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El final de Liga no estuvo a la altura

Último y significactivo, el epílogo a la temporada dejó un sabor de boca amargo, sintetizaba en noventa minutos lo peor de este Atletic, ese que ha generado más dudas que certezas, un equipo bipolar, de dos caras, capaz de plantar cara a los más fuertes de la tabla, pero que ha fracasado con los débiles, con aquellos que han protagonizado una liga lamentable, esos que han mantenido la categoría por la globalización de la miseria.

Y es que los guarismos de los rojiblancos han sido buenos, no se puede negar, y no lo han sido brillantes porque tan solo ha arrancado un punto de nueve posibles a la hora de la verdad. No hubo machada en el Calderón –si es que se puede denominar así a arrancar algo positivo a un rival que se limitaba a hacer un homenaje a la aluminosis- y el Athletic se debe conformar con la séptima plaza, que algunos la dan como sinónimo de plaza europea, pero habrá que ver qué sucede el próximo sábado entre un Alavés muy serio y un Barcelona en descomposición que ayer, jugándose la Liga, derrotó al Eibar de aquella manera.

Así pues, a la espera de si el ciclo Valverde se cierra con boleto para la Intertoto o no, lo cierto es que el balance de los rojiblancos es amargo. Por lo que podía haber sido y no fue, y por lo que queda aún por dilucidad, es decir, si Txingurri cierra su segunda etapa en el Athetic con pleno europeo. Son muchos los que hablan de fin de ciclo, y no solo porque el Club esté obligado al relevo en el banquillo del primer equipo.

La era Valverde toca a su fin cuando empieza el declinar de la de Aduriz. Y, seguramente, esa sea la mayor dificultad a la que, salvo sorpresa improbable, se enfrente José Ángel Ziganda. Se ciernen dudas sobre el equipo, más allá de algunas buenas noticias como las de Yeray o Arrizabalaga, el balance ofensivo del equipo no ha sido nada positivo. El partido del Calderón volvió a evidenciar la previsibilidad del juego, la falta de paciencia e ideas para abrir la lata, la incapacidad para remontar marcadores los días en que se debe vencer como sea.

No tuvo disculpa en el Manzanares, menos aún con una defensa de circunstancias, pero fue un pecado frente a Alavés o Leganés, partidos en el que se fueron por el sumidero las opciones de la clasificación europea sin turné veraniega. El equipo, que puede resultar fiable en términos generales a lo largo de la competición regular, ha fallado sobremanera en las ocasiones clave, naufragando notablemente a domicilio.

Qué hubiera sido de este equipo a nada que hubiera aprovechado los partidos lejos de San Mamés es una pregunta tan recurrente como quizás absurda. Fútbol ficción. El partido de ayer resumió lo que ha sido el año: un equipo incapaz de vencer a domicilio en cuanto las cosas se ponían feas, sin capacidad de reacción, de voltear marcadores adversos, ni tan siquiera de inquietar, muy distinto del arrollador conjunto local que se mostraba invencible en casa.

Sorprendió Valverde ayer por sus decisiones, no por reservar a Williams, que posiblemente no estuviera para aguantar los noventa minutos, sino por la disposición de los que eligió, por la presencia de Iturraspe junto a Beñat o San José, por el protagonismo dado a dos laterales, de Marcos o Balenziaga, que resultaron dos escopetas de feria. EL invento del cambio de sistema el último día sorprendió y no resultó. Para cuando llegó la enmienda, la enmienda de Ernesto a sí mismo, el Athletic naufragaba tras tres minutos infames en defensa y la inacción por bandera.

El Atlético, hechos los deberes en un abrir y cerrar de ojos, regaló a los vizcainos el balón para que se cocieran en su propia salsa. Las llegadas a área rival se sucedieron, aunque el ejercicio fue más frustrante que el de lo llegar, porque ver constantemente balones colgados al área a las manos del portero, balones que se perdían por línea de fondo o, peor aún, por línea lateral, daban ganar de comer fósforos, pero de caja en caja. Los astros quisieron situar al Athletic en el mismo bando que a Susana Díaz, así pues, para que el final de tarde fuese más amargo, el Celta de Berizzo, ese entrenador que no ha conseguido más que un puñado de partidos con buen juego y al que algunos anhelan ver en San Mamés, daba esperanzas en la misma medida que definitivamente las quitaba.

Sabor amargo, pues, con buqué a despedida y retrogusto a nuevos tiempos. Habrá que esperar unos días para el balance definitivo. Es cierto que la temporada no ha discurrido por donde se quería, aunque ha sido buena, pero no muy buena. Por cómo se ha comportado el equipo en Europa y por el parón de las últimas tres jornadas.

Con todo, esta era Valverde la recordaremos y mucho dentro de un tiempo. Porque se ha hecho norma de algo que en treinta años había sido excepción. Pero nos acostumbramos rápido a los logros, se olvidan con facilidad los malos momentos y cuesta valorar los méritos de un equipo que, sin florituras, es cierto, ha competido como no estábamos acostumbrados.

Ha cambiado mucho, demasiado, el entorno rojiblanco. Veremos si, además de no saber despedir al que se va como merece, sabe dar tiempo al que llega. No lo tendrá fácil quien se siente en el banquillo local. Por el relevo generacional, por lo competida que se ha vuelto la parte alta de la tabla liguera y porque los refuerzos para este club son cada vez más escasos.

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Llegó la victoria uno de los días que más gusta

Cuando menos se esperaba, demostrando que esto del fútbol carece de lógica, después de seis meses no solo de sequía, sino de ausencia absoluta de fútbol a domicilio, el Athletic consiguió una victoria balsámica en Anoeta que le permitirá vivir el final de temporada alejada de los malos augurios que llevaban instalados por Bizkaia por encima de lo razonable.

Con una victoria contundente y concluyente, la lucha por Europa se estrecha por una parte y se aleja por otra, abriendo la posibilidad a optar a algo más que la séptima plaza siempre que el próximo sábado se consiga puntuar frente a un Real Madrid que no convence pero siempre vence.

Salió el Athletic al césped en Donosti sabedor de lo que debía hacer, con la lección aprendida, entregado, concentrado y decidido. Sorprendió a los locales, quizás hasta confiados en exceso por un triunfo que por la trayectoria de ambos equipos se daba por hecha en Gipuzkoa. El caso es que salvo los instantes iniciales y el arreón final antes del descanso, la Real no fue la Real, al menos la que se conoce los últimos meses, y el Athletic no se pareció en nada al equipo que suele ser alejado de su casa, dando una imagen parecida a la del Nou Camp o Pizjuán, pero con pegada. He ahí la clave.

Pudo adelantarse pronto, clamorosa la tuvo Raúl García, que perdonó donde no suele, y tuvo que llegar el gol de penalti, bien buscado por Yeray ante una entrada absurda e innecesaria de Xabi Prieto que se hubiese entendido mejor intercambiando los papeles, si el debutante Yeray hubiera sido el causante de la falta y Prieto el veterano que aprovecha el exceso. Esta vez la balanza se decantó en favor del Athletic, como en Sevilla se le volvía en contra con Etxeita de pardillo. Marcó Raúl, con emoción, tras pegar el balón en Rulli, pero raro era que perdonase el navarro por dos veces.

