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No pudo ser. Pero gracias.

Pudo ser y no fue por poco. Seguramente porque el Sevilla tiene un idilio con la suerte y el Athletic una relación tormentosa con los lanzamientos desde los once metros. O porque Unai Emery ha comprado de segunda mano la flor del trasero al difunto Miguel Muñoz y está abonado a una tarifa plana de fortuna en esto de la Europa League.

A quienes no dábamos un duro por la eliminatoria, el equipo volvió a darnos una lección. De entereza, de ambición, de honradez, de respeto y honor a unos colores. Y puso contra las cuerdas al vigente campeón, al que tuvo noqueado, al que no supo dar el golpe definitivo para dejar KO porque, entre otras cosas, entre los principales defectos de este equipo, pocos pero importantes, está no saber sacar provecho de las ocasiones y no dominar ciertos detalles que pueden dar al traste con exámenes como este, en el que por un error en alguna respuesta, suspendes.

Visto lo visto, el Athletic, mejor que su rival en el global de la eliminatoria, se ha visto apeado de la competición por errores propios importantes, principalmente realizados en su propio campo, y no forzados. Dos errores graves, pasará a la memoria colectiva la ya famosa cesión de Muniain, dieron al traste con las ilusiones de afición, y sobre todo, caseta, comandada por un Aduriz estelar en lo futbolístico y sobresaliente en ambición, liderazgo y capacidad de motivación.

Me decía ayer un antiguo compañero de localidad del antiguo San Mamés, que resulta ser primo de ese de Marcos que ayer cumplía veintisiete años, que por la mañana, al hablar con él para felicitarle, le decía que la caseta estaba convencida de que pasaban. Me lo tomé a medio broma, a esas cosas que los profesionales deben decir y que los aficionados difundimos con escaso rigor.

Y la cosa iba en serio. Tan en serio que el equipo acongojó al Pizjuán, que asistía a una impotente muestra de empuje zurigorri ante un Sevilla de planteamiento tacaño y cicatero que no conseguía hacer buena la ventaja de la ida. Aduriz y Raúl García, quienes seguramente representen como nadie el salto de calidad y saber competir de este Club, pusieron el asunto no sé si cuesta abajo o, ahora, visto lo visto, en un engañoso falso llano.

Cuando mejor pintaba la cosa para los locales, con tan solo 45 minutos para administrar la ventaja, el Athletic hizo sufrir a los sevillistas, que celebraron llegar a la prórroga, primero, y a los penaltis, después. Y falló el que más debería sonreír, Beñat, artífice de los mejores momentos de juego, catalizador del fútbol rojiblanco.

Al Athletic se le atragantan los penaltis. Qué le vamos a hacer. No es nuevo. Ya le pasó contra otro equipo sevillano en 1977 o en 2005. Al equipo le falta ese mínimo de fortuna en los momentos clave, esa que ha tenido su rival de ayer hasta en cuatro ocasiones ya, para poder llegar lejos y certificar un título en el momento de la verdad. Tampoco estaría de más que los vientos del azar soplen de popa en los sorteos. Porque no han tenido los nuestros en los últimos años rivales excesivamente asequibles en las finales o en los emparejamientos.

Esperemos que este sea otro paso más en el fortalecimiento de la confianza en nuestra tradición, que reverdeció en 2009 tras aquella semifinal copera, precisamente contra el cuadro hispalense; esa de la que Bielsa tuvo que enseñarnos a no avergonzarnos, a no utilizar como excusa, y sí como verdadero hecho diferencial, poción mágica para llegar muy lejos; esa que Valverde, tan ambicioso como discreto, injustamente castigado, está sabiendo consolidar.

56 partidos. Una barbaridad. Resta rematar la faena y certificar la vuelta a Europa para el próximo curso. Lo hará el equipo con dificultad máxima. Por las apreturas del calendario, con doble salto con tirabuzón merced al falangista Tebas. El Málaga seguramente se frotará las manos por recibir a un equipo diezmado en lo físico, afectado en lo moral, y sin su líder, Aduriz, al que es más que probable que la temporada se le haya acabado, incluso escapado las opciones de ser internacional. Peaje demasiado caro que ha pagado gustoso, que sirve para ejemplarizar lo que es subordinar los objetivos personales a los colectivos. Es lo que diferencia a Aritz de ese otro que hoy es anécdota para el fútbol y que no ha disfrutado de minutos en una pedazo de eliminatoria como esta.

