprovechó la lamentable marca de la zaga local para marcar de cabeza el tercero, a falta de un cuarto de hora para el final. A partir de ahí, tomar aire, pasar los minutos sin apreturas y dejar que el mejor aliado fuese el público de Mestalla, nada nuevo bajo el sol, que se bastaba por si solo para anular a sus propios jugadores con pitadas más o menos intensas en función del grado de simpatía que les despertase el futbolista que tuviera el balón.

Podrá parece ahora fácil glosar la actuación del equipo, las decisiones del técnico, aunque no sería justo hacerlo solo por el resultado. Y es que si bien se criticaron con razón las rotaciones masivas de otoño dictadas por el de Viandar de la Vera, lo de ayer no fue sino la consecuencia lógica del estado de forma del equipo y de las importantes ausencias.

El contundente resultado, exagerado para lo visto durante noventa minutos, habrá que tomarlo como el verdadero y merecido homenaje a Rafa Iriondo tras el lamentable espectáculo del jueves, aunque entre ambos encuentros sí parece que el Athletic ha consumido parte de las dosis de fortuna que suele necesitarse a lo largo de una temporada. En adelante más vale hacer las cosas bastante mejor, aunque bienvenida sea la suerte, puesto que siempre se agradece más si llega en el momento en que el equipo acusa acumular ya a estas alturas cuarenta y cinco partidos de competición oficial.

La anécdota llegó en sala de prensa, con Neville de protagonista, haciendo el ridículo como en él parece ser característico. Además de catalogar como los mejores setenta minutos de la temporada los disputados por los suyos hasta llegar la lluvia de goles, algo que anima bastante de cara a los enfrentamientos europeos, cargó contra Gil Manzano, al que hizo responsable de la derrota. Aun teniendo alguna razón, principalmente el penalti por mano de Etxeita, tan clamoroso como difícil de apreciar en directo, la desvergüenza del ex del United habrá que contextualizarla en la desesperación de quien sin estar capacitado para dirigir nada, ve truncada la racha que le había permitido empezar a sacar pecho e intentar justificar ser entrenador por valía y no por ser socio del dueño del cotarro.

Porque cierto es que Gil Manzano estuvo cobarde en las áreas, pero si repasa el vídeo, verá que pudo también haber señalado los once metros en faltas sobre Laporte, nada más comenzar el encuentro y, como no, en un agarrón sobre Aduriz. 

Llega seguido el Deportivo, con unas estadísticas demoledoras, algo que debe preocupar al Athletic, especialista como suele ser en eso de la solidaridad deportiva con el necesitado. Como debe preocupar que el arbitraje -o lo que se le parezca- vaya a ser responsabilidad del impresentable Mateu Lahoz, seguramente lo más peligroso del encuentro. Nada de confianzas, nada de cuentas a priori.

Que se mire a Donostia si no, que hacían, como casi siempre, las cuentas de la lechera para sobrepasar al Atheltic hace una semana y hoy descansan a cuatro puntos. Eso sí, abonados a la teoría del villarato, de la que son furibundos militantes, denunciando a voz en cuello las bondades del arbitraje de Gil Manzano para el Athletic y silenciando que el gol de Agirretxe que les permitiera salvar el puntito de la Federación se hubiera producido en fuera de juego. Sigo sin entender la obsesión de demasiada gente en Gipuzkoa con el Athletic.

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Una rácana Real gana con justicia

Parecía un encuentro clave para calibrar la fortaleza del equipo, por aquello de lo complicado que resulta desde que comenzara el año conocer el verdadero nivel competitivo, distorsionado por los triples enfrentamientos contra Villarreal y Barcelona o la tradicional derrota del Bernabéu.

Lo visto ayer tarde en San Mamés fue para preocupar. Cierto que llegaba el Athletic de un esfuerzo importante para doblegar al Olympique y poner cuesta abajo la eliminatoria europea, pero la falta de frescura e ideas de los rojiblancos en un partido que, salvo en los dos primeros minutos, no dio sensación de poder ganar dejó un sabor de boca más que amargo.

La Real ganó el encuentro porque supo tenerlo donde le convino en cada momento. Aprovechó una ocasión de las pocas que tuvo, todas ellas, además, más propicias que las de los locales, ganó la batalla del centro del campo a la peor versión del curso de San José y Beñat, y practicó el otro fútbol como si estuvieran recién salidos de una semana de seminario con Joaquín Caparrós.