Ahí mejoró algo la Real, que lo intentó, aunque la única clara que tuvo la desbarató Kepa, que volvía, en una clara declaración de Valverde de lo que quiere bajo palos: alguien que aporte, que detenga algo más que las parables.

Se llegó al descanso y para la reanudación eran varias las tareas pendientes: evitar que la Real saliese en tromba y marcase pronto. Se evitó, porque el juego de los donostiarras fue más barullo que otra cosa, y los rojiblancos estuvieron firmes y listos para salir a la contra. En un fallo clamoroso de Odriozola y en una indecisión de Martínez se sustanció el gol de la tranquilidad, un mazazo para los locales, inventado por Williams, que lo había intentado y había fallado como casi siempre. Le sentó bien el gol, y esperemos que le sirva para serenarse a la hora del remate en adelante.

A partir de ahí el guion siguió por donde la lógica indicaba: con la Real intentando acortar distancias, aunque con más corazón que cabeza o fútbol, y con el Athletic con el cuchillo entre los dientes para lograr el tercero. Valverde sacó a Aduriz y quitó a un Munian que llevaba minutos desentonando: ni era su día ni el terreno de juego estaba para alguien con tan poca potencia.

Pudo sentenciar el Athletic por dos veces y acortó la Real, aunque lo invalidó el árbitro, algo en lo que desde Gipuzkoa se basan los más recalcitrantes hoy para justificar la derrota. Debió subir el gol al marcador, por la misma regla que el árbitro debió señala un penalti a Raúl García en área txuriurdin, pero Sánchez Martínez, que es más malo que chulo, y chulo es un rato, hizo gala de un arbitraje de esos que te hacen entender por qué razones es internacional: previsible en las áreas, tarjetero, cobarde a la hora de elegir el color de las cartulinas (lo agradecieron Yuri e Illarramendi) y malo aplicando la ley de la ventaja.

Afortunadamente, hay gente que aún sabe aparcar la pasión y reconoce que el Athletic ganó porque fue sencillamente mejor, porque consiguió llevar el partido a su terreno, porque hizo que la Real ni estuviese cómoda ni consiguiera hacer su fútbol. Raúl le ganó la partida a Illarra, Beñat y San José –gran noticia su mejor juego de las últimas tres semanas- rompieron la línea de creación de un pedazo jugador como Zurutuza y el juego por bandas, ese que ha llevado a poner en el escaparate a Berchiche y Odriozola, no fueron las que vienen siendo. A ello se debe sumar el gran trabajo de Laporte y, sobre todo, un Yeray que está dando un nivel impropio de un debutante.

Se cumplió, por tanto, la tradición, esa que suele demostrar que los derbis suelen venir mejor al equipo que no está tan bien en la clasificación, el que llega con más dudas. Ahora los rojiblancos deberán dar el do de pecho contra el Madrid de Zidane, que sin juego sigue encaramado al liderato. Si era necesario un empujón definitivo para la venta de entradas, esa  cuyo plazo para los socios vence hoy, lo dio el equipo con su victoria a domicilio.

Es inevitable seguir pensando qué hubiera sido este año de este equipo si lejos de San Mamés hubiera hecho mínimamente los deberes.

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Naufragio y posible fin de ciclo

Es mejor no pensar qué darían de sí estas líneas de haberlas escrito a eso de las 21 horas de ayer. Es lo bueno de limitarse a dejar la base preparada y rematar al día siguiente, ya con la cabeza algo más fría.

A los niños se les suele ilustrar con cuentos, una forma de aprender sencilla, comprensible para ellos, pero que suelen tener una carga de verdad a transmitir mediante símiles. Uno de ellos es del famoso pastor al que se le avisa de que viene el lobo. A los componentes de la plantilla del Athletic, salvo honrosas excepciones, les ha venido sucediendo algo similar. El lobo futbolístico les ha estado a punto de aparecer en innumerables choques en San Mamés y en todos los que han disputado esta temporada alejados de La Catedral.

Mientras los resultados se iban dando, la plantilla se levantaba la camiseta y mostraba una frase tatuada –no eres futbolista hoy por hoy si no tienes una marca de tinta bajo tu piel- a fuego: clasificación, amigo. Sí, pero, decíamos algunos. Casi todos. Los que poblamos las redes sociales, opinión mayoritariamente prescindible, y la opinión publicada en prensa, radio y televisión, generalmente más susceptible de ser atendida por los profesionales del fútbol.

Daba igual. Nadie parecía querer escuchar y los rojiblancos seguían en su huida hacia adelante, confiando en sus partidos en casa para acopiar puntos, mientras los bochornos fuera de casa se sucedían. Para los encuentros disputados en el hogar, y tras practicar habitualmente lo que se conoce como un Froilán, o sea, pegarse un tiro en el pie, los zurigorri lo fiaban todo a la conjunción astral que se ha venido dando y que ha hecho que el equipo sacase adelante encuentros haciendo pocos -o incluso ningún- mérito.

Llegó la hora de la verdad en la Europa League y el Athletic ha seguido por la misma senda. Solo ha variado un pequeño gran detalle. Esta vez no había, como en la fase grupos, red. Esta vez los detalles importaban. Esta vez no valía con ganar y sumar tres puntos, en perder y esperar a que otros lo hicieran por más goles, o que tan solo empataran con otro rival. Esta vez la diferencia de goles podía ser letal. Por eso la semana pasada, el mismo viernes, la sensación en Bizkaia era amarga, como de eliminación anunciada.

Estábamos en lo cierto. Porque este equipo, a diferencia de hace un año, naufraga a domicilio, contra cualquier rival y en cualquier situación: da lo mismo que sean Barcelona o Madrid, que un Valencia desguazado, el Leganés o el Sporting, o alguien de menor entidad que estos dos, el Apoel de Nicosia.

Existe ahora tentación de juzgar méritos en lugar de marcador, algo que siempre emplean como recurso quienes pierden, es al fútbol lo que el pataleo a la vida. Pero si el Athletic ha caído contra el Apoel, ha sido por su manifiesta incapacidad de traducir superioridad en goles, por la incapacidad de parar la sangría de goles encajados, por no saber aprovechar el balón parado, por carecer de criterio a la hora de crear, de gestionar el balón. No bastan las estadísticas. No es que no basten, es que tan solo valen para el marcador, lo demás es para rellenar espacio en los periódicos. Ornamento, entretenimiento.

El fútbol del Athletic tiene un problema pavoroso. El que representan Williams o Muniain en vanguardia, y el que ponen de manifiesto, hoy por hoy, Etxeita, de Marcos o Bóveda en retaguardia. No fue casual que ayer, de nuevo, naufragase el equipo cuando solo pasaban veinte segundos de la reanudación, en una incursión de los locales por territorio de Marcos, con centro desde la banda y con, en este caso, Etxeita marcando a su par detrás. Se viene repitiendo en los últimos cuatro partidos, por lo menos. Un desastre.

Huele a cambio de ciclo. Un ciclo que algunos no quisiéramos que acabase. Lo dijo Txingurri en rueda de prensa, no es el momento, pero esta eliminatoria simboliza como nada lo que hoy por hoy es su Athletic. Y aunque en fútbol es habitual situar a los entrenadores en el centro de la diana, los responsables de todo esto vuelven a ser los que saltan al césped. Porque no hay entrenador que pueda enderezar ciertas cosas sin voluntad de sus futbolistas, venga de Viandar de la Vera o haya nacido en Rosario.

