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El día más triste del año y tal

Los que importaron el Black Friday nos dicen ahora que hoy toca vivir el día más triste del año. Hombre, siendo enero, de los días más cortos del año, empezando la semana, y con lluvia para aburrir, pues tampoco hay que ser astrólogo para llegar a tamaña conclusión.

En lo futbolístico, desde luego que no parece que el entorno del Athletic esté para grandes alharacas. Toca en la bipolar y ciclotímica parroquia rojiblanca semana de noes, de temperaturas mínimas, bajo cero, en el termómetro de lo anímico. Es cierto que el juego del equipo no acaba de convencer, de parecerse a lo que debiera ser, no ya un fútbol para enamorar, que hace tiempo que parece que renunciamos a eso, sino incluso a aquel equipo que desplegaba un derroche absoluto de presencia física, desborde, presión y empuje… ¡coño!, ¡el del primer partido de octavos, el de la ida de San Mamés contra el Barcelona!

Pues sí. Han pasado tan solo once días. Y aquellos recuerdos que parecen tan lejanos dieron para adjetivos positivos de todo tipo, para reverdecer sentimientos de orgullo como hacía mucho. Pero en fútbol la memoria es escasa, la paciencia inexistente, la coherencia brilla por su ausencia y el afán por la crítica descarnada copa la mayoría de conversaciones, tertulias, redes sociales y columnas.

No será aquí donde se justifique lo de Butarque, una lamentable actuación de los rojiblancos, seguramente la peor en tiempo, bueno, dejémoslo en de las peores, que no acabó en una vergonzante goleada porque un tal Machís hizo gala de una invidencia cara a puerta rival de las que dan para editar unos cuantos vídeos de esos que hacen las delicias del personal más propenso a la carcajada.

Mucho que achacarle al Athletic, a un dormido Lekue que cuajó una sonrojante actuación por lateral derecho, si bien cabe responsabilizar de ello a un centro del campo que no presionaba lo más mínimo, un suicidio para un equipo que arriesga tanto con la línea defensiva. Pero San José e Iturraspe, los elegidos para el eje de la medular por Valverde, no daban una a derechas. A ello se unió la ausencia de Aduriz, al que ciertamente tampoco llegó nada rematable; la versión menos productiva de un Raúl en horas bajas; otro día más de intrascendencia de Williams, acompañado por la versión de Muniain que se ha convertido en norma; los lógicos fallos de un Bóveda cuyas carencias como central van apareciendo a medida que se tiene que apostar por él como titular y no como parche; los desgraciadamente habituales fallos de un Laporte que no acaban de desaparecer a medida que avanza la temporada.

Los riesgos de jugar un sábado a mediodía y no hacerlo bien, o, al menos, no obtener un buen resultado son que se da demasiado tiempo al personal para opinar, abrirse las carnes, despotricar y buscar culpables por doquier, amén de soluciones de todo tipo. Al final, las conclusiones de los indignados zurigorris acaban siempre igual: culpando al entrenador, en muchos casos, o señalando a la dirección deportiva por la falta de refuerzos para el plantel.

No solo porque las redes sociales tienen tal fuerza que acaban distorsionando debates y condicionando la opinión general, sino porque acaban, parece, contagiando incluso a los generadores de opinión profesionales. Reflexionaba el pasado viernes José Luis Artetxe en una columna de Deia acerca del ruido que se genera alrededor del equipo, de la proliferación de opinadores, que en muchos casos, además, han –hemos- dado el salto desde redes sociales a medios de comunicación convencionales. Creo que la reflexión es atinada, que tiene una parte de razón importante, que verter opinión sobre fútbol requiere unas dosis de conocimiento, templanza, capacidad de análisis y, sobre todo, prudencia que no prolifera últimamente.

Afirmaba Valverde en pretemporada que le preocupaba la capacidad que como entrenador podía tener para motivar al conjunto de la plantilla, de volver a sacar lo mejor de cada uno de sus futbolistas este ejercicio, algo que veía como la parte más complicada de entrenar el mismo plantel por cuarto curso consecutivo.

