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Cabralato

No tuvo mucha historia futbolística el partido, y pasó lo que tantas veces pasa en este deporte, eso por lo cual resulta tan atrayente, por imprevisible: que ganó el que parecía que menos opciones podría tener a tenor de lo presenciado en los primeros treinta minutos, cuando un Celta más fresco y suelto dio una lección de fútbol de ataque ante un Athletic atenazado por la acumulación de encuentros, un equipo el rojiblanco que acusa sobremanera las últimas semanas haber superado los sesenta partidos de competición.

El Celta fue abrumadoramente superior ante un Athletic que sufría a la espalda de los defensores los balones introducidos por un equipo tan rápido con el balón como sin él, donde quedaban evidenciados por igual jugadores más lentos, como Etxeita, y los más rápidos, como de Marcos. En una de tantas la lío Orellana, plantándose solo ante Iraizoz en un balón rápido en el que Bóveda rompía la siempre arriesgada línea que tan bien suele trazar el equipo de Valverde.

Demasiado pronto llegaba el gol visitante, que siguió a lo que salió, bailando por momentos a un Athletic irreconocible, con un San José fallón, un Beñat que no trenzaba y una zaga que sufría sobremanera las envestidas de los Nolito, Orellana, Aspas y compañía. Para más inri, Aduriz y Raúl no aparecían, Muniain continuaba con esa línea de fútbol intrascendente en el que ha decidido militar, y el bullicio impreciso de Susaeta era insuficiente para generar peligro.

Tuvo el Celta sus minutos de gloria, sus opciones para haber podido arrasar, pero le suele faltar pegada, algún argentino que inspira en parte a su técnico, Berizzo, lo definiría como ausencia de pericia. Y lo pagó, vaya que si lo pagó.

Afortunadamente, este Athletic moribundo tiene recursos y pegada. En plena ofensiva celtiña, con todo a favor de los celestes para sentenciar partido, goal-average y casi quinta plaza, un balón largo de Beñat con ese guante que tiene bajo las botas lo aprovechaba Aduriz para robar la cartera a Cabral, el hombre del partido, cobrarse un penalti claro por agarrón y poner al catalán Estrada en el brete de tener que sacar una tarjeta naranja. Debió ser roja, aunque el árbitro, seguramente con buen criterio, decidió resolverlo con amarilla, y no está mal que los trencillas empiecen a aflojar en la aplicación de la injusta norma que se conoce ya como triple castigo.

Irse en igualdad de tanteo al descanso era un premio en toda regla para los locales. Pero la mañana iba todavía a dar otra alegría antes del descanso. Un choque entre Cabral y Aduriz, que llevaban todo el partido enganchados y buscándose, iba a deparar una acción tan innecesaria como absurda. Cabral, desatado, enfadado consigo mismo, con el mundo, y en especial con Aritz, con el colegiado situado a tan solo dos metros, decidió marcar territorio, como suele corresponder a las fieras más irracionales, rozando con su bota la cara del jugador del Athletic, que se encontraba tumbado sobre el césped.

Estrada decidió que se acababa el partido para el defensa con una roja directa. Interpretó agresión y lo mandó a la ducha, seguramente porque el reglamento, que es ese libro que como el Quijote todo el mundo cita sin haberse leído, habla de intenciones y no solamente de daños. Hubiese bastado una amarilla para expulsar al central, por lo que nadie en su sano juicio podrá negar que el defensor argentino perdiera el oremus.

Sobró la sobreactuación de Aduriz, un jugador al que ese tipo de acciones solo eclipsan virtudes y méritos, pero sabido es también que los árbitros, desgraciadamente, solo actúan cuando existen evidencias exageradas. Acto seguido clamaron las redes sociales, mayormente desde Galicia, y curiosamente desde Gipuzkoa. Censuraban la acción de Aduriz, seguramente con razón. Pero no nos engañemos. No se trataba de legítimas apelaciones al juego limpio. Era el recurso de parte al pataleo. Porque esos mismos que clamaban por el teatro de Aduriz habían callado minutos antes ante otra escena de spaghetti western protagonizada por los mismos actores con Barral de supuesto agredido por codazo donde tan solo hubo un mínimo contacto.

Es lo que tiene el fútbol. Hizo bien Valverde en censurar ese tipo de acciones posteriormente en rueda de prensa. Hacen flaco favor al fútbol, sobran especialmente en el Athletic, y nunca puedes controlar los daños. Aduriz ya ha sido víctima en alguna ocasión del teatro rival, incluso con menos motivos que los atesorados ayer por Cabral, y San José esta misma campaña, contra el Málaga, pagó con una roja un calentón de los que no caben en un terreno de juego.

Después ya sí llegaron los excesos, los intentos de justificación y las acusaciones de robo. No solo en las redes sociales, ese invento que hay que saber utilizar con el debido filtro puesto que la densidad de tontos impide demasiadas veces ver el bosque, sino en protestas airadas de Iago Aspas o Berizzo que quisieron ver fantasmas donde solo hubo una catastrófica actuación del central celtiña.

Flaco favor hizo Relaño el día que emulando a Goebbels inventó el concepto de Villarato, rápidamente adoptado por la caterva de iletrados que abundan en el plantea fútbol. Bajo el tópico, la mentira, el falso mantra mil veces repetido, detrás del no querer ver el suicidio del Celta por emular más el cholismo que el bielsismo cuando mejor le iban las cosas, se pretende esconder que el Athletic de Valverde supo asirse cuando más lo necesitaba a la cuerda tendida por Cabral para salir del pozo de la sexta plaza y encaramarse a la quinta. Para ello le bastó con un fútbol plano, sin casi llegada, y confiar en el saber hacer de Aduriz o Raúl, esos maestros del saber competir que engancharon a un equipo con un hilo de vida cuando menos se esperaba.

El gol de Raúl, el que certificaba la victoria, desde el suelo, elevando un balón muerto ante dos defensas y el portero, habla por sí solo de lo que es el hambre en fútbol, lo que diferencia a este equipo del de hace unas temporadas. Porque este Athletic diezmando en lo físico, está sabiendo recaudar puntos con una capacidad de lucha no conocida por estos lares. Camina a buen ritmo hacia la quinta plaza, un premio gordo que todavía en Bizkaia no se está sabiendo valorar en su justa medida. Escribiremos sobre ello en breve, puesto que la costumbre de ver al grupo en Europa y en la parte noble de la clasificación está haciendo que deje de valorarse lo logrado. A Ernesto no se le canta que con él se vive mejor, pero la labor del de Viandar de la Vera necesita ya de un reconocimiento en San Mamés. Por simple justicia.