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Nueva ocurrencia y constatación del fracaso

Resulta desolador hablar de fútbol esta temporada. Ver un partido del Athletic se ha convertido en un padecimiento, en algo que da pereza, que se hace más por una disciplina férrea, que por resultar atractivo por algún motivo. Lo mismo sucede cuando toca enfrentarse a un folio en blanco sobre el que emborronar unas líneas para comentar la actualidad zurigorri.

Han sido dos meses digamos que relativamente plácidos en lo deportivo, por eso de que andaban de por medio las navidades, que distraen al personal entre atracón y atracón, por la cantidad de noticias que los culebrones Kepa, Laporte e Iñigo Martínez han proporcionado a la prensa y, por extensión, a los corrillos físicos o virtuales, y porque el equipo de Ziganda, a trancas y barrancas, al menos puntuaba y registraba marcas de partidos sin conocer la derrota, como si en el sistema de tres puntos el hecho de no perder fuese algo especialmente brillante.

El equipo dejaba señales de que las cosas no marchaban pero, mientras recaudaba puntos, a todos nos quedaban esperanzas de que a nada que la cosa mejorase, el equipo pudiera sentar campamento base entre los diez primeros. Lo cierto es que tras los afortunados puntos conseguidos contra Getafe o Eibar, el partido contra el Girona se presentaba como la perfecta piedra de toque para saber dónde se hallaba el verdadero punto de competitividad del Athletic.

La semana dejaba, al margen o, más bien, parapetado tras el asunto Martínez, algunas probaturas de Ziganda que no podían sino definirse como ocurrencias. Al parecer, Cuco se cayó del caballo rumbo al vestuario tras ser merendado tácticamente por Mendilibar hace diez días y decidió que la solución a los males del equipo pasaba por copiar y pegar los conceptos futboleros de Machín, su siguiente rival.

Y como antes el de Zaldibar o Bordalás, o quienquiera, el Girona, que para más broma es propiedad del City que dejó un talón hace una semana con el Athletic como destinatario, metió un meneo a los del de Ulzama de los que provocan sonrojo.

Es legítimo que un entrenador cambie de esquema, faltaría más. Pero eso se entrena, se prepara, se apuesta por ello, y desde que uno se hace cargo del grupo se empieza a trabajar. Se acostumbra al equipo a ello, se practica, y se procura, incluso, que el once esté familiarizado para poder llevar a cabo esa variante táctica durante los noventa minutos.

El entrenador de los rojiblancos consideró que se bastaba y sobraba ara transmitir a los suyos, en tan solo tres sesiones, los conceptos necesarios para comenzar a jugar con defensa de cinco. Para ello reclutó a un lateral zurdo del filial al que regaló un debut de los que marcan más de la cuenta, tres centrales, uno llegado esa misma semana en pleno temporal con vientos del este; otro que volvía tras ocho meses de inactividad por estar centrado en gana el partido de su vida; el tercero, el menos dotado técnicamente, tocado por la varita para ser el que quedara libre y se encargara de sacar el balón ¿jugado?. Por la derecha completaba la banda de cartón el intrascendente Lekue, cuyos constantes fallos provocaron, entre otras cosas, la fatídica jugada del penalti que dio al traste con el tenderete del mercachifle Ziganda.

Cierto que la rigurosidad del penalti fue máxima, como lo fue, por otra parte, el que señalaron a de Marcos a favor en el Villamarín, pero es lo que tiene la bisoñez: si haces lo posible porque el delantero tenga una coartada, estás perdido, más ante un árbitro casero y todavía más si no tienes un nombre en esto del fútbol.

El caso es que el castigo fue total para un equipo sin ideas, con un entramado defensivo calamitoso y un centro del campo de carcajada, plagado de jugadores incapaces de construir, de dar salida al balón con velocidad, de encontrar algún referente en punta o en banda. Decía Ziganda tras el partido contra el Eibar que en adelante jugarían los que corriesen, luego cabe deducir que el que no lo hizo fue Saborit, a tenor de las apuestas en Girona.

La solución fue desmantelar lo ideado, dar entrada, otra vez más, a Susaeta y Aduriz como revulsivos, enmendando el esquema planteado y volviendo al dibujo habitual, lo que dejaba a las claras lo meditado de la apuesta: a las primeras de cambio, se abandona. Con el cambio al 4-5-1, llegó el dos a cero y la sentencia.

El modelo se ha agotado, aquella apuesta por los veteranos que hizo mejorar levemente a un equipo enfermo, tampoco sirve ya para tan siquiera rascar un punto, en una estrategia tan poco fructífera como la de esos que en el mus pretenden llegar a 40 ganando la pequeña. Ese es Ziganda, un jugador de chica, un improvisador, un técnico superado, incapaz de contagiar ambición, carente de ideas, que no transmite credibilidad en lo que hace, que da la sensación de tener desmotivado a un vestuario que no es sospechoso de nada, que con todo, siempre procura dar la cara.

Mal hará Urrutia prorrogando esta agonía. No creo ser sospechoso de nada. Ahí están las opiniones, es la ventaja o desventaja de dejarlas para la hemeroteca, pareció coherente apostar por Ziganda, de la misma forma que resultaría poco inteligente no reconocer el fracaso. El presidente sabrá. Formas tiene para darle una salida digna a su entrenador, pero de él depende.

Por mi parte, mientras esto continúe, no espero más que la temporada acabe cuanto antes y se llegue, mejor mañana que pasado, al umbral de los 42 puntos.
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