Puede que haya algo de esto en la actual situación de un equipo al que cuesta demasiado ver en su mejor versión, la que, por ejemplo, se vio frente al Barcelona recientemente. Es innegable que el entrenador tiene una gran cuota de responsabilidad, pero parece difícil saber qué es lo que se debe hacer, por ejemplo, para que Iturraspe despliegue contra el Leganés el fútbol que puso sobre el tapete en San Mamés, clave para desarbolar al todopoderoso centro del campo culé.

Ahora, para los más enfervorizados, el bálsamo de fierabrás que curará todos los males pasa por acudir al mercado invernal. Da igual a qué. Como dinero hay, que se gaste cuanto sea necesario, como si el hecho de fichar fuese sinónimo de reforzar. Es tan cierto que al equipo le vendría como agua de mayo reforzarse como la casi imposibilidad de hacerlo. Simple y llanamente por la peculiar política deportiva de un equipo que hemos decidido quienes formamos parte de él. Resulta a veces desesperante la falta de coherencia  e, incluso, la precipitación con la que algunos, en ausencia de refuerzos, pretenden echar a los leones, nunca mejor dicho, a jugadores prometedores del filial, olvidando la necesidad de hacer debutar a los cachorros con orden y en las condiciones más propicias.

Es probable que de ganarse al Atlético, otro que tampoco es el que era, el debate y las dudas se calmen, porque la ciclotimia tiene un patrón de comportamiento similar a la evolución en la clasificación. Contra los colchoneros es probable que se enfrenten prácticamente los mismos que rozaron el ridículo en Butarque. Y seguro que la actuación de todos y cada uno de ellos es diametralmente diferente.

Esperemos que el equipo no se atenace, que no ceda a la presión de un entorno que afila en exceso las críticas, porque si bien es cierto que el juego del equipo preocupa, no es menos cierto que la situación clasificatoria sigue siendo buena y que, a nada que se mejore, las posiciones europeas están en disposición de ser conquistadas.

Y existen condicionantes, que no excusas, que pueden estar marcando el devenir del equipo en la tabla. A día de hoy en pocos partidos se ha podido ver la mejor versión simultáneamente de los mejores jugadores. Además de innumerables lesiones, sanciones y picos de forma no coincidentes, no han permitido ver a los principales referentes dar su mejor versión el mismo día.

Este equipo ha perdido por lesión a Beñat en el momento que mejor estaba, versión que tras su reaparición no ha podido verse. Laporte inició la temporada renqueante tras la lesión de verano y aún, consumida media temporada, no ha dado  lo que de él se espera. Poco podemos decir del infortunio del bueno de Yeray, que era la alegría del curso. San José es una sombra del jugador que alcanzó la internacionalidad –o quizás por esto-. Y de Marcos, ese pulmón que suple las carencias defensivas con dosis de entrega y velocidad insustituibles acaba de llegar y parece quedarle un mundo. Ahora, la última, parece que se confirma la baja de Sabin Merino por otra nueva pubalgia, que quizás explique el lamentable rendimiento de este ejercicio.

No son excusas, son situaciones reales que condicionan el rendimiento individual y colectivo. De la misma forma en que lo hacen los arbitrajes. Cuando aún colea la bochornosa campaña del barcelonismo mediático, esa que consiguió al fin y a la postre condicionar la eliminatoria en su favor, la actuación de Jaime Latre en Leganés también perjudicó al Athletic, en ese partido, y sobre todo para el de la próxima semana, por las absurdas tarjetas a Aduriz y Beñat. Qué tendrá esto del arbitraje que lleva a los trencillas a inventar situaciones, basadas en muchos casos en los prejuicios que tienen hacia ciertos futbolistas. Sería para reírse de no suponer para el Athletic una perdida deportiva irreparable. Veremos qué pasa con los recursos, pero como están en las mismas manos que los sorteos de Copa, es mejor echarse desde ya a temblar.
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