Solo queda dar las gracias a un equipo que, quizás sea polémico decirlo, está por encima de la afición. Da la sensación de que no se está sabiendo ni agradecer ni valorar lo que este colectivo está haciendo. San Mamés asiste a los partidos con una frialdad inusual a unos años de fútbol que con el tiempo añoraremos. El próximo miércoles, ante un Atlético de Madrid de moda, llegará otra oportunidad de calibrar el apoyo que los que poblamos la grada estamos obligados a darle. Primero porque el equipo lo necesita. Y segundo, porque esfuerzos como los de ayer se deben premiar con cariño y aplausos.

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Nada que reprochar, tres puntos que celebrar

Podemos ponernos dignos, en modo equidistante, ser los jueces más implacables con nuestro equipo y menospreciar la importancia de los puntos recaudados ayer por aquello de la forma en que se consiguieron, o ser justos con la importancia de los mismos y de las dificultades que a estas alturas de temporada implica puntuar contra cualquiera, máxime con la reserva de fuerzas parpadeando en ámbar en el testigo luminoso del salpicadero.

Resultaban implacables las opiniones contra lo realizado por el Athletic ayer en las redes sociales, siempre bulliciosas y alejadas de la mesura para bien y para mal, como disertaciones a pie de calle o, incluso, en la opinión publicada de hoy. Sería bueno saber qué esperan algunos de un equipo que acumula 54 partidos de competición en sus piernas, no repartidos de manera equitativa, además, con algunos futbolistas con kilometradas excesivas, como bien empieza a denotarse en la cantidad de molestias y lesiones que tienen al equipo físico-médico del Athletic más ocupado que al equipo negociador de Pedro Sánchez, el breve.

Hizo Valverde lo único que podía hacer si no pretendía ser pasto de las llamas de los inquisidores de guardia. Es decir, intentar preservar en la medida de lo posible a las piezas claves del equipo de minutos innecesarios. El problema es que no le salió tan bien como pretendía y tuvo que hacer uso de parte de su guardia pretoriana, o sea, de Beñat, San José y Aduriz, por el bajo rendimiento de los que por su rendimiento se han convertido en subalternos. Quién iba a afirmar que con la presencia simultánea en el campo de Iturraspe y Rico, aquellos que lideraron desde la media la obtención de la cuarta plaza hace tan solo dos años, el equipo acusaría tanto la creación y el control en el centro del campo.

Cierto es, también, que en el primer acto del encuentro todo fue prescindible, intrascendente, cuarenta y cinco minutos en los que solo cabe resaltar el clarísimo penalti que Gil Manzano, un árbitro más que decente, decidió pasar por alto mientras seguía de cerca la jugada y delante de las narices de un linier que no quiso saber nada de líos. Aun cuando no me gusta abonarme al fútbol ficción, de haberse señalado pena máxima, y de marcarla el Athletic, que esa es otra, a buen seguro que las cosas se hubiesen puesto más sencillas para unos rojiblancos que, justo es reconocerlo, no ahorraron esfuerzo en una presión que no llevó a ninguna parte.

Susaeta tuvo, como pasa en excesivas ocasiones, una de esas tardes en que todo le sale mal y Williams regalaba una actuación plagada de errores, precipitación y falta de ideas; Raúl García, al que al parecerle menor la guerra a ganar a los Vallecanos, decidió embarcarse en batallas personales; Iturraspe sufría, especialmente  a la hora de padecer a Trashorras y de repartir el cuero, y Rico volvía a tener una de esas tardes en que falla todas las entregas. Por si fuera poco, Lekue, que parece sufrir en el reparto de papeles aquello que padeció de Marcos, ser chico para todo, tener que jugar cada semana allá donde el técnico más necesite, evidenció que a su prometedor fútbol le faltan dosis y dosis de contundencia y sentido futbolístico.

Así las cosas, y visto que el Rayo afrontaba la segunda mitad con determinación, Valverde debió tirar de lo que no quería antes de tiempo. Aritz y Beñat ponían de manifiesto que entre lo del próximo jueves o asentarse en las plazas europeas, mandaba lo segundo. Y para el cuarto de hora, tras sostener Gorka al equipo, lo que luego sería una constante, Williams, quizás liberado de la presión tras pasarle la responsabilidad del gol a Aduriz, recibió un buen pase filtrado de Raúl con la tonta, posiblemente lo único que hizo bien en el partido, para marcar un señor gol desde la frontal.

Lejos de solucionársele el problema, se le complicó la cosa al Athletic. Bueno, bendita complicación, y tuvieron que afanarse los zurigorri en nadar, nadar hasta la extenuación, y guardar la ropa. El Rayo, mucho más fresco, mucho más rápido, mucho más dinámico, puso contra las cuerdas al centro del campo, reforzado por San José que sustituía a un tocado –uno más, otra vez más- Williams, para proceder al sellado de juntas.

