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El final de Liga no estuvo a la altura

Último y significactivo, el epílogo a la temporada dejó un sabor de boca amargo, sintetizaba en noventa minutos lo peor de este Atletic, ese que ha generado más dudas que certezas, un equipo bipolar, de dos caras, capaz de plantar cara a los más fuertes de la tabla, pero que ha fracasado con los débiles, con aquellos que han protagonizado una liga lamentable, esos que han mantenido la categoría por la globalización de la miseria.

Y es que los guarismos de los rojiblancos han sido buenos, no se puede negar, y no lo han sido brillantes porque tan solo ha arrancado un punto de nueve posibles a la hora de la verdad. No hubo machada en el Calderón –si es que se puede denominar así a arrancar algo positivo a un rival que se limitaba a hacer un homenaje a la aluminosis- y el Athletic se debe conformar con la séptima plaza, que algunos la dan como sinónimo de plaza europea, pero habrá que ver qué sucede el próximo sábado entre un Alavés muy serio y un Barcelona en descomposición que ayer, jugándose la Liga, derrotó al Eibar de aquella manera.

Así pues, a la espera de si el ciclo Valverde se cierra con boleto para la Intertoto o no, lo cierto es que el balance de los rojiblancos es amargo. Por lo que podía haber sido y no fue, y por lo que queda aún por dilucidad, es decir, si Txingurri cierra su segunda etapa en el Athetic con pleno europeo. Son muchos los que hablan de fin de ciclo, y no solo porque el Club esté obligado al relevo en el banquillo del primer equipo.

La era Valverde toca a su fin cuando empieza el declinar de la de Aduriz. Y, seguramente, esa sea la mayor dificultad a la que, salvo sorpresa improbable, se enfrente José Ángel Ziganda. Se ciernen dudas sobre el equipo, más allá de algunas buenas noticias como las de Yeray o Arrizabalaga, el balance ofensivo del equipo no ha sido nada positivo. El partido del Calderón volvió a evidenciar la previsibilidad del juego, la falta de paciencia e ideas para abrir la lata, la incapacidad para remontar marcadores los días en que se debe vencer como sea.

No tuvo disculpa en el Manzanares, menos aún con una defensa de circunstancias, pero fue un pecado frente a Alavés o Leganés, partidos en el que se fueron por el sumidero las opciones de la clasificación europea sin turné veraniega. El equipo, que puede resultar fiable en términos generales a lo largo de la competición regular, ha fallado sobremanera en las ocasiones clave, naufragando notablemente a domicilio.

Qué hubiera sido de este equipo a nada que hubiera aprovechado los partidos lejos de San Mamés es una pregunta tan recurrente como quizás absurda. Fútbol ficción. El partido de ayer resumió lo que ha sido el año: un equipo incapaz de vencer a domicilio en cuanto las cosas se ponían feas, sin capacidad de reacción, de voltear marcadores adversos, ni tan siquiera de inquietar, muy distinto del arrollador conjunto local que se mostraba invencible en casa.

Sorprendió Valverde ayer por sus decisiones, no por reservar a Williams, que posiblemente no estuviera para aguantar los noventa minutos, sino por la disposición de los que eligió, por la presencia de Iturraspe junto a Beñat o San José, por el protagonismo dado a dos laterales, de Marcos o Balenziaga, que resultaron dos escopetas de feria. EL invento del cambio de sistema el último día sorprendió y no resultó. Para cuando llegó la enmienda, la enmienda de Ernesto a sí mismo, el Athletic naufragaba tras tres minutos infames en defensa y la inacción por bandera.

El Atlético, hechos los deberes en un abrir y cerrar de ojos, regaló a los vizcainos el balón para que se cocieran en su propia salsa. Las llegadas a área rival se sucedieron, aunque el ejercicio fue más frustrante que el de lo llegar, porque ver constantemente balones colgados al área a las manos del portero, balones que se perdían por línea de fondo o, peor aún, por línea lateral, daban ganar de comer fósforos, pero de caja en caja. Los astros quisieron situar al Athletic en el mismo bando que a Susana Díaz, así pues, para que el final de tarde fuese más amargo, el Celta de Berizzo, ese entrenador que no ha conseguido más que un puñado de partidos con buen juego y al que algunos anhelan ver en San Mamés, daba esperanzas en la misma medida que definitivamente las quitaba.

Sabor amargo, pues, con buqué a despedida y retrogusto a nuevos tiempos. Habrá que esperar unos días para el balance definitivo. Es cierto que la temporada no ha discurrido por donde se quería, aunque ha sido buena, pero no muy buena. Por cómo se ha comportado el equipo en Europa y por el parón de las últimas tres jornadas.

Con todo, esta era Valverde la recordaremos y mucho dentro de un tiempo. Porque se ha hecho norma de algo que en treinta años había sido excepción. Pero nos acostumbramos rápido a los logros, se olvidan con facilidad los malos momentos y cuesta valorar los méritos de un equipo que, sin florituras, es cierto, ha competido como no estábamos acostumbrados.

Ha cambiado mucho, demasiado, el entorno rojiblanco. Veremos si, además de no saber despedir al que se va como merece, sabe dar tiempo al que llega. No lo tendrá fácil quien se siente en el banquillo local. Por el relevo generacional, por lo competida que se ha vuelto la parte alta de la tabla liguera y porque los refuerzos para este club son cada vez más escasos.