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Nueva ocurrencia y constatación del fracaso

Resulta desolador hablar de fútbol esta temporada. Ver un partido del Athletic se ha convertido en un padecimiento, en algo que da pereza, que se hace más por una disciplina férrea, que por resultar atractivo por algún motivo. Lo mismo sucede cuando toca enfrentarse a un folio en blanco sobre el que emborronar unas líneas para comentar la actualidad zurigorri.

Han sido dos meses digamos que relativamente plácidos en lo deportivo, por eso de que andaban de por medio las navidades, que distraen al personal entre atracón y atracón, por la cantidad de noticias que los culebrones Kepa, Laporte e Iñigo Martínez han proporcionado a la prensa y, por extensión, a los corrillos físicos o virtuales, y porque el equipo de Ziganda, a trancas y barrancas, al menos puntuaba y registraba marcas de partidos sin conocer la derrota, como si en el sistema de tres puntos el hecho de no perder fuese algo especialmente brillante.

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Hola y adiós

Pues nada, que no hay forma. Que el Athletic se ha convertido en fuente constante de noticias y emociones fuertes. Al carrusel de renovaciones se ha unido en pocos días el final feliz del culebrón Kepa y, en pocas horas, la marcha de Laporte, esta vez sí, al City de Guardiola.

Vayamos por partes. La marcha de Kepa iba a ser acabose: un torpedo en la línea de flotación, un antes y un después en la historia de la cantera rojiblanca, un punto de no retorno, un indeseable espejo en el que se mirarían los futuros cachorros… un rosario de frases tan lapidarias como alarmistas. Para un tipo de ciencias, con el álgebra de Boole como base de su limitada capacidad de raciocinio, todo lo que no sea una cosa, será la contraria. Así que desde el momento en que Kepa ha decidido ligar su carrera deportiva al Athletic hasta los treinta años, habrá que deducir que la historia finaliza con el mejor de los finales y que la noticia resulta la mejor para los intereses del club.

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Otro empate para la historia

No pierde el equipo de Ziganda y, en comparación con el abismo de inicio de temporada, parece que es un hito como para celebrarlo. Claro que, analizado el dato, la cosa no es como para ponerse estupendo puesto que de las ocho jornadas invicto del equipo, los rojiblancos tan solo suman tres victorias, que son a la postre las que dan impulso en la clasificación.

Es, no nos vamos a engañar, una castaña de liga en la que el pelotón de torpes está más que apretado, con la salvación y Europa en un puñado de puntos. Cierto es que esto suele tender a romperse allá por el último tercio de liga, pero consumida ya la mitad, no se puede decir, como cacarean los referentes mediáticos que esta siga siendo la mejor liga del mundo. Si me apuran, ni la cuarta.

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Año nuevo sin noticias nuevas

Empezaba el año como un examen para un Athletic en un estado digamos, con generosidad, que extraño. Enfrente un Alavés pseudo resucitado que algunos pintaban como toda una piedra de toque que no fue tal. Bastó una primera parte aseada, con frío en lo ambiental, o sea, en lo meteorológico y en la grada, para que los rojiblancos encarrilaran el encuentro y no lo dejaran visto para sentencia antes del descanso por la buena actuación de Pacheco y la mala tarde cara a puerta de Aduriz, además de la habitual impericia de de Marcos, Susaeta y, especialmente, Williams.

No inventó nada nuevo el equipo local, lo que no deja de ser importante. En esto del fútbol suele ser casi siempre mejor resultar previsible cuando esa previsibilidad te lleva tiempo funcionando. Así que resultó que con dejar campar a sus anchas como compás del equipo a Iturraspe, dejar bregar a Rico como él sabe, más el dinamismo del renacido Susaeta o la velocidad con sentido de Williams, para que el Alavés cuajara una actuación muy escasa, sin apenas opciones ni tan siquiera presión, y el Athletic certificara una superioridad que debió acabar en mayor diferencia de goles.