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¿Quién dijo fútbol? ¡Viva el circo!


Acabaremos viéndolo. Sustituirán el Altza gaztiak de Zubikarai por el ¿cómo están ustedes? de Miliki como grito de guerra para, instantes después, poner, a todo trapo, Había una vez un circo. En eso han convertido el fútbol, que ha pasado de ser un espectáculo medio serio, o que los aficionados nos tomábamos en serio, a una especie de Grand Prix, afortunadamente y de momento, sin Ramón García.

El Athletic-Rayo de ayer fue eso, una antología al despropósito que acabó siendo entretenida más por los desatinos que por los aciertos y habilidades de los participantes de la mejor liga del mundo. Otro mantra. El show comenzó pronto, con Williams marcando en jugada de estrategia. Fue noticia. Implicó que Beñat centrara en condiciones, que la zaga del Rayo aún siguiese posando para la foto, y que, tras engancharla Iñaki de aquella manera, rebotara en defensa y portero para acabar en la red.
Nuevamente el equipo de Garitano por delante, con cierta fortuna, al primer disparo a puerta, o lo que fuese aquello. Escenario, a priori, para que un equipo cuyo principal –y casi único- argumento es el de nadar y guardar la ropa. Pero esta vez, tampoco. Esta vez el equipo volvió a evidenciar que para poder redondear lo que el entrenador pretende debe mejorar más que mucho, debe conseguir poder matar los partidos.

El Rayo, en situación clasificatoria desesperada y con la forma de jugar a la que le ha abocado su entrenador, parecía el rival perfecto. Y no lo fue. No lo fue por la sucesión de errores de un equipo que se complica la vida de manera innecesaria. Falló un penalti en botas de Raúl. Perdonó innumerables ocasiones, con un Williams que dio un recital de inoperancia, un Muniain escorado a la diestra que no acertaba cerca del área y un Córdoba voluntarioso que parece haber cambiado sus tradicionales virtudes por el mono de trabajo.

El partido bien pudo finalizar con seis goles a favor de los zurigorris a nada que Alberto García, portero rayista, hubiese tenido una actuación más discreta o, como decía, que a Iñaki la impericia y la ambición por monopolizar el éxito de la tarde no le hubiesen hecho desperdiciar demasiadas situaciones en ventaja.

Sufrió el Athletic por su incapacidad para cerrar el partido cuando pudo. Ni tan siquiera el estar en inferioridad numérica ayudó en el momento en que el equipo consiguió, por fin y gracias a Raúl, el único que entiende qué se esconde tras el verbo competir. El Rayo, desahuciado, tan valiente como quizás suicida, consiguió llevar el tres a dos para que aquello no decayese en lo que a suspense se refiere.

El show duró cien minutos, que es algo grandioso sobre todo para las televisiones y complicado de gestionar para aquellos que en la grada los jugos gástricos les hubiesen proclamado su particular día de la república.

Son los nuevos tiempos. Partido a las dos con actuación estelar del VAR, ese invento que ayer dejaron en mano de un tipo como González Fuertes, a la sazón peor árbitro de primera, incapaz de dilucidar, por si mismo, absolutamente nada. No fue malo el arbitraje de Martínez Munuera en términos generales, acorde con los nuevos tiempos de no comprometerse en exceso y esperar a que del pinganillo le corrigiesen. Es a lo que nos tienen condenados ahora. Los árbitros, para no ser enmendados, prefieren no significarse en exceso. Por eso extrañó que no pitase el penalti clamoroso a Raúl y que no dudara en una jugada menos clara como la del penalti rectificado a Williams.

Por lo demás, señaló pocas faltas, dejó jugar, aplicó la nueva norma en lo relativo al juego con los brazos a Advíncula, que cometió una tropelía en la jugada en que vio segunda amarilla, y se limitó a confiar en administrar justicia a base de pantalla y vídeo.