Hoy quienes han tenido la osadía de escribir que el mal juego del Athletic se debía, entre otros factores, a la falta de oportunidades que el terco entrenador se empeñaba en no dar a Iturraspe, obvian el papelón del de Abadiño, como ya lo hicieran el lunes tras el ridículo de Mestalla.

Ese es y no otro el problema clave de este equipo. Que ninguno de los jugadores está al nivel que se les supone. Cuando se han ido acumulando puntos, pasando eliminatorias, con Aduriz luciendo una pegada por encima de lo razonable, los resultados ocultaban la realidad, o permitían pensar que poco a poco, a medida que llegaban los resultados, mejoraría el juego.

Pero no. Nada ha mejorado y la suerte, esa que en momentos ha aparecido, le ha dado la vuelta al equipo en el momento clave, para poner con toda crudeza de manifiesto lo que venía sucediendo. Y así, un rival con escaso potencial, ha demostrado mayor solvencia defensiva y una pegada más propia de un equipo como el Athletic, que había alcanzado un más que respetable nivel en el escalafón UEFA.

Quizás sea esa otra de las claves, el acomodamiento, tanto de afición como, sobre todo, de jugadores. Acostumbrados ya a las participaciones europeas en un club que antes las vivía esporádicamente, puede que haga que no se disputen ni se vivan como una oportunidad que no se puede dejar escapar. Pero comparar el rendimiento de este equipo en Nicosia y el de hace un año en Sevilla provoca todo un ataque de nostalgia.

Tiene pinta de que cambia un ciclo. Un ciclo que en un tiempo valoraremos en su justa medida. Un ciclo de records en plena era moderna. Porque con este entrenador el equipo ha alcanzado al pasaporte para Europa en cuatro de cinco ocasiones. Y aunque ahora las cosas no inviten al optimismo, podría darse que lo haga en cinco de seis temporadas.

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Victoria, pero suspenso

Sinceramente, fue lamentable. Cierto que nada se puede objetar a la voluntad del equipo, a su capacidad de respuesta, a la ambición, a las ganas de enmendar situaciones adversas, pero los fallos constantes en defensa, en situaciones evitables, la falta de contundencia, la incapacidad de saber administrar la ventaja, que no es incompatible con querer ampliar la ventaja.

Porque el segundo gol del Apoel, que cayó como un jarro de agua fría, que sentó como una patada en la entrepierna, fue demérito absoluto de un Athletic que por buscar un cuarto gol convirtió el partido en un correcalles. Un error grave, una falta absoluta de saber leer el partido, de tener la cabeza fría.
De precipitación. De saber competir, en definitiva.

El camino era sencillo. Era intentar repetir el juego que dio origen al tercer gol, una jugada clara de combinación, de conducción, de cómo centrar (quizás deba Raúl García impartir clases particulares también de eso). Pero frente a eso, el equipo aceleró el juego como si necesitara sí o sí un gol más para pasar. Superado el susto inicial, un cero a uno transformado por el rival en la primera ocasión, enmendada la plana y con un contundente tres a uno, el equipo debió aplicar inteligencia, que es algo impagable en la vida, también en el fútbol.

Frente a ello, juego deslavazado, sin control, precipitado, sin precisión. Y sin contundencia en retaguardia, con Laporte más pendiente de demostrar lo bueno que cree ser y Lekue haciendo un estropicio como lateral izquierdo por no saber cuál es el abecé de un lateral, sea diestro o siniestro.

Se ha complicado la vida el Athletic, y deberá realizar un partido más que potable en pocos días para certificar el pase. Vistos los bodrios a que nos ha acostumbrado el equipo a domicilio en liga y los esperpentos protagonizados allende nuestra frontera en esto de la Europa League, la confianza se sitúa en límites realmente bajos.

Habrá que ver la encerrona en Chipre. No les arriendo la ganancia a quienes vaya a desplazarse, máxime después de lo sucedido en las calles de Bilbao. Nadie parece querer tomar cartas en un asunto que por reiterado no deja de ser gravísimo. No es lógica la falta de control que en cada eliminatoria se observa por las calles de Bilbao, con ganado neonazi campando a sus anchas por las calles, repitiendo consignas inaceptables y repartiendo estopa con impunidad propia del lejano oeste del siglo XIX. Se debe, además, empezar por lo fácil, por aplicar contundencia del tipo que sea con los que desde dentro de casa usan el fútbol como excusa, y en esto también el Athletic debiera ser implacable, pero también con los ilustres visitantes.

El comportamiento de un sector de la hinchada chipriota fue vergonzoso, pero la respuesta de la Ertzaintza no pudo ser más blanda. Y llueve sobre mojado, con una policía autónoma que falla reiteradamente en su respuesta a los provocadores importados. Que la solución a la presencia de salvajes en San Mamés tenga que ser que quienes se ubicaban debajo de ellos deban abandonar la localidad por la que pagan, debería provocar el bochorno de mandos policiales y responsables políticos. En una Comunidad con número de efectivos de fuerza de seguridad desproporcionado, con un parlamento que, ayer mismo, instaba a dar solución a la sobrepoblación policial en el plazo de un año, su cuerpo policial integral se mostró incapaz de frenar a una jauría de neonazis isleños.

La receta no parece difícil, es sobradamente conocida, pero parece que los excesos y la brutalidad policial tan solo se reserva por estos lares a quienes pagan la factura, mediante impuestos y a través de las entradas al fútbol, porque hoy más que nunca cabe recordar que la señora Beltrán de Heredia poco tardó en decidir pasar la factura de los operativos policiales a los organizadores de los eventos a custodiar.

Así que todo falló. Desde el juego del equipo hasta los cambios de un Valverde que no consiguió con la entrada de Lekue o San José mejorar las prestaciones de su grupo. Los números del encuentro son dantescos, y vienen a alimentar el debate que ya se había creado esta semana a cuenta de los números del equipo. Los rojiblancos, en un solo partido, resumieron su principal mal endémico: el de un equipo con una tasa de aprovechamiento de llegadas y ocasiones impropia del fútbol profesional.

Con estos registros, competir es complicado. Tiene un examen importante en breve el equipo. En realidad, todo lo que queda de temporada fuera de San Mamés será un examen constante, porque la nota hasta ahora no ha podido ser más pobre.

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Las remontadas que dificultan ver la realidad

Parecía que esta vez sí, que esta vez vendría el tropiezo que debería servir como toque de atención, y tampoco. Algunos lo llaman suerte, pero no parece tan fácil o tan simple de definir. Es algo más. Pegada, seguramente, o eso que definiera Valdano para el Bernabéu y que se puede trasladar a este San Mamés, aquello del pánico escénico.

Y es que, si no, es difícil de explicar por qué el Athletic, a pesar de empeñarse en complicarse la vida sobremanera, tiene esa capacidad de rehacerse y sacar los partidos adelante, obteniendo, además, una cantidad de puntos que le siguen manteniendo en la pole position para puestos europeos.

Volvió a hacer poco el equipo, casi nada, prácticamente lo mismo que su rival, por lo que en fútbol, donde no siempre impera la lógica, pero a la larga sí suele hacerlo, hubiera sido de justicia un reparto de puntos. A otra primera parte tediosa a más no poder, se le sucedió una segunda en la que el equipo tampoco dio sensación de querer enmendar aquello.