Las advertencias, la preocupación por la escasez de tiempo para preparar un encuentro que el rival pormenorizó durante una semana, eran razonables. El extrañamente denominado derbi, el partido de teórica máxima rivalidad, no fue tal, como lleva no siéndolo demasiado tiempo. Mientras en Donostia se lo sigan tomando como el encuentro marcado en rojo en su particular calendario y por aquí siga viéndose como un partido especial, pero poco más, difícil será sacar esos enfrentamientos adelante.

Y es que vivir como se vive en Gipuzkoa estos enfrentamientos parece hasta enfermizo. El detalle de ver al alcalde de la capital guipuzcoana bajar al vestuario para celebrar la victoria quizás refleje como nada la particular obsesión de muchos con ganar al Athletic.

Porque si a esas ansias se le enfrenta un Athletic diezmado en físico e ideas, aderezado con un once cuando menos extraño y una convocatoria sin alternativas, más la puñetera lesión de Williams, las consecuencias son fatales.

A muchos extrañó la presencia de Gurpegi en la titularidad en un partido que se presumía eléctrico y rápido, cuando ya había quedado claro en los enfrentamientos contra Villarreal o Sevilla que para el bueno de Carlos los años y las lesiones no han pasado en balde. No sería justo culpar al capitán de la derrota, ni mucho menos, porque si desacertado estuvo en el tanto txuriurdin cierto es que estuvo más asentado en el resto de minutos, pero los vaivenes de Txingurri en el centro de la zaga repartiendo minutos con desconcertante criterio entre Etxeita, Bóveda o Gurpegi no ayudan a volver asentar una zaga que hace aguas desde comienzos de 2016.

Extraño resultó, también, ver fuera de convocatoria a Eraso o Sabin, la titularidad en la media punta de un Muniain bullicioso pero que poco aporta más allá de forzar faltas y que abusa de la conducción, y los cambios de un entrenador que tarda en reaccionar en demasiadas ocasiones. La elección de Viguera, alojado en banda derecha y que cuajó una actuación que debe servir como justificación para el descarte de las convocatorias en lo que quedan de temporada, y el tardío cambio de San José para dar entrada a un Iturraspe que debió saltar al campo mucho antes para intentar, al menos, dar luz al eje de un centro del campo que naufragaba desde el inicio.

Y es que tras el gol intentó el Athletic jugar directo, encontrar a Aduriz por la vía rápida, la de la precipitación, el pelotazo, el juego desesperado que representan, para mal, Susaeta y de Marcos. Cuando el fútbol del grupo pasa por ceder la responsabilidad a Markel o en confiar la reacción a la electricidad de Oscar, un atleta demasiado alejado de la necesaria precisión, sale a flote la peor versión de los zurigorri.

Eclipsado Beñat por Illarra, en uno de los peores partidos que se le recuerdan tanto en la distribución como en el pase, fuese en corto o en largo, como a balón parado; sin la opción de un Williams que, cierto es también, poco aportó los minutos que estuvo sobre el césped, al Athletic le tocó forzar la opción de Raúl García más de lo razonable y lo previsto por Valverde.

Acabó desquiciado el equipo de Txingurri. Por la propia impotencia, por las triquiñuelas de una Real que se abonó al mal llamado otro fútbol y por un arbitraje exasperante. Lo he dejado para el final, puesto que llevamos tiempo advirtiéndolo por aquí, tanto cuando el equipo ha ganado como cuando no. Entendiendo la inteligencia de Valverde en las declaraciones, sabiendo que poco se obtiene de la protesta de entrenadores y jugadores, algo más debiera hacer el Club en los estamentos federativos.

Lo del tal Sánchez Martínez clamó al cielo. Tarjetero a más no poder, provocador y chulesco como en tiempo no se recuerda, cobarde en las áreas e inconsecuente con su propio rasero, fue el mejor aliado del juego trabado que legítimamente impuso la Real. Todo ello ante la pasividad de un San Mamés que cada encuentro bate record de pasividad y frialdad en la grada, que viene a confirmar que en lo del ánimo y la reacción del equipo, el particular huevo y gallina del fútbol, es el equipo quien debe sacarse las castañas del fuego para recibir el viento de popa en forma de ánimo de la grada. De poco vale criticar hoy el juego del equipo, la convocatoria, alineación o cambios de Valverde, si no se hace autocrítica del gélido ambiente con que se acompañó ayer al grupo desde las tribunas.


Desacelera definitivamente el Athletic en liga, cuando de nuevo vuelve a plagarse de citas el calendario, ante la visita del Olympique y un viaje para visitar a un resucitado Valencia con escaso margen para la recuperación. Es claro que jugar en Europa pasa factura, que hay que ser coherente con lo que se es y se tiene, pero las derrotas en casa debieran salir bastante más caras a los rivales. Para rematar el post, por cierto, en un día como hoy, después de los desaciertos ya descritos, me sigo abonando a que la renovación de Valverde sigue siendo la mejor opción para el banquillo.