El fútbol ha perdido frescura y velocidad, tiene pausas difícilmente digeribles que le dan un suspense poco natural e innecesario. Porque sin VAR, el resultado hubiese sido similar: un penalti no pitado que se hubiese compensado con uno mal pitado y un gol concedido al Rayo que casi nadie hubiese discutido. Porque eso de aplicar la escuadra y el cartabón sobre una pantalla no deja de resultar ridículo. Sea el resultado d la decisión a favor, como ayer, o en contra, como en Villarreal.

Así pues el Athletic, encaramado ya a la posibilidad de clasificarse para Europa, continúa su espectacular remontada. El entretenido show que eclipsó un vulgar fútbol y partido vale para que el equipo tenga, certificada la salvación, el segundo reto de la temporada: competir por conseguir billete en las plazas que den opción a participar en el segundo torneo continental. Y así, mientras nos entretenemos, olvidamos riéndonos como tan solo te reías cuando de niño ibas al circo, partidos como el de la pasada semana de Getafe que tantas cosas pudo evidenciar.

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Ausencia de juego, plan B y justicia arbitral


Vayamos desde el principio con lo importante. No le vamos a pedir a estas alturas a Gaizka Garitano que convierta la banda de cartón que recogió de manos de Berizzo en la filarmónica de Londres. Nada más lejos de la intención de cualquier zurigorri con dos neuronas operativas. Pero, coño, que llevamos diciendo que aunque las matemáticas  no tiendan a engañar, en fútbol la prueba del algodón se hace a base analizar mínimamente el juego, las sensaciones.

Se dijo tras Anoeta, que pudo parecer ventajista por aquello del marcador, y también tras la celebrada victoria en Huesca. El Athletic, ahora que ha alejado los peligros, necesitaba juego. Y volvió a ser esto lo que, de nuevo, condenó, como ya pasara en la Bella Easo, a los once destajistas que alineó Garitano.

Quién iba a decir que el que fuera un mero actor de reparto hasta la llegada del de Derio fuese a hacerse indispensable en tan solo tres meses. Sí, hablamos de Capa. A pocos jugadores se pudo echar más en falta en tierras valencianas. Por su aportación y por la abismal diferencia que existe con respecto a de Marcos. El bueno de Óscar, a quien  todo el mundo daría unas cuantas medallas por los servicios prestados en el pasado, naufraga sobremanera en el lateral diestro. Y, claro, el equipo acaba por notar la retahíla de desatinos del de Biasteri por mucho que los centrales y Dani García hayan trasladado la Ciudad Cerrajera de Arrasate a Lezama.

Si al bueno de deMar le pones de ayudante de oficios a un tío como Ibai, que desconoce el rigor táctico y la intensidad , como mucho, la sabe medir con un multímetro, pues conviertes al -de por sí poco necesitado de ayuda- Gayá en el Michael Landon de Autopista hacia el cielo.
Y por ahí, por el sumidero del naufragio por bandas, principalmente la diestra, se fueron poco a poco yendo al sumidero las opciones zurigorris. El encuentro tuvo su analogía con el de Anoeta. El gol de Rodrigo, un golazo, un trallazo imparable (como pudo ser el William José en Donostia), nació de una buena combinación con Mina en la que el Athletic defendió con pasividad más propia de otra era.

Era lo que necesitaba el Valencia, enrachado, con tantas ganas de Fallas como de viajar a Sevilla, con más ganas de entonar el Paquito Chocolatero que nunca. Y a un equipo como ese, con plantel suficiente a pesar de haber rotado, construido para gozarla a la contra, se le ponía el partido muy cuesta abajo toda vez que el Athletic, en la segunda vez que tras el cambio de entrenador se volvió a ver con necesidad de remontar, evidenció que no está construido ni preparado para activar un plan de contingencia para paliar las derrotas.