Tardó el equipo en reaccionar, tanto o más que el banquillo en decidir los cambios. Lo cierto es que extrañaron, personalmente no me gustaron, pero acertó Valverde, que es el que cobra por decidir, y volvió a saber sacar el máximo provecho al plantel.

Un plantel que tiene mucho que decir en esta especie de crisis de juego que atenaza al grupo desde agosto. Cierto es que al equipo le han sucedido toda clase de avatares. Lesiones, sanciones, el asunto de Yeray… y que han contribuido a que los jugadores clave no coincidan en su mejor momento de forma todos a la vez.

Puede que suceda, también, aquello sobre lo que Txingurri ya advirtiera en verano: que la cuarta temporada del mismo técnico en el banquillo haya sembrado una rutina, una falta de motivación en el grupo basada en el hábito al método propuesto.

Algo pasa. Algo que en casa funciona, a trancas y barrancas, y que hace que el registros de puntos sea casi inmejorable. Sin embargo, el traslado de esta forma de juego, como es lógico, fracasa lejos de San Mamés, donde el equipo deberá en segunda vuelta enfrentarse a rivales de talla y donde se antoja necesario recaudar si se quiere ascender en la tabla más allá de la séptima casilla.

Se mira al banquillo, donde Valverde firmará un nuevo récord en una semana, tanto por la incertidumbre de quién será el inquilino a partir de verano y por la incapacidad del técnico de sacar lo mejor de un equipo llamado a metas más importante, al menos en la forma, paupérrima a más no poder.

Pero no deberían irse los jugadores sin asumir su cuota de responsabilidad. Porque el rendimiento individual de muchos de ellos es preocupante, como lo es también que el entrenador, que cierto es que juega con el conocimiento adicional de aspectos de los que no se puede opinar con tan solo ver los encuentros, toma decisiones que da la sensación no sirve para elevar el listón competitivo.

Habla la crítica, la popular y la publicada, del gran partido de Muniain. Cierto, cierto es que el de Txantrea rompió el encuentro en los minutos finales, que marcó un gol y que dinamizó el juego. Como lo es que firmó una primera parte calamitosa, con decisiones incomprensibles. Lo mismo que podríamos aplicar a Williams, o a Muniain, o a San José.

Porque el equipo no tiene velocidad, ni con balón ni sin él, no progresa, se enfanga en un juego cadencioso plagado de errores en la entrega. Hasta que ve la contienda perdida y espabila. En esos casos, y con algunos detalles, es capaz de doblegar a los rivales.

Por eso Aduriz, para homenajearse a sí mismo el día en que acumulaba 36 inviernos, desequilibra en cuanto le sirven dos balones rematables y no la colección de sandías de la primera mitad.

Da la sensación de que hay mimbres para más, para bastante más, aunque pasan las jornadas y el juego no aparece. Cabe ser optimista, por aquello de que a pesar de no brillar, la clasificación aún permite aspirar al objetivo. Pero bien porque se pueda acabar la dosis de suerte necesaria, bien porque no todos los rivales se mostraran tan conformistas y confiados como el Deportivo de Garitano en la segunda mitad, lo cierto es que lo visto hasta ahora no hace presagiar un cambio inmediato.

La vía puede venir por dar protagonismo a jugadores como Iturraspe o Susaeta, que sufren el castigo del técnico con más severidad que otros que parecen dar tantos o más motivos. Incluso la variación del sempiterno 4-3-2-1. Porque visto está que Muniain y Williams empiezan a dar señales de que con Raúl García apropiado de la media punta y ellos condenados al trabajo de banda no rinden como se espera. Sobrar no sobra nadie, igual se trata de revisar vídeos y aflojar en un esquema que valió en otras temporadas pero que no parece ser el que mejor se adapta ahora a los jugadores que el entrenador dispone, sobre todo en los metros finales.

Puede que el resultadismo, algo a lo que siempre nos acabamos aferrando, impida una reflexión sincera de lo que se está viendo y sus porqués. Al final, los arboles de la remontada están impidiendo ver el bosque.

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La victoria de Yeray

Era de esperar que, tarde o temprano, el equipo se distanciase de los puestos europeos, no tanto por la derrota en Nou Camp, descontada desde principios de temporada, sino por algunos pequeños tropiezos en casa que no se han podido enmendar a domicilio.

Ahora, quienes aguardaban que los números dejaran de favorecer para cargarse de razones en lo referente a que sin juego, tarde o temprano, los resultados terminan por no acompañar, esgrimen su argumentario. A ellos les acompañan los que tienen un estado de ánimo que si se representase gráficamente parecería la cotización del precio del cobre en el mercado de valores. Por si fueran pocos, quienes encierran un hater –un vulgar odiador, vamos- en su interior se despachan contra Iraizoz, que, cierto es, razones dio el sábado como para censurar la actuación, pero de nada sirve predisponer el ambiente contra un portero que sí o sí se situará bajo palos frente al Deportivo. El mero hecho de que vuelvan a San Mamés los eternos runrunes hacia los porteros pone la carne de gallina.

Se hablaba el mismo sábado en redes sociales, donde se hacen los análisis a más bote pronto de los partidos, y ayer domingo en las crómicas dominicales, de excesivo marcador en contra de los rojiblancos, de mala suerte, de injusticia y de todas esas cosas que se dicen cuando tu equipo es vapuleado pero le perdonas por la apuesta realizada. Es decir, que cuando arriesgas, intentas ir a por el partido y el juego, digamos, pasa por ser aceptable, al equipo se le perdona algo más.

Valverde, que se cansa ya del debate sobre el juego, a buen seguro que hubiese firmado un resultado positivo en Barcelona renunciando a casi todo, como todos los demás, se mostró impotente al ver que su equipo, como ya sucedió en el Bernabéu, mostró una blandura en las áreas impropia de un equipo que opta a puestos nobles de la tabla y más aún para quien pretende arrancar puntos en los campos de los gallos de la liga.

No parte el Athletic, a pesar de todo, de mala posición para conquistar metas mayores. Todo pasa, claro está, por seguir siendo intratable en casa, en primer término este sábado contra el Deportivo, y por mejorar a domicilio, desplegando un fútbol más acorde a lo visto frente al Barcelona que a la práctica totalidad de horrores protagonizados hasta ahora como visitante.

Claro que para ello será necesario, imprescindible, que muchos de los jugadores que aún están lejos de su mejor nivel mejoren, y a ser posible a la vez. Porque si una constante hay hasta ahora en lo que va de temporada es que el equipo no ha podido disponer con continuidad de sus mejores efectivos en su mejor momento de forma con continuidad.

Beñat no está al nivel; de Marcos acusa todavía la inactividad; Aduriz sufre un bache de juego; Williams ni las huele cara a puerta, ni acierta en los pases; San José está más lento y torpe con balón que nunca; y Muniain, a pesar de que puedan verse algunos claros en el horizonte, todavía no justifica el reajuste que el entrenador ha realizado para regalarle la mediapunta.

Afortunadamente reapareció Yeray. Y el en día internacional contra el dichoso cáncer. Hay casualidades que encierran más simbolismo que la mejor campaña de marketing. El joven central encarna como nadie las esperanzas de todos aquellos que diagnosticados de ese mal, pretenden aferrarse a la vida. Yeray muestra que al cáncer se le puede ganar, que puede hacérsele frente y vencer la batalla. Fue una noticia formidable, de esas que dejan el fútbol en el lugar que le corresponde. En una afición maravillosa, pero a la que en ocasiones se da una importancia y trascendencia injustificada.