Sufrió el Athletic, aportó Iraizoz, y consiguió frenar a un meritorio Rayo, por intención y seguramente por las formas. Hay quien afirma que el Athletic no mereció tanto premio. Puede ser. Pero nadie a estas alturas podrá desdeñar el esfuerzo, las ganas y la batalla. Porque la propuesta de Jémez, que le permitió arrebatar la posesión del esférico al Athletic, es más vistosa que la del Granada, por ejemplo, pero no consiguió, con todo, que los disparos a puerta, por ejemplo, superasen a los de un Athletic diezmado en lo físico y necesitado de una buena noticia de cara a viajar a Sevilla el jueves.

Esa será otra, para las que aquí no esperamos grandes ni buenas noticias. A los de Ibaigane les han llegado las consecuencias del endiablado calendario de golpe, aparejadas con las lesiones de turno en el momento en que más se necesitaba poder contar con el mayor número de efectivos. Que se lo cuenten a Emery, que agradece ahora que le hayan permitido tener un plantel largo que posibilita rotaciones de las de verdad.

Y es que pase lo que pase en Sevilla, la temporada es más que meritoria y será de notable alto si el equipo consigue aferrarse a la quinta o sexta plaza. Reproches pocos. Méritos, todos. Máxime cuando queda aún la amarga sensación de que contra el Sevilla bien pudieran ser las cosas distintas de no haberse producido la absurda decisión de un Muniain que ayer volvió a demostrar que aún no ha extraído las conclusiones de la dura lección. La cabra tira al monte, y la pérdida de balones en las cercanías del área parece, por desgracia, que seguirán siendo marca de la casa en alguien demasiado tendente a dar que hablar por el corte de pelo, gestos y aspavientos o declaraciones en redes sociales. 

Antes el fútbol tan solo hablaba de los que marcaban las diferencias, para bien, en el campo. Pero ¡cómo cambian los tiempos, Venancio!. Bueno, en este caso tanto vale Venancio como, entre otros, Rafa, José Luis o Niko, que aún les tenemos muy presentes.

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Autocondena

Después de escasas horas de sueño aún fluyen por la cabeza todos esos conceptos, términos, obviedades o perogrulladas que en torno a un partido de fútbol, y más si es importante, suelen decir y escribirse. Se debatía sobre la igualdad de ambos equipos, de la experiencia del Sevilla en el torneo europeo, de sus problemas para cosechar puntos a domicilio, de la velocidad a la contra, de la racha de Gameiro… De la necesidad del acierto, o lo que es lo mismo, de la importancia de no fallar… Y de la suerte. De tener fortuna y saber aprovechar esos golpes. No lo neguemos. El Athletic también ha seguido vivo en Europa League porque, además de hacer cosas bien, muchas, se ha sabido subir a la cresta de la ola de la fortuna en momentos puntuales contra Olympique o Marsella, como ya lo hiciera en 2012 contra Lokomotiv, Schalke 04 o Sporting de Portugal.

Athletic y Sevilla, Sevilla y Athletic sabían a lo que se exponían, al equilibrio de la eliminatoria, a las virtudes y defectos de unos y otros, a que en condiciones normales todo se debería dilucidar en el Pizjuán el día de la República. Emery sabía que sus opciones se maximizaban si el Athletic no tomaba excesiva ventaja. Y que para ello era necesario atemperar la efervescencia zurigorri, esa que tradicionalmente aparece por oleadas, generalmente, al amparo del calor de la grada, los primeros minutos de partido.

Así que los hispalenses salieron concienciados, plantaron cara durante la primera media hora, en un partido de mucho control, de presión, de no dejar hacer y conceder lo mínimo, a expensas de jugadas puntuales en que las cosas pudieran decantarse por calidad. Pudo ser así, en un marco y en otro, pero defensa y portero visitantes, además de un Iago Herrerín a gran nivel consiguieron, mantener el resultado inicial.

El último cuarto de hora de la primera parte el Athletic se pareció algo a eso que de él se esperaba, pero descafeinado. Beñat aparecía con cuenta gotas, como en los últimos encuentros, el balón parado seguía sin ser aquel recurso letal de hace ya demasiado tiempo, y en la línea de tres que guardaba la espalda a Aduriz se notaba la falta de forma de Williams y Muniain, y se evidenciaban las carencias de un Eraso que aporta mucho trabajo pero que adolece de ese algo necesario para justificar la titularidad en la media punta.