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Plantando el campamento base en Europa

Con un fútbol infame en la segunda mitad, merced a que aflorara el cansancio acumulado por aquello de intentar dar la campanada copera en el Nou Camp, y más que aceptable en la primera, en la que el Athletic debió dejar el partido más que encarrilado por las clamorosas ocasiones que marraron Aduriz y, principalmente, un Sabin Merino que las dispuso de varios colores y sabores, lo cierto es que los tres puntos cosechados al sur de Madrid sirven para serenar ánimos, acumular grasa para el invierno competitivo y tomar aire en un equipo necesitado de descanso de todo tipo.

Cierto que el Getafe perdonó dos ocasiones claras, una finalizando el encuentro, de esas que resulta incomprensible enviar fuera, y otra sacada por Gorka de debajo de sus piernas in extremis. Pero a pesar de los pesares, el Athletic fue justo vencedor de un encuentro en el que el Getafe tan solo propuso voltaje y jugar al límite del reglamento ante la comprensiva mirada del catalán Estrada, que despachó la tarde con una faena al estilo europeo, casera a más no poder, mirando para otro lado no solo dentro de las áreas, sino ante las entradas duras y reiteradas de los centrales, Velázquez y Cala, especialmente de este último, que tuvo el mérito de perder los papeles no solo en el terreno de juego, sino posteriormente, a través de las redes sociales.

Llevamos semanas reclamándolo, pero es igual, parece claro que errar frente al Athletic sale barato, no hay polémicas, no tiene trascendencia, no genera bullicio. De Getafe el Athletic volvió con más tarjetas que su oponente, a pesar de que ahí se cometieran sendas agresiones sobre Aduriz y Gurpegi en las áreas y con el balón en juego, un penalti clamoroso por agarrón de Cala sobre Aduriz, de esos que resulta imposible no ver, y faltas con la única determinación de cortar el juego por parte de, otra vez, Cala y Velázquez ante las que Estrada no aplicó el mismo reglamento que, de manera acertada, sí empleó con San José, Balenziaga, Etxeita, Beñat o de Marcos.

Porque da legitimidad no dejar las protestas para los días en que no gana, porque llueve sobre mojado, porque el Athletic acumula penaltis y tarjetas en contra, alguien en Ibaigane debería poner de manifiesto esto ante el Comité Técnico de Árbitros.

En lo deportivo el equipo aguarda con un par de jornadas de descanso para empezar a preparar la enésima pelea contra las huestes del indeseable Marcelino, que como casi siempre que viene a San Mamés vestirá la piel de cordero en esas ruedas de prensa previas cargadas de cinismo. Ser, seguramente, el único cartucho que le queda al equipo para no descartar ya esa cuarta plaza que, a pesar de las declaraciones de la plantilla, parece hoy por hoy una quimera, parece suficiente aliciente para un plantel que ha salido reforzado de su eliminatoria copera, con todo lo que ello significa.

Y es que no se debe perder de vista que el equipo ha sostenido el nivel a pesar de haber perdido a Raúl García, un jugador más que clave e insustituible hoy por hoy, que Muniain, nuevamente de recaída por problemas musculares, no aporta aún lo que de él se espera, o que Iturraspe sufre un preocupante calvario por continuas lesiones. La noticia es que, a pesar de ello, con nombres como Merino, Lekue o Eraso, el grupo se ha afianzado en la zona noble de la tabla.

Habrá pues que seguir confiando, disfrutar del estado de forma de Aduriz mientras dure, de la mejora continua de un Williams que ya marca hasta de cabeza, de un Beñat que maneja el centro del campo con brillantez, del trabajo sordo de un San José muy consolidado, del asentamiento de Balenziaga, al que solo cabe pedir que no arroje la toalla cada vez que profundiza por banda. Quizás como asignaturas pendientes queden mejorar la solidez y contundencia defensiva, el aprovechamiento de llegadas y ocasiones –aquello de la pericia, sí- y buscar alternativas sólidas en algunas posiciones.

De momento, veremos si ante la próxima baja de De Marcos la elección de Valverde pasa por la solidez defensiva de Bóveda, lo previsible, o el descaro de Lekue, una de las mejores noticias de Lezama de este año. La otra, la de Sabin Merino, debería ir aparejada de una dosis de transfusión de sangre. Cierto es que no todo el mundo dispone del gen competitivo de Raúl, Aritz o Williams, pero en primera solo se triunfa cuando se marcan diferencias. Si se goza de técnica, de calidad, de altura, cabe desterrar la frialdad y maximizar la entrega.