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Infumable e importante victoria

Sigue el Athletic acumulando puntos como local y sin descolgarse de la zona europea, que es el objetivo, y en ese sentido la cosa no va mal. Si nos metemos a analizar el juego, si entramos en el cómo, el debate da para largo. Porque el juego del Athletic sigue naufragando, sigue sin aparecer, y el equipo lo fía todo a la pegada y al efecto San Mamés, que no deja de ser un efecto a estudiar, algo más psicológico que otra cosa, porque lo del ambiente de la grada, ha pasado de leyenda a simplemente leyenda urbana.

Comenzó el partido triste, apagado, con el Sporting acumulando hombres en su retaguardia y fiándolo todo a una contra. Opciones tuvo, el primer disparo fue de los gijoneses, aunque la ternura de los asturianos en posiciones ofensivas explica su posición en la tabla. El Athletic no aparecía, principalmente porque la pareja Beñat-San José no está al nivel del pasado ejercicio y no acaban de engranar una racha en la que a ambos les salgan las cosas al nivel que se les presupone.

A la espesura en la creación se sumaba la acumulación de piernas gijonesas en el centro del campo, que obligaba a actuar en exceso a los centrales, con Bóveda sufriendo lo indecible y complicándose la vida más allá de lo razonable. Muniain, que volvió a gozar de la oportunidad de actuar en la media punta, era incapaz de hacer lo que se le demanda, lo que luego sí consiguiera en la reanudación. Y Lekue, por banda izquierda y derecha, a ratos, turnándose con Raúl, no daba una. Tampoco pasan García y Aduriz por su mejor momento de forma, aunque de estos dos  siempre te puedes esperar que te revienten el partido en cualquier instante.

Y llegó la jugada que determinó la primera parte. Bóveda veía como un intento de tapar un disparo en el área era señalado como penalti. Pareció un penaltito, de esos que nunca se verá pitado como tal en área propia de Barcelona, Madrid o Atlético. Pero ya sabemos cómo es Clos. Llueve sobre mojado con el aragonés, son muchos partidos ya, y al Athletic siempre se le atragantan, le cuesta horrores ganar con él. Ahí están las estadísticas. Se lo advertía antes de entrar al campo a quien me acompañaba. Ojo con Clos. Que siempre se muestra condescendiente, pasivo, con el rival y riguroso con los rojiblancos. El partido de la primera vuelta en Gijón ya fue una muestra.

Así pues, por deméritos propios, el Athletic se iba a la caseta muy necesitado. De puntos y de variaciones. Valverde lo vio claro. Y acertó. Entre otras cosas, porque Williams, que entró por el desaparecido Lekue, no es mala opción como revulsivo. Y su sola presencia alteró el partido, desesperó a la defensa visitante, activó al equipo y, sobre todo, a su amigo Muniain, que fue otro.

El centro al área desde la izquierda que Muniain remató a gol de aquella manera, lo cambió todo. Ya solo era cuestión de tiempo. Y el gol llegó desde los once metros, tras otro penaltito a Muniain, que señaló Clos porque le pesaba la conciencia (lo hubo más claro antes a Raúl, pero a este parece que está permitido hacerle de todo). Lo transformó bien Aduriz, con rabia, en el disparo y más en la celebración, pues había fallado dos clamorosas antes, en las que el portero sportinguista se ganó el sueldo.

Y se acabó el partido, aunque quedase tiempo. Todo pasó del deporte a la reyerta, a la bronca, al antifútbol, a la pérdida de tiempo. Cierto que quien había comenzado con la teatralización y a administrar el cronómetro fue el Sporting, cuando se vio en ventaja, demasiado pronto, además; pero con el dos a uno fue el Athletic el que contribuyó a convertir el partido de fútbol en un espectáculo poco grato.

Nada de ello hubiese sido necesario de apostarse por el fútbol, de jugarse a algo más, y, sobre todo, si Clos Gómez hubiese hecho lo que debía: haber dejado al Sporting en inferioridad expulsando a Amorebieta. Ya fue condescendiente con él en agosto en El Molinón, perdonándole la expulsión por dos veces, al igual que ayer.

Lo de Amorebieta, triste protagonista del partido, poco pase tiene. Convertido en una triste sombra del jugador que pudo ser, naufraga en la que, seguramente, sea su última oportunidad de engancharse al fútbol. Cuestionado en Gijón, donde no cumple las expectativas de un futbolista con ficha millonaria. Y saltaron chispas con él, una vez más con Aduriz, en algo que se intuye algo más que la disputa deportiva, como si hubiese una manifiesta antipatía. Lo decía ayer Beñat Zarrabeitia en Twitter, y es cierto. En el momento en que los caminos de Aduriz y los fernandos -Amorebieta y Llorente- se cruzaron, empezó la mejoría de uno y el declinar de los otros.

Puede que en las disputas de ayer todavía afloren los enfrentamientos que se dieron en la caseta hace ya cuatro años, cuando la facción más profesional del vestuario defendía la labor de un técnico distinto mientras que los millonarios prematuros reventaban el año más prometedor que se recuerda.

Amorebieta, al que costó obtener el graduado escolar, el que mal asesorado rechazó una oferta de renovación estratosférica afortunadamente retirada por Urrutia, aquel jugador que como gota que colmó el vaso para Bielsa se borró de un encuentro, sigue batiendo récords. Futbolista mas expulado en la historia del Athletic, jugador con más tarejtas de la Liga por partido disputado. Abucheado en su antigua casa tras una fría recepción, con solo un abogado, Iker Muniain, amigo íntimo que intentaba poner ayer paños calientes a una actuación vergonzosa patrocinada por Clos Gómez. Una pena. Afortunadamente, una anécdota en la historia del Athletic.

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Empates que suman algo más que puntos

Desde la llegada de Simeone al banquillo, una pesadilla. No puede el Athletic con su otrora sucursal madrileña, aunque se emplee a fondo. Ni en liga, ni Copa, ni Europa League. Un mal sueño que no acaba. Ni tiempo tuvieron los de Valverde de tomarle el pulso al rival, porque para cuando algunos ni tan siquiera habían acabado de acomodarse en el asiento, los colchoneros mandaban en el marcador, en un centro-chut de Koke que pilló tan frío al personal de la grada como a Iraizoz en la portería.

Era el peor escenario ante un equipo rocoso que gestiona los marcadores favorables como nadie en Europa. Pero midió mal. Romo en ataque, conformista, quizá sin hacer el daño que debía con una situación tan propicia, erró en sus cálculos el equipo que ha hecho de la cicatería –entre otras cosas- bandera y dejó vivo a un Athletic que siempre lo intenta.

Les costó a los rojiblancos locales, que no encontraban forma de percutir, hasta que se fueron entonando los que fueron clave en la victoria: Iturraspe y Muniain. Aunque pueda parecer mentira, por eso es noticia. Seguramente dos de los futbolistas a los que más se echa de menos por su desesperante irregularidad. Claro que a la mayor profundidad de los leones contribuyó que Valverde alterara su propuesta inicial y que Williams y Raúl alteraran las posiciones. Con García de nueve el Athletic encontró un referente, un faro, algo sin lo que no sabe jugar desde prácticamente siempre, y la defensa colchonera se vio superada por sorpresa, alterada la hasta entonces plácida tarde.