Había disponible lo que había y Valverde optó por lo que él creyó que era la mejor apuesta para ganar. Poco que reprocharle. Quizás llamase la atención la presencia en convocatoria, y más aún como revulsivo, de un Viguera que tras el partido contra la Real quedó proscrito. Y más porque ocupara el lugar de un Rico a buen seguro que justo de fuerzas o tocado.

Claro que este último juicio tomó especial valor tras la segunda parte. El Athletic debía aprovechar los cuarenta y cinco que le quedaban. Se esperaba su mejor versión. Al menos la ambiciosa y agresiva. Y apareció tan pronto como para pensar en una segunda parte de las de recordar. Porque Aduriz no perdonó, como casi siempre, a gran pase de Iker Muniain, que era también noticia, por lo inusual. Y porque a ello se encadenaron varios robos y llegadas y hasta un remate peligroso de cabeza de Etxeita. Pero pronto, demasiado, iba a llegar lo peor. Lo que, precisamente, se trataba de evitar. No el fallo, que es humano, asumible, y que lo comete el que juega. Sino el regalo, lo que nunca debe hacerse en un campo. El error de concpeto, la chorrada. La cesión ridícula, corta, insuficiente. El gol regalado, ese que tanto pesa en el jugador que comete la calamidad, y la reacción de Muniain fue un poema, y en el ánimo colectivo. En jugadores, cuerpo técnico y grada.

El Athletic murió en esa jugada. Casi nada volvió a ser lo mismo. El empate a uno, un resultado malo, fue una losa en un equipo que lo intentó, pero al que ya no salió nada. Y fue otro fallo, en este caso de Beñat, en una entrega al contrario en el centro del campo, el que propició una contra letal, al borde del fuera de juego –el pie de Etxeita creo que lo rompe-, para que Emery y los suyos lo celebrasen como merecía, como el resultado que aboca al Athletic a hacer un partido para el que, hoy por hoy, cuesta verle haciendo en un campo maldito.

No sería honesto cerrar las líneas sin opinar sobre aspectos claves, como el fallo de Iker, un futbolista al que habrá que juzgar la próxima campaña, cuando su lesión sea definitivamente historia, pero cuya intrascendencia futbolística preocupa. No solo no le sale prácticamente nada de aquello que hizo ver en él un halo de esperanza como una promesa aspirante a jugador franquicia, sino que a ello se suma una tendencia excesiva por fallos en la retaguardia, puesto que lo de ayer no es sino la consecuencia más trágica de algo que se ha repetido con demasiada frecuencia, la frivolidad en defensa. A ello se une un disparo deficiente y poco más que un bullicio futbolístico que no lleva a ningún lado. Veremos si es posible recuperar a aquel jugador que en algún momento pareció intuirse, aunque cabe ser pesimista al respecto.

También el aspecto y comportamiento de la grada deja su lugar para la reflexión. Por la cantidad de entradas no vendidas en un partido para el que hace cinco o seis años hubiese habido acampadas nocturnas en las taquillas de San Mamés, seguramente reflejo de que habituarse a competir en torneos europeos resta importancia a lo que el equipo hace hoy por hoy, y que algún día recordaremos con nostalgia y cierto remordimiento por no haber disfrutado y valorado. Y por la frialdad de un San Mamés que ha cambiado en exceso. Gélido, expectante, poco participativo, a remolque de los golpes de efecto del equipo, sin saber ayudarle cuando realmente lo necesitaba, abandonando la grada de manera masiva cuando el Sevilla anotaba el segundo… Preocupa, y mucho. Si se cree que el Club puede vivir de la leyenda, de las gestas y noches de gloria de antaño, vamos por mal camino.


Ahora, obviando lo del próximo jueves, que pasará lo que tenga que pasar y cómo tenga que ser, la prioridad es recuperar los ánimos, la moral, las piernas y, sobre todo, la esencia del juego, que ha desaparecido por sorpresa desde el partido de vuelta contra el Valencia. Contra el Rayo es momento de dar un golpe sobre la mesa, intentar conseguir una victoria revitalizadora. Porque el objetivo, al menos uno, el más factible, el más importante, sigue siendo clasificarse, de nuevo, para Europa. 

Conseguirlo permitiría puntuar al equipo con una buena nota a final de campaña. Ha luchado sin reparos en todas las competiciones que ha disputado. Y, además, hay que reconocer que no ha andado sobrado de suerte en los sorteos, ni con los rivales ni con el orden de los partidos.