Tuvo el Athletic veinte minutos de guerra de guerrillas, de juego de artificio, donde se evidenció la clamorosa falta de ideas de Muniain, Williams, Ibai o el propio Raúl, que se consumía tanto en la brega como en su particular batalla con el árbitro. Los cambios, que además fueron muy tardíos, poco aportaron en un equipo que no tiene en su plantel mucho más que 13 jugadores alineables. Si contamos como obligado sustituir a Beñat por San José pasado el 60, si Ibai decidió con su juego que debía ser otro de los cambios para el minuto 3 y si Raúl está en la diana del árbitro para poder no acabar el encuentro, no es necesario ni entrenador.

Si, además, miras al banquillo y la alternativa para la remontada pasa por el bullicio del veterano Susaeta o la gran esperanza rojiblanca, Kodro, coliges que  todavía queda mucho trecho por recorrer y te reafirmas en aquello de que, al margen de los números, para aspirar al pasaporte europeo te faltan, todavía, media docena de asignaturas que aprobar.

Y ahora sí, ahora vayamos a la salsa del fútbol. En esta feliz época en que el deporte rey tiene su particular duelo de titanes para elegir salvador, ora Tebas, ora Rubiales, en que te enteras que sale a concurso la contratación de la empresa que gestione el sistema audiovisual del VAR, el de día Comité Técnico de Árbitros, de noche guionistas del Club de la Comedia, nominan al colegiado más casero de la Liga, catalán y de apellido Medié en la semana en que Urkullu debió declarar en Supremo por su intermediación en eso del 1-O. Es insuperable.

Para aderezar el asunto, al frente del VAR, con su chándal, un viejo amigo: Carlos del Cerro Grande, madrileño, policía en excedencia y que acumula esta temporada una retahíla de errores en contra del Athletic que harían sospechar al mismísimo Winnie Pooh. Esta vez del Cerro no aguardó al final del encuentro, como en Villarreal, para aguar la fiesta y tomó la decisión polémica al inicio del encuentro. El claro penalti sobre Raúl García acabó en el limbo toda vez que tras visionar la jugada de manera rápida (resolvió el asunto en escasos segundos, a diferencia de alguna otra jugada en la segunda parte) acabó por dar la razón al caserísimo Medié Jiménez, un tipejo que no pasará a la historia del arbitraje por nada.

Eso es el VAR, en eso han convertido una tecnología que buscaba la mejora, convertir el fútbol en algo más justo, menos sujeto a errores. En España, con un colectivo tan corporativista como el arbitral, le han dado una vuelta de tuerca, y han ideado un sistema que hurta imágenes, explicaciones y audios transformándolo en un corrupto sistema que busca la manera de justificar los atropellos y no dejar en evidencia a los jueces que visten de corto. Y eso, si no me equivoco, se llama prevaricar.



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El fútbol puede esperar


Puede pero no debe. Es evidentemente que la voluntad de Garitano en el 2019 no sea la de Warren Beatty en 1978 y la película de El Alcoraz fuese más una improvisación de los actores que para la película de ayer seleccionó Gaizka que algo que obedeciese a guión preestablecido y previsto por el entrenador de Derio.

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Dos puntos perdidos


Solo la falta de acierto privó al Athletic de una derrota frente al Barcelona. Lo hicieron casi todo bien los rojiblancos, y tan solo la falta de gol, la incapacidad de transformar en gol las ocasiones, una vez más, permitieron redondear lo que hubiese supuesto una victoria de esas que dejan mucho más allá de los tres puntos. De la misma forma, el punto obtenido vale bastante más de lo que la aritmética indica, puesto que no es sencillo puntuar contra un equipo como el de Valverde que, además, venía a San Mamés conociendo que entre sus perseguidores madrileños la víspera había ganado el que más peligro puede tener de cara a arramplarle el título de Liga.

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Un Athletic sin virtudes


La intensidad. Esa fue la clave. Lo que ha determinado, o mejor, había determinado, la era Garitano saltó por los aires el sábado, en ese partido en que todo aficionado al Athletic, independientemente del resultado, espera de su equipo que dé la cara.