Al descanso se llegó con una igualada ilusionante, con golazo de Lekue, que lo hizo bien por un carril izquierdo que sigue sin dueño en posición de mediocampo en adelante. La reanudación trajo algo más de pimienta, con los visitantes más obligados, y en el intercambio de golpes sorprendió el Athletic, con gol marca de la casa, aunque con protagonistas poco habituales, con García de centrador, genial, un regalo, como ya hiciera contra el Barcelona en Copa, y con de Marcos de ariete. Lo que aporta el jugador de Biasteri a este equipo solo se puede valorar cuando se ausenta una larga temporada.

Llegaron los mejores momentos del Athletic, quizás el cuarto de hora de fútbol que se estaba esperando, un debe del equipo, demostrar que puede gestionar un partido con algo más que el físico, manejando el cuero. Pero le faltó aire. Parecía evidente desde la grada, con un Williams muy justo, incapaz de aportar el sosiego y la templanza que en su posición se necesitaba. Tardó Valverde, demasiado.

Puede que en el pecado de intentar reservar los cambios para gestionar el cronómetro lleve la penitencia. El caso es que a una falta de contundencia de Iturraspe en el medio campo por aquello de estar amonestado y no querer repetir la de la noche de Reyes en Copa, se le sucedió una genialidad de Griezmann con la zurda, con un disparo que se coló junto a la cepa del poste igualando el marcador.

No le quedaba resuello al Athletic, ni ganas a los colchoneros de intercambiar golpes, de tentar la suerte. Por el sumidero se fueron los diez minutos que quedaban entregando al Athletic un punto escaso, pero meritorio. Porque la escasez de recaudación de puntos se debe a los debes del equipo frente a Alavés o Leganés, por lo que ahora es obligado un triunfo convincente frente al desahuciado Sporting.

Cerrada la primera vuelta en guarismos buenos para lo que acostumbra este grupo y con este entrenador, los deberes se dejan para la segunda. Sin la Copa ya como distracción ni fuente de excusas, a la espera de lo que pase en Europa League, el equipo debe ser capaz de recuperar una línea de mejor juego, de regularidad y de contundencia.

Para ello cabe esperar que se recupere definitivamente a buena parte de los que no han podido estar (importantísimos como de Marcos), la mejor versión de los que estando podían haber aportado más (San José, Beñat, Aduriz, Muniain, Williams…) y el paso adelante de los que o no han convencido al entrenador o no han sabido tener la regularidad que les permita gozar de más minutos (Lekue, Susaeta, Iturraspe, etcétera).

Y clave será, también, que coincida en el tiempo la mejor racha de la mayoría de ellos, porque si algo se ha echado en falta en este primer tiempo liguero ha sido ver a un equipo con la mayoría de sus miembros en un estado de forma ideal simultaneo.

Por cierto, y para cerrar post y cometario sobre el encuentro contra los colchoneros. Que el Athletic compitiese sin Aduriz y Beñat, es buena noticia. Tan buena como pésima la capacidad de influir del Club en los estamentos que dirigen este circo. Debiera pensarse muy bien quien marque estrategia en Ibaigane si la ley del silencio lleva a algún lado en un show en el que todo quisque protesta y chilla, incluso preventivamente. Porque la decisión de los comités de la semana pasada, el no anular las tarjetas a Beñat y Aritz, fue la constatación, por si hasta ahora había habido pocas muestras, de la falta de respeto al Club en asuntos como el arbitral, horarios o recursos.

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El día más triste del año y tal

Los que importaron el Black Friday nos dicen ahora que hoy toca vivir el día más triste del año. Hombre, siendo enero, de los días más cortos del año, empezando la semana, y con lluvia para aburrir, pues tampoco hay que ser astrólogo para llegar a tamaña conclusión.

En lo futbolístico, desde luego que no parece que el entorno del Athletic esté para grandes alharacas. Toca en la bipolar y ciclotímica parroquia rojiblanca semana de noes, de temperaturas mínimas, bajo cero, en el termómetro de lo anímico. Es cierto que el juego del equipo no acaba de convencer, de parecerse a lo que debiera ser, no ya un fútbol para enamorar, que hace tiempo que parece que renunciamos a eso, sino incluso a aquel equipo que desplegaba un derroche absoluto de presencia física, desborde, presión y empuje… ¡coño!, ¡el del primer partido de octavos, el de la ida de San Mamés contra el Barcelona!

Pues sí. Han pasado tan solo once días. Y aquellos recuerdos que parecen tan lejanos dieron para adjetivos positivos de todo tipo, para reverdecer sentimientos de orgullo como hacía mucho. Pero en fútbol la memoria es escasa, la paciencia inexistente, la coherencia brilla por su ausencia y el afán por la crítica descarnada copa la mayoría de conversaciones, tertulias, redes sociales y columnas.

No será aquí donde se justifique lo de Butarque, una lamentable actuación de los rojiblancos, seguramente la peor en tiempo, bueno, dejémoslo en de las peores, que no acabó en una vergonzante goleada porque un tal Machís hizo gala de una invidencia cara a puerta rival de las que dan para editar unos cuantos vídeos de esos que hacen las delicias del personal más propenso a la carcajada.

Mucho que achacarle al Athletic, a un dormido Lekue que cuajó una sonrojante actuación por lateral derecho, si bien cabe responsabilizar de ello a un centro del campo que no presionaba lo más mínimo, un suicidio para un equipo que arriesga tanto con la línea defensiva. Pero San José e Iturraspe, los elegidos para el eje de la medular por Valverde, no daban una a derechas. A ello se unió la ausencia de Aduriz, al que ciertamente tampoco llegó nada rematable; la versión menos productiva de un Raúl en horas bajas; otro día más de intrascendencia de Williams, acompañado por la versión de Muniain que se ha convertido en norma; los lógicos fallos de un Bóveda cuyas carencias como central van apareciendo a medida que se tiene que apostar por él como titular y no como parche; los desgraciadamente habituales fallos de un Laporte que no acaban de desaparecer a medida que avanza la temporada.

Los riesgos de jugar un sábado a mediodía y no hacerlo bien, o, al menos, no obtener un buen resultado son que se da demasiado tiempo al personal para opinar, abrirse las carnes, despotricar y buscar culpables por doquier, amén de soluciones de todo tipo. Al final, las conclusiones de los indignados zurigorris acaban siempre igual: culpando al entrenador, en muchos casos, o señalando a la dirección deportiva por la falta de refuerzos para el plantel.

No solo porque las redes sociales tienen tal fuerza que acaban distorsionando debates y condicionando la opinión general, sino porque acaban, parece, contagiando incluso a los generadores de opinión profesionales. Reflexionaba el pasado viernes José Luis Artetxe en una columna de Deia acerca del ruido que se genera alrededor del equipo, de la proliferación de opinadores, que en muchos casos, además, han –hemos- dado el salto desde redes sociales a medios de comunicación convencionales. Creo que la reflexión es atinada, que tiene una parte de razón importante, que verter opinión sobre fútbol requiere unas dosis de conocimiento, templanza, capacidad de análisis y, sobre todo, prudencia que no prolifera últimamente.