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Una nueva oportunidad perdida

Los días en que las cosas, por lo que sea, no están saliendo demasiado bien suele convenir acertar y aprovechar las oportunidades, máxime cuando son escasas pero claras. El parón, que teóricamente debía servir para oxigenar al Athletic en todas las facetas se volvió, una vez más, en contra. Quienes hacían las cuentas de la lechera sobre Champions se desesperaban tras el encuentro, lo que viene a demostrar, de nuevo, que las persecuciones milagrosas en fútbol rara vez acaban en caza. Da lo mismo que el perseguido, ahora, sea un solidísimo Villarreal, que este mismo Athletic hace dos temporadas.

Así las cosas, en un partido que empezó gafado –por la inoportuna lesión de Sabin Merino al minuto de juego- y trabado –por la paupérrima propuesta del Granada, basada en el patadón y la presión máxima- el Athletic, poco a poco, consiguió pasar a dominar en base a superar la intensidad visitante. Además la entrada de Lekue por Sabin aportó frescura por la banda zurda, algo poco habitual, que resultó más que provechoso en un día en que Susaeta y de Marcos no daban una, precisamente, a derechas.

Se decantó el partido hacia el único lado posible, con gran gol de Iñigo seguramente el día que más razones dio para creer en su fútbol y en sus posibilidades, y sin un juego para enamorar bien pudiera haberse ido a tomar aire a la caseta con dos goles de ventaja si los palos no hubiesen repelido dos tiros de Aduriz, uno al larguero tras remate y otro de penalti al poste.

La segunda parte fue otro cantar. Envalentonado el Granada tras ser indultado al filo del descanso, buscando igualar un encuentro que vieron escapar, empanado un Athletic gris, con Beñat naufragando en la distribución y en el balón parado, paradójico que un equipo como este fuese incapaz de crear peligro en una docena de córneres, por ejemplo.

Parecía que el partido pudiera estar controlado, pero las continuas pérdidas de balón era lo único que alimentaba la sensación de descontrol. Eso, y el terror a un fallo defensivo en un día en que los centrales no tuvieron errores reseñables, lo que viene a ser la peor noticia: la falta de confianza que ofrece, hoy por hoy,  el eje central de la zaga, en general, y contra jugadores rápidos en particular.

Como era día de desacierto, no se libró de ello tampoco Valverde. Txingurri, errático en los cambios, tardíos como casi siempre, extraños, con apuestas que no solo no mejoraron lo que hasta el momento de producirse se veía sobre el césped, sino de empeorarlo. La entrada de un Rico que no aportó ni el control necesario en el eje ni una presión positiva. El movimiento que ello produjo, desplazando a Raúl a banda derecha y a Susaeta a la ducha, tampoco produjo el efecto que debía sobre el Granada, más cómodo a partir de entonces.

La entrada de Williams, ya cuando el encuentro estaba igualado, fue más anecdótica que otra cosa. Porque el equipo no tenía el día, jugaba forzado y contra el reloj, y los visitantes habían definitivamente abierto el libreto del otro fútbol, siguiendo la estela del Espanyol hace quince días y también a la hora de tomar las rabas. No es cuestión ahora de hacer apología del caparrosismo, pero sí resulta significativa la facilidad con que al Athletic consiguen romperle el ritmo los rivales con toda clase de artimañas – recordemos, además de los dos últimos enfrentamientos ya reseñados, lo que hiciera la Real Sociedad en San Mamés hace unas semanas- y la ternura con que suelen defender las ventajas los nuestros.

El puntito, escaso para las ambiciones, pero que acerca al equipo aún más a Europa, abre una semana clave para dictar sentencia sobre lo que habrá de ser la temporada. El Rayo, la próxima jornada en una hora a la que ya se sabrá la ventaja de obtener otros tres puntos, debería pagar los platos rotos de un tropiezo liguero que no ha ido a mayores por el escaso punto conseguido por el Celta en su derbi local y por la campanada en Sevilla de una Real que estaba abocada a mariposear hasta mayo.
No es mala noticia, por tanto, que se demuestre que los de Nervión son vulnerables en su campo ahora que se acerca la eliminatoria y la preocupación está en punto álgido por la entidad del rival, su juego basado en contraataques letales, la lentitud de la zaga zurigorri, la ausencia de Raúl García y Sabin para el jueves…

No estaría de más algo de positividad en la atmósfera. En base a que al Sevilla se le da San Mamés tan mal como al Athletic el Pizjuán y en que los rojiblancos han dado muestras sobradas de saber resolver eliminatorias a domicilio. Está difícil, muy difícil. Pero está por hacer, que Gameiro, que se sepa, aún no ha triturado en velocidad a ninguno de nuestros centrales en competición liguera. Que nuestra bipolaridad anímica no condicione la eliminatoria ahora que volvemos a ver al equipo plagado de defectos.