Afirmaba Valverde en pretemporada que le preocupaba la capacidad que como entrenador podía tener para motivar al conjunto de la plantilla, de volver a sacar lo mejor de cada uno de sus futbolistas este ejercicio, algo que veía como la parte más complicada de entrenar el mismo plantel por cuarto curso consecutivo.

Puede que haya algo de esto en la actual situación de un equipo al que cuesta demasiado ver en su mejor versión, la que, por ejemplo, se vio frente al Barcelona recientemente. Es innegable que el entrenador tiene una gran cuota de responsabilidad, pero parece difícil saber qué es lo que se debe hacer, por ejemplo, para que Iturraspe despliegue contra el Leganés el fútbol que puso sobre el tapete en San Mamés, clave para desarbolar al todopoderoso centro del campo culé.

Ahora, para los más enfervorizados, el bálsamo de fierabrás que curará todos los males pasa por acudir al mercado invernal. Da igual a qué. Como dinero hay, que se gaste cuanto sea necesario, como si el hecho de fichar fuese sinónimo de reforzar. Es tan cierto que al equipo le vendría como agua de mayo reforzarse como la casi imposibilidad de hacerlo. Simple y llanamente por la peculiar política deportiva de un equipo que hemos decidido quienes formamos parte de él. Resulta a veces desesperante la falta de coherencia  e, incluso, la precipitación con la que algunos, en ausencia de refuerzos, pretenden echar a los leones, nunca mejor dicho, a jugadores prometedores del filial, olvidando la necesidad de hacer debutar a los cachorros con orden y en las condiciones más propicias.

Es probable que de ganarse al Atlético, otro que tampoco es el que era, el debate y las dudas se calmen, porque la ciclotimia tiene un patrón de comportamiento similar a la evolución en la clasificación. Contra los colchoneros es probable que se enfrenten prácticamente los mismos que rozaron el ridículo en Butarque. Y seguro que la actuación de todos y cada uno de ellos es diametralmente diferente.

Esperemos que el equipo no se atenace, que no ceda a la presión de un entorno que afila en exceso las críticas, porque si bien es cierto que el juego del equipo preocupa, no es menos cierto que la situación clasificatoria sigue siendo buena y que, a nada que se mejore, las posiciones europeas están en disposición de ser conquistadas.

Y existen condicionantes, que no excusas, que pueden estar marcando el devenir del equipo en la tabla. A día de hoy en pocos partidos se ha podido ver la mejor versión simultáneamente de los mejores jugadores. Además de innumerables lesiones, sanciones y picos de forma no coincidentes, no han permitido ver a los principales referentes dar su mejor versión el mismo día.

Este equipo ha perdido por lesión a Beñat en el momento que mejor estaba, versión que tras su reaparición no ha podido verse. Laporte inició la temporada renqueante tras la lesión de verano y aún, consumida media temporada, no ha dado  lo que de él se espera. Poco podemos decir del infortunio del bueno de Yeray, que era la alegría del curso. San José es una sombra del jugador que alcanzó la internacionalidad –o quizás por esto-. Y de Marcos, ese pulmón que suple las carencias defensivas con dosis de entrega y velocidad insustituibles acaba de llegar y parece quedarle un mundo. Ahora, la última, parece que se confirma la baja de Sabin Merino por otra nueva pubalgia, que quizás explique el lamentable rendimiento de este ejercicio.

No son excusas, son situaciones reales que condicionan el rendimiento individual y colectivo. De la misma forma en que lo hacen los arbitrajes. Cuando aún colea la bochornosa campaña del barcelonismo mediático, esa que consiguió al fin y a la postre condicionar la eliminatoria en su favor, la actuación de Jaime Latre en Leganés también perjudicó al Athletic, en ese partido, y sobre todo para el de la próxima semana, por las absurdas tarjetas a Aduriz y Beñat. Qué tendrá esto del arbitraje que lleva a los trencillas a inventar situaciones, basadas en muchos casos en los prejuicios que tienen hacia ciertos futbolistas. Sería para reírse de no suponer para el Athletic una perdida deportiva irreparable. Veremos qué pasa con los recursos, pero como están en las mismas manos que los sorteos de Copa, es mejor echarse desde ya a temblar.

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Esperado, pero igualmente frustrante

No genera grandes decepciones porque, en el fondo, al margen de las pequeñas esperanzas, de la ilusión, la eliminación contra el Barcelona estaba casi descontada. No hubo demasiadas sorpresas en el Nou Camp, ganaron los culés, con merecimiento y más apreturas de las deseadas, y con cierta incertidumbre por aquello de que un gol más hubiese clasificado a los rojiblancos.

Claro que para ello hubiese sido necesario que el equipo generase situaciones de peligro, puesto que rozar el ciento por ciento de efectividad puede ser factible cuando haces un tiro a puerta, pero suele resultar más difícil rozar ese porcentaje más allá de un único gol. Simple cuestión de probabilística, por más que ayer el Athletic rozase lo milagroso, marcar en campo culé con centro desde la banda en posición de carrilero de Elustondo y remate de cabeza al segundo palo Enric Saborit. Tan solo apostando un euro a esta combinación en cualquier casa de apuestas, te llevas como botín toda la recaudación, la sede de la empresa y un par de secretarias.

Era cuestión de tiempo. De que al Athletic se le acabara la pila y de que los blaugrana acertaran en
alguna combinación. Se libró el Athletic en la primera media hora, mientras el físico le permitió un despliegue fantástico de presión, con las líneas arriesgdamente adelantadas, haciendo caer a los barcelonistas en constantes fuera de juego por la zona de vanguardia y presionándole con fuerza en la retaguardia. No estaban cómodos los locales, les costaba trenzar el juego y llegar a las inmediaciones de Iraizoz.

Hasta que lo lograron, por mediación de Suárez y tras se asisitido po Neymar, una pesadilla para Bóveda, primero, y Elustondo, después, puesto que el Athletic volvió a sufrir una nueva lesión muscular, de Etxeita en este caso, detalle que sin ser clave también condicionaría las decisiones de la segunda parte.

Y es que arriesgó Valverde, como arriesgan todos los que toman decisiones, intentando un once que desgastara al Barcelona con presión adelantada en la primera mitad. La lástima fue irse perdiendo por la mínima al descanso, tras marcar los culés en su primer tiro a puerta. La cuesta arriba llegó en forma de penalti, bien señalado por Gil Manzano, buen árbitro, que demostró personalidad, honestidad y criterio. Tan clara fue la pena máxima como tonta, tras un resbalón en el área de Bóveda –alguien dirá qué clase de botas calzaron los nuestros, con constantes caídas por resbalones, incluso del portero-y levantar las piernas para derribar a Neymar, innecesariamente.

Poco tardó el Athletic en reducir las distancias, en la ya mencionada jugada, y en forzar la prórroga, provisionalmente. Hubo un tiempo en que a los locales les costó reaccionar, hasta que el cansancio hizo mella. Aguantó Valverde el cambio que le quedaba, ya había entrado Aduriz tras el descanso, oro puro con la incertidumbre de saber si habría que enfrentarse a media hora de partido adicional.

Llegó el jarro de agua fría, no por esperado menos doloroso. De falta, marcado, como no, por Messi, que lleva tres goles de esa factura en tres partidos, dos a Iraizoz. De poco sirve ahora decir que las faltas que precedieron a ambos lanzamientos fueron inexistentes. No interesa. Al fin y al cabo se trata de errores asumibles, de cosas del fútbol, de jugadas en las que los árbitros pueden fallar. Máxime en un escenario como el de ayer, con la grada histérica tras la campaña y la patraña. Existe la tentación de imaginar qué hubiera sucedido si es el Athletic el que se clasificara para la siguiente ronda con dos goles, por ejemplo de Beñat, a lanzamiento de faltas mal señalada. Pero también en eso debemos ser distintos.

Fue mejor en el global el Barcelona, ante un Athletic al que se le han complicado en demasía las circunstancias, de por sí ya de altísimo nivel. A las expulsiones del partido de ida –rigurosas a más no poder, que ya nadie recuerda-, a las exigencias de un calendario apretado al que el desacertado –personalmente pienso que malintencionado- criterio de fijación de horarios y la plaga de lesiones han hecho que la eliminatoria fuese prácticamente inasequible, por más que el balance de daños haya sido mínimo, al menos en lo que a marcador se refiere.

Descontada la Copa, otro año más, como se ha convertido en casi costumbre, enterradas las ilusiones tras cruzarse los catalanes en el camino, solo queda apretar en Liga y jugar a la ruleta europea. Veremos con qué sorprende Valverde en Butarque, con un plantel cogido con pinzas.

Es difícil ahora defender las decisiones de ayer del entrenador, y sin embargo poco creo que cabe censurar. Son en partidos como ayer donde cabe que los menos habituales den un paso al frente, demuestren algo, en ocasiones en las que teóricamente no debe caber más motivación. Y, sin embargo, desmoraliza ver el rendimiento de Sabin Merino, Saborit o Eraso. Para jugar en primera, al menos en el Athletic, hay que hacer bastante más. Mucho más. Dejando al margen la actitud, hablamos también de aptitud. Que la capacidad de retener el balón en los pies más de un segundo o acertar en algún pase y control se le supone al jugador de élite. O al presunto.

No se libra el bueno de Txingurri de la crítica, ayer ardían las redes sociales desde el momento en que se anunció el once inicial. Las hubo razonadas, educadas, con criterio. Pero abundaron las desabridas, las hirientes, las que se hacen desde la víscera. Claro que qué podemos esperar si quien encabeza la revuelta se trata de un exjugador del Club.


Aprecio a Fran, pero hay cosas que resultan inadecuadas y poco inteligentes, aunque en él sean costumbre. Inmejorable ocasión para callar la que perdió el Ferguson del Eldense.

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La vida sigue igual

Estorbaba en el calendario el partido contra el Alavés, propicia ocasión para escalar posiciones y encaramarse a puestos europeos, pero sabido es que al Athletic de Valverde, y por cuarta temporada consecutiva, se le atragantan los recién ascendidos, y más aún uno como el equipo babazorro, que recauda buen número de puntos a domicilio, que se había tomado el envite con seriedad y con unas cuantas horas más de descanso tras los correspondientes enfrentamientos coperos.

Al Athletic volvió a faltarle juego, y la sensación de poder obtener la victoria duró lo que duró el fuelle, una media hora, con una sensación de equipo más ausente que cansado, por mucho que Txingurri decidiese dar entrada a varios meritorios para oxigenar el plantel de cara al miércoles. Poco que objetar.

El Alavés cumplió con lo que de él se esperaba, bien plantado, bien defendido, quizás favorecido en la primera mitad por la querencia de del Cerro Grande por el diálogo en lugar de las tarjetas. No tiene suerte el Athletic los últimos tiempos con el colegiado madrileño, un tipo que pasaba por ser lo más decente del arbitraje y que lleva varios desconcertantes contra los rojiblancos.

Y así, con las ocasiones más claras en favor de los visitantes en sendos regalos de la zaga, con el habitual de Laporte, que no acaba de redondear una actuación que certifique su mejor nivel, lo cierto es que poco más que un empate merecieron unos leones que, y es lógico, parecen tener la mente más en Copa que otra cosa, máxime después de todo lo escrito tras el enfrentamiento de la noche de Reyes contra el Barcelona.

Soy pesimista para la visita a la Ciudad Condal. La encerrona que espera a los zurigorri será  de órdago. No me gustaría estar en la piel de Gil Manzano, uno de los más decentes árbitros de primera, del que seguro tendremos motivos para la queja tras el encuentro, pero ahora en frío es conveniente aceptar que resulta lógico y hasta humano ceder a la presión.

Porque resulta indecente la campaña que el barcelonismo mediático ha organizado tras el encuentro del pasado jueves. Hablar de un supuesto atraco al equipo culé daría risa si de ello no se derivasen las consecuencias que, seguramente, se derivarán. Por infame, por mentira, por carecnia absoluta de legitimidad. Pero ya se sabe que las dos multinacionales del fútbol que protagonizan nuestras competiciones deben ganar sí o sí todos los partidos, que de eso se trata esto de unos años a esta parte, y ante cualquier derrota se debe siempre buscar el componente exógeno, puesto que reconocer los merecimientos del rival no entra en el libreto.

Habrán caído del caballo numerosos Saulo de Tarso rojiblancos, seguramente jóvenes, los eclipsados por el tiki-taka de Messi que no conocieron los ochenta, que no saben quiénes son Migueli, Quini o Schuster, que tienen a Maradona por un orondo friki vestido de chándal y que apuntó, durante un rato, maneras de crack del fútbol hace tres décadas. Lo que se vivió jueves, viernes y sábado en el barcelonismo es un remake a pequeña escala de algo que los que tenemos memoria y años recordamos de hace treinta años. Que el entorno culé no soporta perder, que no reconoce errores propios ni méritos ajenos.

Y así, demuestra una desvergüenza sin parangón para justificar una derrota en errores arbitrales el día en que el rival acaba con dos jugadores de campo menos. Todo en base a un penalti no pitado, que pareció clamoroso en el campo, y una supuesta agresión de Aduriz a Umtiti sustentada en unas imágenes de televisión debidamente seleccionadas y manipuladas, mientras se obvian otras en las que más nítidamente se observa que el golpeo de Aritz –que sobró, digámoslo todo- se produce al hombro del jugador culé.

Da igual. El circo es así. Hace tiempo, si por encima de la afición al fútbol no existiese una dependencia sentimental de lo que es el Athletic, que me cansé de este espectáculo, de esta mentira, de esta falsa competición concebida para que dos multinacionales se enfrenten en una guerra sin cuartel en el que hay tantos convidados de piedra, sparrings, actores secundarios, como sean necesarios. Porque el único fin de esta Copa, lo que verdaderamente interesa, es otro enfrentamiento Madrid-Barcelona, a ser posible en una final, que derivaría más que probablemente en una supercopa entre los dos únicos.

A quienes no conocieron en los ochenta la verdadera cara de la caverna culé, bienvenidos. Los Nolla, Casanovas, Aguilar y compañía tienen un currículum importante a sus espaldas. Casi acaban con la carrera de un mito como Andoni Goikoetxea, así que figurémonos lo que pueden durarles Aduriz o Raúl García. No dejo de pensar en los profesionales de Mundo Deportivo en Bizkaia, del equipo que dirige Iñaki Ugalde. Tiene que ser frustrante trabajar con dignidad, honestidad e ilusión para sacar diariamente una edición local sobre el Athletic, pelear para consolidar ventas, y que tu matriz en Barcelona te arroje por la borda el trabajo con ediciones como las de la pasada semana.